Pablo Pino

¿Quiénes son los contra-apocalípticos?

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Los hay que creen que nuestro “modelo civilizatorio” puede prolongarse indefinidamente en el tiempo. Para que algo semejante fuera posible, la idea del “crecimiento verde” debería ser algo más que una idea. Falta, sin embargo, la primera pieza de evidencia que sugiera que el crecimiento económico pueda tener lugar en ausencia de incrementos paralelos de consumo energético y material. A su vez, el consumo energético y material no puede tener lugar en ausencia de sus concomitantes impactos ambientales. “Desacoplar crecimiento económico y consumo” es un eslogan (cf., v. g., Smil, 2013; 2019; Hickel & Kallis, 2019; Hickel, 2020) cuyo contenido real se traduce en exportación de impactos ambientales fuera de las fronteras nacionales de los países “desarrollados” (cf., v. g., Cadarso, López Santiago & Ortiz, 2020). Cuesta, en fin, improvisar atajos para eludir la conclusión de que un sistema socioeconómico dependiente de un crecimiento económico constante –exponencial– está condenado a chocar con los límites biofísicos del planeta (cf., v. g., Steffen et al., 2015).

Contra apocalípticos - BonillaPaulo Artaxo, autor principal en los tres últimos informes del IPCC, lo resume con elocuencia: “el crecimiento económico hasta el infinito en un planeta con recursos naturales finitos sólo existe en la mente de los economistas: no hay ciencia para apoyar esa idea” (De Pierro, 2020). En la misma línea, Chirag Dhara y Vandana Singh proclaman desde las páginas del conocido panfleto trotskista Scientific American que “el paradigma del crecimiento económico infinito” es sencillamente incompatible con la sostenibilidad medioambiental (Dhara & Singh, 2021). Ese paradigma tiene un nombre: capitalismo. Tal y como señalara Joseph Schumpeter, “capitalismo sin crecimiento es una contradicción en los términos” (Schumpeter, 1946: 198).

Durante décadas, cientos de científicos y académicos han venido advirtiendo de las implicaciones de esta contradicción entre la naturaleza de nuestro sistema socioeconómico y la del sistema Tierra. Ahora disponemos ya de un apelativo para referirnos a estos “radicales agoreros”: apocalípticos. Jesús Zamora Bonilla dedica su último libro, Contra apocalípticos (Shackelton, 2021), a “desmontar las principales tesis” de estos subversivos “cascarrabias”, y logra hacerlo sin citar una sola publicación “apocalíptica”.

Su forma de desmontar la tesis apocalíptica de la contradicción entre capitalismo y sostenibilidad es muy sencilla: “me parece muchísimo más probable –nos dice– que un régimen capitalista liberal (…) sea capaz de enfrentarse con éxito a los retos [de la crisis ecosocial en curso], y no que lo haga un fantasioso régimen neosocialista” (p. 48). Ningún argumento en base a evidencia de clase alguna se añade a esta apreciación subjetiva. (El texto completo de la anterior cita de Schumpeter dice, por cierto: “una economía socialista sin crecimiento todavía sería una economía socialista, pero un capitalismo sin crecimiento es una contradicción en los términos”).

Esta desatención a la evidencia relevante explica que logre el autor imaginar una civilización tecnoindustrial –idéntica en lo esencial a la nuestra– prolongándose en el tiempo durante millones de años. Las leyes de la termodinámica no pueden tumbarse por decreto, de forma que sigue sin estar de más recordar, como hacía Joan Martínez Alier en su discurso de aceptación del premio Balzan, que la energía no se recicla, y que los materiales lo hacen sólo en una pequeña proporción.

Jorge Riechmann
Jorge Riechmann. Foto: Guillermo Martínez.
En palabras de Jorge Riechmann –el único “apocalíptico” al que se cita a vuelapluma en estas páginas–, la fantasía es libre… al menos “mientras no piense uno en petróleo y madera y cobalto” (Riechmann, 2021: 127), al menos mientras se sienta uno exento de considerar “en detalle qué está sucediendo con el clima, con el petróleo, con los demás recursos energéticos, con el agua, con el suelo fértil, con los océanos, con los ecosistemas terrestres, con los minerales, con la demografía, con la producción de alimentos” (Ibíd.: 320).

