(Quinta y última entrega de la crónica de la conferencia Más allá del crecimiento que tuvo lugar en Madrid el viernes 26 de septiembre. En esta misma revista se pueden leer las partes las partes I, II, III y IV.)
La sensación tras escuchar a la representación sindical en esta conferencia es que —al menos algunos de ellos— van un paso por delante de la gran mayoría de partidos políticos. Mientras que buena parte de las organizaciones participantes han constituido ya áreas que tienen que ver con la transición ecosocial en el seno de sus estructuras, un par de ellas están embarcadas en la edición de publicaciones donde se defiende el ideario decrecentista con propuestas para llevarlo a cabo, como un libro blanco del Decrecimiento (UGT) escrito con la participación de Fernando Valladares, Alberto Coronel, Azahara Palomeque y Juan Bordera, o La transición ecosocial en Cataluña. Una propuesta decrecentista (CGT) a cargo de Adrián Almazán, Luis González Reyes y Erika González. Y es que, si hubo un denominador común en todas las intervenciones, este fue que el papel del sindicalismo en la transición decrecentista debe ser fundamental.
Erika González, coordinadora estatal de Ecologistas en Acción
En esta ocasión, la encargada de moderar la mesa fue la coordinadora estatal de Ecologistas en Acción, Erika González, para quien “la transformación real de la economía para mantenerse dentro de los límites biofísicos del planeta no puede sostener un modelo de empleo como el actual, asociado directamente al crecimiento económico”. En torno al empleo, precisamente, se desarrollan muchos temas de debate, desde la reducción de la jornada laboral a los nuevos sectores que pueden surgir, pasando por la creación de nuevos puestos de trabajo relacionados con la transición decrecentista: “hay que ver cómo se reorganiza y hacia dónde apunta la agricultura, cómo puede caminar hacia la agroecología y qué supone para el empleo. Cuestiones como la circularidad de la economía, insertar realmente el metabolismo humano en los ecosistemas, la transformación completa de la industria para minimizar el uso de materia y energía dejando de depender de los combustibles fósiles… Todo esto se va a abordar en esta mesa”. Lamentable e incomprensiblemente, pese a esta centralidad del sector agrario para el Decrecimiento que apuntaba González, la mesa no contó con ningún representante de sindicatos agrarios.
La representación sindical presente para debatir sobre el papel del sindicalismo en el Decrecimiento estuvo formada por: Natalia Arias (CC. OO.), Manuel Riera (UGT), Fernando Saz (CGT), Martín Lallana (LAB), Iñigo Antepara (ESK) y Cati Darias (IC). Para abrir el turno de ponencias y debate, Erika González dejó dos preguntas sobre la mesa:
- ¿Qué rol debe desempeñar el sindicalismo en la transformación ecosocial, tanto en esa reconversión general de todo tipo de empleos, como en la necesaria reducción de algunas ramas industriales o centrales de la economía? ¿Cómo se plantea, además, ir más allá de ese modelo de vida imperial que tenemos algunos sectores del Norte global? ¿Cómo reducir esa externalización de costes sociales y ecológicos de las economías centrales?
- En escenarios poscapitalistas, se plantea superar el salario como forma social dominante en la organización económica. ¿Cómo avanzar en la satisfacción de las necesidades humanas sin depender del empleo y cuál sería el papel del sindicalismo en esta transición?
Natalia Arias, del gabinete económico de CC. OO.
La transición debe ser justa desde un punto de vista laboral, social y territorial.

En esta línea, Arias explicó que desde el sindicalismo se defiende una “transición justa desde un punto de vista laboral, social y territorial, garantizando que toda esta reconversión se haga de una manera que genere empleos decentes y asegure la supervivencia de todos los territorios y grupos sociales”. Como ejemplo en positivo, puso los procesos de transición vividos por el cierre de algunas centrales térmicas o cuencas mineras, aunque admitió que será difícil hacer lo mismo en otros sectores más amplios, transversales y que no están localizados en un territorio concreto como el turismo, la movilidad o la agricultura. En este marco, abogó por “planificar y anticipar todos estos procesos” estableciendo planes sectoriales de transición justa, que incluirían un diagnóstico del sector con todas las medidas regulatorias, fiscales y económicas previstas para la descarbonización y con todos los efectos previsibles en términos climáticos, tecnológicos y de empleo.
En este sentido, y a corto plazo, defendió “implementar medidas de reactivación económica que vayan en línea con el nuevo modelo que queremos, con planes de formación y recualificación de los trabajadores, definición y asignación de fondos y una gobernanza institucional para que haya participación efectiva de todas las administraciones implicadas y se garantice la participación sindical y social”, aunque lo limitó a “las zonas afectadas”, dando a entender que habrá zonas que se puedan librar de las consecuencias del fin de los combustibles fósiles o del caos climático.
En cuanto al largo plazo, cuando se debate la posibilidad de un modelo económico sin empleo asalariado, Arias admitió que sí podía “imaginar un mundo sin empleo asalariado pero, en todo caso, el dilema que afrontamos las organizaciones sindicales a día de hoy y a corto y medio plazo es asegurar que la transición no sea ecofascista para beneficiar solo a un grupo social. En este sentido, hay que repartir la riqueza y el trabajo en un sentido muy amplio”.
