Ideas sobre cómo comunicar el colapso civilizatorio

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2018-11-24

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(Artículo previamente publicado en el web de la revista Contexto. A su vez, es un resumen de la contribución del autor al libro Humanidades ambientales, coordinado por José Albelda, José María Parreño y J. M. Marrero Henríquez. Reproducido con permiso.)

Vivimos las primeras etapas de un cambio civilizatorio de grandes proporciones. En este proceso, viviremos la quiebra del capitalismo global, un alza de los conflictos por el control de los recursos, una fuerte reconfiguración del Estado o una re-ruralización social. Este colapso de la civilización industrial es inevitable.

Pero esta inevitabilidad no significa que el futuro esté escrito. Dentro del campo de posibilidades físicas que tengamos, la reconfiguración de los ecosistemas y las sociedades humanas dependerá en gran medida de lo que hagamos ahora. Es más, el colapso brindará oportunidades inéditas para la articulación de sociedades más justas, solidarias y sostenibles. Por ejemplo, un sistema energético basado en fuentes de acceso más universal (las renovables), una tecnología más apropiable (más sencilla), sociedades más fácilmente gestionables democráticamente (más locales y de menor tamaño) o un tejido social más denso (la supervivencia pasará por el colectivo). Estas oportunidades serán más cuanta menos degradación social y ambiental se produzca. En este sentido, cuanto antes se pongan en marcha medidas acordes con los nuevos contextos, mayores serán las posibilidades de limitar esta degradación.

Con estas premisas, el objetivo de comunicar el colapso no es realizar un ejercicio de amargura prospectiva, ni un análisis complejo del contexto –aunque ambos factores deban cumplir un papel– sino que las sociedades puedan organizarse para aprovechar las oportunidades y sortear los riesgos que nos brinda el final del metabolismo industrial.

¿Cómo comunicar el colapso a personas conscientes de la situación?

Quienes conocen los escenarios más factibles del cambio climático y de la restricción energética y material, el posible auge de nuevos fascismos, o el probable incremento de la población en condiciones de miseria, temen esos escenarios. No habría que alimentar más ese miedo, sino buscar estados de ánimo que nos sirvan de pértiga para saltarlo. Uno fundamental es la esperanza. Eso es justo lo que proyectan lemas como “sí se puede” y “otro mundo es posible”. La esperanza no se construye sobre la nada, sino que requiere de razones sobre las que sostenerse. Y las hay, pues el colapso abrirá oportunidades a sociedades más vivibles.

Sin embargo, la esperanza habría que transmitirla con realismo. Por ejemplo, comunicar que las renovables son la solución a la situación climática y energética sin cambiar a fondo nuestro orden socioeconómico no es cierto. En este sentido, es probable que el movimiento ecologista haya dado excesivas esperanzas de que el sistema actual podía seguir su curso con simplemente aplicar un paquete de políticas climáticas, energéticas o de conservación de la biodiversidad.

Las luchas impulsadas por los movimientos sociales deben tener beneficios perceptibles y sostenibles para quienes participen en ellas y la alegría tiene que ser uno de ellos. Además, en la medida en que nos moviliza más el refuerzo positivo que el negativo, este es un elemento que cobra especial relevancia. Una de las cosas que más alegría y placer nos causa es la interrelación con otras personas para construir algo. Otro motivo que puede alegrarnos es el desmoronamiento de un orden basado en el sufrimiento social y la destrucción ambiental: el final del capitalismo global es una buena noticia.

Además de la esperanza y la alegría, también debería estar la responsabilidad, pues conocer los posibles escenarios futuros es saber que las políticas que se adopten ahora marcarán cuántas personas sobrevivan y su calidad de vida. Para reforzar esa responsabilidad habría que transmitir la relevancia de la acción. En primer lugar, porque es con nuestras prácticas cotidianas como nos construimos como personas distintas. También porque en un entorno muy cambiante quienes se hayan organizado tendrán una importante capacidad de influencia. Finalmente, porque los mundos a los que nos iremos acercando serán cada vez más locales y por lo tanto más influenciables por nuestras acciones.

Si la primera idea tiene que ver con las emociones que movilizamos, la segunda es con el tipo de análisis que realizamos, que debe ser riguroso. El colapso es una disminución drástica de la complejidad de manera que surja una estructura radicalmente distinta. No es un cambio de régimen, no es una ocupación, tampoco es una crisis. Está marcado por un descenso en la población, la especialización social (diferenciación social, especialización laboral), las interconexiones (comercio, penetración de los órganos de poder), y la cantidad de información que contiene y fluye por el sistema (acceso al conocimiento, arte, intercambio de información). El colapso no es un hecho súbito, sino un proceso que durará muchas décadas. Este es un problema de primer orden, pues actuamos cuando vemos el peligro inminente, pero no si este sucede poco a poco. Por todo ello es importante denominar al colapso por su nombre.