Varios de nuestros “apocalípticos” han publicado recientemente textos muy asequibles que pueden constituir un excelente punto de partida para cualquiera interesado en maridar de forma armónica las leyes de la física y los juegos de su fantasía (cf. Almazán, 2021; Turiel, 2020). Un vistazo al trabajo que vienen realizando los investigadores del Stockholm Resilience Centre, el Grupo de Energía, Economía y Dinámica de Sistemas (GEEDS) o el Centro de Investigación de Recursos y Consumos Energéticos (CIRCE) surtirá un efecto similar, aunque quizá el mejor camino hacia ese maridaje pueda abrirlo un buen manual de economía ecológica –no confundir con la economía ambiental, ese intento de extender al tratamiento del medioambiente la malla conceptual que tejiera el reduccionismo monetarista de la economía neoclásica a fin de conceptualizar el sistema económico haciendo abstracción, justamente, del medioambiente (Naredo, 2018).

Ese maridaje de física y fantasía resulta, no obstante, complicado cuando se emplea como fuente de evidencia el conocido “manifiesto” en el que Steven Pinker nos pone al corriente, entre otras muchas cosas, de los días felices que corren para una biosfera que no deja de experimentar constantes mejorías gracias a las “tecnologías verdes” y la imparable desmaterialización de una economía que estaría materializando ya el sueño del desacoplamiento entre crecimiento y consumo. Como Pinker, Zamora Bonilla lamenta que esos días no sean más felices aun a causa del infantil empeño de los “ecologistas cascarrabias” en oponerse a la energía nuclear y la geoingeniería –el lector interesado puede siempre acudir a los “radicales cascarrabias” para asomarse a la lógica de este infantil empeño por permanecer dentro de los límites de la conjunción entre el principio de precaución y la mejor evidencia disponible (cf., v. g., Santiago Muíño, 2015: cap. 7; Casado, 2020; Pasztor, Scharf & Schmidt, 2017; Boyd & Vivian, 2019; Foley, 2021).

La confianza en que el advenimiento de alguna clase de mesías tecnológico pueda permitirnos seguir consumiendo cantidades siempre crecientes de materiales y energía no es, desde luego, una excentricidad de Zamora Bonilla: toda nuestra cultura se asienta tácitamente sobre esa confianza. Mientras tanto, en las postrimerías de la era de los combustibles fósiles, los mismos suponen cuatro quintas partes de nuestro consumo energético total. Hace tres décadas esa proporción era, por cierto, exactamente la misma. Cuanto ofrecen las energías renovables que se asume que vendrán a sustituir a las fósiles (eólica y fotovoltaica) es, por otra parte, electricidad, que supone una quinta parte de nuestro consumo energético total, y no conviene perder de vista que amplios segmentos de la agroindustria, la minería, el transporte o la industria dependen de procesos que, sencillamente, no son electrificables. Además, tras décadas de auge e innovación renovable, apenas una vigésima parte de la producción eléctrica total se debe a las referidas energías renovables.

Una vigésima de una quinta parte: sobran motivos para intuir a la vuelta de la esquina un sistema energético 100% eléctrico cimentado, por añadidura, sobre unas “tecnologías renovables” que, lógicamente, lejos de ser renovables exhiben una voracidad material que comienza a dejar de pasar desapercibida –se prevé que los efectos sobre los ecosistemas de la minería destinada al sector renovable sean en los próximos años peores incluso que los del cambio climático (Sonter et al., 2020), y es que ni las palas eólicas ni los paneles fotovoltaicos se hacen con el material de los sueños, sino con recursos minerales escasos, que escasearán cada vez en mayor medida y cuya obtención requerirá cada vez mayores inversiones de energía en procesos extractivos cuyos impactos irán asimismo en aumento mientras se reduce progresivamente la calidad del recurso extraído (cf., v. g., Almazán, 2021; Valero & Valero, 2009; Valero et al., 2018; Cerrillo, 2021).

