Casdeiro, after Greg Montani, Momentmal & Arek Socha (Pixabay).

El cómo nombramos las cosas: la economía de casino. Desenmarañando nuestro imaginario

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(El presente artículo fue remitido a nuestra revista en el mes de marzo de 2021.)

Al sistema que nos gobierna hoy y que nos lleva cada vez más rápido hacia el abismo lo llamamos capitalismo, una denominación que nos remite a una imagen bastante engañosa. Para empezar, nos coloca en la ruidosa dicotomía capitalismo-comunismo: el miedo al comunismo ensordece todo razonamiento, como bien lo sabe la extrema derecha. Desde ahí, el capitalismo, como parte sobreviviente de la guerra fría, se declara a sí mismo como el único sistema posible para traernos el prometido progreso. Esta brutal pero efectiva simplificación nos cierra a nuevas posibilidades, tan urgentes hoy en día. ¿Cómo salir de este constreñimiento?

Para comenzar, en nuestro imaginario, estos sistemas económicos parecen entidades cerradas. Su solidez proviene de que los hemos reificado, o sea, los hemos convertido en objetos claramente delimitados en lugar de verlos como abstracciones siempre fluidas y complejas que aglomeramos al nombrarlas. Parecieran así cuasi-organismos que incluso pueden madurar, como en el concepto de capitalismo avanzado. Éste último nos remite a una entidad que atravesaría diferentes fases de un supuesto inherente desarrollo, con su propio modo de madurar (como un peral que solo puede crecer como un peral). Se nos presenta así una economía en el presente que parece inevitable, un devenir naturalizado de ese ente capitalismo, y aquí está el quid de la cuestión: no nos permite ver el monstruo que hemos creado y que se re-crea a cada momento (como dice E. Lizcano cada imaginario marca un cerco que permite ver algunas cosas pero otras no[1]). Se blandean los mismos ideales originales: el libre mercado, la mano invisible y la resultante eficiencia, etc., que con el tiempo se han vuelto máscaras de lo que en realidad sucede.

A pesar de la múltiples crisis actuales, nos seguimos imaginando como en camino hacia una situación ideal. Entendemos al “capitalismo” como proyectado a un futuro en el que madurará, permitiendo el juego perfecto del mercado (un fin de la Historia que se parece sospechosamente a aquella vida eterna que se nos prometía hace unos siglos). O sea, una situación parecida a la de aquel otro ente reificado que iba rumbo a su madurez: la del socialismo realmente existente y su proyección al futuro comunismo. Nuestro marco judeo-cristiano del tiempo, la naturalidad de vernos siempre en progreso hacia algo mejor, nos facilita este proyectar ideales hacia el futuro. Esto nos impide ver el presente, subordinándolo a su imaginado devenir, como ha señalado W. Benjamin[2]. Una de tantas contingencias histórico-culturales de nuestra modernidad.

Intentemos imaginar, en lugar de una entidad definida, más bien un sistema que ha ido cambiando según decisiones políticas que se hacen día a día, sujetas a relaciones de poder —factor que nunca se tuvo en cuenta en el relato original pero que gobierna nuestras realidades—. Imaginemos en su origen un pozo de valores y conceptos que surgió en un contexto histórico y cultural, con límites fluidos, muy diferente del peral. Un pozo que, en el tiempo y en sus aplicaciones, se vuelve un río que a cada paso se va por un ramal concreto, pero solo porque alguien pone una piedra allí, cava un hoyo allá… ¡Un fluir de muchísimos posibles, según intereses y prácticas concretas!

El relato original de la entidad capitalismo habla de un escenario ideal en el que dos panaderos en diferentes esquinas, por iniciativa y con medios privados, producirán pan al precio y calidad ideales y autorreguladas: pues si uno de ellos se pasa de precio o hace mal pan, nadie le comprará e irá al otro panadero. Suena muy bien. Pero resulta que hoy uno de los panaderos aplastó al otro; solo miremos a Amazon y lo que hace con la librería del barrio. Si, es más eficiente pues vende a mejor precio, pero ¿es ese el modelo que queremos? ¿Que costos externalizados, sociales y ambientales, tiene su funcionamiento, o sea, costos que no se computan en el precio de sus productos? Se han impuesto leyes que permiten que no pague impuestos cuando la tienda de la esquina sí los tiene que pagar. Hecho obsceno, aunque alguno argumente que esto tiene una razón de ser.