En este proceso de transición, el sindicalismo podría actuar por diferentes vías según la sindicalista de CC. OO., tanto a través de la participación en los planes de transición como a través de la negociación colectiva y la acción sindical, exigiendo cláusulas en los convenios colectivos tanto en términos ecológicos como de transición digital. Como ejemplo de estas cláusulas, Arias citó la inclusión en la negociación colectiva de medidas para mitigar el cambio climático o convenios que contemplen la reducción de jornadas si la denominada transición digital supone substitución de mano de obra o recortes en el tiempo de trabajo.
Arias consideró también fundamental amparar desde el sindicalismo no solo el trabajo asalariado, sino también el que no está remunerado y carece de carácter mercantil como el que realizan muchas mujeres. “Para ello es fundamental redistribuir el trabajo productivo y reproductivo a corto plazo con medidas de reducción de la jornada laboral, abordar la parcialidad femenina en gran parte involuntaria o implementando medidas para acabar con la discriminación” de manera que se transite hacia un modelo “más ecosocial y hacia una sociedad de cuidados”.
Finalmente, Natalia Arias habló de la necesidad “de ir más allá de las reivindicaciones laborales, sobre todo creando alianzas con otro tipo de organizaciones, porque solos es muy difícil movilizar a las masas y alcanzar objetivos”.
Manuel Riera, del área de Acción Climática y Transición Ecológica Justa de la UGT
Es muy importante avanzar en Decrecimiento, no tenemos alternativa, pero hay que hacerlo con justicia, y ahí es donde el sindicalismo de clase es fundamental.

Uno de los ejes para que esa transición sea justa sería el empleo de calidad a través de la distribución del trabajo y la reducción de la jornada laboral. En este sentido, recordó los escasos avances parlamentarios al respecto en el Estado español, con el rechazo de la mayoría parlamentaria a la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas.
Ya centrado en la transición decrecentista, Manuel Riera afirmó que “o es un decrecimiento controlado o creo que viene el colapso” y que “no habrá una transición decrecentista posible si no estamos los sindicatos involucrados”. Para afrontar el reto, Riera explicó que el área verde de UGT va a publicar en noviembre El libro blanco del Decrecimiento. La intención de esta inminente publicación es “abordar estas temáticas para ir avanzando sin generar miedo dentro del sindicato. Queremos analizar qué posicionamientos y qué políticas estamos defendiendo desde el mundo sindical en línea con el Decrecimiento”.
Para Riera, los sindicatos deben defender demandas como el empleo de calidad o las condiciones laborales, evidentemente, pero también ir más allá “para satisfacer y apoyar la defensa de las necesidades humanas y los derechos universales como salud, educación, vivienda, energía, cuidados o transporte”. Y ahí ya entrarían otras demandas como la Renta Básica Universal, la reducción de la jornada laboral o los servicios públicos de calidad”. En este sentido, Manuel Riera apostó por superar la definición de los sindicatos por parte de la OIT como “vehículos de desarrollo” para pasar a ser “contrapoderes democráticos al servicio de unos límites del planeta que no podemos superar”. Y, para conseguir esto, sería necesario “desmercantilizar los servicios públicos básicos”. En definitiva, “es muy importante avanzar en este Decrecimiento, no tenemos alternativa, pero hay que hacerlo con justicia. Y ahí es donde creo que el sindicalismo de clase es el pilar fundamental para conseguir garantizar esa justicia”.
Fernando «Topo» Saz, grupo de Transición Ecosocial de CGT
Ya sabemos lo que cuesta que cedan en nuestras reivindicaciones la patronal o los gobiernos, pero con la naturaleza no se negocia.

Como ejemplo de sectores en los que habrá una destrucción masiva de puestos de trabajo citó la industria química, la automoción o el transporte aéreo por ser inviables. Frente a esto “solo tenemos dos posibilidades: esperar despidos masivos y resignarnos a aceptarlos, o ir pensando y construyendo desde ya alternativas”.
Una de las herramientas fundamentales a la hora de forjar una transición ecológica será la reducción y el reparto del trabajo, pero siempre teniendo en cuenta que solo el 39% del empleo es productivo, mientras que el 61% sería trabajo reproductivo y relacionado con los cuidados, del cual solo el 8% es asalariado y, en su mayor parte, racializado. “Los sindicatos deben velar por los derechos e intereses de todas las personas trabajadoras en esa transición hacia un modelo sostenible, asegurándose que no queden atrás los empleados de la industria tradicional, que deben tener todas las oportunidades para realizar esta transformación personal y colectiva. Y eso significa promover una formación y capacitación en habilidades relacionadas con la sostenibilidad y la transición ecológica”. En este sentido, “los sindicatos deben negociar acuerdos sostenibles, teniendo presente que serán medidas transitorias ya que la transformación no puede estar inmersa en este sistema. Debemos cambiar de sistema”. Con esto como referencia, “los sindicatos pueden negociar acuerdos laborales transitorios que incluyan prácticas sostenibles, reducción de emisiones, protección del medio ambiente, reducción de la jornada laboral sin bajada de los salarios y con la consabida reducción de la nefasta productividad”. También abogó Saz por algún tipo de renta básica universal que no tendría que ser necesariamente monetaria y podría distribuirse en especie, en referencia a la propuesta de la Renta Básica de la Tierra, en la que no pudo ahondar por falta de tiempo.