La alternativa que se nos presenta es, por lo tanto, la de seguir apostando por la pronta parusía del mesías tecnológico o comenzar a pensar en cómo organizar nuestras sociedades en un contexto marcado, en el plano ambiental, por la inestabilidad de una biosfera gravemente dañada y, en el económico, por un significativo descenso material y energético.

El optimismo prometeico y la fantasía de Zamora Bonilla no vuelan, sin embargo, enteramente libres. Así, por ejemplo, nos explica que, como fuimos capaces de reducir “apreciablemente” el riesgo de una confrontación nuclear, “lo más probable” es que seamos también capaces de hacer frente a la crisis ecosocial en curso (p. 63). Este nuevo “a mí me parece” se alza sobre una base ciertamente curiosa, entre otras cosas porque los analistas que llevan décadas con la lupa puesta sobre la insensatez nuclear, como Daniel Ellsberg, Noam Chomsky o los agoreros del Bulletin of the Atomic Scientists, confiesan estar cada día más aterrados. William J. Perry, secretario de Defensa de la Administración Clinton que ocupó puestos de responsabilidad en prácticamente todas las administraciones desde Eisenhower, confiesa de hecho estar doblemente aterrado: en primer lugar, por el creciente riesgo de un enfrentamiento nuclear y, en segundo, porque apenas nadie parece aterrado.

Jesús Zamora Bonilla
Jesús Zamora Bonilla. Fuente: UNED.
Sea como fuere, a Zamora Bonilla le “parece obvio que es mucho más prudente intentar resolver [estos problemas] desde dentro de nuestro sistema” (p. 80). Esta obviedad se aplica, a su entender, a todos los problemas que discute y, en el fondo, a todos los que quepa concebir. No obstante, es interesante resaltar que los problemas a los que se refiere en el contexto de esta cita tienen que ver con el creciente riesgo de brotes epidémicos, que por algún motivo atribuye a la cría de animales domésticos en contextos con bajos estándares de control sanitario: un argumento más, nos dice, para plantearnos como objetivo prioritario el desarrollo económico de las regiones pobres del planeta, en las que escasean esos controles –cuanto más rica es una sociedad, mayor es su impacto ambiental (Wiedmann, Lenzen, Keyßer & Steinberger, 2020), pero también su capacidad para convencerse de todo lo contrario.

En efecto, tal y como han indicado decenas de investigadores, los miles de brotes zoonóticos registrados en las últimas décadas guardan una estrecha relación con la agroindustria. Sin embargo, esa relación radica, en último término, en que la agroindustria es responsable de la práctica totalidad de la deforestación. Como señala Peter Daszak, codescubridor del origen del SARS, millones de virus nos esperan en los animales salvajes que habitan los ecosistemas que no han sido aún arrasados con buldóceres para abrir espacio al monocultivo intensivo destinado a cebar ganado –este arrasar con buldóceres es, por cierto, nuestra forma de contribuir al “desarrollo” de aquellas regiones pobres: en el Sur, el crecimiento económico “no es sino el crecimiento de una hemorragia” (Taibo, 2021: 34).

Cualquier suscriptor de cualquiera de las principales revistas científicas habrá podido comprobar que cada día se publican más artículos que advierten de la probable cercanía –en el pasado o el futuro– de puntos de no retorno (Lenton et al., 2019; Harvey, 2021), muchos de los cuales no tienen exclusivamente que ver con el cambio climático, único de los síntomas de la crisis ecológica en curso del que Zamora Bonilla acusa recibo. “De no disminuir rápidamente X los daños en Z serán irreparables”. Con frecuencia, Z es un parámetro interrelacionado con muchos otros. No hay forma amable de enunciar ninguna versión imaginable del principio de precaución ante los defensores de un “proyecto civilizatorio” consistente en aumentar constantemente el consumo de todos los X habidos y por haber… mientras los haya. “Después de todo, me parece muy probable que esos cascarrabias estén prestando demasiada atención a datos y modelos demasiado pesimistas”.

