Ilustración de Demián Morassi
Demián Morassi

Decrecer, desdigitalizar —quince tesis

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(Una versión anterior de este texto se publicó en la revista Ábaco 103 —monográfico sobre Digitalización, robotización, empleo—, verano de 2020, p. 40-63. ISSN 0213-6252.)

Las desbrozadoras no han reemplazado a las guadañas porque sean mejores: su uso viene impuesto por nuestra actitud hacia la tecnología. Ni el uso de cada una ni el resultado tienen nada que ver aquí. Se trata de una cuestión religiosa, de fe en la complejidad. El mito del progreso manifestado en forma de herramienta.[1]
—Paul Kingsnorth

Una inteligencia incapaz de revisar y transformar sus pautas de comportamiento, ¿puede llamarse inteligencia? La finalidad última de nuestras orgullosas prótesis tecnológicas, ¿consistirá en calcular el momento exacto de la destrucción de nuestra especie?”[2]
—Alba E. Nivas

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He dicho más de una vez que cada vez que sentenciamos que cierto desarrollo humano (deseable o detestable) es irreversible, nos equivocamos. Ya se trate de derechos humanos o de tecnología punta, nos equivocamos. Así, por ejemplo, Santiago Alba Rico, igual que los propagandistas de las compañías telefónicas, parece convencido de que la digitalización es irreversible: “De este nuevo paradigma postletrado e incorpóreo no se puede ya escapar, salvo cataclismo nuclear”.[3] Pero desde hace tiempo, voces muy autorizadas han argumentado la implausibilidad de un futuro con internet (seguramente la más inimaginable de las pesadillas para esta sociedad que ha equiparado la digitalización con el progreso y la ha convertido en un credo tecnólatra): así, por ejemplo, Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes en su monumental estudio En la espiral de la energía.[4] El ingeniero de telecomunicaciones Félix Moreno ha actualizado esta previsión, analizando la fragilidad sistémica de las sociedades hipertecnológicas.[5]

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Vale la pena dar unas vueltas a este asunto tremendo, y tan difícil de plantear: ¿cómo pudo alguien pensar que la digitalización de nuestras sociedades era de entrada una buena idea? Una de las razones principales para dar una respuesta negativa es la enorme fragilidad sistémica que ha generado. Ni la digitalización extrema ni el “internet de las cosas” serán viables en un contexto de descenso energético; sabemos que se tendrían que multiplicar los grandes data centers y su consumo energético asociado,[6] y que la extracción masiva de minerales y metales topará con límites.

INESby. Fuente: Pixabay.
Ya hemos experimentado la irresponsabilidad con que nuestras sociedades se han acostumbrado a la rápida obsolescencia de máquinas tan complejas y valiosas como los smartphones (se suele recordar, con razón, que los viajes espaciales de los años sesenta y setenta se apoyaban en mucha menos potencia de cálculo). Ahora, el 5G (si se expande según los planes previstos; enseguida volveré sobre ello) va a incrementar el extractivismo y a generar un torrente de residuos electrónicos sin precedentes, al causar la súbita obsolescencia de millones de aparatos electrónicos. El mundo digital no es para nada “limpio”: la industria emplea grandes cantidades de energía y materiales y genera cantidades ingentes de desechos. Ya hoy, más del 4% de los GEI (gases de efecto invernadero) los generan estas tecnologías “limpias”. Como muestran los investigadores de The Shift Project, nuestros teléfonos, ordenadores, servidores, routers y televisores inteligentes están calentando más el planeta que toda la aviación civil junta –y con un crecimiento rapidísimo (el consumo energético del sector está creciendo a un inaudito ritmo del 9% anual).[7] Un informe de 2017 elaborado por Huawei Technologies afirma que incluso la previsión más optimista apunta a que en 2025 las TIC consumirán unos 2.800 teravatios-hora (TWh), aproximadamente el 9% del consumo de energía en todo el mundo.[8] Otro artículo publicado en la revista Nature en 2018 prevé que las cifras de consumo de datos serán más alarmantes y constituirán aproximadamente el 21% del consumo mundial de energía en 2030.[9] Y, por otra parte, indica el profesor Antonio Aretxabala, la cobertura actual de 4G, con 5G, necesitaría hasta diez veces más energía.[10]

Para descarbonizar necesitamos desdigitalizar y descomputadorizar, argumenta Ben Tarnoff en un artículo muy sólido.[11] Recuerda Luis González Reyes algunas obviedades: estudios del Banco Mundial y del proyecto europeo MEDEAS muestran “cómo no hay recursos en el planeta para un despliegue masivo de las renovables hipertecnológicas. Así que… apostemos por renovables realmente renovables sabiendo que nos permiten sociedades menos complejas. Este importante resultado de MEDEAS muestra que los requerimientos de varios elementos para una electricidad 100% renovable superan ampliamente las reservas de, al menos, cinco de ellos”: galio, plata, estaño, indio y telurio.[12] También Antonio Aretxabala ha tratado estas cuestiones de forma harto solvente.[13] “Ecológico”, en el discurso dominante, va de la mano de los adjetivos “digital” e “innovador”: pero esto es un error.

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La digitalización acelera el capitalismo, y con ello contribuye a hacer cada vez más probable el colapso ecosocial. Aquí hay que recordar una importante idea sobre la que Ernest Garcia insiste desde hace años: la insostenibilidad de las sociedades industriales –y su tendencia al colapso– está relacionada estrechamente con las dinámicas de aceleración continua (y la interconexión excesiva).[14]

Ay, “suponer que los seres humanos son capaces de aprender por anticipación” (como plantea Ernest) induce a cierta melancolía… Es cierto, somos mamíferos un poco diferentes de los otros, no sólo porque fabriquemos cemento y desechos radiactivos, sino porque potencialmente somos capaces de cierta (mínima) racionalidad. Podemos prever situaciones de muertes masivas por hambruna, digamos, y tratar de evitarlas. Pero en la práctica, a comienzos del siglo XXI, esa posible racionalidad colectiva brilla por su ausencia… Es la cuestión de la Gran Ameba, tal y como la desarrolla por ejemplo Nate Hagens.[15]

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Acelere usted el ritmo de las vivencias humanas y la vida social hasta que la abdicación en la IA (Inteligencia Artificial) parezca algo razonable…[16] Pues la aceleración vacía. Vacía el mundo, vacía al sujeto, nos vacía.[17] Finalmente, para las hueras cáscaras en que nos vamos convirtiendo, refugiarse en el cibermundo acaba pareciendo un alivio…

Jade Boothby (Fabricants de Futur)
La digitalización está intensificando la alienación humana. La “industria de la atención” incrementa la manipulación de las personas hasta extremos hace poco inconcebibles. En El enemigo conoce el sistema, Marta Peirano escribe: “La indignación es la heroína de las redes sociales. Genera dopamina porque nos convence de que somos buenas personas”. Y en una entrevista sobre su libro aclara: “El motor de la red social es el ego. Nada refuerza el ego como proyectar una razón moral incontestable.”[18] Las llamadas “redes sociales”, explica esta periodista especializada en tecnologías digitales, están deliberadamente diseñadas para generar loops de dopamina que no nos satisfacen nunca, de manera que se maximice el tiempo de interacción. “Compiten con nuestros amigos, nuestros hijos, nuestro trabajo, nuestras horas de ocio y de descanso. Sustituyen lo que nos da placer por algo que sólo imita los mecanismos del placer…” Pero más allá de un límite, como señala Jaime Vindel glosando a Iván Illich, “la aceleración tecnológica únicamente genera alienación”.[19]

“El reto de las telecomunicaciones es conectarlo todo”, nos dicen los ingenieros.[20] Pero ese todo se reduce a máquinas y seres humanos en espacios virtuales, y en realidad es la conexión entre máquinas la que prevalece, con eliminación progresiva de los seres humanos (por la vía de “maquinizar” sus interacciones con las máquinas y entre sí). Al mismo tiempo, perdemos la conexión con la biosfera y los demás seres vivos –y también la conexión profunda con nosotros mismos.[21] Hablan de una “realidad aumentada” merced a la virtualización de la experiencia; pero lo que de hecho vamos teniendo es una humanidad disminuida, menoscabada. ¿La interconexión digital puede convertirse en el vínculo social básico? No, la humanidad haría bien en no prestarse a ese desastroso experimento.[22]

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El capitalismo digital no busca satisfacer preferencias, sino generarlas, e influir decisivamente sobre los comportamientos. Se pone en marcha una manipulación personalizada que en última instancia condiciona la formación y expresión de nuestras preferencias sin que seamos del todo conscientes de lo que está sucediendo. Shoshana Zuboff cita un documento filtrado de Facebook de 2018, según el cual el sistema de inteligencia artificial de la autodenominada red social produce más de seis millones de predicciones por segundo a partir de los datos personales de los usuarios, predicciones que luego se mercantilizan para anticipar y orientar las decisiones de tales usuarios.[23]

Ejercer la libertad humana nunca fue asunto fácil, pero el mundo emergente de megadatos y economía de plataformas busca ponerla básicamente fuera de juego. No existieron en el pasado tecnologías de manipulación y propaganda de esta magnitud. Hoy, con la digitalización, el internet distribuido y la inteligencia artificial se está desplegando a velocidad de vértigo un sistema de condicionamiento y control que deja chiquito todo lo que hemos conocido en el pasado. Nunca, en los doscientos mil años de historia de la especie, estuvo la libertad humana tan amenazada.[24]

Db_oblikovanje. Fuente: Pixabay.
La digitalización nos conduce a un “capitalismo de la vigilancia” cuyas posibilidades de control social hacen palidecer todo aquello con que pudieron contar los totalitarismos de antaño. Manuel Sacristán, en 1979, se refería a “la perspectiva de tiranía integral que abren el Estado atómico o la ingeniería genética”:[25] la digitalización complica esa perspectiva en órdenes de magnitud. Sobre el “precipicio de la vigilancia masiva de nuestros móviles Android sin conocimiento del usuario”, una nueva investigación pone los pelos de punta.[26] Las bases de datos de reconocimiento facial, con todo su potencial de tiranía, avanzan a todo gas en todas partes. En EEUU, “Amazon ha llegado a acuerdos con doscientos departamentos de policía para crear bases de datos faciales con los vídeos que toman las cámaras de seguridad caseras. Y esto es sólo lo que sabemos. Cabe sospechar que lo más gordo se esté cocinando en las oscuras alcantarillas de Langley, Virginia [sede de la CIA], a las que ni podremos soñar con tener acceso, al menos hasta que estalle un cara-leaks de los gordos”.[27]

En China, nos informa Patricia Esteban, ya se está experimentando con tecnología que intenta medir la atención de los y las escolares en clase.[28] Se dibuja un horizonte de tiranía que dejará el mundo de Orwell en 1984 a la altura de un juego infantil. Y hacia allá avanzan nuestras sociedades entonando himnos de alabanza a la revolución digital…[29] ¿Cabe hablar de libertad en serio en una sociedad de la mercancía donde se nos dice que “el consumidor quiere que le encaminen sigilosamente hacia la creación de sus necesidades de compra”?[30] ¿Seguirá teniendo sentido la pregunta por la libertad en el degradado mundo de “posdemocracia”, creciente autoritarismo, fake news y “hechos alternativos”, técnicas comerciales aplicadas a la “gobernanza”, publicidad basada en la neurociencia, explosiones de dopamina teledirigidas y máquinas propagandísticas automatizadas, concebidas como armas de guerra a partir de los avances en inteligencia artificial –en ese degradado mundo que es cada vez más el nuestro?[31]

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Rosa Montero recoge (de Nuria Oliver, de la Real Academia de Ingeniería y una autoridad mundial en inteligencia artificial) algunos ejemplos de cómo que las multitareas, como por ejemplo “chatear o navegar por internet mientras se ve la televisión o se escucha música”, están entonteciéndonos por la vía de destruir nuestra capacidad de atención.[32] Nos estamos convirtiendo en la civilización de la memoria de pez, denuncia el ensayista francés Bruno Pattino, con una capacidad de atención reducida a nueve segundos.[33] La lectura en medios digitales nos lleva sistemáticamente a peor y más superficial comprensión que la lectura en papel.[34] La búsqueda en internet fomenta la ilusión de conocimiento: nos induce a creer que sabemos más de lo que sabemos.[35] Volcarnos en internet merma nuestras capacidades reflexivas, nos vuelve superficiales.[36]

La digitalización sabotea nuestras posibilidades de autoconstrucción ética. Si la atención es la principal palanca para las posibilidades éticas del ser humano (el filósofo Malebranche la llamaba “la oración natural del alma”), y las pantallas móviles con internet son “armas de distracción masiva” concebidas para entretenernos y despistarnos… bueno, la conclusión no resulta difícil de extraer.

Fotograma de 'Disillusioned' (A Perfect Circle)
Fotograma del videoclip ‘Disillusioned’ de A Perfect Circle. La canción trata sobre la ciberadicción de nuestros tiempos.

