El hormigón armado, icono del capitalismo fosilista

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2018-08-27

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El hormigón armado (HA) es posiblemente el producto tecnológico más importante en el desarrollo y modificación del medio natural que sin precedentes se da en la historia del ser humano. Supone por tanto que el pasado siglo XX, además de verlo nacer como una tecnología de éxito icónico, propició las condiciones para su implantación a escala global. Actualmente la urbanosfera —red neuronal que dibuja el planeta desde el año 2010, cuando más de la mitad de la población mundial comenzamos a vivir en ciudades— no se comprendería sin su presencia. Su total expansión y conquista global han decorado nuestra casa común como lo ha hecho el propio ser humano. Esta conquista de cada rincón del planeta no hubiese sido posible sin un factor crucial que simultáneamente catapulta su desarrollo y expansión: los combustibles fósiles.

1. Geología, civilización y capitalismo fosilista

Aunque conocemos concretos, aglomerados u hormigones de origen natural, también algunos manufacturados de altísima calidad con más de dos milenios de antigüedad, el producto conocido como cemento Portland y una mezcla de áridos y agua para generar la mágica roca artificial es muy reciente; tendríamos que remontarnos al desarrollo de diversas patentes durante el siglo XIX, pero especialmente su puesta en obra desde principios del siglo XX, cuando surge el desbocado crecimiento de la industria del cemento. Ésta es posible gracias a varios factores:

  1. Los experimentos de los químicos franceses Louis Vicat y Le Chatelier y el alemán Michaélis, que logran producir cemento de calidad homogénea.
  2. El hecho de que se introducen los hornos de gas, gasoil o carbón y…
  3. Finalmente el transporte en fresco con vehículos —de tracción animal primero y enseguida motorizados— antes de las primeras fases de su fraguado.

Así que afirmar que el hormigón armado (HA) apenas tiene un siglo de recorrido en esta historia (escrita) de unos 5.000 años, es decir una verdad inapelable. El HA lleva con nosotros un 2% de nuestra historia. El 98% restante desde que tenemos documentos escritos (antes hablamos de prehistoria) hemos usado mezclas de aglomerados, directamente la resistencia de las rocas, madera, barro, ladrillos, fibras vegetales, etc., para procurarnos viviendas e infraestructuras.

Entre 1903 y 1907 se consolida el proceso de fabricación, transporte y puesta en obra del hormigón en masa que poco ha cambiado hasta nuestros días; se trata de una emulación artificial de los procesos de erosión, transporte y sedimentación que la Naturaleza despliega durante siglos con enormes cantidades de energía solar y telúrica. En pocos días u horas gracias a la manipulación de fuentes de energía de origen geológico, el ser humano se vio capaz de crear un material pétreo artificial y utilizarlo en su propio beneficio, copiando los procesos naturales por observación, el desarrollo del conocimiento científico, en especial las ciencias de la Tierra y sobre todo por la disponibilidad de fuentes de energía accesibles, baratas, versátiles y abundantes.

Así que ahí está la clave de la cuestión de la conquista planetaria del hormigón armado (HA): es simultáneo al crecimiento sostenido del desarrollo fosilista, tanto en organizaciones sociales capitalistas como socialistas. Para su fabricación y comercialización a gran escala son imprescindibles nuestras actuales fuentes de energía favoritas: gas, carbón y petróleo, que aún hoy en día suponen más del 85% del consumo global de energía primaria en el mundo. No nos debe quedar ninguna duda: si no hubiese sido gracias a las ingentes cantidades de hidrocarburos, transformados por combustión de la energía solar fósil, primero enterrada, luego cocida durante millones de años y finalmente devuelta como gas, carbón y el nunca mejor denominado oro negro fabricados en el único planeta (que se sepa) del sistema solar con Tectónica de Placas, el desarrollo y conquista planetaria del hormigón armado no hubiese dibujado el actual paisaje de la urbanosfera tal cual lo conocemos.

Podemos afirmar también lo siguiente: lo que la Tectónica fabricó a partir de la captura de energía solar en decenas de millones de años, actualmente, cada año que pasa, lo estamos quemando a un ritmo de entre uno y dos millones de años de trabajo geológico (dependiendo del tipo de petróleo, gas y carbón que consideremos).

2. Un matrimonio perfecto

Todos los materiales pétreos incluido el hormigón, son excelentes resistiendo esfuerzos de compresión. Podemos intentar aplastar las rocas y alcanzar enormes tensiones sin apenas deformación hasta la rotura final. Dicha tensión de rotura está siempre muy por encima de las solicitaciones que se les adjudicó sucesivamente con diseños cada vez menos simples y más audaces.

