Ilustración de Xoana Abraira
Xoana Abraira

Reseña de «Las emociones de la Tierra. Nuevas palabras para un nuevo mundo»

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¿Es posible fundar una nueva ética de la Tierra en las emociones de desgarro y la profunda sensación de pérdida que percibimos a medida que el Antropoceno se extiende inexorable arrasando con todo ante nuestros ojos? ¿Puede nuestra tristeza, pero también nuestra rabia, tener potencial político para intervenir sobre la trayectoria de destrucción ecológica que provocan nuestras sociedades? Para Glenn Albrecht, filósofo australiano y profundo amante de la naturaleza y de los pájaros de su tierra natal, vale la pena tomarse en serio el potencial ético y político de nuestras emociones para poner en marcha una revolución cultural que defienda lo que es bello y valioso antes de que la inacción nos haga lamentar una pérdida, evitable, aún mayor.

No cabe ninguna duda de que el ser humano se mueve por sus emociones tanto o más que por sus razones. Lo cierto es que tenemos razones de sobra para modificar nuestros modos de vida individuales y colectivos en una sociedad que se dice a sí misma fundada en las virtudes de la razón y de la técnica, pero que sin, embargo, desatiende obstinadamente las ya demasiadas llamadas de atención por parte de la comunidad científica que nos advierte de las terribles consecuencias que nos esperan si no lo hacemos pronto y con decisión. Si no nos faltan razones, y dejando de lado la más que posible hipótesis de que realmente no nos creamos lo que sabemos, quizá nos falte una motivación más básica y poderosa: la de una profunda conexión emocional que nos una también en el plano de lo afectivo con aquello con lo que estamos inevitablemente conectados en el plano material. Estamos (sobre)informados, pero nos hallamos muy lejos de conmovernos por la deriva ecocida de nuestra civilización.

Las emociones de la Tierra (cubierta)Las emociones de la Tierra (MRA Ediciones, Barcelona, 2020) es un ensayo sobre las raíces de esa desconexión con la Tierra y sus consecuencias psicológicas, espirituales y ecológicas a través de la dimensión emocional en la que todos estos planos de la existencia se dan cita en nuestra vida cotidiana. Suele decirse, con razón, que no hay nada más poderoso que el amor de una madre, quien sería capaz de cualquier cosa, incluso de comprometer su propia seguridad y bienestar con tal de asegurar lo mejor para sus hijos. El amor nos instala en un cambio de perspectiva moral, nos pone en el lugar del otro, consigue hacernos trascender nuestro ego para poner a aquello que se ama y su bienestar por encima de nuestros propios deseos inmediatos o intereses particulares. Necesitaríamos sentir algo parecido al amor de una madre por sus hijos cuando pensamos en la Tierra, aunque en este caso seríamos sus hijos los que nos pondríamos a su servicio para cuidarla. Para que esto sea posible necesitamos, en primer lugar, reconocernos como una pieza más de la extensa y compleja red de sistemas vivos a los cuales nuestro destino está indefectiblemente unido. Sin esta conciencia primaria de nuestra dependencia de la salud de los ecosistemas de los que formamos parte que nos devuelva a nuestro modesto lugar en la trama de la Vida no hay revolución espiritual posible. Como la madre con sus hijos, sólo se cuida lo que se ama y sólo se ama lo que se conoce. Y es que probablemente la reconexión espiritual que necesitamos sea indisociable del contacto directo y frecuente con la Naturaleza, así como de la interiorización de las reglas básicas que rigen la Vida a través de la alfabetización ecológica.

En ese sentido, Albrecht se suma a una amplia lista de pensadores medioambientales, como Ginny Battson, Paul Kingsnorth o Arne Naess, que han reivindicado algún tipo de papel central para las emociones en su fundamentación de una ética ecológica. La clase de ecologismo que necesitamos es uno que nazca de la defensa apasionada de una naturaleza a la que amamos (como el movimiento Chipko en la India o los Na’vi en la película Avatar) porque la sentimos como parte integral de nuestro bienestar psíquico, físico y emocional. Desde ese punto de vista, no nos basta con un ecologismo de operaciones cosméticas que consista simplemente en implementar una batería de medidas políticas e innovaciones tecnológicas que, por positivas que sean, no buscan sino permitirnos continuar dominando conforme a nuestros intereses económicos una Naturaleza completamente ajena a nosotros.