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La digitalización está obrando contra la democracia. Y no se habla aquí de perspectivas futuras, sino del pasado reciente y de lo que está sucediendo ahora mismo. No olvidemos los sucesos en torno a Cambridge Analytica y la elección de Trump como presidente estadounidense en 2016: la compañía Cambridge Analytica, que ponía la Inteligencia Artificial al servicio de diversas iniciativas de ultraderecha, envió información sesgada a 87 millones de estadounidenses para influir en su voto en las últimas elecciones en EE UU –y probablemente eso decidió la presidencia de Trump.[37] Tampoco la victoria de Bolsonaro en Brasil se entiende sin mirar hacia los smartphones: inversores anónimos pagaron a agencias para diseminar a través de Whatsapp contenidos negativos sobre los contrincantes de Bolsonaro en la campaña electoral.[38] En España, en la antesala de las elecciones del 10 de noviembre de 2019 supimos de la existencia de una campaña en Facebook montada de forma opaca por personas vinculadas al Partido Popular y destinada a provocar que los votantes de izquierda no acudiesen a las urnas.[39] Varios millones de usuarios de la red social estuvieron expuestos a esta publicidad política sin que supieran quién estaba de verdad detrás de esta iniciativa.[40]

La propaganda moderna, asevera Enric González, se da un festín con nosotros.[41] En efecto, hoy se crean gigantescas bases de datos con perfiles de los ciudadanos y ciudadanas elaborados a partir de la información personal vertida en la Red –tanto la que nosotros mismos hacemos pública como la que se extrae sin que seamos siquiera conscientes de ello en las plataformas que usamos y las aplicaciones que hemos descargado en nuestros dispositivos–, lo cual permite a ciertos agentes políticos dirigir a los distintos grupos de individuos información personalizada para moldear su visión del mundo a su conveniencia. De esta forma la propaganda política, como sostiene Yuval Noah Harari, adquiere una eficacia sin precedentes.[42]

“El siglo XX se ha caracterizado por tres desarrollos de gran importancia política: el crecimiento de la democracia, el crecimiento del poder corporativo y el crecimiento de la propaganda corporativa como medio para proteger al poder corporativo de la democracia”, escribió Alex Carey.[43] Si nos importa algo la democracia, hoy no se trata tanto de luchar por la libertad de expresión como por mantenernos libres de propaganda.[44] Pero internet está dominado por un modelo económico basado en la extracción de datos para la manipulación de personas con el fin de vendernos objetos, servicios, experiencias, candidatos políticos…[45] Y está en manos de cada vez menos empresas que pelean entre ellas a muerte por dominar ese mercado.[46]

Edward Snowden. Fotografía: Laura Poitras / Praxis Films. Fuente: Wikimedia Commons.
China está aumentando su capacidad de espiar a sus aproximadamente 1.400 millones de súbditos a niveles nuevos y perturbadores, proporcionando al mundo un plan de cómo cabe construir un Estado totalitario digital –y muchos otros Estados siguen el gigantesco experimento con interés.[47] El comentario del heroico whistleblower Edward Snowden resulta del todo pertinente: “En ausencia de una reforma radical, así será el mundo entero dentro de diez años. Recuerden: en los Estados Unidos tanto el Partido Republicano como el Demócrata defienden los programas de vigilancia masiva. La ‘ventaja’ de China en esto no es tecnológica, sino que no existe una fuerte oposición civil para frenar el descenso a la pesadilla”.[48]

Es también Snowden quien ha advertido: “Los ciudadanos y ciudadanas se alzarían indignados si el Gobierno ordenara que cada persona llevase un dispositivo de rastreo que revelase su ubicación e identidad las 24 horas del día. Sin embargo, en la última década nos hemos visto sujetos a tal sistema, app tras app en el smartphone…”[49] En la primavera de 2020, las cuarentenas y confinamientos por la pandemia de covid-19 se han convertido en algunos países en la herramienta legal para sofocar protestas sociales y las aplicaciones de vigilancia sanitaria en la herramienta técnica para controlar movimientos de sospechosos, advierte Marta Peirano. En EEUU, tras el asesinato policial de George Floyd el 25 de mayo y la sublevación que siguió en Minneapolis y otras ciudades, parece que ya están usando estas apps de rastreo de contactos para controlar las manifestaciones.[50]

La variante específicamente educativa de la distopía digital en ciernes anuncia vigilancia biométrica en los exámenes online de escolares y universitarios/as… Que los espíritus del cibermundo nos asistan.[51]

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Panóptico COVID
Litoral.
O entrar desnudos y esposados al panóptico digital, o quedar al margen de la vida social… ¿Internet como gran espacio de libertad?[52] Más acertada parece la prevención de Enrique Alonso: “La Red, al menos como ha llegado a nuestros días, no es el producto de una sociedad deseosa de alcanzar la igualdad y el fomento de la participación ciudadana: si responde a algo es al giro neoliberal experimentado durante las dos últimas décadas del siglo XX”.[53] La Red, en la configuración que ha adquirido (vale decir, el internet privatizado oligopólico realmente existente) lejos de ser un medio emancipatorio, fomenta “una cultura de la distracción y la dependencia. Esto no significa negar los beneficios de un sistema universal y eficiente de intercambio de información: se trata, antes bien, de negar la mitología que envuelve dicho sistema”.[54]

A partir de la extracción de datos, se ponen en práctica estrategias de publicidad comercial y propaganda política personalizadas. En palabras de Santiago Álvarez Cantalapiedra, en el capitalismo digital “no es suficiente con identificar preferencias, resulta más provechoso moldearlas si se dispone de la capacidad para hacerlo”.[55] Una entrevista sobre estas cuestiones con la defensora de los derechos civiles Renata Ávila (quien formó parte del equipo defensor de la líder indígena Rigoberta Menchú en su Guatemala natal, y años después trabajó con Baltasar Garzón en la defensa de Julian Assange) no tiene desperdicio. Ella cree que apenas queda nada de internet como herramienta de libertad del 15-M o Occupy Wall Street.[56]

Tumisu. Fuente: Pixabay.
¿Qué ha ocurrido en el decenio último? “En 2010 la mayoría aún entrábamos en internet desde un PC y usando un navegador que nos daba acceso a infinidad de sitios web. Fue la época dorada de Wikipedia y los blogueros. Surgió un periodismo ciudadano potente que denunció la corrupción. Pero en la última década los teléfonos móviles con acceso a internet han acabado con esto. Conectarse mediante apps en vez de con navegadores web reduce la apertura, limita infinitamente la variedad de nuestra dieta informativa y nos hace mucho más pasivos. El consumo se vuelve más adictivo, mucho más intrusivo y, lo más peligroso, hiperpersonalizado. Las apps hacen que aunque vivamos en el mismo país, la misma ciudad y hasta la misma casa, se nos muestren universos distintos”. ¿Se puede hablar aún de democracia en estas condiciones? Las GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft),[57] sigue explicando Ávila, tienen hoy un descomunal poder político. Por primera vez en la historia tienen una capacidad global de alterar, maximizar o silenciar cuestiones de la esfera pública.[58] Estas megaempresas no se van a limitar a sacar todos los datos que puedan y ganar todo el dinero posible. Tienen ambiciones políticas y quieren moldear el mundo. “La tecnología es hoy política y eso es algo que no podemos obviar. Los imperios de antes dominaban territorios, los nuevos dominan mentes.”[59]

El catedrático de sociología Antonio Izquierdo Escribano advierte: “La informatización de la sociedad nos aísla, nos deshumaniza y, contra la apariencia, acrece la desigualdad social. La enorme concentración de poder que rige el capitalismo digital fortalece la burocracia, succiona la democracia y desintegra la comunidad humana. Es necesario, tras el confinamiento [por la covid-19], rediseñar un puerta a puerta vecinal. Embuzonando la información de proximidad y tejiendo redes de cercanía cargadas de sensaciones y sentidos…”[60]

Los oligopolios digitales socavan la democracia tanto desde arriba (con esas inauditas asimetrías de conocimiento y poder) como desde abajo (socavando las opciones de autonomía humana). Amigos, compañeras, yo también simpatizo con la ética hacker, ¡pero no estamos en 1990 ni en 2000 ni en 2010! No son tiempos de internet como fuerza democratizadora, sino del despliegue del capitalismo de vigilancia.[61] Control algorítmico es otra noción clave. (Genocidio climático sería igualmente otra, enseguida veremos por qué.)

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La digitalización conduce a un futuro distópico, sí o sí. Supongamos que triunfa –en sus propios términos. Como ha señalado alguna vez Adrián Almazán desde posiciones libertarias anti-industriales, “el capitalismo industrial ha creado un entramado tecnológico del que depende y que le es consustancial. Su objetivo es construir el mundo cerrado del control total, la utopía cibernética que permita por fin racionalizar todo comportamiento social”.[62] Pero desde posiciones liberales mainstream la cosa no se ve de manera muy diferente: así, el político del Partido Popular José María Lassalle alerta sobre cómo “avanzamos hacia una concentración de poder inédita en la historia. Una acumulación de energía decisoria que no necesita la violencia y la fuerza para imponerse, ni tampoco un relato de legitimidad para justificar su uso. Estamos ante un monopolio indiscutible de poder basado en una estructura de sistemas algorítmicos que instaura una administración matematizada del mundo. Hablamos de un fenómeno potencialmente totalitario que es la consecuencia del colapso de nuestra civilización democrática y liberal, así como del desbordamiento de nuestra subjetividad corpórea. Se basa esencialmente en una mutación antropológica que está alterando la identidad cognitiva y existencial de los seres humanos. La digitalización masiva de la experiencia humana, tanto a escala individual como colectiva, comienza a revestir el aspecto de una catástrofe progresiva, evolutiva, que alcanza la Tierra entera”.[63]

Desde la unidimensionalidad capitalista que denunciaba Herbert Marcuse en los años 1950, pasando por el “pensamiento único” neoliberal hostigado por los movimientos altermundialistas en el cambio de siglo, hasta la reducción algorítmica que impulsa el capitalismo digital: lo que advertimos son etapas de empobrecimiento, reducción y devastación antropológica.

Pero ese triunfo de la digitalización en sus propios términos (como una realidad incluyente) en realidad es imposible, si atendemos a las constricciones ecológico-sociales que venimos señalando. La escasez de minerales (para energías renovables, infraestructura robótica e Internet de las Cosas), como ha señalado Emilio Santiago Muíño, “es un cuello de botella insuperable para que la IV Revolución Industrial pueda universalizarse. Sus avances serán parciales, y directamente proporcionales al privilegio geopolítico que actores imperiales del sistema-mundo pueda imponer a costa del resto”.[64]

Imagen original: Geralt, en Pixabay.
La retórica de la inevitabilidad de la tecnociencia resulta omnipresente: “si la ciencia nos da la oportunidad de mejorar nuestros cuerpos y mentes, es iluso pensar que eso puede frenarse”; “la robotización es irremediable”; “la casa conectada y este asunto del internet de las cosas pronto serán una realidad sin vuelta atrás”… Todo este determinismo tecnológico brota turgente hojeando apenas durante tres minutos el número 20 de la revista Retina, un prontuario de propaganda del mundo digital que regala PRISA junto con el diario El País. Se les olvida añadir un pequeño detalle: si los wet dreams del tecnocapitalismo se materializan, será sólo para una pequeña parte de la humanidad, los sobrevivientes en un mundo infernal. Antes, muy posiblemente, diecinueve de cada veinte seres humanos habremos sido eliminados.

9’5 –excurso sobre genocidio climático

Vaya cenizo –valiente catastrofismo –cómo exageras, macho… Ya oigo las protestas. Bueno, amigos y amigas, infórmense un poco sobre lo que significará vivir en el planeta Tierra durante el Siglo de la Gran Prueba. El BAU (Business As Usual, con todos esos avances del capitalismo digital) nos lleva al exterminio de la gran mayoría de la humanidad, si no a su extinción total –y no a largo plazo. Basta con asumir de verdad la situación en lo que respecta a la crisis climática para darse cuenta de esto.

