Ilustración: Dolores Póliz.
Dolores Póliz

Un tour por el museo de los horrores obstruccionistas

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…o cómo evitar las sendas que nos conducen hacia un cambio climático letal

El capitalismo saca tajada convirtiendo en escaso lo que podía haber sido suficiente. La idea de escasez construida políticamente oculta que esta tiene más que ver, sobre todo, con la injusticia y la falta de mesura. Y en tiempos de translimitación, hay muchos que esperan suculentos beneficios del capitalismo del desastre y de la escasez.
— Yayo Herrero

Sobra decir que el negacionismo ha inflingido un daño enorme a la causa climática. Sin embargo, los delirios de Fox o el lobismo de ExxonMobil ya no son las únicas ni tampoco las principales amenazas para esta mitigación sobre la bocina en la que estamos embarcadas. Ahora la batalla central consiste en desenmascarar las múltiples caras de lo que Nuria Almirón describe como «obstruccionismo (negacionista o no)», que vendría a ser la «cualidad común de las oposiciones diversas, unidas por el hecho de percibir como una amenaza cualquier alteración del modelo económico». Veamos algunas modalidades de este obstruccionismo, incluidas las más sibilinas:

Todo empieza con una patada hacia adelante

Si te paras a pensarlo es bastante triste que como civilización no hayamos sabido aprovechar el estancamiento de la tasa de ganancia iniciado en los 70 para acompasarlo con la contracción de la base física. En esa década fatídica, vertebrada por dos crisis del petróleo, superamos por primera vez la capacidad de carga del planeta y, según las creadoras del Índice del Progreso Genuino (IPG), es también el momento en que el coste del crecimiento empezó a superar sus beneficios. Visto en perspectiva, el reinado neoliberal que inaugura Margaret Thatcher al final de la década tiene visos de ser la más letal decisión política de la historia, ya que desoyendo las alarmas que desde 1972 viene lanzando el Club de Roma se opta por chutar la pelota hacia adelante, cargando el muerto a las siguientes generaciones. Cuando todo nos estaba diciendo que tocaba empezar a bajar el ritmo, las élites apuestan por exprimirle el jugo a las mayorías y endeudar el futuro hasta reventar. Eso es en esencia el neoliberalismo.

Invocar las musas del desacoplamiento

¿Desacople? Ni por asomo. Primero porque no cuela restar las emisiones que las grandes corporaciones occidentales deslocalizan a la fábrica asiática y así vendernos que en Europa hemos sabido incrementar el PIB y a la vez emitir menos. Segundo, porque un desacople suficiente solo será posible en una economía liberada de la obligación del crecimiento, no en esta. Es decir, bajo el régimen del crecimiento obligatorio lo que se ahorra por un lado se invierte en otro. Por eso en 2020 una revisión de 835 estudios había llegado a la conclusión de que el desacoplamiento por sí mismo «no es adecuado para reducir el uso de recursos en términos absolutos». Desacoplistas, go home.

Aceptar el diagnóstico pero negar las implicaciones

El sociólogo sudafricano Stanley Cohen resalta el curioso caso de la «negación implicatoria». Se trataría de una negación «que no niega el problema –el calentamiento global– ni sus causas –antropogénicas–, pero niega las implicaciones de esos hechos». Una variante más sutil sería la «amnesia intermitente«; como señala Naomi Klein, «muchos de nosotros participamos en este tipo de negacionismo; miramos por una fracción de segundo y luego miramos hacia otro lado (…) o miramos pero nos convencemos de que estamos demasiado ocupados para preocuparnos por algo tan distante y abstracto».