Para que la potencia revolucionaria del ecologismo no se vea mermada y eventualmente reducida a un ilusorio y superficial ejercicio de readaptación técnica de nuestro metabolismo socio-económico, sino que incida de forma certera en las verdaderas causas que nos han traído hasta aquí, necesitamos recobrar el amor y el cuidado como verdaderas prácticas revolucionarias, que además tienen la virtud de que no se agotan sino que se expanden en cada intercambio, desafiando a las leyes de la termodinámica y a las de la economía neoliberal que nos insta a creer que todo es una operación de suma cero en la que o bien se gana o se pierde. No podemos dejar de recordar en este punto el valioso trabajo de la ecofilósofa galesa Ginny Battson, mencionada anteriormente, cuyo libro Fluminismo. El amor y la ecología como fuerza integradora para el bien y como resistencia contra la mercantilización de la naturaleza y los daños planetarios (Ediciones del Genal, 2020) es un complemento excelente a lo dicho hasta aquí.

Recordemos que lo contrario del amor no es el odio —que no es sino una forma pervertida con la que se redirige esa fuerza pulsional de forma destructiva— sino la indiferencia. Esta es la postura colectiva mayoritaria en nuestras sociedades, la de una sensación de que todo esto, en realidad, no va con nosotros, de que la crisis socio-ecológica en curso es algo que está ocurriendo ahí fuera, no algo que nos está ocurriendo también a nosotros mismos. Aquí está para Albrecht la clave espiritual de nuestra crisis socio-ecológica, en la profunda indiferencia hacia todo lo que sucede a nuestro alrededor, la erosión de nuestra capacidad para ser afectados y conmovernos ante la devastación a la que estamos sometiendo a la Tierra, el único hogar en el que podemos desarrollar vidas que merezcan la pena ser vividas y que es fuente de una incomparable belleza ofrecida de forma gratuita.

Glenn Albrecht
Glenn Albrecht en un vídeo del canal francófono Thinkerview. Fuente: Wikimedia Commons.
No obstante, hay buena parte de la población mundial que sí se percata de estas cuestiones y que sufre en primera persona sus devastadoras consecuencias. Existe todo un espectro de emociones negativas, desde la perplejidad paralizante a la depresión profunda a consecuencia de la toma de conciencia del ecocidio planetario, a las que Albrecht denomina terrapthóricas, vinculadas a las fuerzas destructivas que asolan la Tierra. De entre todas ellas destaca la sensación de angustia, desolación o trauma inducido por la percepción de un cambio ambiental negativo en el entorno natural, para la que el propio Albrecht acuñó el nombre de solastalgia, a la cual dedica un capítulo entero en el que se da cuenta de algunas de las formas concretos en las que esta emoción se manifiesta entre las comunidades locales del Upper Hunter, una región del sur de Australia especialmente afectada por los megaproyectos extractivistas de minería del carbón que han destruido el paisaje y puesto en marcha profundos cambios ambientales nocivos tales como la mayor propensión a sequías o incendios.

Del lado opuesto, se nos ofrece un repaso por las emociones creadoras de vida o terrasnacientes a las que Albrecht consagra el abandono del Antropoceno en favor de un profundo cambio de conciencia a nivel generacional que nos introduzca en una nueva era en lo que se refiere a nuestra relación con la Tierra, un período al que denomina el Simbioceno, caracterizado por la centralidad de la simbiosis en nuestra cosmovisión y perspectiva moral, algo así como una invitación a la práctica integral de la simbioética. De nuevo, con un pie en la ciencia, a hombros de los reconocidos aportes de la bióloga Lynn Margulis, y con otro en la dimensión más espiritual, que bebe en este caso de las reflexiones filosóficas de Hegel y las cosmovisiones de los pueblos indígenas australianos sobre la interconexión de todas las cosas, nuestro autor explora desde esta matriz simbiótica todas las posibilidades de renovación cultural que posibilita la toma de conciencia de que todo lo vivo lo está en virtud de otros organismos con los que colabora a un nivel muy básico, tanto que en muchos casos dicha conexión es tan invisible como esencial, en mutuo beneficio.