Para Fernando Saz, los sindicatos deberían participar en la toma de decisiones sobre política de transición ecológica, para asegurarse de que se consideren las necesidades y preocupaciones de todas las personas trabajadoras; fomentar la innovación de la industria, impulsando la adopción de tecnologías limpias y prácticas sostenibles y éticas; sin dejar de lado las responsabilidades morales, jurídicas y sociales de todo el quehacer tecnocientífico. También deberían proteger a los trabajadores en situación de vulnerabilidad, como aquellas personas que pueden perder su empleo debido a la transición ecológica.
En definitiva, las organizaciones sindicales deben “impulsar el imprescindible Decrecimiento, abogando por un enfoque en el bienestar y la felicidad de la persona, en lugar de un crecimiento económico constante”. Y, ahí, la cobertura de las necesidades básicas que garanticen una vida digna debe prevalecer sobre el mantenimiento a toda costa de un empleo asalariado. Y esto se puede conseguir, a juicio de Saz, con acciones como la promoción de un comercio justo y solidario que beneficie a las comunidades locales y proteja el medio ambiente. “La transformación debe ser socialmente justa para todos los seres que habitamos el planeta, por lo que toda iniciativa deberá tener en cuenta los límites biofísicos de su territorio”.
Saz también defendió la necesidad del sindicalismo de formar alianzas con otros sectores sociales y ambientales. Como ejemplo de esto puso la Taula Sindical de Catalunya, donde participan todos los sindicatos alternativos.
Martín Lallana, responsable de Transición Ecológica de LAB
Ninguna transición ecológica justa puede profundizar en la expoliación, el saqueo o la triple deuda ecológica, colonial y patriarcal.

En respuesta a este esquema, respecto a qué rol no debería cumplir el sindicalismo en la transición decrecentista, dijo que debemos partir del reconocimiento de una triple deuda: ecológica, colonial y patriarcal, por lo que “ninguna transición ecológica justa puede profundizar en la expoliación, el saqueo o profundización de cada una de esas deudas”. El decrecimiento “no puede hacerse a costa de reforzar un intercambio desigual entre un centro imperial y una periferia global”. Lejos de conseguir esto, “el enfoque mayoritario de la transición justa encarnado en diferentes ámbitos institucionales y sindicales confía, básicamente, en la capacidad de los gobiernos y las empresas para generar empleo digno y crecimiento verde en una estrategia win-win —todo el mundo gana— al mismo tiempo que relega el rol de los sindicatos a participar en el diálogo social y en la concertación social”.
Entre 1980 y 2010 —recordó el sindicalista abertzale— el poder estructural de los sindicatos se debilitó en todo el Norte a causa de la desindustrialización, el desempleo, la deslocalización, la moderación salarial o la flexibilización del mercado de trabajo, muchas de esas reformas firmadas y pactadas con las grandes centrales sindicales. En cuanto a la transición justa, estas grandes centrales abrazaron un marco cada vez más descafeinado y basado en el diálogo social que, paulatinamente, iba abandonando las estrategias de mayor confrontación y movilización. A causa de todo esto, el sindicalismo del Norte global se encuentra en una posición desfavorable para abordar los retos actuales.
En este contexto, el fracaso de un marco de transición justa que no sea capaz de responder realmente a las transformaciones ecológicas o asegurar condiciones de vida dignas para la clase trabajadora, tiene dos riesgos: por un lado, alimentar el auge de la extrema derecha y de proyectos excluyentes y reaccionarios que se alimentan de esa frustración y fracaso; y, por otro, la aceptación de un ecomodernismo imperialista en el que la única alternativa laboral posible es esa que, efectivamente, refuerza las deudas patriarcales, coloniales y ambientales que se sostienen sobre el expolio y el saqueo de la periferia global.
En contra de esta tendencia, Martín Lallana destacó el rumbo tomado por el sindicalismo vasco, ya que “al menos, en la pequeña nación que representa Euskal Herria, en esas décadas no ocurrió lo mismo y se consiguió consolidar un sindicalismo transformador y de contrapoder que no rechazaba la confrontación, que no rechazaba la movilización y que no se rendía únicamente al estrecho marco de diálogo social”.