Negociar con la realidad

Si tomando el clásico modelo de cinco etapas del luto de Kübler-Ross nuestras sociedades están en la fase de negociación con respeto a la crisis climática, Juan Bordera y Antonio Turiel ironizan con que algunos se han tomado lo de negociar al pie de la letra. Es decir, aplican sin reparos la doctrina del shock y se lanzan a hacer negocios con la megacrisis ecosocial. Y aunque sin duda otros negocios son y deben ser posibles, basta con ver Don’t look up para calibrar que implica que los intereses privados corporativos estén fagocitando las respuestas a la crisis. No hace falta ser un lince para saber que la casa del amo no se desmontará con las herramientas del amo. Si la piedra angular del saqueo privado de la naturaleza ha sido la desposesión, la base para construir cualquier transición decente pasa por la reapropiación colectiva de los bienes esenciales. Ha llegado la hora de practicar la «eutanasia del rentista», tal como proponía el afable Keynes. Desmantelar el «constitucionalismo de mercado» que gobierna Europa con medidas como anular el Tratado de la Carta de la Energía, poner los pisos de la SAREB al servicio del común o recuperar la titularidad pública de las concesiones hidroeléctricas a punto de caducar.

Retardismo (o procrastinar a toda máquina)

El retardismo y la adicción fósil se resumen en ese chiste del hombre que promete dejar la bebida… en 2050. Esa es la fecha fijada por nuestros gobiernos para alcanzar la descarbonización de la economía. Sin embargo, el IPCC ha fijado reducciones concretas no negociables para 2030, objetivo que se resisten a asumir. Procrastinación de manual.

Rezarles a los dioses del tierrainfinitismo

Como resume Andreu Escrivà, «igual que hay terraplanistas, hay tierrainfinitistas». Y es que, aunque lo de que vivimos en un mundo finito lo entiende cualquiera, los privilegios pueden ser la mar de sesgantes. Aun así, y sintiéndolo mucho, hay que insistir en que no es posible imprimir vetas de cobre o bolsas de gas del mismo modo que se imprime dinero. No, no habrá un mundo virtual desacoplado de la base material que lo hace posible. Como resume Luis González Reyes, «la esencia del desabastecimiento es el choque de un sistema que necesita expandirse constantemente con la imposibilidad física y ecosistémica de sostener esta expansión”. Ojo, no estoy diciendo que la abundancia no exista en nuestro fascinante hogar esférico. La naturaleza es cíclica, autorreplicante, hasta sintrópica. Donde no existe es en la forma en que nos estamos relacionando con ella.

Ciclotimia institucionalizada

¿Sabías que al mismo tiempo que se celebraba la cumbre de Glasgow la UE acordaba destinar 13.000 millones de euros para proyectos gasísticos? La distancia entre los planteamientos, por ejemplo, del Farm to Fork de la Comisión Europea y la PAC finalmente aprobada, resulta casi tan reveladora como la que hay entre el Pacto Verde Europeo y el tratado con el Mercosur. Y es que las ideas son gratis, pero la realidad es que el nuestro es, de por sí, un estilo de vida negacionista: el 10% de la humanidad emitimos el 50% de las emisiones.

Verde que te quiero verde

A estas alturas, poco hay que añadir que no sepamos ya sobre el greenwashing. La sociedad del espectáculo, tal como la describieron los situacionistas del siglo pasado, ha alcanzado el rango de caricatura de sí misma.

Incapacidad para pensar por fuera de la relación mercantil

El fundamento mitológico detrás del negocionismo es la doctrina según la cual convertir un recurso en mercancía permite usarlo de forma «optimizada». Una doctrina que se han sacado de la manga, porque como explica Joan Martínez Alier no hay evidencia científica que la respalde. De hecho, «el dinero que se obtiene en el mercado depende precisamente de no contar los daños ambientales y sociales». Pero claro, cuando se parte de la base de que el único incentivo que tenemos los humanos para mover el culo es acumular capital, no es de extrañar que la apuesta sea convertir cualquier bien esencial en unidad económica. Es decir, el mercadeo sería la única forma de garantizar un manejo «racional». Solo hay un problemilla: no está funcionando. La inmensa mayoría de las emisiones mundiales de dióxido de carbono (84%) sigue sin tener precio alguno. Y la parte de las emisiones con un precio lo suficientemente alto sigue siendo muy inferior al 1% (World Bank, 2020). Además, esta lógica promueve la desposesión de vastas franjas de naturaleza en el Sur Global, compradas o confiscadas a las comunidades locales por parte de las corporaciones para compensar su fracaso en la reducción de emisiones en el Norte global. Y de todos modos, se pregunta David Harvey, podemos «confiar el destino de nuestra biosfera a estos mercados que se entregan crónicamente a elevados niveles de incertidumbre y volatilidad»?

