Retrato del Breviario Ecología Libertaria de Carlos Taibo
Meninheira

Reseña de «Breviario de ecología libertaria» de Carlos Taibo

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El Breviario de ecología libertaria de Carlos Taibo es una colección de ensayos que se publica en 2024 con un propósito principal: «llamar a la acción» (p. 9).

Con esto en consideración, la lectura de este libro no puede desligarse de las actuales tensiones éticas y políticas asociadas a discusiones públicas que tienen a la crisis ecológico-social como asunto común. Así mismo, su contenido no es disociable de toda la anterior obra del autor, de hecho, entrar en ella nos permite reconocer las líneas de trabajo que están presentes en esta breve publicación. Por tanto, conviene desarrollar una lectura que tenga en consideración toda una trayectoria, la de Taibo, que va desde la defensa del decrecentismo hasta el estudio de los movimientos anarquistas y el análisis geopolítico de nuestro tiempo, viendo en ella un empeño fundamental por conectar la labor de investigación ecológica y política con el activismo social.

Capa Breviario Ecología Libertaria de Carlos Taibo

Apercibirse de esto supone entender, de partida, que el libro de Taibo discurre sobre temas relacionados con la teoría ecológica, pero no puede comprenderse si no se atiende a la intención práctica transformadora y a las propuestas políticas que lo motivan. La perspectiva de Taibo se define como un libertarismo anarquista; engarza, por tanto, con una tradición de pensamiento político que pone la autonomía, la gestión política directa y el apoyo mutuo como valores fundamentales, horizontes del pensamiento y la acción. Desde aquí, y frente a diagnósticos precipitados, el recorrido por los diferentes debates ecológicos de este libro se reconoce por su enfrentamiento a las dinámicas del statu quo desde una perspectiva que se abre a la discusión calmada y organizada sin perder el fondo de desasosiego que la pone en marcha.

El primer punto problemático de las disputas ecológicas que Taibo examina es el del colapso. Las argumentaciones en torno al mismo atienden al estado crítico de nuestro momento, marcado, entre otras cosas, por la creciente subida de la temperatura global media y por los problemas de escasez energética ligados a las exigencias productivas del sistema capitalista. Atendiendo a las advertencias que nos llegan desde este discurso, es precisamente este sistema —y la organización política global a la que está asociado—, lo que está en riesgo de colapso. Taibo no llega a afirmar tajantemente que el colapso se vaya a dar, como un hado de nuestro mundo; sin embargo, ciertas dinámicas destructivas indican que es plausible. Los riesgos de colapso apuntan a problemas que son lo suficientemente serios como para comenzar a trabajar en un cambio político y económico a gran escala.

No se trata de angustiarse irremediablemente por los problemas ecológicos, pero tampoco de negarlos. Tener en cuenta la posibilidad del colapso implica advertir que el modo de vida de la modernidad —ligado a la producción masiva, el modelo de Estado y de ciudad, y los valores individualistas y progresistas— debe ser examinado porque enfrenta obstáculos ecológicos determinantes. Con arreglo a ello, Taibo entiende que un posible colapso nos enfrentaría a una realidad mucho más plural y descentralizada que la actual, organizada política y económicamente a mucha menor escala. No podemos elegir no enfrentar los riesgos; la posibilidad del colapso se debe a la dinámica autodestructiva del sistema capitalista moderno, apunta al quiebre del sistema en el que nos hemos acostumbrado a vivir. Solo un nuevo modo de entender el modo que habitamos el mundo nos permitiría adaptarnos a esta ruptura.

Frente a la posible deriva hacia el ecofascismo, amparado por ejercicios de poder político y mediático que se pueden reconocer en momentos críticos de la socialdemocracia realmente existente (p. 24), Taibo se atiene a movimientos sociales como Les Soulevements de la Terre en Francia, entendiendo que la crisis que enfrentamos puede responderse activamente desde un viraje ético y político hacia formas organizativas que, poniendo en cuestión la herencia del capitalismo moderno, avancen hacia un orden de la cercanía asentado en la recuperación de lo rural, el compromiso de la autogestión y el cuidado de la tierra.