Otro análisis importante es que, aunque el medio ambiente está en el centro de las causas del colapso, no es su única dimensión. También son fundamentales los elementos económicos, culturales y políticos. Pero considerar la multidimensionalidad de factores que concurren en el colapso no significa darles a todos la misma importancia. Así, la capacidad del ecologismo social para analizar el momento actual desde la complejidad, pero dando gran relevancia a los límites ambientales, es un ejemplo a seguir.

Trabajar desde una visión sistémica es una estrategia adecuada para comunicarse con personas que ya son conscientes de la crisis civilizatoria porque es un pensamiento que ya tienen entrenado. Además, esta estrategia ha demostrado ser movilizadora. Una muestra fue la impresionante resonancia que alcanzaron Los límites del crecimiento, un análisis sistémico.

¿Cómo comunicar el colapso a quienes no son conscientes de él pero quieren saber?

En gran medida, mucho de lo dicho anteriormente se puede aplicar a este grupo, por lo que nos centramos en varios elementos extra.

En lo que concierne a las emociones, es importante sumar el miedo, pues es una emoción que motiva a las personas a no continuar por las sendas más peligrosas. Cuanto menos miedo al colapso tengan las sociedades, más profundo será. En ese sentido, mensajes complacientes con la pervivencia del sistema actual o que pongan excesivamente en duda el colapso serían contraproducentes.

Otra razón para no sortear el miedo que causa la comunicación de la prospectiva dura que tenemos por delante es que los cambios necesarios y deseables en la transición civilizatoria requieren de poblaciones maduras. Por ello, no podemos tratar a las personas como si fuesen infantes y no pudiesen hacerse cargo de sus vidas. Si vamos a necesitar lo mejor del ser humano, pongamos altas expectativas en él y mostrémoslo con nuestros actos.

A estas razones para usar el miedo podemos sumar que, para actuar, el ser humano necesita conocer el límite a partir del cual la inacción o la acción incorrecta tiene consecuencias negativas. De este modo, no solo habría que comunicar los aspectos potencialmente peligrosos de los escenarios por venir, sino hacer un esfuerzo por señalar los límites, los umbrales de no retorno. Aunque esto es especialmente difícil, ya que la crisis sistémica que vivimos tiene unos límites inaprensibles, hacer mucha incidencia, por ejemplo, en el aumento de 1,5ºC como límite de seguridad climática es importante.

Un último argumento para usar el miedo es que es una herramienta que se ha utilizado con profusión en numerosas campañas exitosas. Por ejemplo, probablemente el libro más influyente del ecologismo ha sido La primavera silenciosa, que transmitía las perniciosas consecuencias del uso de los pesticidas. Otro texto muy influyente fue el ya nombrado Los límites del crecimiento, que también planteaba un mensaje muy duro. Fuera del ecologismo, también hay numerosos ejemplos, como la lucha contra el tabaquismo.

Esto implica que no deberíamos llamar al cáncer, gripe. Estamos viviendo el colapso de la civilización industrial, no una crisis más, ni una transición como la solemos entender (algo tranquilo y más o menos pilotado). Tenemos que llamar a las cosas por su nombre. Igual con algunos sectores sociales el término colapso no es el más adecuado, pero no puede ser sustituido por giros que quiten importancia a los desafíos que enfrentamos. Esto no significa regodearse en lo doloroso, es más, resulta clave comunicar desde la empatía.

Sin embargo, el miedo es un potente sentimiento desmovilizador, pues suele inducir a buscar la seguridad en la ausencia de cambios. Además, una sociedad miedosa es insegura de sí misma, por lo que rinde muy por debajo de sus posibilidades. En ella, se bloquea la visión de partes de la realidad especialmente molestas, pero fundamentales para afrontar los problemas. Así, solo las sociedades que consigan controlar el miedo serán capaces de encarar de forma emancipadora el futuro, las otras correrán el riesgo de buscar tablas de salvación en opciones autoritarias.

Por ello, el miedo debe superarse y esto solo se hace en colectivo. Para sacudirse el miedo, resulta imprescindible construir un camino con desafíos asumibles, riesgos afrontables psicológicamente, y en el que las sociedades vean las ventajas y la factibilidad de los cambios. También usar esa pértiga en forma de esperanza y alegría que nombramos. A las estrategias ya expuestas para construir la esperanza, habría que sumar otra de especial importancia para este grupo: que para que sea creíble, tiene que encarnarse y vivirse.