En efecto, hoy el BAU (usemos este acrónimo por no decir: el tanatocapitalismo que nos gobierna) dirige al planeta Tierra hacia 4°C de calentamiento, si nos basamos en los compromisos de reducción de emisiones de GEI contraídos hasta ahora. Los compromisos de París suponen una senda de calentamiento de alrededor de 3’3°C, según los expertos; pero eso no incluye algunas retroalimentaciones del ciclo del carbono que ya se están activando (por ejemplo, deshielo del permafrost ártico, desforestación del Amazonas, otras mermas en la capacidad natural biosférica de almacenar carbono) que empujarían ese calentamiento hacia los 5°C. “Entonces, decir que estamos actualmente en un camino de 4°C es correcto”.[65] Se podrían superar los 4-5ºC incluso en fechas tan tempranas como 2050, si las cosas van realmente mal.[66] Ahora bien, destacados climatólogos han conjeturado que eso puede suponer el exterminio del 95% de la humanidad.[67]

En fin… Como señalaba en una entrevista Bruno Latour, “si uno estudia seriamente cuál será la trayectoria del planeta en los próximos treinta años, la certeza del desastre es de tal magnitud que resulta comprensible que algunos se nieguen a creerla. Es como si te dicen que tienes cáncer, o bien te sometes a un tratamiento y luchas, o bien no te lo crees y te vas de vacaciones al Caribe para aprovechar el tiempo que te queda.”[68]

Paradoja: el rotundo rechazo (denegador) a considerar en serio la muy plausible hipótesis del colapso ecosocial como destino de las sociedades industriales ha ido volviendo cada vez más probable ese colapso, desde hace medio siglo.[69]

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Mohamed Hassan. Fuente: Pixabay.
El siguiente salto en la digitalización se llama 5G. Pero, como advierte Marta Peirano, la infraestructura 5G es una necesidad creada para la explotación de datos. “No creo que su objetivo sea servir al bien común sino tener un control absoluto y mucho más granular de todo lo que pasa en el espacio en el que opera. Es una red de vigilancia mucho más densa y rápida. Nos venden que con el 5G habrá coches autónomos, operaciones quirúrgicas a distancia… cuando en realidad tienes problemas comprando un medicamento en una región que no es la tuya. ¿Qué realidad nos están vendiendo? En realidad nos están engañando a todos, el 5G es una farsa, es una gran trampa para espiarnos.”[70]

Ahora bien, si para oponerse al despliegue de 5G basta con razones ecológicas y sociopolíticas (que son de peso), ¿por qué meterse entonces a debatir los más dudosos efectos sobre la salud?[71] Creo que hay dos motivos para hacerlo. El primero: hay muchas personas dañadas (mujeres sobre todo) por enfermedades de sensibilización del sistema nervioso central (como la Sensibilidad Química Múltiple o la fibromialgia) y hay evidencia que apunta por un lado a la conexión de estas enfermedades entre sí, y por otra parte a la etiología en algunas formas de contaminación. Sabemos que, en el pasado, sectores más sensibles de la población (niños y niñas a veces) han servido (para su mal) como “sistemas de alerta temprana” de otras formas de contaminación, y por eso tenemos hoy motivos para la preocupación.

Entre esas enfermedades de sensibilización del sistema nervioso central, la electrohipersensibilidad como posible enfermedad resulta mucho más controvertida. Ahora bien, los niveles de exposición de la gente a radiaciones electromagnéticas aumentarán enormemente con el despliegue del 5G, y esto es problemático. “El Defensor del Pueblo ha dado la razón a la Plataforma ciudadana STOP 5G Segovia que denunció falta de control detectado en el Plan Nacional 5G y en el proyecto piloto 5G que se lleva a cabo en esta ciudad. En su informe, el Defensor del Pueblo concluye que existen irregularidades en el despliegue del Plan 5G y en los Proyectos Piloto 5G. Recoge que no se ha realizado evaluación ambiental, no se ha creado el Comité Interministerial sobre Radiofrecuencias y Salud, no hay un seguimiento de los efectos para la salud y no se ha atendido a las personas electrosensibles”.[72]

En mi opinión, hay evidencia científica suficiente sobre efectos biológicos de diversas formas de radiación no ionizante,[73] sobre seres humanos y otros seres vivos (insectos por ejemplo).[74] ORSAA (Oceania Radiofrequency Scientific Advisory Association) ha organizado una enorme base de datos de investigación científica (revisada por pares) sobre los efectos biológicos de los CEM: https://www.orsaa.org/ . Si se elige hacer caso omiso de ese cuerpo de evidencia, tiraríamos por la borda décadas de elaboración sobre el principio de precaución… y ése sería uno de los efectos más perniciosos de este debate (el segundo motivo para no obviar los posibles efectos sobre la salud). Pues eso va mucho más allá de este debate concreto, afecta al ideario ecologista en su conjunto y más allá (a los diversos idearios de emancipación social).[75] No perdamos de vista que las empresas de telecomunicaciones y las GAFAM están aplicando en este caso la estrategia de las empresas del tabaco, generalizada luego con éxito –desde el amianto al glifosato. Lo cual promociona un tipo de ciencia cuestionable (¿qué niveles de evidencia exigimos cuando están en juego bienes y valores básicos para la sociedad?) y desactiva el principio de precaución.[76]

Pues éste no sólo es un debate sobre racionalidad y buena ciencia: lo que está detrás de la cerrada defensa del 5G son intereses empresariales poderosísimos (cuestionar al sector de las telecomunicaciones: ¡hasta ahí podíamos llegar!)[77] y la creencia en el Progreso (más abajo volveré sobre ello). La discusión de por qué introducir el 5G –ha sugerido Antonio Turiel– es lo más parecido en el ámbito de las telecomunicaciones a la construcción de los moais de la isla de Pascua, es decir, el canto del cisne justo antes del colapso.[78]

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“Una noción reveladora es la de sonambulismo tecnológico. (…) Caminamos dormidos voluntariamente a través del proceso de reconstrucción de las condiciones de la existencia humana [por la tecnología]”.[79] Además de esa noción de sonambulismo tecnológico, otra idea clave es la de tecnologías atrincheradas. El mejor argumento con que parecen contar ciertas tecnologías para seguir entre nosotros es que sus promotores usaron eficazmente la técnica comercial del pie en la puerta (cuando no la patada para echar la puerta abajo): ya se han desplegado como hecho consumado, y ahora resulta extremadamente difícil pensar en su erradicación.[80]

Ay, aquel viejo lema de los estudios CTS: No Innovation Without Representation, ninguna innovación sin representación democrática.

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Aunque se ha dicho muchas veces, hay que repetirlo de nuevo: algo como internet no puede comprenderse bajo el paradigma de la herramienta neutral, que puede usarse bien o mal. Es un entorno técnico con la potencialidad de reconfigurar la entera vida humana (e incorpora valores e intereses que están lejos de ser socialmente deseables). Esto lo reconocen paladinamente los evangelistas de Silicon Valley: “La informática ya no tiene que ver con los ordenadores, se trata de nuestra forma de vida” (Nicholas Negroponte en su best-seller de 1995 Ser digital).

Allende las técnicas sencillas, el modo de utilizar cualquier tecnología viene en gran medida determinado por la estructura de la propia tecnología: como ha subrayado Neil Postman, “sus funciones se derivan de su forma”.[81] Como explica por ejemplo Antonio Diéguez, la tecnología no es solo el conjunto de las herramientas, de los medios, de los instrumentos, de las máquinas, sino también el entramado social, industrial, económico, político y cultural que la hace posible. “Éste se encuentra lejos de ser axiológicamente neutral. Incluso si nos ceñimos a los objetos tecnológicos, el filósofo de la tecnología Langdon Winner explicó ya hace años que los artefactos tienen política. Es decir, encarnan valores políticos y sociales.”[82] Y Morozov: “No hay empoderamiento digital sin empoderamiento político, y este último sólo se puede alcanzar concibiendo la Red no como un medio o una herramienta, sino como un conjunto de infraestructuras para facilitar la vida, el trabajo y la cooperación”.[83]

Geralt. Fuente: Pixabay.
Detrás de los algoritmos y las redes informáticas hay intereses humanos. En demasiados casos, por lo que vamos sabiendo, los algoritmos en realidad sirven más bien para disfrazar decisiones de dominación tomadas por ciertos poderes bajo el pretexto de una Inteligencia Artificial neutra…[84] Advertía ya hace decenios Neil Postman que “es de esperar que los burócratas abracen una tecnología [digital] que ayuda a crear la ilusión de que las decisiones no están bajo su control. Gracias a su aparente inteligencia e imparcialidad, un ordenador tiene una tendencia casi mágica a desviar la atención de las personas que desempeñan funciones burocráticas y dirigirla hacia el propio ordenador, como si fuera la verdadera fuente de autoridad. Un burócrata armado de un ordenador es el legislador no reconocido de nuestro tiempo, y una carga terrible que soportar. Quizá si Adolf Eichmann hubiera podido decir que no había sido él, sino un montón de ordenadores, lo que había conducido a los judíos a los crematorios, puede que nunca se le hubiera hecho responder de sus actos”.[85]

No ser capaces de reconocer las vías por las que decisiones (oligopólicas) sobre la tecnología moldean nuestras vidas es renunciar a cualquier posibilidad de pensamiento crítico.

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LoboStudioHamburg. Fuente: Pixabay.
Primero mentir y a continuación proclamar que es demasiado tarde, pues el despliegue tecnológico ya ha tenido lugar; y recubrirlo todo con el discurso de la inevitabilidad (“no se puede parar el progreso”). Así se afirma la “libertad para innovar” del capitalismo, como vimos en los conflictos sobre cultivos y alimentos transgénicos y nos recuerda Isabelle Stengers.[86] Así también en el caso de la digitalización y el 5G. Tecnologías que nadie ha deseado –megacorporaciones capitalistas crean la demanda, y luego se van imponiendo las innovaciones con un creciente totalitarismo blando–, que no se someten a evaluación seria –la carrera concurrencial las lanza al mercado antes de que lo haga un competidor– y que entrañan riesgos enormes para algunos de los bienes que más valoramos.[87] ¿Y todo ello para qué?

Se nos prometen grandes avances del tipo: con el 5G “la latencia o tiempo de respuesta se reducirá hasta 5 milisegundos, lo que permitirá una mejora notable en los videojuegos online”.[88] Además, “bajarse una película de un GB desde un PC con conexión de fibra óptica tarda medio minuto; con el 5G, se podrá hacer en menos de un segundo”.[89]

Cambiemos de cosmovisión, nos decían los sabios.[90] Sí, maestro, pero eso ¿cómo se hace? (Porque el cambio de cosmovisión que de hecho está teniendo lugar –hacia el “dataísmo”[91] y la adoración de los algoritmos informáticos– va exactamente en sentido contrario a lo que necesitaríamos: Silicon Valley, en cierta forma, es la culminación orgiástica del dualismo platónico y cartesiano…)

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¿Qué rumbo están siguiendo nuestras sociedades? Numerosos análisis, a partir del clásico informe The Limits to Growth en 1972, indican que la pauta básica es extralimitación seguida de colapso.[92] Si hay al menos una pequeña probabilidad de colapso ecosocial (y no digamos si éste se muestra como altamente probable o casi inevitable),[93]“digitalizar a toda marcha” es una conducta profundamente irracional. Poner la memoria, los saberes de gestión y los medios organizativos de nuestras sociedades en manos de un oligopolio privado transnacional (GAFAM), y fiarlo todo a la conservación de un aparato técnico insostenible que fallará más pronto que tarde, es lo contrario de una conducta prudente. Cuando el abastecimiento de agua potable, la provisión de servicios médicos o el correcto funcionamiento de las centrales nucleares depende de una red tecnológica de porvenir más que incierto, nuestras sociedades están haciendo las cosas de forma pésima: la “altura de caída” es ya enorme ¡y nos dedicamos a aumentarla aún más! En la terrible primavera de 2020, ya la pandemia coronavírica ha abierto a mucha gente los ojos sobre la fragilidad intrínseca de sociedades que han dejado hacer a sus anchas a los taumaturgos del neoliberalismo y la tecnociencia. Hace años que sostengo, junto a la necesidad de políticas ecosociales de asunción de límites (lo cual, en nuestra situación de extralimitación ecológica, implica decrecimiento),[94] que precisamos una ética de la imperfección (capítulo 8 de mi libro Gente que no quiere viajar a Marte).[95] El término que ha acabado imponiéndose para designar esa dirección de cambio es resiliencia, y digitalizar casi todo nos vuelve menos resilientes ante los difíciles escenarios que tenemos a la vuelta de la esquina.

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Hemos visto exactamente las mismas pautas de ataque a las posiciones de defensa humana, social y ecológica en el debate sobre el tabaco, el amianto, el cambio climático y los plaguicidas. Ahora bien, la hostilidad con que son recibidas las críticas de la digitalización no se debe sólo al poderío económico-político de las empresas implicadas y a las enormes inversiones en juego: hay algo más.[96] En efecto, el despliegue de la crisis civilizatoria y la ralentización del crecimiento capitalista, a lo largo de los decenios últimos, ha privado de fundamento a las promesas de bienestar con que el sistema lograba legitimarse. Cada vez resulta más evidente a los ojos de más gente que el rey está desnudo, y que resulta del todo ilusorio creer en que cada generación vivirá en el futuro mejor que la anterior. Así, poco más que la hipertrofia de las tecnologías digitales consigue apuntalar hoy, mal que bien, el Mito del Progreso: si esto también falla, la legitimación del capitalismo está más comprometida que nunca. Y por eso cualquier crítica de la digitalización recibe un verdadero chorreo de burlas y descalificaciones gratuitas, que en muchas ocasiones bastan para desanimar al hereje a quien se busca estigmatizar como retrógrado luddita.[97]

Coda final

Titular de prensa: “La UE camina hacia el horizonte verde y digital tras la policrisis”.[98] Pero, si fuese auténticamente verde, ya hemos visto que no podría ser demasiado digital… “Verde, digital y sostenible” van siempre juntos en el discurso de la cultura dominante,[99] pero esto es un contrasentido. Así seguimos enganchados en nuestra mortal Lebenslüge. Si fuese verdad que los procesos masivos de digitalización, automatización y robotización son imparables, estamos perdidos. Porque tienen un pequeño defecto colateral: devastan la biosfera y así destruyen las bases de la vida humana en el planeta Tierra. Un rimbombante editorial de El País comienza con la frase: “Sin digitalización no hay vida”.[100] Esa “vida” de la digitalización (una vida virtual y tiranizada para los supervivientes de un genocidio inconmensurable en un planeta devastado) ¿vale la pena de ser vivida? Ésa es una pregunta muy de fondo para nuestras sociedades.

