De sentido común: sólo la rebelión noviolenta puede detener los colapsos climático y social

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Reseña de Common sense for the 21st century. Only nonviolent rebellion can now stop climate breakdown and social collapse, de Roger Hallam, publicado por Chelsea Green Publishing, 2019. 112 páginas.

(NOTA: Las citas corresponden a un borrador muy avanzado del libro, casi idéntico a la versión impresa, descargable libremente del web del autor.)

Common Sense for the 21st Century“Nos estamos adentrando en un periodo de colapso ecológico extremo” (pág. 5). Desde los años ochenta, con la emergencia de la política económica neoliberal y la influencia política de las industrias de combustibles fósiles, se ha promovido una estrategia de cambio defectuosa para afrontar la crisis ecológica. Esta estrategia, basada en la aplicación de reformas graduales, va acompañada de una falsa narrativa según la cual los individuos deben responsabilizarse de su huella de carbono, y los principales responsables de esta crisis ambiental son las industrias de combustibles fósiles (pág. 10). Pero esta narrativa es falaz, ya que son los gobiernos las únicas instituciones con el poder y la responsabilidad de protegernos de este inminente colapso. Hasta ahora no lo han hecho, ni parece que lo vayan a hacer: “el gobierno es algo creado por la sociedad para protegernos de amenazas como a la que nos enfrentamos, pero ha fallado” (pág. 10).

Así arranca Common Sense for the XXIst Century. Su autor, Roger Hallam, es un agricultor ecológico que atribuye la destrucción de su empresa a una serie de desastres meteorológicos. Doctor en estudios sociológicos sobre Desobediencia Civil, Hallam ha sido miembro y directivo de varias asociaciones y movimientos ecologistas. Entre ellas, es co-fundador junto a Gail Bradbrook y Simon Bramwell de Extinction Rebellion. El libro que nos proponemos reseñar es el manifiesto donde se esbozan las tesis y estrategias principales propuestas por Hallam y su organización, reclamando que, en el punto en el que nos encontramos, la rebelión es la opción más razonable y realista: la vía de sentido común.

“Es hora de madurar y de ver el mundo tal cual es” (pág. 5). Ésta es la primera tesis defendida por el autor, poniendo sobre la mesa la importancia de hacernos cargo de la realidad: “la gente raramente habla de la realidad empírica y, por tanto, no son conscientes de lo desesperada que es realmente nuestra situación” (pág. 13).

Así, algunos datos de investigaciones recientes indican que estamos a unos diez años de un aumento de 2ºC en la temperatura global, y que, con 5ºC más de temperatura media en la Tierra con respecto a las temperaturas preindustriales, tendríamos un sistema ecológico capaz de sostener solamente a mil millones de personas. Por eso, en esta próxima generación, “estamos ante la lenta y agonizante muerte de miles de millones de personas” (pág. 14). Aunque el tono de Hallam pueda parecer sensacionalista o alarmante, no hace más que constatar hechos que son, ya de por sí, más que alarmantes. Los datos del IPCC de octubre de 2018 indican que tenemos que reducir las emisiones de carbono en un 40% en los próximos 12 años para así tener un 50% de posibilidades de evitar la catástrofe. Y, aun así, las emisiones de 2018 se incrementaron en un 2,7%, más incluso que el 1,7% de 2017 (todo en la página 14). “Esto es lo que, deliberadamente, nuestros gobiernos genocidas están dejando que ocurra” (pág. 15).

Como se puede apreciar, apunta Hallam, una estrategia que consista en cambios graduales está destinada al fracaso. “El marco reformista del cambio es inmoral e ineficaz, ya que antepone la ideología política a los hechos científicos”. No podemos esperar a que los gobiernos actúen cuando sea ya demasiado tarde. Debemos, pues, superar esa lógica fantasiosa, asumir los hechos objetivos que nos está mostrando la ciencia y actuar en consecuencia; dicho de otra manera: hay que “decir la verdad y actuar como si la verdad fuese real” (pág. 19).

Lo cierto es que la única forma realista de evitar nuestra extinción sería tomar medidas extremas, insiste el autor, con la mayor rapidez y eficacia posible. ¿Cuál es el modelo de cambio de régimen más eficaz desde el punto de vista sociológico? El de la desobediencia civil, a escala masiva y no violenta. Además, resulta fundamental planificar el período posrevolucionario, pues Hallam considera que la razón por la que han fracasado muchas revoluciones es que no tenían un plan que evitase el caos después de la rebelión. Así, Hallam nos propone un proyecto revolucionario articulado en actos masivos de desobediencia civil para hacer caer al gobierno e instaurar lo que llama Asamblea Ciudadana Nacional como elemento clave de una nueva forma de gobierno.

Una Asamblea Ciudadana es una agrupación de ciudadanos elegidos aleatoriamente, teniendo en cuenta criterios de representatividad sociológica. En ella recaería el poder soberano, aunque el Parlamento no tendría por qué desaparecer, sino que podría limitarse a tener carácter consultivo. La Asamblea estaría integrada por mil personas que se mantendrían en el cargo durante dos años, y su propósito sería tomar las medidas necesarias para evitar el desastre. Ahora bien, ¿por qué una Asamblea Ciudadana Nacional? Argumenta Hallam que aportaría importantes ventajas democráticas en comparación con el modelo político vigente. Al tratarse de períodos cortos y fijos, probablemente la corrupción descendería considerablemente y evitaría el electoralismo o las lógicas cortoplacistas. “En cuanto al colapso climático y la manera en que la sociedad vaya a evitar sus peores efectos, las Asambleas de Ciudadanos, elegidas por sorteo, son nuestra única esperanza democrática” (pág. 63).