La última idea es la importancia de articular la comunicación desde el hacer más que desde el decir. Los entornos en los que nos movemos construyen nuestro sistema de valores. Cambiando nuestras formas de actuar, cambiamos nuestras formas de pensar. Así, los cambios personales y sociales solo se van a dar si las personas participan en entornos que gratifiquen valores emancipadores. Por ello, más clave que los discursos que articulamos son las prácticas que promovemos. Además, relacionarnos a través de las prácticas y no de los discursos diluye las barreras que nos ponemos ante ideologías ajenas.

Para esta construcción de visiones alternativas, será importante que existan muchos entes comunicadores distintos con mensajes parecidos. Esto permitirá sortear la voluntariedad de la escucha. Conseguir esos emisores diferenciados pasa por que distintos grupos sociales sean intermediarios de nuestra comunicación y la traduzcan. Que otras personas hagan suyo el mensaje, dándole sus propios matices y énfasis. Desde esta perspectiva, podría ser más estratégico comunicar a un público cercano, que tiene predisposición a escucharnos y maneja nuestros mismos códigos, y que este sea el que comunique posteriormente a otros sectores.

COLAPSO!!

Casdeiro (a partir de un openclipar de J4p4n)

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Luis González Reyes

Miembro de Ecologistas en Acción, donde participa en su Secretaría Confederal. Profesionalmente se dedica a la formación y la investigación en temas relacionados con el ecologismo y la pedagogía en Garúa S. Coop. Mad. y FUHEM. Es autor o coautor de una decena de libros con contenidos que abarcan distintas facetas del ecologismo social.

6 Respuestas

  1. avatar Salva dice:

    Creo que el problema está más que analizado y la propuesta de cómo comunicarlo desde la óptica de las emociones también es certero. Sin embargo creo que el problema reside más en la distribución que en la producción.

    En las diferentes charlas y foros de debate surge una pregunta recurrente, que es cómo pasar de un ámbito micro a uno macro. Al final las personas que reciben los contenidos son las mismas y solo sirve para reforzar su mensaje, pero no se amplía el ámbito de difusión. Charlas, Internet, libros, documentales… etc son medios de comunicación dirigidos, que van calando pero muy poco a poco.

    La educación también es un ámbito muy poderoso y útil pero es a largo plazo, digamos a 20 años vista. No sé si tenemos tanto tiempo.

    Una idea sería crear un medio de comunicación masivo como una radio o una cadena de TDT. Ésta debería ser de ámbito más bien local o autonómico y con los mismos parámetros que otras propuestas: autogestionada, horizontal, etc… Es decir existen cooperativas de producción de energía, pero el núcleo (REE – distribución) sigue en manos del Estado y solo caerá si cae el Estado. Podemos apuntarnos a un grupo de consumo, pero el negocio de los grandes supermercados es la distribución (por carretera y por mar). Podemos difundir las ideas importantes por muchos medios, pero la potencia de la TV (publicidad, agencias de noticias, Hollywood, etc) engañando, manipulando, distrayendo y ocultando información de forma deliberada es muy difícil de superar.

  2. avatar Treylor dice:

    reducción masiva de la población dolorosa o reducción masiva de la población lógica y racional, he ahí la cuestión

  3. avatar Godofredo Aravena dice:

    Por lo que puedo ver a mi alrededor, no existen las personas conscientes de la situación que necesiten saber. Si son conscientes, ya saben de la gravedad del problema.
    Tampoco existen las personas que no son conscientes del colapso que quieren saber de él. Desde el momento de que alguien quiere saber, de alguna manera es consciente del problema. Y por ello es parte de la otra categoría.
    En cualquier caso, la internet ofrece toda la información necesaria para hacerse una idea clara de la gravedad del problema, para quienes sientan la necesidad de hacerse una idea. Aquellos conscientes, de alguna manera están informados.
    Creo que la gran mayoría simplemente no es consciente del problema, tomar consciencia implica aceptación de una situación, y una gran mayoría simplemente se niega a aceptar la posibilidad de un posible colapso del sistema (Trump sería un buen ejemplo). Las razones pueden ser tantas como personas y en la mayoría de los casos, muy básicas, pero suficientes para cada una de ellas.
    Tomar consciencia pareciera ser algo simple, todo está en tener la disposición para aceptar que todo lo que nos han dicho o prometido en los últimos 250 años, no es cierto o es errado. Pero dar ese paso resulta un imposible práctico para una Humanidad compuesta por seguidores, que sólo saben seguir, que más encima, siguen a los líderes errados.
    Los seguidores sólo aceptarán algo cuando los afecte en su m2, no antes. Cuando sea demasiado tarde.
    Soy un convencido de que el total colapso del sistema humano, y de gran parte del ecosistema, es inevitable, es más, creo que es parte de un proceso necesario, que al final (en el largo plazo), nos permitirá desarrollar un sistema decididamente más equilibrado y amigable con nosotros mismos y el ecosistema. Proceso que ciertamente tendrá un alto costo en todo sentido.