Contra las expectativas generalizadas, nuestro futuro no va a ser demasiado digital, por el rápido avance del colapso ecosocial en que nos encontramos;[101] y creo que además no debería serlo, si tuviésemos algún tipo de control democrático (o mínimamente racional, siquiera) sobre los procesos en curso, por las razones previamente expuestas (y también las que desarrollamos en ese artículo/ manifiesto “La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’. Contra la doctrina del shock digital”, ya mencionado).

Creo que, de manera general, la digitalización (que funciona como aceleradora del capitalismo) no permite avanzar hacia un mundo sostenible, sino más bien lo contrario. Hay que entenderla como una trampa del progreso.[102] Si como sociedad (y como universidad) fuésemos capaces de un mínimo de racionalidad colectiva, emprenderíamos un proceso de des-digitalización selectivo pero rápido.[103] En un mundo que sufre la emergencia climática y se sitúa en una trayectoria de colapso ecológico-social, lo que precisamos no es acelerar más, sino precisamente lo contrario: ralentizar, relocalizar, contraer el metabolismo social, reconectar con la naturaleza y construir un nuevo sentido de la vida que no se base en el consumo de mercancías.

Decía Antonio Gramsci que la historia enseña, pero es una maestra sin alumnos. La anticipación basada en el mejor conocimiento disponible lo tiene todavía peor. Ay, amigos y amigas… Ya en 1937 George Orwell podía escribir: “ya ahora es evidente que el proceso de mecanización está fuera de control”.[104] Si hay seres humanos en el siglo XXII (nada menos seguro), se preguntarán: ¿cómo pudieron hacerlo? No nos perdonarán el mundo infernal que les habremos legado. Y ¿qué cabría decir en nuestro descargo?

“Se tardaba medio minuto en bajar una película de internet, ¿quién podía esperar tanto?”

Cercedilla y Peguerinos, verano de 2020

Ilustración de Demián Morassi
Demián Morassi

Notas

[1] Paul Kingsnorth, Confesiones de un ecologista en rehabilitación, Errata Naturae, Madrid 2019, p. 174.

[2] Alba E. Nivas, “Libres”, ctxt, 7 de junio de 2019.

[3] Santiago Alba Rico, “Transformación antropológica y paradigma tecnológico”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 144, Madrid 2019, p. 24.

[4] Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, En la espiral de la energía, vol.2: colapso del capitalismo global y civilizatorio (segunda edición), Libros en Acción, Madrid 2018, p. 303 y ss.

[5] Veamos. Nadie discutirá que “un ordenador o un móvil son prácticamente los objetos que más tecnología punta tienen de entre todos los objetos que un humano de nuestra era puede comprar con su trabajo. Tiene procesadores, memorias, pantallas, antenas, batería, todo tipo de sensores, dispositivos de posicionamiento por satélite, micrófonos y altavoces y sólo tienen sentido con internet funcionando para ellos. Y esto no implica precisamente poca energía: casi diría que hace falta extraer materia y energía de todos los rincones del planeta para fabricar un sólo móvil u ordenador (y los gadgets modernos que son básicamente ordenadores, como las televisiones, reproductores multimedia, videoconsolas, circuitería de coches, enchufes inteligentes y todo tipo de electrodomésticos que tengan la palabra smart).” Félix Moreno, “El fin de la memoria”, revista 15/15\15, 6 de noviembre de 2019. Más por extenso en Félix Moreno, PEAK MEMORY PEAK COMPUTING. El fin de la informática: El fin de la memoria de la sociedad de la información https://www.amazon.es/PEAK-MEMORY-COMPUTING-fin-inform%C3%A1tica/dp/B08974KDPS

[6] Los centros de procesos de datos hoy existentes necesitan un promedio de electricidad equivalente al consumo de un país como España (unos 200 teravatios-hora por año). Si a los centros se le suman todos los dispositivos y redes vinculados a los mismos, toda esta tecnología necesita entre el 5% y el 9% del consumo mundial de electricidad. Y este porcentaje está creciendo rápidamente.

[7] Una buena actualización sobre este asunto en José Bellver, “La Cuarta Revolución Industrial ante la crisis ecológica”, en AAVV, La Cuarta Revolución industrial desde una mirada ecosocial, Clave Intelectual, Madrid 2018, p. 21 y ss. Del mismo autor, “Costes y restricciones ecológicas al capitalismo digital”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 144, Madrid 2019, p. 59 y ss.
Según investigadores de un centro de estudios francés llamado The Shift Project, los vídeos que se cuelgan en internet provocan la emisión de unos 300 millones de toneladas de dióxido de carbono cada año. De todos estos vídeos que se encuentran colgados en la red, casi una tercera parte son pornografía. (En estos cálculos no se tiene en cuenta la retransmisión de vídeos en directo como, por ejemplo, en vídeollamadas o webcams, que constituyen otro 20% del flujo global de los datos.) “Así contribuye el porno al cambio climático”, La Sexta, agosto de 2019.
Resumiendo estos datos de The Shift Project: la proliferación de servicios de streaming para series y películas (como Netflix y como el Prime Video de Amazon) son los principales responsables del derroche energético, con un 34% del tráfico mundial de datos, seguidos por la pornografía (27%) y portales de vídeo como Youtube (21%). En esos cálculos están incluidos los tan publicitados esfuerzos de las empresas en compensar su huella de carbono comprando “energías limpias”. Francisco de Zárate, “Internet: causante y víctima del calentamiento global”, Retina, 9 de octubre de 2019.

[8] Artículo mencionado en Isabel Rubio y Olivia L. Bueno: “¿Cuánto contamina enviar un tuit, hacer una búsqueda en Internet o ver un vídeo de Youtube?”, El País, 12 de julio de 2020.

[9] Nicola Jones, “How to stop data centres from gobbling up the world’s electricity”, Nature vol. 561, 12 de septiembre de 2018; doi: 10.1038/d41586-018-06610-y. Hacia el final del texto el autor escribe: “Prohibir las cámaras en color de alta definición sólo en los smartphones podría reducir el tráfico de datos en Europa en un 40%, dice Ian Bitterlin, ingeniero consultor y experto en centros de datos en Cheltenham, Reino Unido. Pero, agrega, nadie parece atreverse a instituir tales reglas. No podemos volver a cerrar la caja de Pandora, dice”.

[10] https://twitter.com/A_Aretxabala/status/1275693680117121026 . Véase también Antonio Aretxabala, “Una reflexión más en torno al 5G y los retos de nuestra organización social”, en su blog, 1 de julio de 2020.

[11] Ben Tarnoff, “To decarbonize we must decomputerize: why we need a Luddite revolution”, The Guardian, 18 de septiembre de 2019.

[12] https://twitter.com/luisglezreyes/status/1212643039337992194 . El artículo al que se refiere es “Dynamic Energy Return on Energy Investment (EROI) and material requirements in scenarios of global transition to renewable energies” en https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2211467X19300926 .

[13] Antonio Aretxabala, “Una reflexión más en torno al 5G y los retos de nuestra organización social”, en su blog, 1 de julio de 2020.

[14] “Insustentabilidad (…) puede significar bloqueo de los dispositivos sociales de aprendizaje como consecuencia de una aceleración excesiva y de una conectividad demasiado alta. Si se pretende que el debate sobre la crisis ecológica no sea sólo un melancólico ejercicio contemplativo, no sólo una mirada informada al camino de descenso de la era industrial, se ha de suponer que los seres humanos son capaces de aprender por anticipación y, por tanto, de modificar su conducta por razones diferentes a la constricción física directa. Ahora bien, el aprendizaje consciente tiene algunas condiciones. Dos de ellas, muy importantes, son tener tiempo y disponer de márgenes de error. El aprendizaje requiere tiempo para seleccionar positivamente las adaptaciones viables. Exige también lugares no tocados por los efectos del error, desde los que éste pueda corregirse. Ambas condiciones emanan del hecho básico de que el error es inevitable. Si un sistema reflexivo se acelera demasiado, sus centros de decisión empiezan a cometer errores cada vez más grandes y cada vez más frecuentes. Si se globaliza demasiado, si todos sus elementos están fuertemente conectados, los errores se difunden por todas partes y faltan los espacios alternativos, disponibles para ensayos eventualmente exitosos. Si, además de eso, el sistema dispone de una tecnología poderosa, es decir, capaz de alterar intensa o profundamente el ecosistema, entonces se dan todas las condiciones para que valga la pena preocuparse seriamente. En estas condiciones, la sustentabilidad consiste en mantener la flexibilidad, evitando una aceleración y una interconexión excesivas. Según este enfoque, una sociedad se torna inviable cuando tiene más y más opciones en intervalos temporales más y más cortos. Cuando, por ejemplo, se muestra incapaz de controlar la proliferación nuclear, cuando introduce cada año en la naturaleza miles de nuevas sustancias químicas, o cuando se dispone a hacer lo mismo con miles de organismos genéticamente manipulados. Esto no es exactamente lo mismo que exceso en cuanto a la escala física, y ni siquiera es equivalente a incremento entrópico innecesario (aunque en este caso la semejanza es significativa); se trata más bien de un fallo básico en el sistema de información, de un dispositivo muy potente de amplificación del error.” Ernest Garcia, “Los límites desbordados. Sustentabilidad y decrecimiento”, Trayectorias vol. 9 num. 24, Universidad Autónoma de Nuevo León, mayo-agosto de 2007, p. 11-12.

[15] El ensayista estadounidense Nate Hagens, antaño profesional de elevada posición en Wall Street y hoy ecologista experto en energía, ha propuesto una perturbadora pero acertada imagen del “superorganismo humano” como Gran Ameba. Nate Hagens, “¿Qué sucedería si los paneles fotovoltaicos fuesen gratuitos?”, en Crisis energética, 3 de octubre de 2016.

[16] “Dentro de ciertas condiciones de velocidad, cuando el info-flujo es lento, un modelo racional de gobierno puede controlar el entorno y decidir entre posibilidades y alternativas. Pero cuando la intensidad de la información y la velocidad de la infoesfera sobrepasan el ritmo de elaboración de la mente, ya no podemos extraer significado de la experiencia y la psicoesfera se ve afectada por una sensación de confusión. El significado ya no puede ser captado dado que no podemos extraer una explicación finita del flujo infinito como herramienta funcional para la interacción social y la comprensión. Llegados a este punto, el orden social sólo puede producirse por medio de selectores sintácticos y decisiones automáticas. La interpretación semántica ya no es posible dado que el tiempo es demasiado corto. Las decisiones deben tomarse por defecto a través de máquinas puramente sintácticas. A esto nos referimos cuando hablamos de gobernanza.” Franco “Bifo” Berardi, Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva, Caja Negra, Buenos Aires 2017, p. 239.

[17] Sobre este enorme asunto, las reflexiones de Hartmut Rosa y Byung Chul-Han me parecen muy valiosas.

[18] Marta Peirano: “Las redes sociales están diseñadas para generar ‘loops’ de dopamina” (entrevista), Yorokobu, 28 de agosto de 2019.

[19] Jaimen Vindel, “Convivencialidad e instituciones culturales”, ctxt, 24 de junio de 2020.

[20] Isaac Quintana Fernández, “La tecnología 5G va a abrir la puerta a la llegada de la cuarta revolución industrial” (entrevista), La Provincia (Las Palmas de Gran Canaria), 6 de julio de 2019.

[21] “El significado que derivamos de nuestra existencia debe surgir de nuestra conexión [connectedness], si es que queremos tener éxito en el mantenimiento de nuestra civilización en un futuro lejano: conexión interior, con otros humanos y con todo el mundo natural. Una nueva conciencia global podría permitir a nuestra sociedad experimentar una Gran Transformación en valores y comportamiento hacia una civilización sostenible y floreciente. Tendría que fundarse en una cosmovisión que, orientándonos hacia el futuro, permita a la humanidad prosperar de manera sostenible en la Tierra. En lugar de metáforas raigales [root metaphors] como la naturaleza en cuanto máquina y la naturaleza que ha de ser conquistada, la nueva cosmovisión se basaría en la emergente visión sistémica de la vida, reconociendo la interconexión intrínseca entre todas las formas de vida en la Tierra y viendo a la humanidad insertada integralmente dentro del mundo natural. En contraste con el marco dualista de significado que ha estructurado dos milenios y medio de pensamiento occidental, la forma de pensar sistémica –integrada con las percepciones de la sabiduría tradicional– conduce a la posibilidad de encontrar un significado a través de la conexión dentro de nosotros mismos, entre nosotros, y con el mundo natural. Esta forma de pensar, al ver el cosmos como una gran red de significados, tiene el potencial de ofrecer un marco sólido para los valores de una Gran Transformación que enfatice la calidad de vida, nuestra humanidad compartida y el florecimiento de la naturaleza.” Jeremy Lent en su web (consultada el 11 de febrero de 2018): https://www.jeremylent.com/sustainable-flourishing.html . Tiene también muchísimo interés su artículo “A house on shaky ground: Eight structural flaws of the Western worldview”, 19 de mayo de 2017.