Desde que salimos de las cuevas y nos pusimos a amontonar piedras con los primeros menhires, lugares de culto, indicaciones para caminos, hasta las esbeltas catedrales góticas, pasando por los puentes romanos, los diseños aprovechan esa cualidad que hemos sabido domesticar. Todas esas disposiciones aprovechan la altísima resistencia de las rocas a la compresión, transmitiendo de sillar en sillar, de bloque en bloque, una fuerza de gravedad en perfecta armonía con la geometría y la creatividad humana (figura 1).

Ponte vella de Ourense

Figura 1. A Ponte Vella de Ourense (s. I d.C.) ha formado parte del itinerario escogido para el transporte de grandes y pesadas piezas hacia áreas industriales como por ejemplo a la central energética de As Pontes en A Coruña. Como se puede ver en el diseño de arcos, todo el peso del puente y de las enormes piezas metálicas que no transitaron por los nuevos puentes de hormigón armado para sus viajes, trabajan a compresión. (Fotografía: Wikipedia).

Sin embargo las rocas (y por lo tanto también el hormigón) son pésimos resistiendo esfuerzos de tracción. En general si tiramos de una roca, ésta se romperá con un 5% o un 10% de la fuerza que resiste a compresión. La madera ha sido históricamente el material natural utilizado cuando la fuerza de gravedad sometía a algún diseño a esfuerzos de tracción: forjados, vigas, dinteles, cubiertas…, pero su vida útil no contemplaba la casi eternidad de las rocas, y ahí fue cuando nuestras primeras construcciones, viviendas e infraestructuras, tuvieron fecha de caducidad a la vista o una puesta en obra pasajera hasta transmitir a la sillería esos esfuerzos convertidos en compresión.

La madera, como elemento estructural puede durar siglos si es bien cuidada, mantenida y alimentada, y su interacción con la piedra significó un avance tecnológico que facilitó nuestro existir, pudimos domesticar compresión y tracción gracias a dos materiales, uno de origen geológico y otro biológico, pero toda complejidad acarrea vulnerabilidad, es una cuestión puramente termodinámica que acompañó a la audacia y la creatividad.

La irrupción simultánea de los combustibles fósiles y el hormigón armado, también soluciona el problema de los esfuerzos de tracción tan deficientes para el hormigón en masa. Por eso es armado con un sustituto de la madera de origen geológico y también artificial: el acero. El matrimonio, hormigón y acero (HA), permitió asumir tanto esfuerzos de compresión como de tracción, a cortante o de cizalla en un único elemento.

Se consuma así el milagro del hormigón armado. Obviamente la energía necesaria para su elaboración, transporte y puesta en obra requiere ya ingentes cantidades de combustibles fósiles para devenir una realidad. Con el paso del tiempo se olvidaron los procesos naturales de erosión transporte y sedimentación de los que nació. Fibras vegetales, metálicas, plásticas…, traen con el tiempo morteros y tecnologías precisas para túneles, taludes, laderas, anclajes, gunitados, excavaciones, además de edificios, minas, presas, alcantarillados, conducciones de todo tipo de materiales, acueductos, canales, calzadas, vías férreas…

A partir del siglo XX la conquista planetaria del matrimonio tecnológico que más influencia tiene en la historia de la humanidad se desenvuelve en apenas un 2% de la historia y conmociona completamente nuestra manera de proyectar, construir, vivir, relacionarnos… en cuanto a la vivienda y entornos de trabajo, hay un diseño especialmente revolucionario que se impone a la hora de repensar nuestros espacios en la urbanosfera: el sistema dominó de pilares y forjados por planta que soluciona los cinco puntos de Le Corbusier relativos a espacio, luz, higiene, diseño o comodidad: 1- los pilotis o pilares, 2- la planta libre, 3- la fachada no estructural con 4- las ventanas horizontales y 5- el techo terraza. El mismo Le Corbusier diseña en 1929 el icono que más influencia ha tenido en la ingeniería, la arquitectura o el urbanismo en la historia de la humanidad, más que las pirámides de Egipto, la torre Eiffel, el Coliseo romano o el acueducto de Segovia: hablamos de Ville Saboye (figura 2).