Fiarlo todo al solucionismo

Con tal de no perder un palmo de poder, la oligarquía corporativa parece dispuesta a arriesgarlo todo en dispositivos solucionistas de eficacia más que dudosa. Bioenergía con captura de carbono (BECCS), hidrógeno verde, reactores nucleares modulares, biocombustibles de cuarta generación, centrales de captura de carbono, criptogobernanza… La lista es larga, pero los resultados se quedan cortos (no así los daños colaterales). En cambio, otras propuestas sí apuntan en la buena dirección. Son las soluciones basadas en la naturaleza, la economía circular, las energías renovables, las mejoras en eficiencia o la agricultura regenerativa. Lamentablemente, esto no las exime de verse desfiguradas por el tamiz capitalista, como pasa con el despliegue compulsivo de megaparques renovables en la Península Ibérica o con la concentración de tierras que promueve el Global Soil Hub en nombre de la regeneración. Como dice David Harvey, «no existe una idea buena y moral que el capital no pueda convertir en algo horrendo».

Aferrarse al «ya inventarán algo»

Como apunta Jorge Riechmann, “la creencia básica de nuestra sociedad —casi nunca formulada de forma explícita— es que la tecnociencia prevalecerá sobre las leyes de la física y la biología, la ecología y la termodinámica”. La ilusión renovable —todo seguirá igual, pero ahora en versión eléctrica y circular— tiene en común con el sálvese quien pueda ayusista el ansia de normalidad y la reticencia a poner límites. Y sin embargo, ningún esquema renovable alcanza para sostener el ritmazo que lleva una parte de la humanidad.

Redimirse con bulas climáticas

La estrategia oficial lo fía todo al Cero Neto, pero como sintetiza Doreen Stabinsky, «el mayor problema con el Cero Neto para 2050 es que hay mucho interés en la parte de neto y poco en el cero». Y sin embargo, no hay captura masiva que pueda compensar emisiones siempre crecientes. Y tampoco es realista preservar sine die las asimetrías emisoras. La lógica del compensacionismo es colonialista y redentora: te compro desde mi posición de privilegio el derecho a emitir y el deber de biocapturar para así eximirme de mis propias obligaciones. Y ni siquiera es eficaz, pues el saldo final ronda la suma cero. Provoca vergüenza ajena ver a Occidental Petroleum enorgulleciéndose en 2019 de haber exportado sus primeros dos millones de barriles 100% «neutros en carbono» a la India. Además, el Cero Neto 2050 se sostiene en una dudosa esperanza tecnológica, promoviendo «la idea de que no tienes que preocuparte de lo que se está emitiendo en la atmósfera porque algún día en el futuro lo podrás retirar». ¿Se puede ser más irresponsable?

Negar la raíz para así diluir las responsabilidades

Como explica Rubén Martínez citando a Jason W. Moore, «cerrando una planta de carbón se puede ralentizar el calentamiento global por un día, pero solo cerrando las relaciones que produjeron la planta de carbón se podrá parar para siempre». El problema es que ir a la raíz no es compatible con el relato oficial acerca de un culpable «etéreo y homogéneo que solo existe como unidad en nuestra imaginación: la humanidad». Hablar de Antropoceno resulta más complaciente que señalar al Capitaloceno. Para no perder la perspectiva siempre es útil volver al poco sospechoso Informe Stern, encargado por el parlamento británico en 2006, en el que se afirma sin medias tintas que el cambio climático «es el mayor y más generalizado fracaso del mercado jamás visto en el mundo».

