Los Guardianes de Pandora

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2017-12-27

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Dos niños se acercaron corriendo y uno de ellos preguntó:
—Abuela, ¿no es cierto que Pandora es una casa donde están guardadas las enfermedades y los males?
A lo que el otro protestó:
—Pandora es un bosque, ¡no es una casa!
—Hay una casa, un bosque, un río y animales de Pandora. Y ¿saben qué? Además hay muchas Pandoras por el mundo —les contestó una niña más grande que ayudaba a la abuela.
La abuela los miró y comenzó a profundizar en la materia para ilustración de los más pequeños, que eran varios y no se limitaban a los recién llegados:
—La casa, el bosque, el río y los animales de Pandora son para los Guardianes, que cuidan la magia de los gigantes.
—La magia de Pandora era la más fuerte que tenían los gigantes —aclaró la anterior jovencita— y tenían tanta magia, eran tan gigantes y eran tantos que ocupaban todos los lugares, estaban en todas partes. Por eso pasaban todo el día sentados, para no molestarse entre ellos. Será por eso, para hacer un poco de ejercicio y para variar que en un momento se les dio por hacer una carrera: ¡subirse unos arriba de otros a ver quién llegaba primero hasta la Luna!
—Así es —intentó retomar la abuela—, la magia de Pandora era la más fuerte y la más terrible.
—Sí —comenzó a decirle uno a su hermanito que apenas empezaba a caminar, con un crescendo en la voz que creaba expectativa— y con esa magia hacían armas que hacían un ruido fuertísimo: aaaTOM —remató mientras ambos se largaban a reír.
—Los gigantes eran muy hábiles —continuó la abuela— pero en cierto momento se dieron cuenta de que el poder de Pandora podía darse vuelta. Tuvieron una primera muestra de esto cuando, en un lugar al que llamaban Nobil, una Pandora dio nacimiento a una criatura a la que acordaron llamar Medusa.
Y explicó: —La llamaron así porque quien la veía moría en el acto, y un fetiche apenas alcanzó a mostrarles la bestia antes de colapsar. Murieron varios gigantes combatiéndola a ciegas. Como al momento del alumbramiento ya habían muerto muchos árboles en torno, finalmente decidieron enterrar al recién nacido poniendo una montaña sobre la casa. Algunos años después nacieron otras tres Medusas en una isla distante. Éstas estaban más enojadas por no poder salir al aire libre, sortearon el truco de la montaña y exigieron un baño permanente en agua fresca para estar calmas.
—Después de esto, algunos sacerdotes y otros gigantes percibieron que todas las Pandoras estaban incubando silenciosamente más de ésas, sobre todo en sus rincones más húmedos y profundos. Entendieron que esto sucedía porque su magia se estaba volviendo vieja y comenzaba a abandonarlos. Y que si caían los pilares que sostenían a Pandora podía ser un gran desastre para todos los que vivimos acá, no sólo para los gigantes. Por eso los Guardianes se fueron a vivir ahí, para evitar el ascenso de las Medusas con rituales apropiados. Y por eso tienen su casa, por donde pasa un río con su agua, rodeado de un bosque con sus árboles, en el que viven los animales que sólo ellos pueden comer. Esos son los Guardianes. Conducidas por los isleños, varias tribus de gigantes los escucharon y ayudaron. En otras, en cambio, los Guardianes incluso tuvieron que matar a algunos de ellos para poder llegar a las casas, porque a los gigantes les resultaba muy difícil aceptar lo que pasaba con su magia —terminó la abuela.
—Hay quienes dicen que nosotros somos hijos de los Guardianes —sugirió otro niño.
—Y ¿quién sabe? Se dicen muchas cosas, aunque en realidad algunos no están seguros siquiera de quién es su antecesor más cercano, je je —contestó un hombre que llegaba, antes de saludarlos.
—Quién sabe —acordó la anciana—. En el caso de los Guardianes son historias de hace mucho tiempo, de antes de los abuelos de mis abuelos.
—Y ¿cómo podríamos nosotros ser hijos de los gigantes, si somos tan diferentes? —inquirió una pequeña.
Y otro le explicó: —es como el ave que pone un huevo, que es muy distinto.
—Pero ¿qué vino primero, el huevo o la gallina? —largó otro, y se pusieron a reír, que solía ser lo que ocurría cuando se mencionaba aquella posible filiación.
—Pero dice mi tío que en esas ciudades que quedan por ahí y dicen que eran de los gigantes, que las casas son como para nosotros. Tal vez vivíamos con ellos, antes —arriesgó un jovencito.
—¡Pero no! Esas eran cajas para guardar cosas, que tenían muchas, y en realidad había pocas casas y eran para ellos —lo contradijo otro.
—Obviamente los dioses hicieron a la gente, y los gigantes fueron sólo una prueba que no les salió bien —intervino alguien, cosechando adhesiones.
—O sea que aunque los Guardianes no sean nuestros ancestros, igual si no fuera por ellos no estaríamos acá —explicó el hombre—; por eso no podemos tomar su agua, cortar su leña ni comer su caza. Y menos que menos ir a molestarlos a su casa. Se tarda un día en cruzar el bosque de Pandora que está un poco más al sur por su lado más angosto; claro que es el único que conocemos nosotros aunque dicen que hay más, muy lejos de acá. En otros casos en lugar de un río hay un lago, en vez de una casa hay varias juntas, o no hay un bosque sino un desierto. Suele pasar que las chimeneas son incluso más grandes que las casas, y muchas veces a un lado se encuentra un ejército de columnas. Yo crucé una vez el bosque que está al sur. Tanto de ida como de vuelta cruzamos rápido, sin prender fuego, con el agua y la comida que ya traíamos, salvo para los caballos. Es un bosque hermoso, y vimos unos animales que acá no conocemos.
—Y ¿cómo eran esos animales? —se interesó una niñita.
Pero cuando el hombre estaba por contestar, la abuela, que preveía un osado brote de fantasía, consideró mejor apurar el tema:
—Lo más importante es no ir a molestar a los Guardianes, sobre todo a su hogar, aunque hay quienes pueden ser tan atrevidos como para desafiarlos.
Y un niño se hizo eco de sus palabras: —sí, mi primo está enfermo y yo la escuché a mi prima que un día lo retaba y le decía que es porque se fue una vez a conocer la casa de Pandora. Él no lo negó, sino que le contó que en realidad había dos casas casi pegadas, una cuadrada y otra redonda, y que no vio ningún Guardián, ni grandote ni chiquito. Estaba muy impresionado por la formación de columnas. Fue valiente, ¡fue!
—Y ahora también está enfermo el otro zonzo que lo acompañó —agregó el hombre—. Es muy raro ver a los Guardianes, y nosotros no encontramos ninguno cuando fuimos por el bosque. Se esconden para que no nos asustemos si los cruzamos, de tan grandes que son, y para ellos es fácil porque al ser tan altos siempre nos ven antes que nosotros a ellos.
—Sí ­—asintió la abuela—, a mí ya me daría miedo encontrarme con un puma, que nunca me tocó, así que un bicho parecido a un árbol… No me quiero imaginar la mugre que harían niños de ese tamaño —concluyó mientras juntaba unos retazos de tela que los más pequeños habían estado desgarrando, todavía útiles para la costura.
—Y para todo eso los Guardianes tuvieron que inventar otro tipo de magia —finalizó otro niño, que se había puesto a ayudar a la abuela— y la llamaron Esperanza.

Los Guardianes de Pandora, por Mario Chaparro Rubio

Mario Chaparro Rubio

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Christian Gebauer

Profesor de filosofía y escritor de ficciones.

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