Ville Saboye (Le Corbusier)

Figura 2. Ville Saboye, la propuesta constructiva de Le Corbusier de 1929 cuya influencia en el sector de la edificación supera en la historia a cualquier diseño anterior. Variantes posteriores del sistema dominó de pilares y forjados con la planta baja abierta se impusieron por todo el planeta. Y sí, también en zonas de conocida actividad sísmica.

3. Juventud, madurez y vejez

Todo en esta parte del universo nació alguna vez; todo también está condenado a perecer o ya lo ha hecho. El hormigón armado como tecnología, ya ha alcanzado su madurez y también mira de reojo a su futuro: su vejez.

¿Cuál es la edad útil de un determinado elemento de hormigón armado (HA)? Es la pregunta del millón que casi nadie se atreve o puede responder. Para poder hacerlo echaremos mano de las normativas de construcción relativas a por ejemplo al Código Técnico de la Edificación de 2007 (CTE) o a las sucesivas normativas que afectan a su elaboración, distribución, puesta en obra y control de calidad, así como de su mantenimiento y demolición, tales como las sucesivas Instrucciones EHE o normativas tecnológicas NTE basadas en procedimientos normalizados UNE-EN.

En cualquier caso las edades barajadas son muy variables y alcanzan valores muy específicos que van desde 15 años para casos extremos de solicitaciones y agresividad notable o de 120 años para las más favorables, así que hablar de una edad útil de entre 50 y 100 años sería lo correcto hablando de durabilidad.

Muchos son los factores que van a afectar a la vida de una infraestructura o un edificio, tanto internos (diseño, materiales, puesta en obra…) como externos (clima, ambiente exterior, salinidad, cercanía al mar, ciclos de hielo-deshielo, sismicidad, terrenos inestables…).

En algunos casos ya se ha cumplido su vida útil; por ejemplo los primeros edificios, centrales energéticas o puentes de principios del siglo XX ya se han abandonado, se han demolido o se han reforzado, en la mayoría de los casos prácticamente se han visto sustituidos. El primer boom del acelerado urbanismo español de los años sesenta del siglo XX ha cumplido su primer plazo y estaría entrando de lleno ya en su ancianidad. El de los ochenta entraría en su madurez y los voraces desarrollos urbanísticos de las dos últimas décadas (el 30-40% del parque inmobiliario) y la mayoría de las grandes infraestructuras de hormigón armado que acompañaron el último acelerado desarrollo económico español, continúan siendo jóvenes.

Algunas administraciones, como por ejemplo el Gobierno Vasco, articularon leyes como el decreto 241/2012, de 21 de noviembre, por el que se regula la inspección técnica de edificios en la Comunidad Autónoma del País Vasco y se atiende a varios factores para tomar decisiones de mantenimiento, arreglo, eficiencia energética o demolición sobre el parque inmobiliario de la Comunidad.

4. Energía, desarrollo, sostenibilidad

Tras el denominado Peak Oil o Pico del petróleo crudo convencional, reconocido como sucedido entre 2005 y 2006 por la OCDE desde su órgano asesor en materia de energía, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) las cosas adquirieron una perspectiva diferente que aún no ha permeado la mirada ni la cultura de los descendientes formados y alimentados en el crecimiento económico continuo y eterno: se acabó la fiesta de la energía barata y abundante, la que facilitó el nacimiento, desarrollo y expansión por la urbanosfera del hormigón armado. La economía no se mueve impulsada por el dinero, sino como todo en este mundo físico y finito, por el trabajo, por la propia energía. La OCDE no lo puede decir más alto ni más claro. El itinerario de sus informes anuales World Energy Outlook (los WEOs) dirigidos a los gobiernos de todo el planeta y publicados desde la Agencia Internacional de la Energía (AIE), traza una historia muy reciente que se resume así:

El año 2006 fue el año del Pico del crudo y supuso entre otras cosas, un vapuleo a las economías mundiales que en 2008 provocó el colapso de unos mercados desvinculados de la economía física real. En 2010 pasamos un ecuador en nuestra evolución como seres supuestamente inteligentes que habitan la Tierra: más de la mitad de la población estamos viviendo ya en ciudades, comenzó así una nueva experiencia para la vida en el planeta. La ciudad se convirtió entonces en la unidad estructural de la urbanosfera, de una civilización profundamente urbana que crecía y crecía consumiendo los recursos accesibles fácilmente y almacenando desechos como nunca antes se vio.