Todo lo anterior nos lleva a enfatizar, además, que la rebelión no sólo estaría impulsada por la gravedad de la situación ecológica, sino que son tres las motivaciones clave, a saber: la propia crisis climático-ecológica, la desigualdad social extrema, y la corrupción política y gubernamental generalizada. Esto significa que esta rápida transición debe ser justa y que en ella han de participar organizaciones con intereses muy variados, para evitar así que la rebelión pudiera degenerar en alguna suerte de régimen eco-fascista. Conectada a esta idea está la cuestión de que la rebelión debe tener carácter universalista, esto es, debe ir más allá de ideologías particulares; en cambio, tiene que ir enfocada a evitar una amenaza universal, para lo cual la unidad de acción es fundamental.

Hallam incide mucho en que la rebelión necesita un método específico y riguroso, preparado para enfrentarse a condiciones realistas e imperfectas, sabiendo, además, que no hay garantías de éxito. A pesar de eso, la lógica que hay que seguir es que, aunque la posibilidad sea mínima, es cierto que sí podría tener éxito.

Hay varias condiciones necesarias para que la rebelión resulte exitosa. Como se ha señalado, debe ser masiva, lo que significa que deben participar cientos de miles de personas que perseveren en sus protestas entre tres y seis meses (“mi argumento es, pues, que el cambio radical es principalmente un juego de números”, pág. 31). Las protestas deben ocurrir en la capital del Estado: el blanco debe ser el gobierno, no objetivos intermedios. Además, éstas deben ser pacíficas: hay que violar la ley a gran escala, pero manteniendo siempre una disciplina no violenta, lo cual implica respetar a la policía e incluso colaborar con ella, para producir predecibilidad y confianza. Así, el éxito dependerá de la irrupción masiva, la disposición de mucha gente a aceptar sacrificios (uno de los elementos de las estrategias de desobediencia civil), y el respeto (pág. 8).

Common Sense (título que remite al lector o lectora anglosajona a un pequeño clásico de la filosofía política moderna: el planfleto Common Sense de Thomas Paine, 1776) concluye indicando que necesitamos una transformación cultural que genere una sociedad donde exista un equilibrio entre los intereses del individuo y el interés general, para así alejarnos del actual individualismo tóxico, asociado con el neoliberalismo. Como dice David Harvey, “el neoliberalismo […] tiene efectos penetrantes en nuestra forma de pensar, hasta el punto de que se ha incorporado a nuestra manera intuitiva [common-sense way] de interpretar, vivir y entender el mundo’ (David Harvey, A Brief History of Neoliberalism, Oxford University Press 2007, p. 3, traducción propia). Por ello, y haciendo honor al título del manifiesto, el cambio que necesitamos debe ir dirigido sobre todo a nuestro sentido común.

Puede ser pertinente rescatar las tesis de Félix Guattari en su obra Las tres ecologías, donde señala tres ámbitos en los que el capitalismo tiene efectos devastadores: medio ambiente, vínculos sociales y subjetividades humanas. Necesitamos recuperar el control. Decía el pensador francés (hace ya más de tres decenios) que “la verdadera respuesta a la crisis ecológica sólo podrá hacerse a escala planetaria y a condición de que se realice una auténtica revolución política, social y cultural que reoriente los objetivos de la producción de los bienes materiales e inmateriales” (Las tres ecologías, Pre-Textos, Valencia 1996, p. 9-10). Se necesita también con urgencia un cambio de modelo económico, para lo cual deberíamos recordar lo que ya nos indicó K. E. Boulding en “La economía de la futura nave espacial Tierra” (1966): una economía de sistema abierto, que considera que el mundo y sus recursos son ilimitados, está destinada al colapso. Por eso propuso cambiar a un modelo cerrado y realista, que tuviese en cuenta el carácter limitado del planeta, y frente a la hybris del cowboy planteó la sostenibilidad del astronauta. Ese cambio supondría una transformación de nuestros hábitos de consumo, pues la importancia recae en la calidad del producto, así como en la cantidad necesaria de su producción, dejando atrás la actual cultura de producción y consumo desenfrenado.

Por último, deberíamos superar la tendencia a la tecnolatría, es decir, la confianza irracional en la tecnología. No es cierto que el avance tecnológico signifique sin más un avance social, pues no hay ninguna relación directa entre ambos indicadores, y es una ilusión pensar que gracias a la tecnociencia el poder del ser humano se vuelve infinito. Por eso, no podemos olvidar que nuestra condición humana es ecodependiente, finita y mortal. Como ya dijo Terry Eagleton, “en cierto modo, quienes niegan la realidad de la condición humana niegan también el calentamiento global. Nada debería unir más eficazmente a la especie que la posibilidad de su propia extinción. En la muerte, cuando menos, estamos unidos” (Eagleton, El sentido de la vida, Paidós, Barcelona 2007, p. 89).

Imagen de la portada.
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Estudiante vasco de Filosofía en la Universidad Autónoma de Madrid. Le interesan los problemas epistemológicos actuales y su relevancia en el ámbito ético-político.

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