El negacionismo de la igualdad humana

Como explica Emilio Santiago Muiño, «el verdadero negacionismo climático, el más importante a nivel social, es el negacionismo de la igualdad humana. El de aquellos que aceptan que tenemos un problema climático de enorme magnitud pero consideran que van a salir airosos de él, que no les afecta y que, por tanto, no tienen que perder privilegios». Y para asegurarse se están dedicando a «calcular, trabajar y pensar para externalizar esos daños en otros». Sin embargo, el exceso de desigualdad corroe el alma colectiva. Los humanos podemos lidiar con la sobriedad, pero nos cuesta mucho aguantar la desigualdad, de aquí que esta dispare la ansiedad por el estatus, hoy alcanzado mediante patrones de consumo insostenibles. Por eso decía el Abbé Pierre que el contrario de la pobreza no es la riqueza, sino el reparto. Hasta el liberal Al Gore reconoce que «el antídoto al fenómeno de los chalecos amarillos es que hagamos las cosas precisamente al revés, que las medidas más duras se apliquen sobre todo a los ricos». Y Eros Labara llega al fondo de la cuestión cuando afirma que «para vencer en la lucha contra el cambio climático no solo hay que atajar el consumo de los más ricos, sino también revertir el sistema que los sitúa como modelo de referencia social».

Jamás ver la foto entera

Cuando la realidad es tan abrumadora la tentación de simplificar es comprensible. Pero como se pregunta Carlos de Castro «si llamamos negacionistas a los que niegan la realidad del cambio climático, ¿cómo hemos de empezar a llamar a los que niegan o no quieren ver la realidad de las cuentas energéticas porque su mitología se lo impide?». No hay otra forma de lidiar con la que está cayendo que contemplar todas las variables a la vez, sin atajos ni pensamiento mágico. ¡Abrazar la complejidad! Se empieza por asumir el vertiginoso solapamiento de la crisis de extracción con la crisis de extralimitación. No para contagiar aún más miedo, sino para hacer todo el jū-jutsu posible explorando aquello de que no hay mal que por bien no venga. Es decir, si además de haber sobrepasado ya cuatro límites planetarios el petróleo ha empezado su declive, la substitución completa por renovables exige un volumen de minerales que no existe y la mayoría de recursos biológicos está menguando… ¿no nos está invitando el Universo a hacer del defecto virtud conectando todas las crisis? Es decir, las fuentes energéticas y los recursos minerales declinantes no deberíamos verlos como deseablemente declinantes, sabiendo como sabemos que esa es la única forma de descarbonizar? ¿No nos conviene acompasar la curva del declive de disponibilidad con la curva del declive de uso para así doblar la curva del colapso ecológico? Todo indica que a escala global el decrecimiento es inevitable. Cada territorio que insista en seguir creciendo lo hará probablemente a costa de otros territorios o de otras generaciones. La disyuntiva ya no está en si decrecer o no, sino en cómo hacerlo justo y cooperativo.

Síndrome de Estocolmo

Puertas giratorias, corrupción, capitalismo de amiguetes, leyes a medida, tratados de libre comercio… Sabemos de sobra el papel que juega la clase política en la construcción del Estado corporativo. Y aún así, no todos los políticos son iguales. Existe un número creciente de representantes que ante la gravedad de la situación realmente quieren hacer algo. Sin embargo, la mayoría de ell@s son incapaces de pensar por fuera del sistema socioeconómico dominante. Por no hablar del problema electoral: «lo ecológicamente necesario es políticamente imposible» suele lamentar Riechmann. Es decir, ni da suficientes votos ni los medios de comunicación —las plataformas políticas de nuestro tiempo— parecen entender el reto. O tienen agendas inconfesables.