Es justamente en este contexto cuando, primero la ruina del biodiesel, luego la del fracking (o fractura hidráulica), la quema de arenas bituminosas, la exploración de los pequeños almacenes geológicos profundos de pésima calidad, y otros movimientos desesperados comienzan a expandirse y a formar burbujas que siempre explotan; ahora toca especular con las llamadas energías renovables; estas burbujas cada vez duran menos y cada vez suponen una merma mayor para el desarrollo de las sociedades y un alimento para los nuevos basureros usados, pero que son los que garantizan nuestra propia existencia: la atmósfera, los océanos, ríos, montes… Se trata de un recorrido que durará unos cinco años hasta llegar al máximo de producción. Entre los años 2015 y 2018 probablemente esas arriesgadas y contaminantes extracciones no convencionales, ahora en decadencia, tocaron un techo: el que nuestra tecnología pudo acometer.

La OCDE a través de su órgano asesor, nos ha advertido que ya no se puede crecer más. O lo que es lo mismo, el crecimiento no es sinónimo de desarrollo. Nos vemos obligados a gastar mucha más energía que en las ya históricamente dominantes extracciones convencionales para hacer que esos recursos energéticos puedan ser consumidos y reviertan en el desarrollo de las sociedades, es decir hay que quemar más y más, y por lo tanto producir más y más desechos para obtener una energía neta bastante menor.

No vamos a entrar aquí a hablar de los efectos secundarios como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la polución y cambios de acidez de los océanos, escasez de agua potable, deforestación, etc., pero especialmente desde 2006 todo está en decadencia (aunque todo empezó mucho antes). Desde 2008 se acelera el problema a pesar de maquillar nuestro indicador favorito con armas, prostitución o droga (el PIB), rescatar bancos e infraestructuras ruinosas. Desde 2010 nos agarramos a clavos ardiendo, desde 2015 ya no podemos extraer cada vez más y si lo hacemos es porque gastamos más energía en proporcionarnos menos energía. A partir de 2017 el declive parece imparable, en 2019-2024, presumiblemente la demanda supere a la oferta y los precios ya muy volátiles acaben sufriendo una ligera pero nefasta subida que a zonas como Europa les supondrá una frenada económica de tal calibre que habrá que replantearse muchos proyectos y la viabilidad de los ya ejecutados. La OCDE prevé una seria imposibilidad de suministro acorde a la demanda de petróleo en pocos años. El inevitable declive de la producción es clave para prever escenarios realistas.

Pero la geología que es quien manda, no está siendo considerada para las previsiones económicas de algunos gobiernos. Son los mercados financieros los que están guiando a los inversores; el barril continuará muy alto para las economías y muy bajo para la industria del sector energético en los próximos meses y años. Los mercados no visualizan que en unos años habrá una escasez severa de energía fácil, accesible, versátil, la que dio vida y mantenimiento a nuestra manera de imitar aquellos procesos de erosión transporte, sedimentación, pero sobre todo se está resintiendo ya el mantenimiento de las grandes infraestructuras. Construir nuestra civilización del HA organizada de acuerdo al capitalismo fosilista en un planeta con una Tectónica de Placas que sigue activa, comienza a ser un capítulo del pasado, y no por elección, sino por imposición geológica.

El porcentaje de declive vendría siendo de alrededor de un 2-4% anual (figura 2), lo que implica la ausencia en la producción de al menos un par de millones de barriles diarios cada año por venir. Si prevemos que el aumento anual de la demanda, para cumplir con el mandamiento del crecimiento económico sostenido e incluso el denominado desarrollo sostenible debería ser de al menos el 2% con el objetivo de crear empleo, evitar la pobreza, y otros dogmas de fe, necesitaríamos añadir un mínimo de 2 millones de barriles diarios cada año futuro; eficiencia, tecnología y ahorro incluidos.

Se precisarían pues ese par de millones de barriles diarios en una desbocada producción nunca antes vista. Pasados diez años se necesitarían unos 20 millones de barriles adicionales al día de los 95 que consumimos hoy, lo que supondría la quema de ingentes cantidades de petróleo extra para poder extraerlos. Todas sabemos cuáles son los efectos sobre la atmósfera o la hidrosfera, nuestros basureros favoritos; si queremos evitarlo, dicen algunos autores realmente tecno-optimistas que sólo podremos hacerlo añadiendo un poco más de energía (quemando más) para capturar tanto desecho nocivo y almacenarlo. Asumamos la realidad: no podremos ni hacerlo ni realizar sustituciones de las denominadas energías limpias o renovables a gran escala sin un impacto de magnitudes descomunales en las economías puesto que los ritmos de decadencia son mayores a los de implantación de éstas.