[22] Importante la reflexión de Naomi Klein: “Distopía de alta tecnología para el postcoronavirus”, El Viejo Topo, 25 de mayo de 2020.

[23] Citada en Andrés Ortega, “Erosión del libre albedrío”, El País, 14 de julio de 2019. Luego se refiere Ortega a cómo “Jamie Susskind, en su libro sobre el futuro de la política, considera que estos avances tecnológicos harán que todo se escudriñe mucho más que antes, lo que es positivo, aunque las grandes empresas del sector se resisten a desvelar los algoritmos con los que funcionan. Estos algoritmos no sólo analizarán la realidad, sino que, a través de su capacidad para modelar nuestro comportamiento, acabarán determinándola. Las personas seremos lo que los algoritmos nos digan que hemos de ser, según este autor”.

[24] El filósofo francés Éric Sadin es uno de los autores que ha tratado de analizar en profundidad este fenómeno. “Hemos superado la era de la digitalización para entrar en la de la medición de la vida. Los sensores se introducen en nuestro día a día a través de relojes inteligentes y casas conectadas. Han aparecido aplicaciones que acumulan datos a una escala gigante, explotados por sistemas de inteligencia artificial cada vez más sofisticados. Eso les permite responder a nuestras necesidades y sugerirnos productos y servicios de manera incesante. Detrás de esas aplicaciones hay una voluntad de mercantilizar todas las esferas de la vida. Se trata de un acompañamiento algorítmico de nuestra existencia que puede parecer benevolente aunque en realidad tiene finalidad comercial y esconde intereses privados. (…) Hoy cambia [con respecto a momentos anteriores en el despliegue tecnológico] la voluntad de conquistar nuestro comportamiento. El poder de penetración es mucho mayor. Esos sistemas son capaces de interpretar situaciones y tomar decisiones sin que el ser humano tenga que intervenir. Se trata de una ruptura histórica. Espero (…) que la fuerza de decisión humana siga primando. Pero también observo una conquista integral de nuestra vida por parte de las [compañías] tecnológicas. Estamos superando un umbral de liberalismo para entrar en lo que yo llamo tecnoliberalismo, que ya no acepta que ningún rincón de la existencia humana quede al margen de su control. (…) El punto de inflexión son los atentados del 11-S. La primera potencia económica y militar empieza a seguir la pista de los individuos a partir de datos cruzados: comunicaciones telefónicas, tarjetas de crédito, datos diseminados por Internet… A partir de 2011, el desarrollo de los sensores y la inteligencia artificial posibilita la retroactividad. Es decir, la capacidad de orientar una decisión, de manera automatizada, a partir de datos sobre el comportamiento que un usuario ha demostrado tener en el pasado. (…) Nos dirigimos hacia la muerte de la figura humana según el modelo de la Ilustración, que antes fue el del Renacimiento. Es decir, un ser humano dotado de la capacidad de definirse libremente a sí mismo y de actuar con responsabilidad, que es la noción sobre la que se erige todo nuestro régimen jurídico. Si delegamos cada vez más decisiones individuales y colectivas ante esos sistemas tecnológicos, perderemos nuestro libre albedrío y nuestra capacidad política. Yo abogo por reintroducir lo sensible, la contradicción, la imperfección, el miedo al contacto con otro y al conflicto, cuando éste sea necesario.” Éric Sadin entrevistado en Babelia, 8 de julio de 2017.

[25] Manuel Sacristán, “Comunicación a las jornadas de ecología y política”, Murcia, 4 a 6 de mayo de 1979; luego en Pacifismo, ecología y política alternativa, Icaria, Barcelona 1987, p. 11.

[26] Jordi Pérez Colomé, “Cómo le vigilan los móviles Android sin que lo sepa. Un estudio dirigido por dos académicos españoles de más de 1.700 dispositivos de 214 fabricantes descubre los sofisticados modos de rastreo del ‘software’ preinstalado en este ecosistema”, El País, 18 de marzo de 2019.

[27] Javier Sampedro, “Demasiada cara”, El País, 29 de agosto de 2019.

[28] Patricia Esteban, “La cara oculta del reconocimiento facial”, El País/ Negocios, 27 de octubre de 2019.

[29] Véase por ejemplo el folleto de propaganda Transformación digital 4.0 –Innovación para acortar distancias, que se entregó junto con el diario El País el 23 de abril de 2020.

[30] Inma Moscardó, “Quien tiene un robot tiene un tesoro”, en el extra monográfico sobre publicidad “Nuevas miradas, mismos retos”, El País, 26 de enero de 2018, p. 6.

[31] “Las empresas tecnológicas lo saben desde hace mucho tiempo. Por eso lo llamamos tecnología persuasiva [a lo que hacemos]: nos centramos en crear explosiones de dopamina [en el cerebro de los consumidores]. El GOP [Partido Republicano de los EEUU] usó escáneres de imagen por resonancia magnética (MRI) hace décadas para evaluar la respuesta del cerebro a los mensajes…”. Todo el hilo de tuits a que pertenece este comentario, iniciado por el gran climatólogo Kevin Anderson, merece reflexión atenta. Véase también Berit Anderson y Brett Horvath, “El ascenso de la máquina de armas propagandísticas de inteligencia artificial” (Papeles 138, Madrid 2017).

[32] “Cita investigaciones internacionales que demuestran cosas alucinantes, como una que midió el impacto de las interrupciones en el trabajo de oficina: al parecer se necesitan al menos 25 minutos para recuperarse de una llamada o un e-mail y volver a ser igual de productivos que antes. Pero sobre todo menciona dos estudios que me dejaron pasmada. Uno fue hecho en 2014 en el University College de Londres sobre la influencia de la multitarea en la estructura del cerebro. Descubrieron que juguetear con el maldito móvil mientras se hace otra cosa nos afecta físicamente la sesera; y, así, cuanto más tiempo pasas chateando y viendo la tele, por ejemplo, menor densidad de materia gris tienes en el córtex del cíngulo anterior, un rincón del cerebro de nombre complicado pero máxima importancia, porque ese córtex es esencial en el procesamiento de la información, así como en la detección de errores y conflictos. (…) El otro estudio al que me refería no deja de tener su horripilante gracia. Lo hicieron en la Universidad de Londres y encontraron que las personas distraídas por la tecnología experimentaban una disminución de su coeficiente intelectual superior a si hubieran consumido marihuana. Bueno, supongo que depende de la cantidad de hierba que te metas, pero de todas formas los que hemos vivido los años de la psicodelia sabemos de qué abismos de modorrez estamos hablando…” Rosa Montero, “La civilización del estupor”, El País Semanal, 29 de diciembre de 2019. El texto de Nuria Oliver es un capítulo del libro colectivo Los nativos digitales no existen, Deusto Ediciones.

[33] Bruno Pattino, La civilización de la memoria de pez, Alianza, Madrid 2020.

[34] Carmen Pérez-Lanzac, “Leemos distinto, ¿leemos peor?”, El País, 24 de mayo de 2020. El artículo resume gran cantidad de investigación del “Grupo de Stavanger”, y la pregunta del titular es retórica.

[35] Nicholas Carr, La pesadilla tecnológica, Eds. El Salmón 2019, p. 295-297 (el autor glosa un estudio de la Universidad de Yale en 2015).

[36] Nicholas Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, Taurus, Madrid 2012.

[37] Un somero resumen en Jan Martínez Ahrens, “La compañía que burló la intimidad de 50 millones de estadounidenses”, El País, 21 de marzo de 2018. Véase más información en https://elpais.com/tag/caso_cambridge_analytica/a . Un análisis detallado en Berit Anderson y Brett Horvath, “Inteligencia artificial al servicio de la propaganda política”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 138, Madrid 2017.

[38] Jordi Minguell, “Cómo hackear la democracia liberal mediante el marketing digital”, ctxt, 29 de octubre de 2018.

[39] B. Andrino y J.P. Colomé: “Nueve páginas difundían en Facebook bulos en favor del PP”, El País, 31 de octubre de 2019.

[40] “El PP atribuyó los miles de euros invertidos a la iniciativa individual de las personas implicadas, mientras Facebook se defendió diciendo que ellos no juzgan el contenido de los anuncios de su plataforma. Como reconoció el CEO de Facebook en la Cámara de Representantes americana hace unas semanas, la red social no puede garantizar que la publicidad de la plataforma incluya información política falsa. De acuerdo con Zuckerberg, el filtrado de calidad de la información no lo ha de ejercer la empresa, sino la libre confrontación de ideas en democracia. Es un argumento problemático. Primero, porque Facebook permite segmentar los anuncios a grupos de usuarios, lo que reduce la capacidad del supuestamente abierto y libre debate democrático de contrarrestar la información engañosa. Si mañana decido gastar mis ahorros en mandar anuncios a los pensionistas residentes en las zonas rurales de Castilla advirtiéndoles de un (falso) cambio en el sistema de votación en el Senado, ¿qué garantías tenemos de que esa gente tendrá acceso a información que desmienta mi publicidad y que desactive sus previsibles consecuencias electorales? En segundo lugar, el modelo de negocio de Facebook descansa en tenernos enganchados permanentemente a la Red. Es por ello natural que privilegie la difusión de noticias sorprendentes y llamativas, aunque incluyan mentiras y bulos (o precisamente por ello). Difícil que la confrontación serena de ideas prospere en ese contexto. Por último, Facebook actúa como un monopolio. Si no nos gusta, no podemos irnos a la competencia. No existe…” José Fernández Albertos, “Facebook y la democracia”, El País, 7 de noviembre de 2019.

[41] “La propaganda moderna se da un festín con nosotros. La mentira pública ha existido siempre. La novedad radica en que ahora podemos elegir qué mentira contamos a una persona determinada, conociendo de antemano su predisposición a creerla. Las campañas electorales se realizan hoy de esta forma. En el siglo XX y antes, los grandes propagandistas al estilo de Joseph Goebbels tenían que repetir una trola mil veces ante grandes multitudes para convertirla en verdad; ahora es suficiente con decirla una sola vez a la gente adecuada, quizá a una sola persona. Internet permite susurrar la frase venenosa directamente al oído de quien la espera. Además, no cuesta esfuerzo: puede hacerlo una máquina desde una aldea balcánica. En España aún estamos aprendiendo, y campañas como la de Vox tienen que copiar manuales extranjeros, mayormente el que llevó a la presidencia a Donald Trump; de ahí que salgan con temas tan intempestivos como el derecho a tener armas de fuego y a usarlas con liberalidad. Pero ya iremos afinando. Es cuestión de tiempo”. Enric González, “La decisión colectiva”, El País, 24 de marzo de 2019.

[42] Yuval Noah Harari, “Los cerebros ‘hackeados’ votan”, El País, 5 de enero de 2019.

[43] Citado por Asier Arias, Economía política del desastre, Catarata, Madrid 2018, p. 118.

[44] Sucede además (apunta Ana Pérez Perales siguiendo a Marta Peirano) que la propaganda, entendida como el uso éticamente dudoso de los medios de comunicación para convencer al receptor de un determinado mensaje, se combina a menudo con la desinformación, que consiste en la difusión intencionada de contenidos falsos. Está comprobado que empresas de marketing político y grupos de presión hacen circular bulos en las redes y, en ocasiones, se sirven de bots para dar mayor tráfico a unas noticias frente a otras, así como para privilegiar las reacciones de los usuarios que las secundan –mediante likes, retuits, etc.–, de modo que los demás vean las reacciones positivas de sus pares antes que las críticas, lo que genera una mayor apertura hacia la información de que se trate. Como sostiene Peirano, las personas que se encuentran con este panorama en sus redes sociales “no lo leen como si fuera un contenido diseñado a su medida por empresas de marketing y campañas políticas. La mayoría ni siquiera sabe que Facebook puede publicar noticias falsas como si fueran reales sin temer una demanda, cosa que un periódico no puede hacer” (Marta Peirano, El enemigo conoce el sistema: manipulación de ideas, personas e influencias después de la economía de la atención, Penguin Random House, Barcelona 2019, p. 249). Pérez Perales incluye su cita en su TFG ¿Democracia 2.0? La participación política en la era del Big Data, Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid, julio de 2020.

[45] Facebook sabe desde hace años que su algoritmo de recomendación polariza a los usuarios y los radicaliza (sobre todo hacia la ultraderecha). Altos ejecutivos de la compañía han intentado (y conseguido) que este problema no se solucione: lo explicaba Hugo Sáez a partir de esta investigación publicada en The Wall Street Journal: Jeff Horwitz y Deepa Seetharaman, “Facebook executives shut down efforts to make the site less divisive”, 26 de mayo de 2020.