Si optamos, con Zamora Bonilla, por poner el foco exclusivamente en el síntoma climático de la crisis civilizatoria en la que nos adentramos con paso firme, podemos, como él, entregarnos a tranquilizadores ejercicios de cherry picking con alguno de los últimos informes del IPCC. No resulta sencillo, habida cuenta del siniestro panorama que pintan los informes especiales que sucedieran al quinto y último (completo) hasta la fecha. No obstante, la discutida tendencia del IPCC a errar por el lado optimista (cf., v. g., Brysse et al., 2013) ofrece siempre cabos de los que tirar a la hora de abordar semejante clase de ejercicios –anotemos al margen que el propio IPCC, en su informe especial sobre el océano y la criosfera, publicado en septiembre de 2019, admite explícitamente que sus proyecciones han tendido a errar por el lado optimista, siendo así que la realidad ha dejado a menudo atrás a sus predicciones (cf. IPCC, 2019: 83).

Las partes que han ido conociéndose del sexto informe ofrecen cabos ciertamente precarios para ejercicios de la señalada naturaleza. A la fecha, la única parte oficialmente publicada es la correspondiente al Grupo I, y las perspectivas que arroja son considerablemente peores que las de los informes previos (a pesar de que los modelos de los que derivan esas perspectivas siguen sin incluir lazos de realimentación tan significativos como, por ejemplo, el del permafrost). La prensa se ha hecho eco de esas perspectivas reproduciendo la idea de que, según el nuevo informe del Grupo I, aún podemos evitar los escenarios más catastróficos. No hace falta leer con lupa el informe completo para entender en qué sentido propone que estaríamos a tiempo de evitar esos escenarios: para lograrlo, bastaría con que siguiéramos emitiendo al ritmo actual durante lo que resta de esta década para, después, frenar en seco y empezar a extraer carbono de la atmósfera. El propio informe destaca el declive de la capacidad de absorción de los océanos y los ecosistemas terrestres, y nos explica asimismo que no se ven en el horizonte tecnologías viables de captura de carbono.

Tampoco los informes previos pintaban panoramas mucho más halagüeños. Así, por ejemplo, tanto el cuarto como el quinto recogían entre sus hallazgos incontestables la predicción de que “el calentamiento antropogénico y el aumento del nivel del mar se prolongarán durante siglos incluso aunque las emisiones de gases de efecto invernadero se redujeran lo suficiente como para estabilizar sus concentraciones” (IPCC, 2007: 72), porque, de hecho, “la mayoría de los aspectos del cambio climático persistirán durante muchos siglos incluso aunque se detuvieran las emisiones de CO2” (IPCC, 2013: 27; v. et., IPCC, 2014: 16). En la misma línea, el señalado informe especial sobre el océano y la criosfera asumía como un hecho que el aumento del nivel del mar se prolongará durante siglos.

Cualquiera que se haya acercado a un manual de ciencias de la Tierra sabe que resultaría extremadamente raro que perturbaciones como ésta no vinieran de la mano de otras tantas. No es necesario, sin embargo, acercarse a ningún manual de ética para intuir las dimensiones morales de opciones que afectarán a innumerables individuos de innumerables especies durante innumerables generaciones. La de atacar a los cascarrabias es, claro, una opción moral entre otras.

Cambio térmico en los últimos 50 años.
Cambio térmico de la Tierra en los últimos 50 años. Fuente: Wikimedia Commons.
A Zamora Bonilla le parece obvio que esto del cambio climático podemos arreglarlo sin sobresaltos dentro del sistema socioeconómico capitalista. Si a ti no te parece tan obvio, ello se debe a que eres un cascarrabias. El prominente cascarrabias y climatólogo Kevin Anderson apunta en este sentido que “el desafío no es ya el de fomentar cambios moderados en el sistema económico, sino más bien una reconsideración revolucionaria del mismo” (Anderson, 2019: 348). Por su parte, Zamora Bonilla cree que cuanto hace falta es “corregir” el capitalismo. Esa corrección es lo que ha venido denominándose “políticas de reducción de emisiones”, a cuyo “continuo fracaso” achaca Anderson que el desafío sea hoy el de afrontar una rápida “reconsideración revolucionaria”: “es tarde ya para una progresiva descarbonización de la economía de libre mercado” (Nature, 2019: 309).

