Vivir (selección de relatos, I)

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(Los siguientes textos forman parte del libro Vivir, publicado en 2020 por la Editorial Milenio, con ilustraciones de Virginia Pedrero.)

Plantar

Cuando era pequeña, mi abuela plantó dos árboles, más diminutos que yo, en un campo cercano a su casa.

–Estos árboles crecen muy lentamente –me dijo–. Cuando tú seas como yo de vieja todavía no serán muy grandes.

–Pero abuela –le pregunté–, ¿por qué plantas estos árboles ahora? Si crecen tan lento tú ya no vas a poder sacar nada de ellos.

–Es que no los planto para mí –dijo–. Los planto para ti y para todas las personas que vendrán después de ti.

Cooperar

Hacía tiempo que Nika se había dado cuenta de que algo pasaba en la montaña. Algunas aves se quedaban todo el año. Otros animales ya no estaban. Hacía más calor. Llovía menos.

Abajo, en la aldea, todavía se estaban recuperando del huracán de dos meses atrás. Las personas mayores llevaban varias estaciones diciendo que cada vez había más huracanes. Que en todo el tiempo que llevaban habitando aquel lugar nunca había habido tantos. Decían que tenía que ver con que el clima estaba cambiando. Decían que por eso las plantas enfermaban y muchos animales ya no estaban.

Nika, tocando la concha que llevaba colgada al cuello desde que era pequeña, miraba desde la ladera cómo se movían de un lado a otro las personas que desde allí arriba parecían diminutas. Hoy tocaba reconstruir el centro comunitario.

Le gustaba que cada vez que un huracán lo destrozaba todo las personas de la aldea se juntaban. No es que le gustasen los huracanes, eso es evidente. Lo que le gustaba es que no reconstruía cada cual lo suyo. Entre todas y todos volvían a hacer las casas. Nadie se sentiría bien teniendo de nuevo su lugar para vivir si el resto no podía tenerlo. Eso es lo que más le gustaba de su gente. Que cada vez que ocurría algo cooperaban. Que el sentirse bien individualmente pasaba, necesariamente, porque toda la comunidad estuviera bien.

Sabía que en otras partes del planeta no era así. No entendía por qué.

Transformar

Sembró todo de flores alrededor de la casa. Puedes haber tenido que aprender a usar un arma y que te guste mirar la belleza frágil de las flores. De frente.

Se sienta en la hamaca y mientras se balancea suave les habla de las flores y de la revolución que no consiguió construir lo que soñaban.

Cuenta que hay violencias visibles e invisibles. Las visibles son de las que hablan del gobierno y los militares, las armas y la guerra. Las invisibles son las que le impulsaron a ella y a mucha otra gente a hacer cosas que nunca pensaron que harían. La violencia de tener que levantarse de madrugada para conseguir una cita médica y pasar seis horas haciendo cola. Llena de dolores. La violencia de ver cómo el precio de los alimentos va subiendo, poco a poco, hasta que ya no te alcanza para comprar comida más que las dos primeras semanas del mes. La violencia de ver cómo las tierras se acumulan cada vez en menos manos. La violencia de una educación que impide aprender a los que no tienen dinero. La violencia de un deterioro ambiental que expulsa a la gente de su medio de vida. La violencia que sufren los cuerpos de las personas pobres, de las negras, de las indígenas, de las mujeres.

Todas estas violencias no se denominan violencias, porque no van acompañadas de un arma, aunque también sirven para matar. Son violencias invisibles.
–La paz sin justicia no es posible –dice.

Luego mira a las flores. Les mira. Sabe que comprenden.

La paz sin justicia no es posible…

Repartir

Cuentan que en algunos lugares de África, después de la cosecha, las familias que más tienen o que menos necesitan dejan parte del alimento en un lugar. Después, otras familias, que tiene menos o que necesitan más, pasan por allí a recogerlo.

En la comunidad nadie sabe quién deja. Nadie sabe quién coge.

Es su manera de redistribuir los recursos de una forma equitativa.

Proteger

Escuché cómo muchas mujeres y hombres indígenas decían que la mejor manera de resistir es sembrar.

Sembrar, también, en las ciudades.

Pero, ¿qué pasa si no se dejó lugar para la tierra?

Hay que imaginar dónde plantar semillas… En ollas viejas, en alcorques, en rincones sin asfalto… Y recuperar la memoria.

Decían que sembrar es la mejor estrategia de supervivencia.

La mejor manera de protegerse.

Y, después, recoger la cosecha para repartirla.

Ilustración: Virginia Pedrero Boceta
© Virginia Pedrero Boceta
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