[46] “Los gobiernos de hecho son clientes de esas compañías y usan sus infraestructuras para controlar a la población, producir fake news o perseguir a disidentes (…) Estas empresas contratan a cientos de genios para componer un pedazo de código cuya función es mantenerte pegado al móvil durante el mayor tiempo posible. La gente tiene que ser consciente de que estas aplicaciones no son inocuas, están diseñadas literalmente como máquinas tragaperras, para ser irresistibles, no porque ellos quieran crear adictos, sino como consecuencia de su modelo de negocio, que consiste en extraer datos.” Marta Peirano, “El 5G es una gran trampa para espiarnos, nos están engañando a todos”, El Confidencial, 12 de junio de 2019.

[47] “Las autoridades chinas están uniendo tecnologías antiguas con otras de vanguardia (escáneres telefónicos, cámaras de reconocimiento facial, bases de datos de rostros y huellas dactilares y muchas otras) para construir herramientas radicales idóneas para el control autoritario, según la policía y las bases de datos privadas examinadas por The New York Times.
Una vez combinadas y completamente operativas, estas herramientas pueden ayudar a la policía a identificar a las personas que caminan por la calle, descubrir con quién se reúnen e identificar quién pertenece y quién no pertenece al Partido Comunista. Estados Unidos y otros países utilizan algunas de las mismas técnicas para rastrear a terroristas o capos de la droga. Las ciudades chinas quieren usarlas para rastrear a todos.” Paul Mozur y Aaron Krolik, “A surveillance net blankets China’s cities, giving police vast powers”, The New York Times, 17 de diciembre de 2019.

[48] https://twitter.com/Snowden/status/1207738431062892546
Véase también https://www.eldiario.es/theguardian/Minas-Republica-Democratica-Congo-tecnologicas_0_975002801.html

[49] https://twitter.com/Snowden/status/1209106194767454213

[50] Andy Meek, “Minnesota is now using contact tracing to track protestors, as demonstrations escalate”, bgr.com, 30 de mayo de 2020.

[51] “Las técnicas de identificación biométrica, utilizadas de forma masiva en China o Rusia con fines políticos, se han extendido a toda velocidad. Scotland Yard lo certifica. Este año, la policía británica dio el primer paso para usar cámaras de reconocimiento facial a partir del banco de imágenes de los sospechosos más buscados. España no se queda atrás. Ha desarrollado sistemas de inteligencia artificial en centros comerciales, estaciones de transporte o casinos. Quienes controlan estos artilugios aseguran que son capaces de leer los rostros de delincuentes, desaparecidos o ludópatas. Un modelo similar podría aplicarse a los estudiantes que estos días se enfrentan a exámenes en el entorno virtual por las restricciones de la covid-19. La cuestión es cómo hacerlo con las suficientes garantías para no lesionar su privacidad y a la vez que las evaluaciones sean limpias, sin sombra de sospecha ante la tentación de copiar o suplantar identidades. Realizar pruebas orales por videoconferencia o mediante el uso de webcam y micrófonos, y que sean grabadas para que el profesor pueda revisarlas y el estudiante, en su caso, reclamar, son algunas de las soluciones propuestas.” Rosario G. Gómez, “Vigilancia biométrica”, El País, 21 de mayo de 2020.

[52] “Algunos argumentarios contra el manifiesto [“La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’. Contra la doctrina del shock digital”, ctxt, 3 de mayo de 2020] definen el mundo virtual como un campo de batalla más en el que también hay que intentar ganar y nunca abandonar. ¿Un campo de batalla propiedad del enemigo, con los algoritmos del enemigo y con las reglas, la vigilancia y las policías del enemigo? ¿Un campo de batalla en el que el dinero define la popularidad no solo individual, sino también de las ideas? ¿Un campo de batalla en el que ni siquiera los Estados tienen capacidad de legislar sobre las multinacionales de la comunicación? Permitidme que dude que podamos ganar esa guerra.” Miguel Ángel Conejos Montalar, “A la izquierda del PIB: una crítica al productivismo y una lanza rota en favor del ecologismo”, arainfo, 15 de mayo de 2020.

[53] Enrique Alonso, El nuevo Leviatán: una historia política de la Red, Díaz & Pons, Madrid 2015, p. 190. Véase también, del mismo autor, La quimera del usuario: resistencia y exclusión en la era digital, Abada, Madrid 2014.

[54] Nicholas Carr, La pesadilla tecnológica, Eds. El Salmón 2019, p. 19.

[55] Santiago Álvarez Cantalapiedra, “Capitalismo en la era digital”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 144, Madrid 2019, p. 7.

[56] “Creo que lo resume bien la historia de mi amigo Alaa Abd El Fattah (conocido en la red como @alaa). Bloguero egipcio y uno de los principales activistas de la Primavera Árabe, acaba de volver a ser encarcelado. Un régimen sustituyó a otro pero él sigue en prisión. Los gobiernos y los poderosos, que no siempre están en los gobiernos, han usado todas las herramientas en sus manos para encarcelar a muchos de los nuevos paladines de la libertad en internet. Chelsea Manning, que vuelve a estar encarcelada después de haber cumplido su sentencia, o la extradición a Estados Unidos pendiente de Julian Assange son otros ejemplos. En 2010 aún podían denunciarse estos encarcelamientos; hoy quedan sepultados bajo una nube de basura electrónica”. Jaime García Cantero; “EE UU y China necesitan los datos de los pobres para dominar el mundo” (entrevista con R.A.), Retina 23, enero de 2020, p. 21-22. Ávila dirige la ONG Ciudadanía Inteligente, con sede en Santiago de Chile.

[57] A veces se añade también la N de Netflix.

[58] Sigue Ávila: “Según una encuesta reciente, el 85% de los argentinos accede a las noticias vía Facebook. Filtrar las noticias a un país entero es un poder político descomunal (…). Los tratados de comercio internacionales de los últimos veinte años hacen prácticamente imposible poner freno a estos imperios. Intentar tomar medidas contra ellos puede llevar al país entero a entrar en un conflicto internacional con represalias en términos de aranceles, como estamos viendo con Trump. A esto hay que sumar la imposibilidad de combatirlos judicialmente. Estos gigantes tecnológicos no tienen oficinas en la gran mayoría de países del mundo, y donde las tienen son cascarones, por lo que hay que ir a litigar a California, donde nunca vas a ganar”.

[59] Y sigue Renata Ávila: “Por eso ahora les espera una nueva batalla. La mitad de la humanidad ya está conectada. Los gigantes de Silicon Valley y sus homólogos chinos van a competir por llegar a la otra mitad. EE UU y China necesitan los datos de los pobres para dominar el mundo. Cuanto más se conecten, más vigilados estarán y más se va a precarizar su trabajo. Los países donde viven carecen de todo tipo de regulación. (…) En América Latina, el lugar más tecnificado es el barrio más humilde. En lugar de dar a sus habitantes herramientas de educación y desarrollo, se les vigila. El sector privado y el público invierten para controlar a los más vulnerables. Cámaras para identificar, dispositivos y apps para saber lo que hacen. Tecnología para monitorizar a los pobres. Ése es el tipo de conexión que quieren darles. (…) EE UU y China necesitan los datos de los pobres para dominar el mundo” (entrevista con Renata Ávila), op. cit. En la entrevista, la jurista y activista por los derechos civiles indica también: “Hace falta una soberanía digital, que no debemos confundir con nacionalismo. Los Estados deben mantener el control de las infraestructuras digitales clave. Hay que fortalecer las capacidades locales para que los Estados tengan las herramientas tecnológicas necesarias para garantizar la calidad de vida de sus ciudadanos y el respeto a los derechos de estos. Se necesitan regulaciones mucho más duras que la RGPD (Reglamento General de Protección de Datos). Europa aún cree que va a alcanzar a EE UU y a China en la carrera tecnológica, pero este tren ya lo ha perdido, debe apostar por respuestas transversales colaborando con América Latina y África. (…) . En las últimas elecciones en Guatemala se informaba mediante una app de dónde debías votar. ¿Qué ocurre con los que no tienen teléfono o no pueden pagarse un plan de datos? En México, los avales de los candidatos se recogían solo por internet, lo que dejó fuera de la carrera electoral a los candidatos indígenas. En Chile, los inmigrantes no pueden tener acceso a los papeles para regularizar su situación porque los formularios solo están disponibles online. Multitud de idiomas indígenas desparecerán en el continente porque no existen en el mundo digital. Sus hablantes quedarán silenciados. Hay una población especialmente vulnerable que ha sido tradicionalmente excluida. Estamos peleando para que no se conecte a los pobres a un internet de los pobres…”

[60] Antonio Izquierdo Escribano, “Sociología del confinamiento”, Documentación social 5/ 2020.

[61] Término acuñado sobre todo por los análisis de Shoshana Zuboff.

[62] Adrián Almazán, “Green New Deal. Utopismo selectivo e ingenuidad ante las TIC”, ctxt, 4 de diciembre de 2019.

[63] José María Lassalle, “Emerge el rostro de una dictadura tecnológica”, El País, 5 de mayo de 2019. Ese texto es un extracto de su libro Ciberleviatán, el colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital (ed. Arpa, 2019).
Se puede también atender a la reflexión de Antonio Muñoz Molina a propósito de Edward Snowden: “Su adolescencia coincidió con la explosión de Internet. La promesa de infinita libertad que vislumbró entonces la ha visto transformada en una alianza monstruosa entre los Gobiernos del mundo y las compañías tecnológicas: la invasión totalitaria de la intimidad es al mismo tiempo un arma de poder político y una fuente de beneficios sin límites para quienes comercian con ella. La misma empresa entrañable que almacena y difunde las fotos de tu boda y te mantiene en contacto con tus “amigos” digitales no tiene el menor escrúpulo en garantizar, a un precio sin duda interesante, la vigilancia de los súbditos de una tiranía. Ese móvil tan cool que no se te cae de las manos te espía incluso cuando lo tienes apagado, y acumula y pone en venta sin escrúpulo toda la información íntima y minuciosa que tú le regalas. Gracias a Snowden, ya no hay manera decente de ignorar estas cosas” (“El traidor, el héroe”, Babelia, 12 de octubre de 2019).

[64] Emilio Santiago Muíño, “Surrealismo, situacionistas, ciudad y gran aceleración. Por una psicogeografía del ahí en la era de la crisis ecológica”, manuscrito, primavera de 2020.

[65] David Spratt, “At 4°C of warming, would a billion people survive? What scientists say”, climatecodered.org, 18 de agosto de 2019.

[66] Yangyang Xu y Veerabhadran Ramanathan, “Well below 2 °C: Mitigation strategies for avoiding dangerous to catastrophic climate changes”, PNAS, 26 de septiembre de 2017.

[67] En mayo de 2019, Johan Rockström, director del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, dijo a The Guardian que en un mundo 4°C más cálido “es difícil ver cómo podríamos acomodar a mil millones de personas o incluso la mitad de eso… Habría una minoría rica de personas que podría sobrevivir con estilos de vida modernos, sin duda, pero será un mundo turbulento y conflictivo”. Rockström es uno de los principales investigadores del mundo en tipping points (puntos de inflexión climáticos) y safe boundaries (“límites seguros” para la humanidad). Véase Gaia Vince, “The heat is on over the climate crisis. Only radical measures will work”, The Guardian, 18 de mayo de 2019.
En un encuentro científico internacional sobre cambio climático realizado en Melbourne en noviembre de 2012 (en la antesala de la COP18 de Doha), algunos de los más relevantes investigadores del mundo estimaron lo que podría pasar con un aumento de cuatro grados centígrados o más (sobre las temperaturas preindustriales promedio). Para Hans Joachim Schellnhuber (fundador y director del Instituto Postdam para la Investigación del Impacto Climático –PIK- y director del Consejo Asesor Alemán sobre el Cambio Climático –WBGU-), la capacidad del planeta para albergar seres humanos en caso de una subida de cuatro grados se reduciría a “menos de 1.000 millones de personas”.
Unos años antes el profesor Kevin Anderson (director del Centro Tyndall para el Cambio Climático en Gran Bretaña) se dirigió a la prensa durante la fallida conferencia de Copenhague, en 2009: “Para la humanidad es cuestión de vida o muerte… [un aumento así] no conducirá a la extinción del ser humano, ya que unos pocos afortunados, con los recursos adecuados, podrán desplazarse a las partes apropiadas del planeta y sobrevivir. Pero creo que es extremadamente improbable que evitemos una mortandad masiva con cuatro grados de aumento”. En aquella ocasión Anderson se atrevió a dar cifras: “Si en el año 2050 la población mundial es de 9.000 millones y la temperatura se eleva 4, 5 o 6 grados, los supervivientes podrían ser del orden de 500 millones”. Si echamos cuentas, eso es hablar de una mortandad de casi el 95%. Cf. Miguel Artime, “Cuatro grados más o cómo decir adiós a casi el 95% de la humanidad”, blog Cuaderno de ciencias, 15 de noviembre de 2012.