Y ahí está la advertencia y preocupación de la AIE (OCDE): todas las grandes petroleras están reduciendo drásticamente sus inversiones dada la escasa rentabilidad del costoso actual barril, que sumado a las deudas y quiebras dejadas por la ruina del fracking hunden al sector, pero sobre todo, debido a que cada día es más aparatosa la extracción de crudo de buena calidad, la sangre de nuestro capitalismo fosilista. Dado que el problema es sobre todo geológico, y no será hoy, sino que el impacto más notable será de 2020 en adelante, de momento los mercados no alcanzan a incluir esa componente geológica innegociable en el precio final del barril, algo que pagaremos caro si no tomamos medidas inmediatas tocando el resorte que sí se puede negociar: la organización social, puesto que no hay sustituto a la vista para el nunca mejor denominado oro negro.

La trascendencia de esta cruda realidad es que no es un problema exclusivo referente al encarecimiento en la construcción de los grandes proyectos en marcha o en la agenda, sino en la cuestión del mantenimiento de las grandes infraestructuras y viejos ámbitos urbanos que necesitan cada vez más y más recursos, entre ellos los energéticos para garantizar un mínimo de seguridad. La mayoría de los procesos de reparación, sustitución, transporte o rediseño son, nos guste o no, completamente fósil-dependientes.

5. Energía disponible y mantenimiento de infraestructuras

Tras la crisis de 2008 y el colapso de los mercados, una nueva dificultad en cuanto a mantenimiento de nuestro parque inmobiliario y de comunicaciones vino para quedarse. Se estima por ejemplo que las carreteras españolas acumulan un déficit de inversión en mantenimiento de 7.000 millones con deficiencias de conservación estimadas en 2.211 millones, de los que 151 millones corresponden a señales, iluminación y otro equipamiento y los 2.060 millones restantes, a la propia infraestructura, incluyendo no sólo las calzadas sino viaductos, túneles, etc. La Asociación Española de Carreteras (AEC) apunta a que “el progresivo deterioro de las carreteras de los últimos años coincide con un preocupante aumento de las víctimas en accidentes de tráfico”. Son nefastos los efectos económicos y medioambientales, dado el mayor consumo de combustible que supone transitar por un pavimento en mal estado.

La cultura del hormigonazo se resiste a ser zanjada de manera definitiva de las instituciones y grandes empresas en favor de la cultura de lo realmente sostenible. Las actuaciones de mantenimiento o tras la ruina o abandono de viaductos, edificios, centrales energéticas, parques deportivos, hospitales, urbanizaciones, presas o vías de comunicación, se orientan mucho más hacia una exigencia de recuperación de la situación igual a la anterior al desuso, abandono, catástrofe natural, etc., que hacia la posibilidad de impulsar nuevas políticas para garantizar la resistencia futura y la resiliencia en un contexto innegociable de declive energético y de todos los recursos, dado que sin combustibles fósiles la extracción, refinado, transporte y puesta en servicio de elementos minerales y tecnológicos puede convertirse en un lujo o directamente en algo imposible.

Aún podemos mantener la mayoría de las grandes infraestructuras y caprichos como aeropuertos sin aviones, autopistas sin coches, embalses y presas que almacenan aire más de la mitad de su vida útil, polideportivos sin deportistas, hospitales sin médicos, etc. Y podemos hacerlo gracias al gasto de ingentes cantidades de energía mientras siga medianamente accesible y barata y sigamos endeudándonos como si no hubiera un mañana. También podemos mantener a raya las miles de conquistas de nuestro urbanismo trepador que se sube por laderas inestables, convertidas temporalmente en estables a base de hormigones armados en muros, pilotes, recalces, anclajes, sostenimientos audaces, exactamente igual que las excavaciones realizadas para nuestras presas, túneles, aparcamientos, excavaciones lineales u obras subterráneas que finalmente serán receptoras de la mayoría de recursos disponibles como cuestión estratégica, no por un mero capricho constructivo falto de serios estudios de viabilidad o peor aún, como favores a grandes corporaciones empresariales.

Hoy, cada vez en más número, muchas de nuestras más costosas y atrevidas construcciones manifiestan diferentes grados de envejecimiento, inestabilidades, complicaciones, algunas se han vuelto insostenibles o ya están amenazando ruina. Muchas comunidades difícilmente podemos mantenerlas a raya y si lo hacemos, de momento es desviando cada vez más recursos desde sectores vitales como la sanidad, la educación, el cuidado a nuestros mayores o algo tan valioso como la cultura, para intentar mantenernos en el mismo lugar, pero el paso del tiempo y su deterioro sobre nuestras grandes infraestructuras es ineludible y sufrimos el síndrome de la Reina Roja de Alicia en el país de las maravillas, cada vez tenemos que correr más para mantenernos en el mismo lugar.