    • Gracias por tu comentario, como siempre interesante, Godofredo. En cuanto a lo que dices acerca de la falta de consciente de Trump (“mayoría simplemente se niega a aceptar la posibilidad de un posible colapso del sistema (Trump sería un buen ejemplo)”) hay opiniones divergentes, en esta misma revista y otros lugares. Por ejemplo las que tienen que ver con su adscripción religiosa y de varios miembros destacados de su gabinete, dentro de lo que se denomina rapturists. Según eso, no sólo sería consciente del colapso sino que intentaría incluso promover activamente un verdadero Apocalipsis relacionado con la Segunda Venida de Cristo… El fundamentalismo religioso no debe ser perdido de vista a la hora de interpretar ciertas cuestiones.

      • avatar Godofredo Aravena dice:

        Sr Coordinador
        Está en nuestra naturaleza la adoración de los misterios. Hay algo mágico, encantador y atractivo en un misterio. La simple y efectiva verdad normalmente no es atractiva, es poco encantadora. Casi aburrida. Esta tendencia natural de nuestra naturaleza es la que alimenta la idea de las conspiraciones en la Humanidad. Las hay para todos los gustos.
        Luego de estudiar muy atentamente las motivaciones humanas para vivir y existir, concluyo que no existen las conspiraciones a gran escala, así de simple. Ellas sólo funcionan a muy pequeña escala, y no son extrapolables a grandes escalas, dada nuestra propia naturaleza humana, nuestras motivaciones básicas para vivir y las naturales limitaciones de la gran mayoría de seguidores que componen la Humanidad. Todas las grandes conspiraciones de las que escuchamos a diario son una fabricación de nuestra imaginación (colectiva), muy vinculadas a nuestra atracción por los misterios. Sabemos tan poco sobre las motivaciones y acciones de otras personas, que no podemos llegar a conocer la verdad sobre muchos hechos que vemos y vivimos, lo que termina siendo un campo propicio para inventar conspiraciones, para llenar los vacíos e inventar historias con grandes cuotas de misterio, muy atractivas, e imposibles de resolver.
        Por lo anterior, en lo que a mi toca, las acciones de Trump no tienen una agenda que va más allá de sus propias y muy personales motivaciones, que con mucha probabilidad no tienen una lógica sofisticada (muy básica en realidad). Como no hay manera de saber qué pasa por la cabeza de Trump, no hay cómo dilucidar este misterio, por lo que cada uno es libre de pensar lo que quiera sobre él. Respeto las otras interpretaciones de sus acciones.

  4. avatar cesar perez dice:

    Miedo demuestra gran parte del movimiento ecologista por que a estas alturas, deberíamos estar tomando las calles. El movimiento EXTINCION-REBELION tomo las calles en Reino Unido y al primer lugar que acudieron fue a la sede de Greenpace porque consideran, no sin razón, que no son lo suficientemente radicales.
    Durante años hemos debatido como llevar nuestro mensaje a la sociedad. La mayoría de las veces, las visiones mas radicales se han descartado precisamente para tratar de no asustar, tanto es así que en ocasiones ha parecido que trabajábamos para el mismo sistema que “pretendemos” desmontar.
    Se nos abrió una puerta en muchas instituciones, se nos invitó a pasar, pero solo para que viéramos el escenario, para así poder vendernos su impotencia y obtener nuestra condescendencia. Hemos condescendido mucho a cambio de casi nada. Y cada vez que no salimos a contrarrestar las falsas medidas que nos proponen demostramos tener miedo a que se nos cierre esa puerta.
    Pero existe otro miedo, bajo mi punto de vista aun mas preocupante, es el que afecta personalmente a cada una de nosotras. ¿somos capaces de verdad de aceptar lo que proponemos? Todas hemos comenzado nuestra propia y particular transición, pero ¡ojo! dentro del propio sistema . Pero lo que proponemos supone renunciar a mucho más ¿de verdad estamos dispuestas?
    Ahora llevamos unos meses debatiendo sobre una necesaria radicalización ¿Cuánto tiempo mas perderemos en este debate? Evidentemente nos falta convencimiento y valentía

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