[68] Bruno Latour, “La Modernidad está acabada”, entrevista en El Mundo, 19 de febrero de 2019.

[69] Ese rechazo sigue en plena forma hoy: así, llama la atención la ausencia de cualquier consideración sobre límites ecológico-sociales en un libro por lo demás tan lúcido como La pesadilla tecnológica de Nicholas Carr, con su muy documentado análisis de tantos aspectos disfuncionales de la sociedad digital.

[70] Marta Peirano, “El 5G es una gran trampa para espiarnos, nos están engañando a todos”, El Confidencial, 12 de junio de 2019.

[71] Para la argumentación en contra: Alfredo Caro Maldonado, “Electrosensibilidad, 5G y el determinismo biológico como caballo de Troya”, Rebelión, 24 de julio de 2020. La tesis del autor es que el reduccionismo biológico imperante lleva a mucha gente a buscar explicaciones biofísicas a un sufrimiento que tiene otro origen. Escribe en otro lugar: “Hay que defender la aplicación del principio de precaución de manera integral sobre el 5G, pero no hay ninguna base sólida ni biofísica ni mucho menos epidemiológica para que el argumento sea el sanitario. La búsqueda reduccionista del elemento biofísico es pura tecnociencia” (tuit del 25 de julio de 2020).

[72] Blanca Salinas Álvarez, “Enfermedades ambientales. Falta de rigor en el tratamiento de estas patologías”, El Ecologista 101, 2019. Vale la pena leer con atención la larga entrevista en tres partes que Salvador López Arnal ha realizado a esta activista:

  1. Entrevista a Blanca Salinas Álvarez sobre la tecnología 5G (I). “Para que esta tecnología funcione serán necesarias millones de nuevas antenas y el lanzamiento de 20.000 satélites (previsión inicial)”.
  2. Segunda parte, entrevista a Blanca Salinas Álvarez sobre la tecnología 5G (II). “La electrosensibilidad es una enfermedad ambiental emergente que padecen millones de personas en el mundo”.
  3. Tercera parte, entrevista a Blanca Salinas Álvarez sobre la tecnología 5G (y III): “Para que una tecnología sea social y ambientalmente apropiada debería no causar daño a las personas y a las restantes formas de vida: animales y vegetales”.

[73] “A lo largo de los últimos veinte años, se ha vuelto extremadamente fuerte la evidencia de que los CEM (Campos Electro-Magnéticos) débiles puede modificar los procesos biológicos en todo el rango de frecuencias, desde ondas estáticas a milimétricas”. Frank Barnes y Ben Greenebaum (2020). “Setting guidelines for electromagnetic exposures and research needs.” Bioelectromagnetics. 20 de abril de 2020. DOI: 10.1002/bem.22267. Citado en la comparecencia de Timothy Schoechle ante la Comisión Federal de Telecomunicaciones (Washington, 2 de junio de 2020), un documento que conviene leer con detalle: “Human Exposure to Radiofrequency Electromagnetic Fields—A Proposed Rule by the FCC”.
En un artículo titulado “Planetary electromagnetic pollution: it is time to assess its impact”, publicado en The Lancet en diciembre de 2018, científicos del grupo de investigación australiano ORSAA afirman que, de 2266 estudios sobre CEM, no menos del 68% encontró “significativos efectos biológicos o efectos para la salud”.
Hemos de ser rigurosos, cierto, y señalar efectos biológicos no permite dar ningún salto a enfermedades o salud pública… Pero tampoco faltan indicios en ese sentido: Magda Havas, “Carcinogenic effects of Non- Ionizing Radiation: A paradigm shift”, JSM Environmental Science & Ecology, 8 de junio de 2017. Véase también este material de Miguel Ángel Solano Vérez y Juan Sáiz Ipiña (del Grupo de Electromagnetismo de la Universidad de Cantabria), Efectos biológicos del campo electromagnético.

[74] Arno Thielens y otros: “Exposure of insects to Radio Frequency Electromagnetic Fields from 2 to 120GHz”, Nature, 2 de marzo de 2028.

[75] Los movimientos ecologistas defendemos el principio de precaución como un principio ético-político básico. Si lo dejásemos caer en este asunto estaríamos renunciando a él en general, y eso es inaceptable. Afecta al meollo de nuestro trabajo en varios ámbitos. No estamos aseverando nada que no sea razonable ni alejándonos de la ciencia. Pero en algunos casos, “demostrar” en el sentido de vínculos causales indudables con descripción de mecanismo es ir mucho más allá de lo que pide el principio de precaución para actuar ahora. Podemos tener fuertes indicios de que algo es dañino aun sin conocer todavía los mecanismos detallados del daño (repásese la historia del amianto o de los organoclorados, por favor…). De hecho, sabemos que en el pasado las sociedades industriales casi nunca han errado por exceso de precaución, sino por defecto.

[76] Muy importante al respecto el estudio de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) Late Lessons from Early Warnings: the Precautionary Principle 1896-2000 (Environmental Issue Report 22, Copenhague 2001), que se tradujo luego al castellano: Lecciones tardías de alertas tempranas: el principio de precaución 1826-2000, Ministerio de Medio Ambiente, Madrid 2002. Aquí el resumen en español. Analiza con rigor catorce casos (redactados por expertos y cubriendo temas con riesgos para salud y medio ambiente para los que el principio de precaución hubiera sido clave… pero no se hizo caso de las alertas tempranas). Completado luego con el informe 1/ 2013: http://afigranca.org/docs/Lecciones-tardias-Resumen-2015-vivosano.pdf

[77] Está el asunto -enorme- de la “captura” de los cuerpos reguladores por parte de los vested interests. Atiéndase al reciente informe de dos eurodiputados (Klaus Buchner y Michèle Rivasi sobre ICNIRP: The International Commission on Non-Ionizing Radiation Protection: Conflicts of interest, corporate capture and the push for 5G, Bruselas, junio de 2020.

[78] “Baste decir aquí que para tener los anchos de banda gigantescos que tanto nos publicitan con el 5G se deben utilizar ondas electromagnéticas de frecuencias bastante superiores a las usadas actualmente, con longitudes de ondas milimétricas. La longitud de onda es un aspecto importante, porque la capacidad de una onda electromagnética de ‘sortear’ un obstáculo depende de cómo de larga sea la onda. Las ondas de radio convencional, con longitudes en el rango métrico pueden sortear fácilmente un vano como una ventana o una puerta, en tanto las microondas, con un rango centimétrico, se atenúan bastante si no hay una visión relativamente directa entre el emisor y el receptor, y si ya vamos al rango de la luz visible (escalas por debajo de la micra o milésima de milímetro) la energía está tan focalizada que coexisten una al lado de otra zonas iluminadas con zonas de sombra, simplemente dependiendo de por dónde y en qué dirección está pasando la luz. Se estima que con la tecnología 5G, usando las bandas de mayor frecuencia (y por tanto de mayor ancho de banda para transmitir datos más rápidamente) para poder tener una buena calidad de enlace receptor-emisor el número de antenas se tendría que multiplicar por cinco con respecto al estándar actual 4G. Además, en zonas de interiores se tendrían que disponer estratégicamente repetidores para poder mejorar la cobertura interior, ya que cada obstáculo (pared, puerta, etc) atenuaría mucho la señal. Con estos planteamientos, se ve claro que el 5G es una idea megalomaníaca que sólo tiene sentido bajo la suposición de que el mundo tiene recursos ilimitados y que podremos tapizarlo con antenas todo el mundo para poder transmitir en 1’2 segundos la última película de moda.” Antonio Turiel, “Uno por uno”, blog The Oil Crash, 29 de noviembre de 2019.
El científico del CSIC concluye su texto de esta manera: “Al final del día, la cuestión con respecto a las TIC es bastante sencilla: ¿cuál va ser la demanda real de esta tecnología, cuando todo lo demás falle, cuando en el mundo haya necesidades más apremiantes y acuciantes como es tener alimentos y agua potable en primer lugar, y por seguir tener trabajo, techo, educación, sanidad…? Lo más probable es que las TIC sean de las primeras tecnologías en sufrir el descenso al que estamos abocados, y que lo harán de manera más aguda. Ésa es por tanto la gran perversión de esta variante del mito del progreso, del Homo invencibile. No vamos a la hiperrobotización, ni a la Singularidad. A pesar de tantas exageraciones e hipérboles que vemos en los medios, a donde realmente vamos es hacia la decadencia de las TIC.
La verdadera razón por la cual se ha puesto tanto el foco en las TIC durante los últimos años es porque constituyen el único nicho en el cual el desarrollo tecnológico de la Humanidad ha hecho progresos reales y significativos durante las últimas décadas. No hemos colonizado la Luna, ni mucho menos Marte. No estamos avanzando en la exploración espacial. No tenemos una electricidad ‘demasiado barata para ser medida’, como se prometían los primeros proponentes de la energía nuclear. No hay coches voladores ni alimentos sintéticos que se produzcan apretando un botón. No hay nada de todos esos sueños tecnológicos de mediados del siglo pasado. Lo único que ha seguido progresando porque sí tenía margen para progresar mientras la cantidad de recursos y de energía que implicaba era moderada ha sido las TIC. Eso explica ese énfasis de denominar a las TIC ‘nuevas tecnologías’, cuando en realidad son tecnologías que tienen décadas de desarrollo. Se enfatiza que son ‘nuevas’ porque son las únicas que realmente progresan, pero llevamos trabajando seriamente con las TIC más de cincuenta años. No son nuevas: simplemente, son las únicas que están vivas. Aún”.

[79] Langdon Winner, La ballena y el reactor, Gedisa, Barcelona 1987, p. 26.

[80] “En su Historia de Inglaterra bajo la casa Tudor (1759), el filósofo escocés David Hume realiza un fino e irónico comentario sobre Enrique VII. Hume nos habla de los problemas de Enrique VII para justificar, ante sí mismo y ante su pueblo, su derecho a conservar la corona como rey de Inglaterra, condición que había alcanzado irregularmente en el campo de batalla. Desde luego no podía argüir derechos de sangre dado que otros podrían pretender su cetro con tantas o más razones que Enrique. Tampoco había obtenido aún la sanción eclesiástica del Pontífice en Roma. También desechó esgrimir los hechos mismos, apelando al derecho otorgado por la fuerza de las armas. Otros podrían volver sus armas contra él razonando del mismo modo. Por fin obtuvo lo que andaba buscando: un argumento infalible. (…) El argumento era bien simple: la mejor razón para conservar la corona, y continuar siendo rey de Inglaterra, era que ya la poseía. Ser rey, así, implica seguir siéndolo. El fundador de la dinastía Tudor acabó, según Hume, siendo un buen monarca. Sin embargo su razonamiento, aunque obtuvo el efecto esperado, era defectuoso. Enrique VII cometió inadvertidamente la falacia naturalista: pasar del ‘es’ al ‘debe’, concluir ‘así debe ser’ a partir del ‘así es’. De un modo análogo a la historia, la tecnología contemporánea no es demasiado respetuosa con la lógica. De hecho, el ejemplo de las tecnologías atrincheradas, es decir, aquellas tecnologías profundamente arraigadas en nuestro tejido socioeconómico y nuestras formas de vida, es estrictamente similar al de Enrique VII. El mejor –aunque defectuoso– argumento con que parecen contar ciertas tecnologías para seguir entre nosotros es que ya se hallan entre nosotros y, además, es extremadamente difícil su erradicación. En esta categoría se encuadran algunas tecnologías naturales y sociales bien conocidas, como la televisión, la energía nuclear, una organización sanitaria casi exclusivamente asistencial y un sistema de transporte edificado sobre el vehículo personal privado, entre otras. (…) De este modo parecen escapar a nuestra capacidad de elección y control. Sin embargo, una evaluación temprana y la monitorización del desarrollo de nuevas tecnologías, así como la promoción de la participación pública en tal control, pueden contribuir a prevenir ese atrincheramiento y sus efectos negativos. Constituye un buen antídoto contra el ‘sonambulismo tecnológico’, en la afortunada expresión de Langdon Winner.” Marta I. González García/ José A. López Cerezo/ José Luis Luján López: Ciencia, tecnología y sociedad. Tecnos, Madrid 1996, p. 23.

[81] Neil Postman, Tecnópolis, Eds. El Salmón, 2018, p. 24. (La edición original de este importante libro es de 1992.)

[82] Antonio Diéguez, “Tres tópicos sobre la tecnología que conviene revisar”, The Conversation, 20 de junio de 2020. Señala también el catedrático de la Universidad de Málaga: “Un país puede optar por desarrollar energía nuclear o renovable. Cualquiera de las opciones tiene consecuencias diferentes. La energía nuclear exige un control político y técnico centralizado (una central no puede ponerse en manos de un ayuntamiento), algo que no exigen las renovables. Podrían multiplicarse los ejemplos (robots sexuales, armas autónomas, algoritmos para seleccionar empleados). Si a ello añadimos que los centros de poder tienen también sus preferencias a la hora de disponer de sus artefactos, es fácil ver que la neutralidad de la técnica solo se cumple en los niveles más básicos; en los del martillo”.