Esta realidad aún sin percibir con toda su trascendencia por nuestros gestores, quedó claramente manifiesta en el debate de la UE tras el colapso del viaducto Morandi de Génova (figura 4) cuando se puso sobre la mesa el problema del mantenimiento de las grandes infraestructuras europeas. La representante esgrimía orgullosa el hecho de que “cada vez se destinaban más recursos a su mantenimiento”. Y he ahí la tragedia que supone el reconocer el hecho en sí de que pronto deberá multiplicarse este desvío de recursos en la medida del avance de su vejez. Un mínimo de seguridad estructural debe confiarse a una visión holística y práctica de qué es de lo que de verdad disponemos. También confiaba en “la esperanza del buen hacer de los ejecutores y el cumplimiento de las normas europeas (EN)”. Sin embargo confiar a la esperanza la seguridad estructural de los pilares de hormigón armado que sustentan nuestra civilización, parece poco esperanzador para la mirada científica.

Viaducto Morandi (Génova)

Figura 4. El colapso del viaducto Morandi de Génova en agosto de 2018 dejó patente que un mantenimiento caro no es suficiente. Para garantizar la estabilidad de grandes infraestructuras pensadas para un uso mucho menos agresivo que el de las solicitaciones impuestas por el desenfrenado desarrollo fosilista del siglo XX se necesita proyectar desde la idea de resiliencia y sostenibilidad (ONU 2015, Objetivos de desarrollo sostenible punto 9). Un diseño inadecuado, unos materiales envejecidos y una serie de adjudicaciones interesadas cuando ya se había evaluado que era más barato volver a hacerlo que mantenerlo, parecen ser los responsables finales de su colapso.

Según los 17 objetivos para desarrollar nuestro mundo, erradicar la pobreza, proteger al planeta, etc., publicados por la ONU en 2015, y denominados Objetivos de desarrollo sostenible, el número 9 titulado “industria, innovación e infraestructura” nos dice que deberemos “construir infraestructuras reslilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación” desde la idea de reconocer que para conseguir una economía robusta se necesitan inversiones en infraestructura para lograr un “desarrollo sostenible”, garantía de estabilidad social y ciudades más resistentes al cambio climático.

6. Un futuro brillante

En el futuro tendremos que tomar decisiones importantes ante el ineludible impacto derivado del forzoso abandono de muchas de estas grandes infraestructuras, tal como ya está sucediendo; el que no se conviertan en auténticas bombas de relojería como hemos visto recientemente en Italia o Vigo, está en nuestras manos y nuestra capacidad de afrontar un futuro de decrecimiento material y crecimiento humano de manera cooperativa. Los excesos urbanísticos de las últimas décadas, apuntalados por la abundancia de energía barata y versátil, han dejado un reguero de obras inservibles que sin las ingentes cantidades de recursos anunciados para su mantenimiento, son o serán amenazas, en algunos casos (El Castor, Yesa, casi todas las centrales nucleares…) auténticas bombas de relojería que queramos o no han sido nuestra apuesta desde el último estado de embriaguez fosilífera que nos hemos regalado, ahora la resaca anuncia un nuevo día.

Hemos vivido ejemplos en España que nos han advertido sobre el envejecimiento, diseños poco adecuados o normativas insuficientemente desarrolladas o tenidas en cuenta, desde depósitos de almacenamiento de agua, gas, túneles u obras lineales hasta ciudades enteras cuyo diseño urbanístico bebe de las fuentes del éxito del HA durante el siglo XX. Un ejemplo claro es el problema del piso débil (sistema dominó de pilares y forjados con planta baja libre como uno de los cinco puntos de Le Corbusier) que se extendió por todo el planeta con un éxito desmesurado, incluso en zonas sísmicas o propensas a terremotos moderados, incluso en países tan tecnológicos y exigentes como Japón, y allá por los años ochenta del siglo XX nos dimos cuenta tras el descalabro de ciudades enteras del peligro que corríamos dejando los bajos libres esperando la actuación de nuestros mejores emprendedores: farmacias, peluquerías, oficinas o restaurantes que nunca vieron la luz durante la crisis dejaron millones de edificios con la planta baja débil (figura 5).