De nuevo, como ocurre con la abrumadora información de la que disponemos acerca del cambio climático y el ecocidio en marcha, este cambio de paradigma que ya hemos realizado en el ámbito de las ciencias formales hace varias décadas no ha calado de forma definitiva en nuestra forma de experimentar el mundo. Quizá este sea el punto en el que el libro de Albrecht, como demuestra su propia vida de granjerósofo en la que combina el trabajo intelectual con el cuidado hacia la tierra que le vio crecer, no es tan solo una llamada a la espiritualidad en el sentido más vano e ingenuo del término, sino una puesta negro sobre blanco de los síntomas contemporáneos que nos hablan de una vieja conexión perdida con la Naturaleza de la que formamos parte y que debemos recuperar mediante la experiencia directa de nuestros sentidos y no desde un mero juego de abstracción conceptual. Salir a pasear por al bosque con atención plena en lo que sucede a nuestro alrededor, apartar por un tiempo la mirada del reclamo posesivo de nuestros aparatos electrónicos, participar en proyecto colectivos que excedan nuestros intereses individuales hacia una tarea común por la que merezca la pena trabajar…

Hay otra cuestión, central en este libro desde su propio título, la de la invención de nuevas palabras para tratar de orientarnos en el frondoso paisaje emocional de nuestra relación afectiva con la Tierra. Hay quien puede pensar que esta afición por los neologismos es un exceso un tanto irrelevante —cuando no contraproducente— para objetivo general de difusión de los objetivos y principios del ecologismo. Yo estoy con los que piensan que si las etiquetas van a ser un obstáculo es mejor que prescindamos de ellas. Ahora bien, a quienes le entusiasmen o entretengan las etimologías y la belleza del lenguaje, entre los que también me cuento, harán bien en contribuir a la riqueza estética de un movimiento que de por, por lo general, no suele contar entre sus páginas con una postura muy atractiva. Las palabras son una excusa, sin capacidad de agencia propia, para multiplicar los sentidos desde los que intervenimos en la realidad y en ese sentido sí son muy valiosas.

Como dice Albrecht hacia el final del libro, la verdadera lucha por superar el Antropoceno se libra entre las fuerzas creadoras que engrandecen y aquellas destructoras que degradan la Vida. La envergadura de esta empresa nos hace caer en la cuenta de la enormidad de lo que se juega en este momento histórico de crisis civilizatoria, que es mucho más que un cambio inevitable de sistema socio-económico: se trata de la toma de conciencia acerca de aquello que verdaderamente somos, de nuestra condición ecodependiente e interdependiente y de las nefastas consecuencias que tiene desentendernos del imperativo de cuidado al que cotidianamente nos reclama la realidad, cuyo bienestar y el nuestro es uno solo.

Ilustración de Xoana Abraira
Xoana Abraira
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Estudiante de posgrado en Filosofía y Humanidades Ecológicas. Interesado en transiciones socio-ecológicas, con un énfasis en temas como el decrecimiento, la ética ecológica o la crítica a la sociedad industrial. Trato de pensar otros mundos que merezcan la pena ser vividos.

2 Comments

  1. Gracias por la reseña, Pablo. Sin duda la perspectiva de la revolución ético-cultural-espiritual es clave para el cambio que tenemos por delante.

    Tan sólo un apunte: dado que es sabido que Cameron prácticamente plagió “El nombre del mundo es bosque” de Ursula K. Leguin para su película Avatar, hubiera sido deseable acordarse de los “athstianos”, la raza original de la historia de Ursula, en lugar de la película. También como homenaje a una autora que aún tiene mucho que decirnos para nuestro futuro (y dicha novela es un buen ejemplo).

    Pero bueno, que tan sólo es un detalle que nada tiene que ver con el libro de Albrecht, claro.

    • Gracias por el comentario y la referencia, Manuel.

      Conocía de oídas el libro de Ursula K. Le Guin pero no sabía que había tenido tanta influencia en la película Avatar, quizá precisamente por eso sea tan valiosa desde el punto de vista de la narrativa ecosocial. Desde luego, es un autora sumamente interesante y hubiera estado bien ese guiño, como dices. En el libro Albrecht no la menciona a pesar de los muchos puntos de afinidad entre su cosmovisión –que presenta través de sus mundos de ficción– y la del simbioceno que propone el propio Albrecht.

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