El hombre inmortal

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2019-10-11

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Ya estoy otra vez soltando el discurso. Resuenan en mi cabeza mis palabras, mis labios pronuncian las sílabas, siento mis emociones de júbilo: estoy hablando a unos jóvenes estudiantes de ciencias que han venido a visitarme y les digo, ni más ni menos, ¡que pueden ser inmortales! A la vez, mi cerebro mantiene este otro pensamiento paralelo esquizofrénico. Ya me he acostumbrado a pensar con dos voces a la vez, pero es realmente extraño. Las emociones de desesperación, rabia y tristeza, que son realmente las mías, se mezclan en mi cerebro con el entusiasmo y el optimismo… pero… ¿son realmente las mías?

¿Quién soy yo? ¿Soy el que emite esos pensamientos generados por la máquina a la que me traspasé hace 50 años, cuando creía todas esas cosas que ahora ella repite? ¿Soy el brillante investigador con una mente privilegiada que trabaja en proyectos punteros y da conferencias? ¿O soy el que me ve desde fuera y que, cuando lo que queda de mi cuerpo cierra los ojos por las noches y es conectado a la máquina que lo regenera, sigue viendo la habitación, oyendo las conversaciones y percibiendo las emociones de todos los que están en el edificio?

Anoche Marcelo estaba muy cansado. Mientras me limpiaba, me contaba los problemas que ha tenido su hijo, sus dificultades para pagar el seguro médico y lo mal que anda el mundo por ahí fuera. “Eso no te lo dicen tus colegas, pero te lo digo yo, porque sé que me escuchas cuando te enchufan a la máquina y tu cuerpo duerme”. Marcelo viene cada noche a limpiarme y a comprobar el estado de mis conexiones eléctricas. No soy un cyborg independiente, aunque presuma de ello, necesito un humano que me limpie. Marcelo me habla de sus cosas y yo siempre quiero responderle, al menos mover una mano o guiñarle un ojo, pero no puedo interaccionar con mi cuerpo.

Ya se fueron los chavales. El ingeniero está preocupado, Marcelo no ha venido a trabajar. Ha caído una bomba en el metro esta mañana. Es posible que haya muerto…

Muerto… ¡qué suerte! Ojalá pudiera yo también morir. Ojalá mi cuerpo pudiera reciclarse en la tierra y mi mente olvidar. Pero no puedo, estoy atado a las neuronas que son regeneradas cada noche por la máquina, mientras mis neuronas sigan vivas no puedo marchar. Me equivoqué… mi conciencia no son los impulsos eléctricos de mi cerebro como todavía piensan mis colegas. Mi conciencia es esto que ahora soy: un alma suspendida en un limbo entre la vida y la muerte, que no vive ni siente realmente, pero cree que lo hace y está obligada a llenar su mente con las bobadas aleatorias que esa odiosa máquina llama pensamientos.
¡Vaya! Parece que Marcelo no ha muerto, entra sonriendo por la puerta… está cambiado, rodeado de una luz especial… el ingeniero no le saluda.

—Hola Hojalata.
—¡Marcelo! Pero… tus labios no se mueven. ¿Cómo puedes hablarme?
—Porque estoy muerto, por eso ahora no sólo te hablo, también te puedo oír.
—¡Qué bueno Marcelo! me gustaría darte un abrazo. Gracias por tu compañía todos estos años, has sido mi único amigo…
—Ay, hombre Hojalata….siempre te tuve aprecio, siempre supe que eras un prisionero dentro de tu máquina. Te perdió tu soberbia intelectual. No sabes todo el mal que hiciste, cuánto sacrificio han costado vuestras locas ideas, cuánta gente pobre ha tenido que trabajar para alimentaros. Pero estamos en guerra. La guerra está llegando también a la capital global. Creo que esta tarde os van a bombardear.
—Guerra… no sabía nada… Yo… era tan inconsciente…
—Tengo que marcharme Hojalata, sólo venía a despedirme de ti.
—Lo entiendo… Adiós Marcelo, muchas gracias por venir a despedirte. Espero poder seguirte algún día.

El doctorando entra en mi despacho y se pone a hablar con el ingeniero… Si, por supuesto, las posibilidades de la computación cuántica para la mejora del transhumanismo todavía no están saturadas, hay evidencias científicas irrefutables que demuestran que la conciencia humana se rige por mecanismos cuánticos, cosa que ya atisbaba la filosofía budista hace miles de años ¡pero ahora podemos replicarla, replicar la computación cuántica neuronal de forma infinita y por tiempo ilimitado! Velocidad infinita y consumo energético casi nulo… otra vez estoy repitiendo las mismas bobadas que he contado cientos de veces…quiero morirme ¡¡¡no los soporto!!!

Por fin se callan un poco, están nerviosos… se oyen explosiones y motores de aviones ¡están bombardeando! Por favor… ¡que nos caiga una bomba! Las explosiones suenan muy cerca, bajamos corriendo las escaleras hacia el sótano. No… no quiero bajar… Voy a ver si consigo entorpecer las piernas, algunas veces lo he conseguido centrando la atención mucho…

Una explosión nos tira contra la pared, se derrumban los muros, mis miembros vuelan por los aires ¡¡¡por fin!!!

Estoy muerto. ¡Soy libre!

El hombre inmortal

Oli Póliz

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Marga Mediavilla

Profesora de la Escuela de Ingenierías y miembro del Grupo de Investigación en Energía y Dinámica de Sistemas de la Univ. de Valladolid. Ecologista, activista y una de las pocas rabelistas de la meseta.

1 respuesta

  1. Muy Ghost in the Shell, muy chulo.

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