Barrio San Fernando (Lorca)

Figura 5. El barrio de San Fernando de Lorca hubo de ser demolido tras los terremotos de mayo de 2011 (magnitudes 4,5 y 5,1). Como en el caso de La Viña y otros barrios de la ciudad del Sol (Lorca), tras el daño estructural sufrido por sus pilares y otros elementos de HA quedaron arruinados, especialmente en las plantas bajas abiertas. El diseño heredero de los postulados de Le Corbusier sigue impuesto en todo el planeta, incluso en zonas sísmicas. A pesar de conocer el letal efecto de este tipo de configuración urbana desde los años ochenta del siglo XX, cada año se suman cientos de ciudades a la lista de daños colaterales por este motivo. Los informes de evaluación posteriores a los daños por terremotos que hacemos los técnicos y científicos vuelven a señalar una y otra vez a esta configuración urbana como extremadamente vulnerable al movimiento del suelo. (Fotografía: A. Aretxabala, gráfico de Teresa Guevara: (a) homogeneidad en planta (b) piso débil).

Creíamos que vivíamos en una zona marginal desde el punto de vista sísmico, pero un par de terremotos moderados de menos de cinco segundos de duración y tan sólo 4,5 y 5,1 de magnitud nos despertaron aquel 11 de mayo de 2011 a que vivíamos en un país con una sismicidad capaz de matar, paralizar sectores económicos completos, arruinar el Patrimonio Histórico… Barrios enteros de Murcia deberían ser demolidos por este problema hasta entonces prácticamente desconocido en el sector de la construcción español. Los ejemplos de los barrios de San Fernando (figura 5) y La Viña de Lorca pusieron en jaque a todas aquellas urbes que también confiaron en el exitoso diseño de Ville Saboye (figura 2) como solución a los cinco puntos míticos.

Desde entonces cambiaron los diseños, y también las normativas locales, se multiplicaron los estudios sobre el medio y el cambio climático, las inundaciones o la sismicidad comenzaron a irrumpir en los proyectos. Desde 2008 la nueva ley del suelo, en su artículo 15, aunque siga guardada en los cajones de ayuntamientos y autonomías, obliga a cotejar los riesgos geológicos con los proyectos y la distribución del territorio.

El mismo planeta que con su Tectónica nos mostró los procesos de erosión transporte y sedimentación que copiamos para realizar el milagro de manipular y esculpir el mundo mineral, depurando nuestros diseños desde los montoncitos de rocas, los menhires, hasta Ville Saboye, pasando por las pirámides, las catedrales góticas o los rascacielos asiáticos con pistas de esquí, el mismo que nos regaló ingentes cantidades de energía solar fosilizada, transformándola a coste cero, nos devuelve la lección de que vivimos en un planeta vivo, muy vivo y que cualquier pulso que le echemos a la Naturaleza, por mucho puño de hormigón armado de alta resistencia que pongamos sobre la mesa y por mucha energía fósil que lo empuje, puede hacernos tambalear en un suspiro. Puño, brazo, mesa y entorno pueden colapsar con tan sólo un mínimo soplido o gesto. En nuestra mano está el comprenderlo y aprender a ser más humildes.

El coyote y el correcaminos

Figura 6. ¿Nos pasaremos de frenada?

De una época de audaces desafíos a las leyes mecánicas más simples como la gravedad o la segunda ley de la termodinámica, con las firmas más cotizadas de la arquitectura, la ingeniería o el diseño como banderas e iconos de nuestra civilización, hemos entrado sin planearlo en la era de las comunidades colaborativas basadas en el apoyo mutuo que van guiando desde lo local a las organizaciones más complejas por pura necesidad. Como esta transición con su desglobalización, descentralización, desjerarquización y descomplejización de todo resquicio de la organización social se va a hacer sin opción a no hacerla, vamos a intentar tener un buen diagnóstico de la situación para planificar un futuro brillante y no pegar una frenada cuando ya hayamos sobrepasado la última línea del precipicio (figura 6). Nuestro futuro puede ser brillante sí, pero lo será con menos dependencia de los combustibles fósiles, con más inteligencia y abnegación, con muchos más lazos prácticos, afectivos y más recursos espirituales, históricos y locales.