Han transcurrido décadas de “políticas de reducción de emisiones” y “descarbonización progresiva” gracias a la herramienta de corrección capitalista: los mercados de carbono. Los resultados son inequívocos: más de la mitad de las emisiones antropogénicas de CO2 de toda la historia se han liberado a la atmósfera después del Protocolo de Kyoto, que instaurara a finales de los noventa la panacea de los mercados de carbono.

En palabras de Julia K. Steinberger, que participa en la redacción en curso del sexto informe del IPCC, las herramientas con las que la ortodoxia política y económica insiste en inflar la burbuja del “crecimiento sostenible” han sido repetidamente desacreditadas a causa de su total carencia de cualquier clase de “base real” (Steinberger, 2020).

Los cascarrabias están por todas partes, de forma que es lógico que hayan logrado infiltrarse en organizaciones de bien, como el IPCC: en un último ejercicio de ética contra-apocalíptica –porque los realmente contra-apocalípticos no son los que le quitan hierro al embolado en el que estamos metidos, sino más bien los que buscan el freno para contener su deriva: los frugales, los prudentes, los moderados–, los radicales del IPCC filtraban a la prensa diferentes partes del sexto informe. Algunos de los documentos filtrados corresponden a partes del informe que han de someterse antes de su publicación oficial a la negociación entre científicos y representantes de los Estados. Inmediatamente después de la primera filtración se extendió ya la opinión de que la misma habría obedecido a la intención de los científicos de evitar que la señalada negociación rebajara el tono del mensaje, ciertamente “apocalíptico”: “lo peor está por venir”, podía leerse en aquella primera filtración. Las sucesivas filtraciones han venido perfilando el mensaje, y los propios responsables han sido bien explícitos al respecto: “debemos abandonar el crecimiento económico, que es la base del capitalismo”. ¿Quedará algo de ese mensaje tras la negociación con los políticos? Tanto si se diluye como si no, con estas filtraciones comienza una “cuenta atrás” que “ha situado a todos los actores de este drama planetario sobre el escenario” (Casal Lodeiro, 2021).

El título completo del libro de Zamora Bonilla es Contra apocalípticos: ecologismo, animalismo, posthumanismo. Así pues, a los argumentos contra los ecologistas cascarrabias se añaden otros semejantes contra los animalistas y los posthumanistas. Lo cierto es que cuesta advertir qué tienen de apocalíptico los animalistas o los posthumanistas, más allá del hecho de que defienden principios morales que difieren de los de Zamora Bonilla (el apocalipsis son los otros, que diría aquél). Así, frente a los animalistas, Zamora Bonilla se limita a yuxtaponer a los principios morales de éstos los suyos propios. El argumento que cabe entresacar de esta yuxtaposición tiene la siguiente forma: el sufrimiento animal y la colosal devastación ambiental que causa la ganadería industrial (cf., v. g., Lymbery, 2017; Carrington, 2018) me importan “un comino”, y como todos sois más o menos como yo, sé que a vosotros también (p. 162; v. et. p. 169). La parte dedicada al posthumanismo contiene los segmentos más juiciosos y de mayor densidad filosófica de este texto, pero dada su escasa y nebulosa relación con esto del apocalipsis podemos ahorrarnos añadir nada a lo ya expuesto –preguntemos, con todo, en qué sentido cabe equiparar el cambio climático con el disparate de la singularidad (p. 243).