Ahora bien, este giro no es en absoluto sencillo, pues nos enfrentamos a límites de percepción y comprensión de la realidad inmanentes a nuestro asiento en la dinámica del capitalismo (una realidad que, como Taibo advierte al final de la página 45, debe ser atendida desde las profundas grietas que el edificio de la sociedad occidental presenta). Estamos, de nuevo, ante una fundamental dificultad que ya señalaba Marx: mirar hacia lo que se nos aparece como naturalmente dado desde una óptica que permita reconocer su especificidad histórica. Desde esta sensibilidad contextual, Taibo examina los puntos convergencia del ecologismo con la lucha de clases, la problemática del etnocentrismo y el movimiento anarcofeminista.

Desde los movimientos de clase, el ecologismo a veces es atacado por estar vinculado a reivindicaciones de grupos sociales privilegiados, que atienden a problemas ecológicos desplazando problemas mayores como el hambre, la explotación, la desigualdad, la discriminación y la represión. Taibo atiende esta dificultad, reconociendo que la lucha por la cobertura de necesidades básicas es determinante; así mismo, cree urgente una redistribución de la riqueza, pero no contrapone estas preocupaciones a las propias del discurso ecologista. La lucha de clase se revela como un aliado fundamental del movimiento ecologista en la medida en que establece un enfrentamiento directo contra las derivas destructivas del capitalismo.

Carlos Taibo. Foto: Daniel López García. Fuente: Wikimedia Commons

Siguiendo este planteamiento, es también fundamental la crítica al etnocentrismo de los estudios ecológicos, centrados en la forma de vida de los países del Norte global y, en muchas ocasiones, distanciados del estudio de las dinámicas coloniales. Ante esta situación, Taibo se posiciona claramente: «la crítica de la destrucción de los ecosistemas debe relacionarse estrechamente con la de las dominaciones coloniales y postcoloniales» (p. 54). Además, no deja de señalar que los países del Norte global son responsables de la mayoría de la contaminación, pues sus dinámicas sociales resultan profundamente dependientes de los desarrollos tecnológicos del capital. Sin embargo, las sociedades del Sur están más desapegadas de este progreso tecnológico, por lo que son más independientes de estas realidades y de los excesos energéticos que demandan; en base a ello, este Sur global podría enfrentar más adecuadamente un posible colapso.

En lo que al movimiento anarcofeminista se refiere, el autor destaca su base crítica con los poderes opresivos existentes, viendo en su rechazo de liderazgos, su apuesta por el apoyo mutuo y su postura antipatriarcal algunas de las claves que el ecologismo debe incorporar. Además, Taibo reconoce en estos gestos una preocupación por la igualdad que puede ser leída en paralelo a las luchas contra el colonialismo (p. 57).

Habida cuenta de la relación del movimiento ecologista con otros horizontes de emancipación, Taibo pasa a tratar nuevos aspectos problemáticos que tienen que ver con algunas de las medidas políticas vinculadas a una transición política y ecológica. Por un lado, trata la cuestión de la renta básica, lo que plantea un horizonte que acabaría con el trabajo asalariado. Pese al intuitivo atractivo de esta propuesta y su posible conexión con una organización social no sometida a explotación laboral, la renta básica parece ser hostil a la autoorganización, pues el modo habitual en que se plantea está anclado en una lógica capitalista que no plantea un cuestionamiento crítico del trabajo asalariado ni de los intereses de lucro que hay tras ello. Además, no dejaría de ser una medida localizada en el Norte global, que da la espalda a los problemas vinculados con las derivas colonialistas de la civilización occidental.

Con esta misma mirada crítica, Taibo aborda las políticas de la Agenda 2030 y la proliferación de parques eólicos. Reconoce en ambas cuestiones una manifestación sintomática del uso del discurso ecológico para disfrazar las dinámicas de expansión y crecimiento ilimitado propias del sistema capitalista: “La Agenda que reivindica una alianza de gobiernos y empresas e ignora que los primeros se hallan subordinados de forma manifiesta a los intereses de las segundas, lo dice todo sobre sí misma” (pág. 67). El sufrimiento de las poblaciones rurales bajo el signo del capitalismo verde y el desarrollo sostenible es una de las claves de interpretación de propuestas de esta índole. Sólo el análisis de la operatividad real de estas propuestas, manifestaciones en sintonía con un neoliberalismo que reduce la ecología a imágenes de escaparate, permite reconocer el avance de políticas que siguen explotando ferozmente la tierra. Frente a ello cabe elaborar un análisis sobre nuestras verdaderas necesidades, y preguntar ¿a quién beneficia?, ¿quién toma las decisiones?, ¿qué implica este ciego progreso?

