Ilustración de Casdeiro
Casdeiro after Geralt, Clker-Free-Vector-Images & Janjf93 en Pixabay.

Reseña de «Técnica y tecnología. Cómo conversar con un tecnófilo»

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Adrián Almazán: Técnica y tecnología. Cómo conversar con un tecnófilo. Taugenit editorial, Kadmos, 2021. 184. págs.

¿Qué es la tecnología? Y ¿la técnica? ¿Qué diferencias existen entre ambos conceptos? ¿Es la tecnología la característica constitutiva del ser humano? ¿El destino de la especie? Y ¿el progreso? ¿Se debe luchar contra él? Adrián Almazán, físico por la universidad autónoma de Madrid y doctorado en filosofía de la mano de Jorge Riechmann, autor este, a su vez, del prólogo de la obra que aquí nos ocupa, proveerá al lector que desee embarcarse en Técnica y tecnología. Cómo conversar con un tecnófilo, de las herramientas críticas necesarias para hacer frente a estas y otras muchas cuestiones de irrenunciable relevancia en nuestros días.

Técnica y tecnología. Adrián AlmazánEstamos ante un extraordinario marco crítico, una obra lúcida y sistemática que puede acercar grandes conceptos a un público que encontrará a lo largo de sus páginas genealogías y definiciones tan rigurosas como reflexivas. Sobre todo, si atendemos al debate público encarnizado que acontece actualmente en la esfera pública y que cuenta entre sus interlocutores con el arquetipo del tecnófilo; aquel que esgrime y esgrimirá argumentos a favor de un progreso tecnológico tan natural como inevitable.

En este sentido, debemos comenzar señalando una diferencia crucial entre los conceptos que dan título a la obra. Con técnica se referirá el autor a un atributo general compartido por todas las sociedades humanas, entendiendo esta como capacidad de fabricar o usar ciertos objetos inseparables de su propia fabricación (p.15). Por tecnología, sin embargo, definirá una forma específica y exclusiva de las sociedades modernas y capitalistas (p.15). Es una divergencia relevante para comprender el proceso de desmitificación y resituación que llevará a cabo Adrián Almazán al arremeter frontalmente contra, al menos, cuatro grandes tópicos asociados al campo tecnológico: I) «Siempre ha habido tecnología y siempre la habrá, II) No se puede luchar contra el progreso», III) «Las tecnologías no son buenas ni malas», y IIII) «Solo la tecnología puede sacarnos del lío en el que la tecnología nos ha metido».

En primer lugar, desmentir la sentencia que afirma la existencia de una supuesta atemporalidad tecnológica supone un encuadramiento sociohistórico de la misma, condición sine qua non para excluir la hipótesis de un determinismo tecnológico y asentar así una antropología que genuinamente integre al ser humano en la trama de la vida. Ni solo los seres humanos han utilizado técnicas a lo largo del proceso evolutivo (p.16), ni la técnica es la naturaleza intrínseca de nuestra especie (p.20).

Estos prejuicios epistémicos han llevado tradicionalmente a la fundamentación de una condición humana productivista que define la esencia de nuestro comportamiento desde el individualismo y el egotismo, fundando así los cimientos clave de una economía neoclásica capitalista. Aunar racionalidad con innovación tecnológica sitúa como objetivo último de la especie la producción indefinida, y tergiversa nociones vitales como necesidad o límite.

Esta postura, lejos de llevarnos por derroteros realistas, responsables y, ciertamente, más plenos en todos los sentidos, nos deja ubicados en una coordenada ya conocida como Capitaloceno. Frente a este nocivo exencionalismo, existen caminos que subrayan la ecodependencia y la vinculación del Homo sapiens con aquello que este llama naturaleza.

Dicha reubicación pasa, en segundo lugar, por un análisis exhaustivo de la imagen tradicional del progreso occidental que lleva a término el autor. Un progreso construido históricamente y transformado en programa político a partir del siglo XIX (p.65). A través de los gérmenes históricos que nos permiten su explicación y su análisis, Adrián Almazán puede datar el imaginario del progreso como el resultado de la imposición de los valores de la clase dominante. Este mito se sustenta sobre la miseria y la desigualdad, y, para subsistir, precisa de la pérdida de la autonomía social en base al monopolio epistémico e institucional de todas las herramientas que podrían permitirnos una crítica radical y urgente sobre nuestra verdadera situación actual (p.79). Una situación sustentada en las fracturas metabólicas de los límites biofísicos del planeta, y que no depende del uso que hagamos de las tecnologías que actualmente poseemos, sino de su absoluto decrecimiento. Las tecnologías como «objetos moral y axiológicamente neutrales» (p.89) sencillamente no existen.

Adrián Almazán
Adrián Almazán en una imagen de su entrevista para la serie ‘Sobrevivir al descalabro’
En tercer lugar, gracias a «la ontología de la técnica (y de la tecnología) sociohistórica» (p.89), el autor podrá alumbrar una descripción no neutral de la técnica, una visión que relacionará de manera directa la técnica y la aprehensión del mundo. Esto proporciona, sin duda, un asidero que nos permite afirmar una identidad estricta entre la sociedad contemporánea capitalista y la tecnología propia de esta. El mismo individuo se crea en el uso que este hace de la tecnología. La aparición de nuevos objetos tecnológicos implica la aparición de cambios cualitativos a nivel social. Y este es precisamente uno de los puntos clave que el ensayo pone de relieve: un cambio realista pasa, forzosamente, por repensar la existencia del conjunto tecnológico que rige lo social, no por debatir a servicio de qué intereses se encuentra este.

Pero ¿cómo es posible, entonces, que una gran mayoría social siga respaldando y ensalzando un uso positivo, con carácter incluso redentor, de la tecnología? (p.125). Es, en cuarto lugar, el papel de la religión industrial y de los milagros efectistas que tapan hoy el mayor ecocidio de la historia. De nuevo, el prometeísmo de un antropocentrismo fuerte y excluyente sitúa nuestra omnipotencia en capacidades industriales de crecimiento ilimitado, avalado este por una economía de corte liberal absolutamente obcecado.

El problema, como vemos de una gravedad mayúscula, es que, si esta situación perdura y no desplazamos las propuestas de acción de un diagnóstico ya conocido a un terreno ético-político, manteniendo una confianza ciega en soluciones tecnológicas a problemas que generan las propias tecnologías, no habrá ni aprendizaje, ni una verdadera salvación posible.

La consecuencia directa, pues, de afirmar que las tecnologías son inseparables del conjunto social nos sitúa como sujetos y objetos de una transformación ineludible, tomando la consciencia que supone la existencia del abismo “entre nuestro hacer y nuestro sentir y saber (…) nuestros actos cotidianos suponen la muerte masiva de animales y plantas y ponen en riesgo a las generaciones futuras y presentes de seres humanos. Somos literalmente incapaces de hacernos a la idea de los impactos de nuestras acciones más cotidianas, y mucho menos de responsabilizarnos de ellos”. (p.143).

Entender, por tanto, las raíces de la trágica situación en la que nos encontramos se torna necesario. Y, aunque no será suficiente para poner en marcha unas prácticas libres del productivismo y del consumismo masivo y desmedido que está destrozando el hogar que habitamos, necesitaremos de obras como esta; desarrollos sólidos que remen públicamente hacia la dirección que con urgencia debemos construir.

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Estudiante de filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid. Vicepresidenta y directora del comité ético de la asociación sin ánimo de lucro Inakuwa.

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