[83] Evgeny Morozov, “La Red nunca fue un paraíso”, El País, 5 de mayo de 2019.

[84] Así, por ejemplo, en Gran Bretaña durante el verano de 2020. La pandemia de coronavirus hizo cancelar los exámenes de selectividad (A-Level), y la Oficina de Regulación de Calificaciones y Exámenes (OFQUAL por sus siglas en inglés) fijó un algoritmo para determinar las notas de los estudiantes basado en ciertas estadísticas. Pero, como sucede en tantos casos, en el juego de la supuesta meritocracia los dados estaban cargados: “Ese algoritmo acabó rebajando al menos en un 40% de los casos las evaluaciones de los profesores porque en el cálculo pesaba menos el historial individual de cada estudiante y el juicio de sus docentes que otros factores externos, como la calidad del centro educativo. Es decir, que ninguneaba a los estudiantes brillantes de escuelas con un currículo de bajo rendimiento. Los de menores recursos” (Patricia Tubella, “Los estudiantes derrotan al algoritmo de Johnson”, El País, 19 de agosto de 2020). La intensa movilización de los estudiantes británicos forzó al Gobierno a retirar el injusto algoritmo.

[85] Neil Postman, Tecnópolis, Eds. El Salmón 2018, p. 157. (La edición original de este libro clave es de 1992.)

[86] Isabelle Stengers, Au temps des catastrophes, La Découverte, París 2009, p. 45.

[87] “El territorio y la geografía, lejos de perder relevancia, adquieren una centralidad inusitada en el capitalismo digital. No hay desterritorialización ni inmaterialidad alguna en la economía política de los datos. El mundo digital requiere una infraestructura de cables, servidores, antenas y soportes de todo tipo que muestran que ningún software funciona sin hardware. Su funcionamiento se alimenta con un gasto de energía cada vez mayor. El sector de las tecnologías de la información es uno de los que más devastación está provocando en el medioambiente, convirtiéndose en una fuente inagotable de conflictos ecosociales. La población que sufre en mayor medida este deterioro ecológico y social es la más pobre a escala global. La fabricación de los diferentes componentes y soportes tecnológicos ha propiciado un extractivismo minero fuertemente cruento, sobre todo en África, en el mismo lugar en que Conrad se inspiró al escribir El corazón de las tinieblas. Detrás de la fabricación de los ‘teléfonos inteligentes’ se han montado extensas redes de trabajo en régimen de semiesclavitud y los residuos que generan los dispositivos se acumulan en vertederos tóxicos donde familias pobres tratan de sobrevivir reaprovechando lo que deshecha el despilfarro del consumismo tecnológico. Demasiada desigualdad, explotación, mercantilización y alienación, concentración del poder y devastación social y ecológica asociada a la economía digital como para pensar que su desarrollo nos ha acercado mínimamente a un horizonte poscapitalista. No son las tecnologías las que determinan la evolución del orden social, sino al revés. El capitalismo digital ofrece más de lo mismo, cuando no peor”. Santiago Álvarez Cantalapiedra, “Capitalismo en la era digital”, PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global 144, Madrid 2019, p. 10.

[88] Ramón Muñoz, “Vodafone estrena el sábado el 5G en España con la red de Huawei”, El País, 11 de junio de 2019.

[89] Ramón Muñoz, “El mundo que nos espera con el 5G”, El País, 9 de junio de 2019.

[90] Entre nosotros, de manera muy destacada, José Manuel Naredo: véanse sus libros Economía, poder y política. Crisis y cambio de paradigma (Díaz & Pons, Madrid 2013) y Diálogos sobre el oikos. Entre las ruinas de la economía y la política (Clave Intelectual, Madrid 2017).
Ay, esto viene de tan lejos… Por ejemplo (entre decenas de ejemplos posibles), en 1979 Jean Dorst escribía: “En adelante, cada una de las acciones humanas debe ser la transcripción de una filosofía inédita, ya que sin su apoyo los hombres de Estado y los políticos jamás seguirán una línea de conducta conforme con las realidades de la biosfera y, por otra parte, jamás los ciudadanos obedecerán unos reglamentos molestos, aceptando mucho menos un cambio radical en su economía. Unos tanto como otros han de modificar en primer lugar su concepción más profunda acerca de las relaciones entre el hombre y la naturaleza en su plano más elevado…” (Jean Dorst, La fuerza de lo viviente, FCE, México DF 1983, p. 222). Sí, los años setenta eran un buen momento para haber cambiado de cosmovisión…

[91] Tomemos la idea de una religión de los datos de Yuval Noah Harari (Homo deus, Debate, Barcelona 2016, capítulo 11), quien enfatiza los siguientes tres procesos interconectados que supuestamente definirán nuestro futuro: “1. La ciencia converge en un dogma universal, que afirma que los organismos son algoritmos y que la vida es procesamiento de datos. 2. La inteligencia se desconecta de la conciencia. 3. Algoritmos no conscientes pero inteligentísimos pronto podrían conocernos mejor que nosotros mismos” (p. 431). El gran punto ciego de toda la reflexión de Harari –que también caracteriza a la ideología dominante en nuestras sociedades- es su completo desconocimiento de los problemas de límites biofísicos…

[92] Véase Ugo Bardi, Los límites del crecimiento retomados, Catarata, Madrid 2014. Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, En la espiral de la energía, Libros en Acción/ Baladre, Madrid 2018. Jem Bendell, Deep Adaptation, IFLAS Occasional Paper 2 en www.iflas.info , 27 de julio de 2018 (véase también http://rebelion.org/noticia.php?id=264643 ). Nafeez Mosaddeq Ahmed: Estados inviables, sistemas en colapso. Desencadenantes biofísicos de la violencia política. Editorial RELEE – Red libre Ediciones, Madrid 2019.

[93] Nafeez Ahmed, “Theoretical physicists say 90% chance of societal collapse within several decades. Deforestation and rampant resource use is likely to trigger the ‘irreversible collapse’ of human civilization unless we rapidly change course”, Vice, 28 de julio de 2020. Se basa en un paper de Gerardo Aquino y Mauro Bologna (especialistas en sistemas complejos) publicado en Nature Scientific Reports en mayo de 2020: “Deforestation and world population sustainability: a quantitative analysis”, 6 de mayo de 2020.

[94] Yorgos Kallis, “La necesidad del decrecimiento en tiempos de pandemia”, eldiario.es, 26 de mayo de 2020.

[95] Jorge Riechmann, Gente que no quiere viajar a Marte. Ensayos sobre ecología, ética y autolimitación, Catarata, Madrid 2004, p. 179-194.

[96] “Para poner un poco en perspectiva la situación política en la que nos encontramos… Hace solo veinte o treinta años la implantación de algo como el 5G hubiese provocado una contestación muy considerable Hoy, si hay protestas, es para que lo desplieguen más rápido…” https://twitter.com/lacaiguda/status/1166464511320215553

[97] Esto me ocurrió personalmente tras la publicación de nuestro artículo-manifiesto “La necesidad de luchar contra un mundo ‘virtual’. Contra la doctrina del shock digital” en la revista digital ctxt, el 3 de mayo de 2020. Arreciaron en Twitter los ataques desde sectores, en principio, políticamente cercanos: “Qué pena y qué cabreo ver a mi hasta hace poco admirado Jorge Riechmann y a tantos otros compañeros de luchas y pensamiento enfundarse el gorrito de papel albal”, se lamentaba uno; otro conjeturaba que se trataría de un “brote abrupto de lumpen-leninismo pachamamista, fruto de la ansiedad del momento y sus ilusorias ventanas de oportunidad”; un tercero reprochaba “primitivismo magufo”… Etc, etc.

[98] El País, 2 de enero de 2020.

[99] Véase por ejemplo Joaquín Estefanía, “Recuperación o metamorfosis”, El País, 26 de julio de 2020.

[100] “Digitalización hipotecada”, editorial de El País, 27 de agosto de 2020.

[101] Luis González Reyes, “Incendios en Australia, tormenta DANA, covid-19 y crisis económica. ¿Qué nos dicen cuatro sucesos extremadamente raros en pocos meses?”, Público, 27 de mayo de 2020.

[102] Ronald Wright: “Las mismas causas de la prosperidad de las sociedades en el corto plazo, especialmente nuevas formas de explotar el medio ambiente como la invención de la irrigación, conducen al desastre en el largo plazo debido a complicaciones que no se pudieron prever. A esto lo llamo «la trampa del progreso» en el libro Breve historia del progreso.” Citado por Chris Hedges, “El mito del progreso humano”, Rebelión, 19 de enero de 2013.

[103] ¿Cómo pensar esta cuestión? Por ejemplo, de la mano de Richard Heinberg: “Hemos apostado todo nuestro futuro a la electricidad y la electrónica. Las comunicaciones, el procesamiento y almacenamiento de información se han digitalizado. Eso significa que si la Red se cae hemos perdido la civilización por completo. No creo que podamos mantener las redes mundiales a escala actual sin combustibles fósiles, pero puedo imaginar la posibilidad de un proceso de retroalimentación mediante el cual, a medida que el consumo de población y recursos se reduce, el mundo digital también lo hace, hasta que sea lo suficientemente pequeño como para ser alimentado por electricidad renovable generada con un daño ambiental mínimo y aceptable…” Heinberg citado por Demián Morassi en “Planet of the Humans: renovables a debate (y la película también)”, revista 15/15\15, 29 de mayo de 2020.

[104] George Orwell, El camino de Wigan Pier, Destino, Barcelona 1976, p. 208.

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Poeta, matemático, traductor literario, ensayista y profesor titular de filosofía moral en la UAM. Su actividad académica especializada versa sobre transiciones poscapitalistas; ecosocialismo; ecología política; filosofía política “verde”; filosofía de la sustentabilidad; ética ecológica; agroética; ética aplicada a las nuevas tecnologías; filosofía de la tecnociencia; sociología de los movimientos sociales… Es autor de una treintena de ensayos (en solitario o en colaboración) sobre cuestiones de ética medioambiental, ecología política y pensamiento ecológico.

3 Comments

  1. Dando por sentado que la tecnología se ha desarrollado por y al servicio del mercado, y sin el concurso de éste difícilmente se habría llegado a semejante evolución, parece pertinente preguntarse si será posible una economía tecnológica post-capitalista. Habida cuenta de la inevitable reducción de complejidad consustancial al proceso de colapso, intuimos que la respuesta es no. ¿Alguien conoce literatura donde se describa con algo de detalle y fundamento cómo evolucionará esa simplificación tecnológica?

    Para mí, el primer estadio de esa evolución vendrá con el eco-fascismo o neo-feudalismo, pero no veo ahí una culminación del tecno-dominio silencioso orientado a la optimización de ventas o maximización de acumulación, eso no es post-capitalismo, sino capitalismo utópico. Yo veo que el proceso de acumulación y extracción llevará al extremo de que la élite tenga que renunciar al concurso necesario de la masa consumista para seguir perpetuando su opulento estilo de vida. El pueblo ya no tiene capacidad de consumo para hacer que la noria siga subiendo savia hacia la élite, pero sigue poseyendo un activo al que la élite no puede renunciar: la fuerza de trabajo. Dada la creciente escasez energética y de recursos será inviable que la gente compre tecnología a nivel masivo, tampoco podrá fabricarse. Sin embargo, el proceso de privatización corporativa de los servicios vitales (agua, aire, comida, salud, protección, …) continuará hasta que la élite esté en disposición de hacer que la gente siga produciéndoles su tecnología, no a cambio de poder comprar pantallitas, sino a cambio de poder beber agua. En el primer mundo llegaremos a “eso” que en el tercer mundo tienen desde la colonización.

    Quizás durante un tiempo, alrededor de un siglo, mientras se derriten Groenlandia y la Antártida y vamos camino del Plioceno, sea posible ese escenario de dominación, en el que el hueco dejado por la energía fósil dé lugar al uso esclavizado de la energía humana a cambio de que la élite pueda seguir con sus estándares de modernidad. Pero al margen de los límites biofísicos al modelo ecofascista, pienso que el sustento de la tecnología requiere de ingenieros y técnicos, y éstos son seres humanos que necesitan motivación para formarse y trabajar. No se puede ser capaz de hacer un trabajo tan fino solo bajo coacción, sin poder creer que se hace por el progreso de la humanidad. Entre otras cosas, fue la desmotivación de los ingenieros lo que llevó a la debacle de Chernobyl. Por lo tanto, creo que la erosión del mito del progreso minará las posibilidades de que la tecnología sobreviva a medio plazo incluso en pequeños reductos de privilegio. Así como fue la fe en este mito lo que alimentó cada conquista técnica en la escalada hasta lo que ahora tenemos, creo que su erosión impedirá que la tecnología se perpetúe en manos de los ricos o en manos de nadie.

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Autor: Demian Morassi
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