Ruina industrial (dibujo)

Antom Santos

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Antonio Aretxabala

Investigador en la universidad de Zaragoza. Ha sido 25 años director técnico del área de hormigón armado (HA) y suelos (SE) del laboratorio de Arquitectura de la Universidad de Navarra, así como profesor de Mecánica de Suelos, Geomorfología y Geotécnica en su Escuela de Arquitectura y de Ciencias. Participa asimismo en un debate científico internacional que busca explicar la sismicidad intraplaca y la de origen climático, también la antropogénica y sus consecuencias, sobre los efectos del peak oil, el agotamiento de los recursos y las nuevas tecnologías no convencionales de extracción de combustibles fósiles, el cambio climático derivado y el impacto en las ciudades, así como la adaptación de las mismas hacia un urbanismo geológico.

2 Respuestas

  1. avatar Jorge dice:

    Me ha resultado muy instructivo su artículo. Pero, como todo buen estudio, genera más preguntas.
    ¿Cual es su opinión sobre el cemento romano?
    Su inclusión de cenizas volcánicas parece lo hace de mejor calidad que el nuestro.
    Y otra pregunta doble; ¿cuales han de ser, a su juicio, los materiales y las energías con las que se construya y trabaje en un futuro sostenible?
    <>.

    • Hola Jorge, muchas gracias por tu participación. El cemento romano basado en cenizas volcánicas es también una copia de lo que vieron en su momento a la Naturaleza. Tras las erupciones se daban las mezclas de manera natural y la imitación es la clave. Los romanos utilizaban un limo proveniente de zonas con alta actividad volcánica, como Pozzuoli, cerca de Nápoles. Esta ceniza, combinada con la propia roca volcánica aportaba bastante aluminio en la mezcla de silicatos y calcio. Combinado con el agua de mar, generaba una potente reacción química que creaba estructuras cristalinas en el cemento cada vez más densas y por lo tanto más duraderas. Aún hay en pie espigones o muelles de los puertos construidos por los romanos hace más de 2.000 años.

      En el hormigón marino romano hay una segunda etapa de fraguado de baja temperatura mucho más lenta que da como resultado dos minerales: tobermorita y phillipsita los cuales forman finas fibras que rellenan huecos y sustituyen las partes más meteorizadas, así se vuelve más resistente. Para más información puedes consultar los artículos publicados por la geóloga de la Universidad de Utah, Marie Jackson, ella lleva años buscando la fórmula del hormigón romano.

      En cuanto al futuro está claro que la madera parce haberse hecho un hueco importante, por ello se habla de políticas sostenibles y vivienda en relación a deforestación y erosión. Además de contar con las siguientes cinco cuestiones:

      1. Preservar lo que tenemos, cuidarlo y mantenerlo si es viable desde la idea de la sustitución de piezas.

      2. Hacer programas de mantenimiento apropiados de tal manera que incluso se articulen normas estrictas para edificios, obras civiles, carreteras, etc., de hormigón armado. Muchos fallas por el mantenimiento inadecuado.

      3. Reducir su uso y buscar alternativas ya que el número de habitantes urbanos aumenta en alrededor de 65 millones de personas cada año, según la División de Población de las Naciones Unidas. Sería el equivalente a agregar 21 nuevas Madrid, 40 Barcelonas, 185 Bilbaos ó 325 Pamplonas, al planeta, ¡cada año! Los problemas medioambientales son obvios.

      4. Detener su expansión desbocada. Como hemos visto, el hormigón es un impulsor o sirviente del automóvil. Uno promueve la dependencia del otro. Cuantas más carreteras construyamos, más ganas de tráfico generaremos, lo que significará más emisiones de carbono de los tubos de escape y de la fabricación del propio HA, y eso que ya hemos pasado el Peak Oil. pero las cifras apuntan a un crecimiento del parque móvil y de mayor número de urbanitas.

      5. Reciclar. Obvio, pero de hecho no tan fácil. En el mundo casi el 20% de los vertederos son desechos de hormigón, porque el único uso para ellos son las capas bajas de las carreteras, explanadas o bases. Volver a introducirlo en la construcción de estructuras requiere que esté limpio y sin contaminar por lo que volvemos a los puntos 1 y 2.

      Parece que las energías que usaremos a medio plazo en un futuro serán un mix y con una reducción importante en el aporte neto, buscaremos eficiencia, huiremos de los abusos y derroches que vivimos, así que en el sector de la construcción, como en la edificación e ingeniería civil exactamente igual que en el resto. Creo que lo comento en el artículo, es una cuestión de actitud, el concepto de estabilidad y sostenibilidad deben permear un sector acostumbrado al derroche, incapaz de encontrar el verdadero significado de ambas cosas y su relación con la verdadera economía, no con el PIB.

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