Cuando el viento que hincha tus velas es el de la ideología dominante no cuesta convencerse de que avanza uno desideologizado: “soy éticamente neutral en mi defensa de la ética capitalista; tú, en cambio, un fanático. ¿Por qué? Porque al incidir en que la biosfera se encuentra en una situación crítica intentas arrinconar la libertad del resto imponiéndoles tus apreciaciones subjetivas”. Así habló Zamora Bonilla –que advierte también contra la “condenable” estrategia “populista” de “excitar” instintos tan “primarios” como “el rencor hacia las élites» (p. 36): anotemos, aun a riesgo de acarrear semejante mancha moral, que si alguien se pregunta cuál es esa ética capitalista basta con indicarle que se trata de una ética muy democrática y muy liberal en la que unos pocos dan las órdenes desde la cima de cadenas de mando herméticas al escrutinio y los intereses de las mayorías mientras, en la base de la pirámide, el resto puede optar libremente entre obedecerlas y morirse de hambre.

El viento, caprichoso e impredecible en sus detalles, es también, en sus patrones globales, sensible a la intervención humana. ¿Lograremos que soplen pronto vientos favorables? El tiempo apremia, amigas y amigos contra-apocalípticos.

Pablo Pino

Referencias

  • Almazán, A. (2021) Thanatia. Los límites minerales del planeta. Barcelona: Icaria.
  • Anderson, K. (2019) «Wrong tool for the job», Nature, 573(7774), p. 348.
  • Boyd, P. & Vivian, C. (2019) “Should we fertilize oceans or seed clouds? No one knows”, Nature, 570, pp. 155-157.
  • Brysse, K., et al. (2013) “Climate change prediction: Erring on the side of least drama?”, Global Environmental Change, 23(1), pp. 327-337.
  • Cadarso, M. A., López Santiago, L. A. & Ortiz, M. (2020) “La economía europea no reduce emisiones de CO2, las deslocaliza”, The Conversation, 7 de septiembre.
  • Carrington, D. (2018) “Avoiding meat and dairy is ‘single biggest way’ to reduce your impact on Earth”, The Guardian, 31 de mayo.
  • Casado, M. (2020) “Transición Energética, planificar para los próximos 100.000 años”, 15/15\15, 14 de agosto.
  • Casal Lodeiro, M. (2021) “El cambio climático y las élites suicidas”, ctxt, 3 de septiembre.
  • Cerrillo, A. (2021) “Alicia Valero: ‘Nuestra civilización depende de minerales muy escasos en la naturaleza’”, La Vanguardia, 7 de julio.
  • De Pierro, B. (2020) “El impacto del cambio climático será similar a los efectos de la COVID-19”, SciDev, 5 de junio.
  • Dhara, C. & Singh, V. (2021) “The delusion of infinite economic growth”, Scientific American, 20 de junio.
  • Foley, J. (2021) “Solar geoengineering: Ineffective, risky, and unnecessary”, GlobalEcoGuy, 2 de abril.
  • Harvey, F. (2021) “IPCC steps up warning on climate tipping points in leaked draft report”, The Guardian, 23 de junio.
  • Hickel, J. (2020) “Decrecimiento: Respuestas a las críticas más usuales”, Climaterra, 4 de diciembre.
  • Hickel, J. & Kallis, G. (2019) “Is green growth possible?”, New Political Economy, 24, pp. 1-18.
  • IPCC (2007) Contribution of Working Groups I, II and III to the Fourth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Geneva: IPCC.
  • IPCC (2013) Contribution of Working Group I to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change. Cambridge: Cambridge University Press.
  • IPCC (2014) Cambio climático 2014. Informe de síntesis. Ginebra: IPCC.
  • IPCC (2019) The Ocean and Cryosphere in a Changing Climate. Ginebra: IPCC.
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  • Wiedmann, T., Lenzen, M., Keyßer, L. T. & Steinberger, J. K. (2020) “Scientists’ warning on affluence”, Nature Communications, 11, 3107.
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Profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la Universidad Complutense de Madrid, donde colabora también con el Departamento de Filosofía y Sociedad y coordina el diploma en Neurociencias y Filosofía. Ha publicado numerosos trabajos académicos en revistas especializadas y asimismo artículos de análisis en medios generalistas. Es autor de La economía política del desastre (Los Libros de la Catarata, 2018) y La batalla por las ideas tras la pandemia (Los Libros de la Catarata, 2020).

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