En cuanto al rol que debería tener el sindicalismo en la transición decrecentista, “sabemos que un decrecimiento planificado supone una mejora para las condiciones de vida de la clase trabajadora, pero esto no será posible a causa del mercado y la competencia”. Por lo tanto, “debemos orientarnos hacia la superación del sistema capitalista, hacia una transformación ecosocialista, feminista y antirracista que avance en esa democracia económica que mencionaba Jason Hickel”. En este proceso, la clase trabajadora debe ser protagonista en las transformaciones, “protagonista de conflictos que repoliticen la economía y que fortalezcan nuestro poder de clase”. Para conseguir este protagonismo, Lallana mencionó tres elementos necesarios: un sistema público comunitario de cuidados, una planificación ecosocial de la industria y el desmontaje de la dependencia del vehículo privado.
Como medio para conseguir todo esto, desechó la concertación social y apostó por la confrontación como vía de renovación sindical para acercarnos a la consecución de estos objetivos. Esta vía de confrontación debería irse concretando en trabajar conjuntamente con las plantillas, secciones sindicales y comités de empresa para anticipar y planificar los posibles conflictos laborales antes de que las empresas planteen cierres, despidos o ajustes. Discutir también planes de reconversión específicos de sectores o empresas concretas y planificar las negociaciones de los siguientes convenios con la perspectiva de transición ecosocial. Además, también se puede disputar la forma en la que el capital está llevando las transformaciones productivas exigiendo, por ejemplo, la negociación colectiva de los planes de descarbonización de muchas empresas, denunciando la falta de condicionalidad de las ayudas y de las subvenciones de política industrial, exigiendo que no se tomen decisiones a espaldas de las plantillas o ampliando la participación de las comunidades locales y los agentes sociales.
Finalmente, el responsable de Transición Ecológica de LAB apostó por ampliar luchas y conflictos que mejoren servicios públicos y derechos sociales. Esto se plasmaría en mejorar las condiciones laborales en sectores esenciales como cuidados, transporte público o comedores colectivos; pero también por exigir el aumento de la inversión pública, combatir el racismo laboral a que se ve sometida gran parte de la clase trabajadora en este momento, cambiar las políticas migratorias u ofrecer nuevas herramientas de lucha por el derecho a una vivienda digna. “Todo esto consideramos que tiene que hacerse aumentando nuestra soberanía energética, alimentaria, económica, política y también laboral”.
Iñigo Antepara, profesor e investigador de la UPV/EHU y colaborador de ESK
El capital ha tomado la iniciativa en la transición energética con reducción de horas de trabajo, jornadas parciales no deseadas, salarios miserables y flexibilidad laboral.

Para argumentar su diserción, Antepara se remontó al pacto de Bretton Woods, tras la Segunda Guerra Mundial, que aplicó las políticas keynesianas e hizo posible un Estado del bienestar basado en el consumo de esos combustibles fósiles que favorecieron un crecimiento exponencial del consumo de recursos y de la productividad. El problema es que “vendimos nuestra alma al capital a cambio de un Estado del bienestar y nos hicimos consumidores en plan bestia […] Y esto ha derivado en un deterioro brutal del planeta no solo por el consumo de recursos, también por los desechos que producimos y que echamos a la atmósfera, al agua, etcétera”.
En este contexto, Íñigo Antepara rememoró también las batallas en los años 70 para conquistar derechos para la clase trabajadora. Desde entonces, se ha trabajado en quitar muchas regulaciones que constreñían la circulación de capitales y el funcionamiento de los mercados hasta llegar a la policrisis actual provocada, entre otros, por episodios como la pandemia de la COVID-19 o la Guerra en Ucrania. A raíz de esto ha habido una concienciación de que estamos llegando a los límites de nuestros recursos energéticos y en la provisión de otras materias primas, “por lo que se nos propone una transición energética”.
Antepara denunció que, en esta transición energética, el capital ha tomado la iniciativa frente a la sociedad, afrontando la transición “con reducciones de horas de trabajo, jornadas parciales no deseadas, salarios miserables, etcétera, aprovechando la flexibilidad laboral que viene en los convenios en su propio beneficio”. En este sentido, Antepara advirtió del engaño de la transición energética, que podría ser “una ideología del capital, ya que en vez de poner el énfasis en cuánto consumimos o cómo repartimos los recursos, se centran en que las empresas deben substituir los combustibles fósiles”.
También llamó la atención sobre otra falacia, que es aquella que invita a la izquierda a defender la globalización ante las políticas proteccionistas que está implementando la administración Trump. Pero, frente a esto, Íñigo Antepara defiende “un programa anticapitalista que incluya medidas como el reparto de los trabajos y de la riqueza, el control democrático de la producción o el crecimiento solo de aquellos sectores de la economía que sea realmente necesario potenciar”.
Antepara también advirtió que, frecuentemente, el enemigo acaba siendo la propia clase trabajadora, muy sensible “al chantaje del empleo” cuando defiende los intereses de la empresa por hacerlos suyos. En este sentido, defendió que las organizaciones sindicales deben tomar la iniciativa dentro de las empresas, adelantarse a las crisis y tener preparadas propuestas y alternativas. Puso como ejemplo en trabajo realizado conjuntamente por ESK y LAB en la empresa de automoción Mecaner cuando anunció su cierre. Ante esto, ESK y LAB presentaron un plan de transición ecosocial, proponiendo una alternativa. “Tenemos que tomar la iniciativa como hicimos en Mecaner, aliados con movimientos sociales, con el ecologismo y con el feminismo”. Frente a los discursos del capital y de la extrema derecha, Antepara confronta “un sindicalismo anticapitalista que va contra los mercados, contra el extractivismo, contra el colonialismo y que defienda lo público”.