Motivado por este planteamiento sobre nuestras necesidades, Taibo vuelve sobre su tradición, haciendo un recorrido por el pensamiento de distintos autores libertarios y destacando lo que sus planteamientos contenían de preocupación ecológica, contestataria y comprometida con cierto decrecimiento, tema central en la obra de Carlos Taibo. De este modo se advierte la cercanía de cierta tradición libertaria con aproximaciones éticas que recuerdan a algunos componentes reivindicativos recogidos por ejemplo en A Sand County Almanac, el texto clásico de Aldo Leopold, en lo que refiere a valorar la naturaleza en cuanto tal frente a los excesos del desarrollo tecnológico humano (véase por ejemplo p. 79).

Siguiendo la búsqueda de hitos históricos inspiradores, Taibo llega hasta los bagaudas, ejemplo de organización política autónoma y rural que se erigió frente a las grietas del Imperio romano. Esta mirada hacia el pasado nos permite leer una experiencia pasada de colapso civilizatorio en paralelo al que apuntan dinámicas presentes. Estas referencias prácticas se conjugan con la crítica a los discursos maximalistas que realmente no tiene concreción práctica, y animan a la organización adecuada de la lucha. No se deben plantear revoluciones ecológicas ni pretender acabar con el Estado si entendemos todo ello abstraído del capitalismo (p. 95). Es, por ello, determinante emplear algunas de las herramientas de análisis que Marx legó, rechazando la vaga reducción de sus aportes al “comunismo de la URSS” o a otros movimientos comunistas, pero sin dejar de tener en cuenta la influencia histórica y política de estos.

Tras este recorrido, Taibo trata la cuestión de la investigación y la divulgación ecológica en el mundo de hoy, donde el ethos general parece obedecer a una especie de individualismo hedonista, consumista y depredador (p. 111). El planteamiento de Taibo redunda en una concepción de la reflexión ecológica de corte horizontal, abierta y democrática opuesta a los ejercicios jerárquicos de la política. En consonancia con ello, el desempeño político de la juventud, la educación y los medios de comunicación se revela realmente crucial.

Taibo se muestra verdaderamente pesimista en este punto, pues considera que los medios de comunicación —que denomina “medios de incomunicación”— están en estado crítico, completamente atravesados por un descarado servilismo que da pábulo al ejercicio de los poderes fácticos. Su análisis, acompañado de su propia experiencia divulgativa, nos lleva a reconocer en los medios de comunicación usan el discurso ecológico desde un tratamiento superficial, que se desliza sobre problemas fundamentales sin abundar realmente en ninguno. Embebidos en estas dinámicas casi tautológicas, los mass-media dirigen la discusión pública a una apariencia crítica, irreflexiva, que no se permite cuestionar el orden establecido, ni mucho menos rebelarse ante comportamientos hostiles; es más, el compromiso ecológico es frecuentemente tildado de ideológico y acrítico, mientras que las corrientes mayoritarias de pensamiento se reconocen como aideológicas e imparciales.

Estas dificultades se ponen de manifiesto en la polémica que Taibo mantiene con Emilio Santiago Muíño (en el extenso capítulo 24). Santiago se reconocería en una política reformista, que pretende ajustar las medidas ecológicas a los intereses del capitalismo y la socialdemocracia; Taibo ve en ello una total insuficiencia crítica, que no ahonda en la discusión hasta señalar a la organización global del capital, asentada en el expolio, la explotación y la injusticia. Como señalábamos al inicio, Taibo no concibe la tarea de investigación y divulgación sin su vinculación a movimientos sociales de resistencia, sindicatos, espacios autónomos y otras formas de asociación política.

Las cuestiones sobre las que Taibo discurre no dejan de ser poliédricas y complejas, y en este libro breve, destinado a un público generalista, el autor no da soluciones claras ni ofrece una elaboración teórica densa; sin embargo, sí opera positivamente en la construcción de un discurso alternativo con vocación política, que comprende las tensiones y hace por abrir sendas polémicas y reflexivas. Por ello, sus consideraciones no caen en la tragedia y la indecisión, sino que se valen de las fricciones que enfrentamos desde la calma, el humor y la ironía, haciendo así más llevadera la tarea de construir un futuro distinto. Tomándose en serio el ejercicio de hacer un mundo mejor.

Retrato del Breviario Ecología Libertaria de Carlos Taibo
Meninheira
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Estudiante del Grado en Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid.

Estudiante del Grado en Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid.

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