Resulta que hoy lidiamos con multinacionales que tienen más poder y dinero que muchos Estados, y que además muchas veces gozan de marcos jurídicos en los que la libertad de emprendimiento se traduce en vía libre para forzar intereses y codicias desmedidas al que tiene el poder para hacerlo. Y, para completar, los gigantes ya ni siquiera producen buen pan, pues el panadero glotón —pasemos ahora a pensar en alguno de los poquísimos gigantes que controlan la agroindustria— convenció a su público, con marketing, de que su pésimo y venenoso pan es bueno. Y así, hasta acabar, en nuestro tiempo, en una caricatura de la narrativa sobre los panaderos…

Adentro del aura de una supuesta madurez del capitalismo, en las últimas décadas hemos visto cómo se allanó el camino a prácticas que antes ética y culturalmente se prohibían, como la especulación o la usura. Vamos a la especulación. Leemos que desde el 7 de diciembre de 2020 este bien básico (por ahora el agua de California) comienza a cotizar en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street. Hay alertas sobre un posible riesgo de especulación por el precio del agua, por parte de bancos y fondos de cobertura generando una burbuja especulativa como sucedió con el mercado de alimentos en 2008. Comparto aquí un muy completo y alarmante informe de lo que sucedió en este sentido con los alimentos: El Casino de hambre[3]. Fue a partir del año 2000 que se impuso el libertinaje en los mercados de “derivados financieros de materias primas” (la piedra que cambió el fluir del río), permitiendo “aumentos de precios por encima de los niveles que estarían justificados por las oscilaciones básicas de la oferta y la demanda” (p3). Esto dice bastante sobre esas máscaras en las que han devenido los mandamientos del mercado. Se puede leer más sobre este tema y sus implicaciones también en un artículo de Juan Bordera publicado en esta misma revista.

Se le ha dado la bendición[4] a la especulación, y esto más allá de como normalmente la entendemos. El retorcimiento de tuerca se escapa a la comprensión de la mayoría: se especula es con el precio de las commodities a futuro, los especuladores no tendrán en ningún momento el producto entre sus manos. Se trata de apuestas. Los banqueros astutos que lo idearon, pensarían que era una brillante posibilidad para hacer crecer el dinero de sus inversionistas (no, no se trata de un Estado profundo).

El agua, ese bien que significa vida, se ha comodificado: un puñado de especuladores, con un poder jamás visto sobre este planeta, puedan manipular su precio y con ello la vida de millones. Y esto solamente para alimentar al monstruo que podríamos empezar a llamar economía de casino en vez de capitalismo. Pues hay que sacarlo de su fatal aire de inevitabilidad y madurez Este último codo en el recorrido del río vuelto tsunami es y era perfectamente evitable, como tantos otros. Nombrar de otro modo no cambia la realidad pero ayuda a convocar otro cerco alrededor de nuestro imaginario, a abrirnos a imaginar alternativas y ponerlas en práctica.

Casdeiro, after Greg Montani, Momentmal & Arek Socha (Pixabay).

Notas

[1] Lizcano, E. (2006): Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones, Madrid: Ediciones Bajo Cero/ Traficantes de Sueños.

[2] “Tal representación del progreso como la lógica en marcha … inherente sobre todo a la sociedad moderna, según la cual estamos embarcados en un proceso de mejora constante e incesante de la propia humanidad, piensa Benjamin que hace un daño profundo a los esfuerzos por confrontarse críticamente con el presente y por impulsar una praxis transformadora en profundidad. La idea moderna de progreso nos instala en una experiencia de la historia como continuidad en marcha hacia lo mejor.” J.M. Romero Cuevas, “Sobre la actualidad de Walter Benjamin”, Constelaciones: Revista de Teoría Crítica, Vol. 2, 2010.

[3] Escrito dentro del marco del proyecto “Financing Sust­ainable Futures” de la Comisión Europea.

[4] La metáfora religiosa no es gratuita pues la creencia en las fuerzas benéficas del capitalismo es una fe. Ver por ej. P. Bourdieau.

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Psicóloga con estudios de doctorado en Psicología Social en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus intereses en la investigación se han agrupado alrededor del análisis crítico de discurso, el discurso del desarrollo, psicología social crítica, estudios poscoloniales/ decoloniales y estudios de América Latina. Más adelante han virado hacia la ecología y sobretodo la agroecología. Posgrado en Diseño para la Sostenibilidad/ Pensamiento sistémico en la UOC (2013). Otros cursos que le han abierto panoramas: “Comiendo utopías” de Ecologistas en Acción (2015); “Right Livelihood” en el Schumacher College (2015- 2016); “Political Ecology and Degrowth Economics” en la UAB, (2019).

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