Cati Darias, coordinadora de la Federación de Salud de Intersindical Canaria
Si tejiéramos una red solidaria mundial, el capitalismo no nos dura ni quince minutos.

Darias agradeció que la organización incluyese a los sindicatos en la conferencia, ya que el capital lleva muchos años denostando este tipo de organizaciones y alimentando una denigración que no deja de ser “un discurso del sistema que intenta dejar a la clase trabajadora sin ningún tipo de representación para hacer pasar por igual una lucha que es absolutamente desigual entre el trabajador y el empresario”. En este sentido, denunció que las sucesivas reformas laborales vienen a “dulcificar cada vez más los actos violentos, porque todo despido es un acto violento y tratan de convertirlos en conversaciones entre iguales. Y no podemos tolerar eso”.
La sindicalista canaria discrepó con afirmaciones como que el neoliberalismo es un sistema agotado que no sirve. Por el contrario, y obviando su insostenibilidad biofísica en un planeta finito, Darias opina que “es un sistema perfecto. Lo que pasa es que es perfecto para el 1% de la población que explota, doblega y destruye al otro 99% y al conjunto del planeta. Ese es el problema”.
Ante la pregunta de cuál debe ser el rol del sindicalismo en la transformación ecosocial, Cati Darias no lo duda: “el primer rol es desconectarse del sistema. Ese es el primer ejercicio pedagógico que tiene que comenzar a hacer el sindicalismo”. Una de las paradojas a la que se tuvo que enfrentar en su trabajo como sindicalista es entender “por qué las personas de clase trabajadora no saben que son de clase trabajadora. Estamos hablando de unos 4.000 millones de personas trabajadoras en el planeta, a las que habría que sumar otros 2.000 millones consideradas tercera edad pero que sostienen junto a las mujeres la esfera de los cuidados con un trabajo no remunerado, y también una cantidad ingente de campesinos y campesinas pobres y pequeños autónomos. Si toda esta gente tiene el problema común de que el capital les roba la vida, ¿qué pasaría si tejiéramos una red solidaria mundial para luchar por una transformación social centrada en los intereses de esta gran mayoría de la humanidad? Si tejiéramos una red solidaria mundial, el capitalismo no nos dura ni quince minutos”.
Otra paradoja que puede explicar esta falta de conciencia de sí misma de la clase trabajadora y su adicción al consumo a nivel mundial es que mientras “el 1% de la población educa a sus hijos con el método Montessori, con libros de papel, boli, lápiz y gomas de borrar con olor a fresa, los hijos de la clase obrera están metidos con la cabeza en las pantallas, desprogramando sus cerebros, sometidos a una alimentación basura”.
Para Cati Darias, la clave de toda política está en poner la vida en el centro “Llámenlo como quieran, filosofía ubuntu, llámenlo solidaridad, llámenlo ternura entre los pueblos, pero por favor, que esto se siga repitiendo. Que cada pueblo sea, desde su proximidad, parte del mundo. Y tejiendo esa red, no cabe otra que transformar poniendo en el centro la vida de las personas y de los seres sintientes”.
Preguntas del público

¿Pueden los conflictos derivados de la transición llegar a abrir oportunidades para recuperar la fuerza del sindicalismo que se ha perdido en los últimos treinta años? ¿Cómo se haría?
Cati Darias: “El sindicalismo está dentro del tejido social. Las personas que nos dedicamos a hacer actividad sindical y a defender los derechos laborales, a mejorar las condiciones de vida de las personas para que su trabajo no sea el motivo que los entierre y para que puedan desarrollar una vida digna bajo el paradigma de que el primer territorio liberado debe ser el ser humano en cuerpo y mente, somos un componente más del tejido social y no podemos entender el tejido social sin el sindicalismo”. A partir de esta definición del sindicalismo, Darias defendió que “el conflicto hay que vivirlo como una oportunidad. Para que sea así, el conflicto hay que enfocarlo de la manera correcta para que nunca se pierda la perspectiva de que quien tiene que salir beneficiado de la resolución de ese conflicto es el conjunto de la masa social, una masa social crítica y con pensamiento crítico, que es lo que se está negando en los colegios; y una masa social con derecho también a estar sana. Por eso es tan importante para las organizaciones sindicales que luchamos y defendemos ese Estado de bienestar, servicios públicos y sociales como la sanidad y la educación. Porque, de alguna manera, eso se paga con el dinero del común. Los servicios públicos son nuestro patrimonio también, y si los privatizan y los desguazan, si los debilitan y caen en manos del mercado, habremos perdido parte de nuestro patrimonio”.