La obstrucción bélica: causa y consecuencia

No es que fuéramos bien en eso de reducir gases de efecto invernadero en esta década crucial. El parón pandémico ha sido lo único eficaz hasta ahora, lo que demuestra que el único camino es un decrecimiento planificado y acompañado de protección social. Pero con las bombas cayendo sobre Ucrania el orden de prioridades de la realpolitik se ha manifestado con toda su crudeza. El gas se sigue comprando a Rusia o a Qatar porque no hay otra. Y el uso del sucio carbón se ha disparado después de unos prometedores lustros de estancamiento. La guerra obedece a las tensiones por el reparto de un pastel declinante, pero a la vez obstaculiza la urgente transición y machaca el multilateralismo necesario para coordinar mínimamente el fin de la fiesta fósil ¿Puede al menos acelerar la descarbonización en Europa? Veremos.

La carta de la ultraderecha

Y ¿si todo lo demás falla? ¡Queremos cabezas de turco a las que culpar y usar como cortina de humo! Aunque nuestros ultras patrios se pronuncian poco y mal sobre los temas ecológicos, lo cierto es que su auge es parte de la respuesta que el sistema ensaya. No es de extrañar que en estos tiempos de contracción resurjan encantadores de serpientes que ofrecen protección a los míos en detrimento de los otros. Si no hay para todas, yo primero. El siglo de la Gran Prueba fomentará la cooperación, no quedará otra, pero también formas de dominación brutales o refinadas. Así que mejor no malinterpretemos el negacionismo climático de la mayor parte de los movimientos reaccionarios. Como afirma André Singery, «los llamados movimientos de masas de estilo fascista tienen una relación muy profunda con los sistemas delirantes». Es decir, pueden negar sin pestañear que hemos topado con los límites y a la vez estarle ofreciendo a nuestro subconsciente una respuesta visceral y tribal a dichos límites. De nuevo, Riechmann lo resume perfectamente: «la ultraderecha fantasea con el Gran Reemplazo mientras prepara activamente la Gran Exclusión».

Prepararse contra el mundo

Alicia Ramos nos explica que los preparacionistas «hacen acopio de lo que consideran que va a escasear (que nunca es agua potable, a juzgar por la cantidad de alimentos deshidratados que acumulan)». Y concluye que esa opción individualista es coherente con el sálvese quien pueda tan en boga. A ese enfoque opone la otra cara, «la de los huertos urbanos, la de la solidaridad, la del tejido social, la cultura de lo común, que es la que se ha venido criminalizando desde el poder porque entorpecía el desarrollo de una sociedad basada en la propiedad privada y la iniciativa personal». Pero Alicia tiene clara su apuesta: «solo una una comunidad es capaz de producir y hasta de obtener excedentes». Lo cierto es que sin solidaridad, colaboración y mutualismo nuestra especie no habría llegado hasta hoy.

En resumen, como reclama el inefable Naredo, «dejémonos de vender duros a cuatro pesetas». Podemos ilusionarnos con cualquier espejismo de solución puramente tecnológica, pero la realidad es que no nos queda otra que cambiar nuestros valores en relación con la energía, los materiales, los deseos y los límites. Redefinir lo que entendemos por riqueza. Entrar en la Gran Restauración. O como Glenn Albrecht lo ha acuñado, el Simbioceno. No hay mucho que perder que no se vaya a perder de todos modos. Y a cambio, como dice Joaquim Sempere, «sentir que estás reconstruyendo un mundo maltratado por una civilización depredadora puede ser una fuente inigualable de satisfacción y felicidad». El camino se hace al andar.

Ilustración: Dolores Póliz.
Dolores Póliz

(N. del E.: El artículo ha sido actualizado a fecha de 01/07/22 para añadir un enlace de referencia al estudio de Haberl, Helmut et al, 2020, y para modificar la referencia a la posibilidad del desacople, por solicitud del autor.)

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Se nutre, en más de un sentido, de la Vall de Can Masdeu, territorio ecosocial comunitario encajado entre el distrito de Nou Barris y la sierra de Collserola, donde coordina una parte de sus huertos y cocría a su hijo. También dinamiza el blog Remenat y el ciclo formativo Mans a la Terra, con el que visita los distintos proyectos de la red agroecológica urbana Ruralitzem. Recopila caminos de transición ecosocial en el libro Nos sobran las ideas (2021)

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