Ilustración de Demián Morassi
Demián Morassi

Especular con el agua en tiempos de calentamiento global

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A principios del pasado mes de diciembre empezaba a cotizar como producto en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street el agua de California, como ocurrió antes con el trigo y otros alimentos básicos. Ante este hecho no han dejado de aparecer análisis sobre el asunto, y por increíble que parezca, en algunos panfletos llegan a defender que se trata de un avance. Los sacrosantos mercados y la mano invisible asignando eficientemente el recurso más crucial para la vida, —hasta los brokers de esta economía de casino están hechos de dos terceras partes de agua—, así se conseguirá evitar el despilfarro dicen, e incluso ayudará a paliar la volatilidad de precios. Es lo que tienen los dogmas de fe. Y no conozco dogma más poderoso que el de la fe en la Iglesia del Perpetuo Crecimiento. Creyentes no de la tierra plana —que eso ya no se lleva— sino de algo igualmente peligroso: la supuesta tierra infinita.

Afortunadamente en otros medios podemos constatar los peligros de indexar bienes tan básicos en mercados especulativos, como ocurrió ya con los alimentos de primera necesidad en la crisis financiera de 2008. Para eso tenemos la historia, para aprender de ella y, ojalá, no volver a repetirla. Cuando los valores seguros desaparecieron tras la caída de Lehman Brothers, los especuladores huyeron de los sectores inmobiliario y financiero buscando estabilidad en, por ejemplo, los productos que nunca dejaremos de consumir: trigo, maíz, arroz. Como ha explicado gráficamente el doctor en Química y activista de Ecologistas en Acción, Luis González Reyes, este hecho provocó escaladas en el precio de los alimentos, hambrunas e incluso acabó siendo uno de los factores que contribuyeron al inicio de algunas primaveras árabes. El trigo llegó a multiplicar por cinco su precio en apenas unos pocos años. Otro de los principales sospechosos de prender fuego a algunas de aquellas revueltas fue el calentamiento global, fenómeno que desde entonces no ha hecho más que aumentar sus efectos —y desgraciadamente solo acaba de empezar—, entre otros muchos lugares precisamente en California, con incendios apocalípticos, sequías cada vez más graves, récords de temperatura y cielos anaranjados color cyberpunk.

Precisamente en el estado más rico del país más poderoso —y de momento solo allí, en el índice NASDAQ Veles California Water— se ha oficializado la inclusión del agua en los mercados especulativos. Pero el precedente es terriblemente peligroso y hay que evitar a toda costa que se extienda. Si, como todo parece indicar, vamos a periodos de inestabilidad financiera, que ya estaban gestándose al calor de los enormes problemas civilizatorios que suponen tanto la emergencia climática como su contraparte energética, —no vamos a poder seguir usando los combustibles que mantienen el sistema funcionando sin empeorar la situación— y que ahora van a verse agravados por la incertidumbre provocada por la pandemia, convertir, como ocurrió con el trigo, el agua en valor refugio, no puede hacer otra cosa que incrementar su precio. Es el mercado, amigos. Y sin necesidad del previsible efecto especulativo, el precio por metro cúbico de agua en California ya se ha duplicado en el último año.

¿Somos conscientes de lo que puede suponer que lo que ocurrió con los alimentos de primera necesidad en la anterior crisis, pueda ocurrirle al bien más básico del planeta en un contexto de calentamiento global, sequías recurrentes y estrés hídrico creciente? Obviamente, no. De lo contrario la protesta que se habría pergeñado inmediatamente contra esta decisión sería global. La defensa que se suele hacer de estos mercados de futuros es digna del marxismo más hilarante, el de Groucho. Resulta que, según la ilógica neoliberal, (¡atención!) los mercados de futuros ayudan a proteger a los compradores de los vaivenes de los mercados. Y dos huevos duros.

Según la FAO, el 98% de los contratos de futuros nunca llegan a materializarse, son únicamente herramientas de especulación. Y es evidente que en el caso del petróleo y en el de los alimentos estos mercados han servido sobre todo para que las grandes manos de la partida especulen en busca de maximizar beneficios en millones de operaciones que ejecutan algoritmos y superordenadores en fracciones de segundo, sin ninguna consideración al respecto de los efectos que estas operaciones puedan tener. Permitirlo con el agua es un paso más en la transición equivocada. En vez de caminar hacia una transición ecosocial en la que lo común gane fuerza, convertiremos al bien común esencial por excelencia cada vez más en una mercancía.

Este precedente —que habría que haber evitado— abre la posibilidad de acrecentar el riesgo de conflictos por el bien más preciado, justo en el momento en el que comienza a ser más peligrosa su carencia. Estamos en un momento histórico crucial —todos lo son, pero este, el de la primera civilización global frente al abismo sistémico se antoja decisivo—, con un cambio climático tremendo larvándose, que según la inmensa mayoría de los informes está muy cerca de ser del todo irreversible, y que tiene el problema añadido de llevar asociadas unas inercias que hacen que el cambio que hoy estamos provocando, no lo suframos hasta dentro de unos años, y que complica mucho su mitigación, pues sus efectos permanecerán durante siglos, y por tanto no podemos errar. O escogemos un camino de aceptación del problema y planificación consecuente para adaptarnos, o seguimos el camino de los mercados que mágicamente se autorregulan, sí, pero como se está demostrando, hacia el precipicio.

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