Natalia Arias: “Desde luego, se puede abrir una ventana de oportunidad”, contestó Arias, pero para afrontarlo con garantías sería necesario “tejer alianzas entre diferentes organizaciones sindicales”, incluyendo tanto las más grandes, como UGT o CC. OO., como otras más pequeñas para intentar “ir un poco más allá de lo laboral, en aspectos básicos que creen a un sentimiento de clase en la población”. De cara a movilizar esa población, se debería hacer en temas ahora mismo candentes, como la vivienda o los servicios públicos, pero “sin una alianza entre todas las organizaciones va a ser difícil”.
Manuel Riera: “Yo también creo que los conflictos pueden generar mayor fuerza sindical”, compartió Riera, pero para que estos conflictos tengan éxito consideró muy importante tener en cuenta las singularidades y diferencias entre territorios. “No es lo mismo la transición energética en Galicia que en Andalucía o en Canarias” afirmó, al tiempo que llamó la atención sobre la necesidad de trabajar a todos los niveles, “tanto a nivel estatal, como a nivel local o dentro de la propia empresa”. Para el sindicalista de la UGT, la transición decrecentista “es una oportunidad de hacer las cosas bien, de descarbonizar la economía, sin perder esa posibilidad de crear un empleo digno y de calidad”.
«Topo» Saz: Partiendo de que, hoy en día, no existe la correlación de fuerzas necesarias para poner en práctica todas las demandas de una transición decrecentista justa, Saz se mostró convencido de que “el conflicto nos va a poner en el centro como sindicatos”, de la misma manera que “el conflicto nos va a dar la oportunidad de avanzar hacia una reconversión ecosindical. Estamos convencidos de que podemos revertir esa correlación de fuerzas y que podemos avanzar y lograr esa transformación ecológica y social”.
Martín Lallana: El responsable de Transición Ecológica de LAB también expresó su convencimiento de que todos los conflictos derivados de la crisis ecológica fortalecerán el sindicalismo. “De hecho, esa es la tesis con la que trabajamos”. Partiendo de que los conflictos van a ser cada vez más fuertes, para Lallana lo que marcará la diferencia será el tipo de sindicalismo que se practique, tanto en el plano defensivo como en el ofensivo. Desde un punto de vista defensivo, las organizaciones sindicales deben luchar por garantizar el derecho al empleo de las personas que están viendo su puesto de trabajo afectado. Esto, en muchos casos, supondrá enfrentarse a cierres y despidos, pero también tendrá que ver con asegurar unas jubilaciones y pensiones dignas, o con la reducción de jornada.
En cuanto al plano ofensivo, habrá que trabajar en cuestiones como las propuestas de reconversión, la ampliación de servicios, etcétera. En este sentido, según Lallana, es necesario ampliar el marco de disputa de los sindicatos a campos como la política industrial, la organización territorial de la producción, el sistema de cuidados, la vivienda y otros muchos ámbitos que son los que influyen y hacen que se genere esa dependencia hacia el salario y el empleo.
Íñigo Antepara: El sindicalista del ESK admitió que la transición decrecentista creará muchos conflictos, pero no solo con los agentes que defienden el crecimiento, sino también en el seno del propio movimiento decrecentista: “Yo soy de Ecologistas en Acción y el tema de la transición casi ha abierto en canal el grupo”. En el caso de los sindicatos, la cosa se complica porque se mete por el medio la defensa de los puestos de trabajo. Puso como ejemplo que ellos, siendo un sindicato muy politizado, organizaron una charla sobre Decrecimiento para la afiliación de la fábrica de Mercedes de la que los asistentes salieron encantados pero pidiendo expresamente que no llevasen ninguna de las propuestas comentadas al comité de empresa.
Entonces, ¿pensáis que se puede fortalecer el movimiento sindical en un escenario poscrecentista?
Natalia Arias: Para la sindicalista de CC. OO., aunque desapareciese el empleo asalariado tal como lo conocemos “el trabajo va a estar ahí porque el trabajo es necesario en cualquier tipo de sociedad, bajo la forma que sea”, afirmación que contradice el origen histórico del concepto trabajo y lo confunde con el concepto de labor. Por lo tanto, el sindicalismo tendrá que estar ahí y “va a ser muy útil para organizar la sociedad decrecentista”.
Manuel Riera: Para el técnico en Acción Climática y Transición Ecológica Justa de UGT, “en este nuevo escenario decrecentista, el movimiento sindical tiene que tener un papel muy importante”, ya que en ese futuro hipotético habrá trabajo —insistió en la misma idea que Arias, olvidando que el trabajo nace con el capitalismo y la industrialización, y según algunos autores desaparecerá con ellos— “y tendrá que existir el sindicalismo para defender la calidad de ese trabajo, para negociar cómo nos repartimos el trabajo entre las personas o cómo fortalecemos los cuidados”. Además, para Riera, el sindicalismo debe transcender la esfera puramente laboral y defender derechos universales como salud, vivienda, educación, energía o transporte. Ahí, el sindicalismo “tendrá un papel como órgano de decisión colectiva en la gestión de la distribución del tiempo que, al final, será la nueva riqueza”. Al concluir su respuesta, Riera admitió que este tipo de temas se están trabajando en el área verde de UGT y que están intentando que haya debate sobre este tipo de cuestiones, pero es difícil cuando la organización está tan centrada en batallas como la defensa de los puestos de trabajo o el sustento económico de las personas trabajadoras y sus familias, por lo que “queda mucho trabajo por hacer, y mucho que recorrer y debatir”.
«Topo» Saz admitió que estos temas también se están tratando en el grupo de Transición Ecosocial de la CGT y que se encuentran en la fase de trasladarlos a todo el sindicato, a todos los sectores y a todos los territorios de Cataluña. Pero, pensando en la transición decrecentista, “el sindicalismo debe ser fundamental en esa transformación ecológica y social”. En este particular, Saz quiso cambiar el enfoque de la cuestión señalando que el problema no está en las propuestas decrecentistas, sino que el problema está en que el capitalismo va a colapsar, y que será el capitalismo el que destruya los puestos de trabajo y nos lleve a la crisis. En este contexto, el decrecentismo intenta “suavizar ese golpe y dar el paso hacia una vida mejor, una vida que sea digna de ser vivida y que esté en el centro de todo”.
El problema es que “trasladar eso es muy difícil, pero creo que es la única oportunidad que nos queda no solo como clase trabajadora, sino como humanidad. La única solución que nos queda es poner la vida en el centro y trabajar por ello”.
Martín Lallana: El sindicalista de LAB secundó la opinión general de que el sindicalismo se verá reforzado en la transición decrecentista. “No puede haber una planificación democrática de la transformación de la industria sin un sindicalismo reforzado. Pero creo que esto es tan obvio como, hasta cierto punto, irrelevante”. Para Lallana, la clave está en que el proceso para decrecer “va a estar marcado por crisis, por recesiones, por cierres, por desempleo, por militarización, por un auge reaccionario y por políticas laborales regresivas” y, en este contexto, “la cuestión está en cómo se relaciona el sindicalismo con la policrisis, la remilitarización y el declive económico en el que ya se encuentra Europa”. Y, para enfrentar este escenario, Lallana solo contempló un sindicalismo de confrontación, de contrapoder. “Porque ante una reforma laboral en un contexto económico crítico, si tu poder sindical se basa en tu dependencia institucional o en la capacidad que tienes de moverte en determinados despachos, tu capacidad de responder a esas crisis va a estar muy penalizada”.

Notas
[1] Con toda probabilidad Saz se refería a la afirmación de Röckstrom según la cual «más de las tres cuartas partes de los sistemas de soporte de la Tierra» para nuestra especie ya no son seguras. Dicha proporción se obtiene de los 7/9 planetary boundaries sobrepasados.

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Declaración y mejora cara al Foro Social de 2026.
Esto es importante que se tenga en cuenta para las tareas de divulgación en el Foro Social en 2026.
En la Declaración de la Conferencia, creo que se cometió el error de no procurar delimitar cuantificadamente (aproximadamente) el decrecimiento que necesitamos, lo que podría haberse hecho divulgando lo que, con mayor o menor precisión, ya sabemos, dando así, al menos, una imagen de referencia sobre la gravedad de los problemas y la dimensión de las medidas a tomar, aunque su comprensión por la concreción en la práctica sea muchísimo más difícil:
La huella ecológica global es de 1,7 planetas Tierra, o sea, que nos hemos sobrepasado con una deuda de 0,7 Tierra (algo más, pues deberemos dejar más margen a la vida salvaje para evitar la extinción de especies). Por recurrir a un símil, que se queda corto, sería como si la deuda pública equivaliese al 70% del PIB y con muy malas perspectivas económicas para el futuro, y que en este caso solo puede resolverse con decrecimiento (no con crecimiento, como sí la deuda del Estado). Los límites planetarios son 9, y parece que, con el de la acidificación de los mares, ya estamos sobrepasando 7 (vamos fatal). En cuanto a la temperatura, parece que estemos sobrepasando los 1,5 grados de media planetaria que era lo más prudente, pero como máximo no debemos pasarnos de los 2. Y en lo que toca a las especies vegetales y animales, más o menos sabemos cuántas están en peligro de extinción, y acercándose a la zona de riesgo, con especial peligro para la agricultura, con las especies polinizadoras.
Esto nos ofrece ya una mínima cuantificación sobre lo que debemos arreglar, como la diferencia entre la temperatura normal del cuerpo y una fiebre peligrosa.
Así que toca decrecer. Y toca sobre todo a los países ricos, del Norte Global, y crecer (sin anular lo anterior) a los pobres y del Sur Global. De modo que si la huella global excesiva es de más de 0,7, en los países ricos y los ricos de los países pobres, deberán decrecer su huella incluso más que eso, si van a crecer lo que todavía necesitan salir de la miseria y una pobreza evidente. Aunque hay una relación directa entre producción, consumo y la generación de residuos y contaminación con CO2 (todo ello participa en la huella ecológica), la reducción cuantitativa y cualitativa de los segundos no tiene por qué suponer necesariamente la reducción en la misma medida de los bienes de consumo útiles si, por ejemplo, se recurre a energías renovables, elimina la obsolescencia programada, se recicla más, etc. Es decir, que es posible consumir lo mismo útil para la vida, y sin embargo, tener una menor huella ecológica (un ejemplo muy sencillo: la misma compra de alimentos del supermercado, en bolsas de papel reutilizable y reciclable, o envasadas en cajitas de plástico que se tiran y apenas se reciclan; evitar el plástico no conlleva necesariamente dejar de consumir esos alimentos).
Pero esto tampoco debe hacernos alentar falsas esperanzas de que la reducción en el consumo en general, será pequeña, pues será muy grande.
Según la wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Huella_ecol%C3%B3gica
“Huella ecológica mundial por actividad
Al calcular la huella ecológica es posible conocer la magnitud con que las actividades humanas contribuyen al tamaño total. Es importante recordar que la huella ecológica se refiere, en parte, a la superficie necesaria para absorber los residuos generados, es por ello que la quema de combustibles fósiles figura como la actividad más significativa, tal y como se muestra a continuación:
47.6% Quema de Combustibles Fósiles. 22.1% Agricultura. 7.7% Madera, Pulpa y Papel. 6.8% Pesca. 6.4% Ganadería. 3.7% Energía Nuclear. 3.7% Asentamientos Urbanos o ciudades. 2.8% Obtención de Leña.” (fin de la cita)
Es decir, que la quema de combustibles fósiles supondría una huella ecológica de 0,8092 (el 47,5% de 1,7). De aquí se deduce que si dejásemos de quemar combustibles fósiles, restaríamos eso a nuestra nuestra huella ecológica global y quedaría en 0,89 planeta Tierra en vez de 1,7 actual. De modo que habríamos conseguido una huella ecológica global inferior a la de un planeta Tierra, dejando un margen de seguridad, y más para la vida no humana (plantas y animales).
La dificultad está en que eso no es tan fácil de evitar como el humo al quemar un cigarrillo, bastando con dejar de fumar. La quema de combustibles fósiles se genera en el resto de actividades que se relacionan en el listado que también dejan, por otros asuntos, su huella ecológica (la suma ascendería al resto, o sea, al 52,4%; que del 1,7 supone el 0,89) . Concretando más: el transporte individual y colectivo, de personas y mercancías, por tierra, mar y aire; la agricultura y ganadería, la pesca, la minería; y multitud de industrias del sector secundario (energía, construcción, manufactura), actividades del terciario, y el consumo en los hogares (electricidad, gas…).
La eliminación de la quema de combustible fósiles en todos esos sectores, no será siempre fácil, sino también extremadamente difícil. Y la sustitución por otras fuentes de energía puede dar como resultado que la productividad de algunos sectores económicos sea mucho menor, debido a su menor potencial energético (Tasa de Retorno Energético, o TRE). Esto se puede compensar relativamente porque lo que se produzca sea lo necesario, duradero y lo más reciclable posible. Pero aun así, todo apunta a una vida mucho más frugal que en la actualidad en los países ricos, y no solo para las clases sociales más despilfarradoras y con una mayor huella ecológica.
Hay otra variable, la demográfica, en su doble vertiente de productora (conveniente al reducirse la TRE general, y sustituir algo de trabajo mecánico por trabajo vivo) y consumidora (impacto en la huella ecológica global), con la que habrá que conseguir un equilibrio para que no se extreme la frugalidad por escasez de recursos para la población dada (repartir entre más, toca a menos; repartir entre menos, toca a más), ni dispare la huella ecológica al demandar una producción y sumideros excesivos para el planeta, en el caso de que pudiese satisfacerse, lo que será cada vez más difícil por la escasez/dificultad en los recursos naturales, y la complejidad y costo en los medios tecnológicos de extracción y producción que dependen de recursos naturales y de la TRE disminuida.
En la medida de lo posible, respetando los límites establecidos (huella, los 9, clima, especies), dar opción a que la investigación científica y tecnológica, nos permita hallar medios por los que lograr el desacoplamiento absoluto suficiente o crecimiento verde genuino, que es cuando se crece mientras que el uso de materiales y las emisiones disminuyen lo suficiente como para mantener la economía dentro de los límites planetarios. Esto quiere decir, que no se debe confundir el decrecentismo con el deseo de volver a un nivel de desarrollo de la civilización, por ejemplo, como el previo a la revolución industrial, al margen de si el resultado final, hipotéticamente, no pudiese ser otro que ese. Mi decrecentismo aspira al máximo nivel de desarrollo tecnológico posible dentro de los límites comentados (incluida la igualdad social planetaria). Son esos los que delimitan mi ruta, no la añoranza por un modo de vida en particular de alguna parte del pasado o del presente (de alguna tribu de cazadores recolectores que todavía quedan, o de campesinos muy tradicionales como los Amish https://es.wikipedia.org/wiki/Amish ). Así que mi lema es “decrecimiento, sí, pero el justo (el planetario y el social)”.
Aurora (Aurora Despierta) (publico artículos sobre el tema en https://kaosenlared.net/author/aurora/ )