La tecnociencia de la salvación y la tecnociencia de la liberación

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2017-07-01

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La ciencia lleva décadas requiriendo de la tecnología para seguir avanzando, y la tecnología requiere de la ciencia para lo mismo. Estas dos no siempre han sido compañeras de viaje tan inseparables. Es parte del proceso de los retornos decrecientes que también afecta a la ciencia: cada vez hay que invertir más para descubrir menos. Galileo sólo necesitó un telescopio de cuatro centímetros de diámetro para descubrir cuatro lunas de Júpiter, mientras que hoy necesitamos telescopios de 1,4 metros de diámetro, puestos en órbita, para seguir descubriendo planetas extrasolares. Como imagen simbólica basta pensar en la manzana de Newton y en la infraestructura de investigación ITER (15.000 millones de euros), que pretende investigar en fusión nuclear. En este contexto, solo podemos hablar de una esfera: la tecno-ciencia, que es a donde quiero llegar.

Y aquí tenemos una variedad de aproximaciones a la tecnociencia que cubren todo un abanico entre dos enfoques: las que llamaré tecnociencia de la salvación, y la tecnociencia de la liberación.

La tecnociencia de la salvación es esa que tiene fe en superar todos los obstáculos que enfrentamos con más tecnociencia. ¿Problemas de cambio climático? Geoingeniería masiva. ¿Hambre en el mundo? Monocultivos transgénicos. ¿Enfermedades? Más medicamentos. La tecnociencia de la salvación promete salvarnos de las consecuencias de los problemas que enfrentamos. Pero no quiere abordar los problemas en sí, solo sus consecuencias. Como imagen simbólica: ante una persona desnuda en el frío y resfriada, la tecnociencia de la salvación le ofrecerá medicamentos para eliminar los síntomas; si tiene neumonía le dará antibióticos. Está bien que tengamos antibióticos para tratar a esta persona, pero no hemos solucionado el problema, solo sus consecuencias. El problema sigue ahí, y es que hay gente desnuda en el frío, y si eso no se soluciona, se volverán a resfriar, volverán a coger neumonía. “Pues ¡más antibióticos!”, dice la tecnociencia de la salvación. Es justo decir que junto con los antibióticos se recomendará al paciente abrigarse, pero nadie hará por preguntarse: “¿Por qué no se abriga bien?” Con los cultivos transgénicos pasa algo similar, solo se trata de resolver las consecuencias de los monocultivos, y no cuestionar el monocultivo como un problema en sí mismo. Cuando Mulet pregunta por qué no se usan plantas transgénicas en la agroecología, la respuesta más clara es que no se necesitan, porque la agroecología no usa monocultivos y por tanto no tiene tantos problemas de plagas ni de manejo de malezas (que otros llaman buenezas). Desde la tecnociencia de la salvación, lo que se trata es de cambiar para no cambiar nada. Aceptar el modelo y tratar de parchearlo. Cuando la URSS ya estaba secando el mar del Aral para regar sus cultivos de algodón, no pensaron en cambiar el modelo y el tipo de cultivo, sino en hacer trasvases desde ríos del Himalaya. Ante los problemas, más tecnociencia. Elon Munsk, el nuevo visionario mundial, propone a los seres humanos elegidos, mudarse a otro planeta para superar las consecuencias de los problemas que tenemos en este. Busca cómo escapar, cómo paliar consecuencias, pero no cómo solucionar problemas.

Y es que la tecnociencia de la salvación no viene sola. Viene acompañada de los economistas del infinito, esos que creen que se puede crecer indefinidamente en un planeta finito. Junto con ellos llegan los medios de comunicación de propaganda de la tecnociencia de la salvación. Eso sí es una trama. Su santísima trinidad es “más crecimiento económico, más tecnociencia”. El espíritu santo es la “descarbonización de la economía”. Descarbonizar la economía hasta ahora solo se ha conseguido a base de inflar el sistema financiero con deuda, sin ninguna base real o física. Pero no importa: da alas para seguir con la locomotora encendida, a pesar de estar desmontando la madera de los vagones para alimentar la caldera. “Más madera”, decía Groucho… “Más tecnociencia”, dicen ahora.

No aceptar que vivimos en la superficie de un planeta redondo, que por debajo tenemos una corteza de unos 40 km de grosor, y por arriba una atmósfera de unos 15 km de altura, es el mayor drama al que nos enfrentamos. Cuando se alcanzan los límites físicos del planeta con los que alimentar nuestro sistema, sucede como en la naturaleza: empieza el canibalismo. El canibalismo del sistema sobre sí mismo empieza por la población más vulnerable: la mayoría, que —como los vagones del tren de la película de los Hermanos Marx— sirven de combustible para la caldera. La pérdida de derechos laborales, la xenofobia, la precariedad, el autoritarismo y la desigualdad son herramientas de este canibalismo. Nos estamos comiendo a nosotros mismos, solo que es siempre la misma parte del cuerpo la que se como al resto. La locomotora avanza, mientras que nos estamos quedando sin tren.

“Ya inventarán algo”, dicen ahora. Otros escriben en las paredes: “Jesús vuelve”.

En la tecnociencia de la salvación participan personas bienintencionadas, científicas e investigadores, ingenieras y tecnólogos, que de corazón creen estar desarrollando la mejor tecnociencia posible para la Humanidad. Pero parece que se han olvidado de la pregunta “¿por qué?” y solo están enfocados en el “¿cómo?”. Creen en su propio cuento porque, antes que científicos, son ciudadanos expuestos a la narrativa de la salvación, del “ya inventaran algo” y de lo ilimitado de nuestra genialidad. Son víctimas de la especialización, y los árboles les impiden ver el bosque. Miran el dedo, y no a dónde apunta este. Han creído que ya no hacen falta reyes filósofos, con tecnocientíficos basta. Como dice Jorge Riechmann, a nadie le debería de llevar más de unos minutos echar las cuentas básicas necesarias para concluir que nuestra civilización está abocada al colapso. Y se espera que los tecnocientíficos estén familiarizados con echar números.

“Si le doy de comer a los pobres, me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista”, dijo el sacerdote brasileño Hélder Câmara. En la tecnociencia pasa algo parecido: la tecnociencia de la salvación resuelve consecuencias, pero no se plantea el origen del problema.
La tecnociencia de la liberación es la otra: la que a través de las consecuencias identifica el origen de los problemas, la que incorpora los límites del planeta en la ecuación, la que observa el sistema como un conjunto, como un ecosistema, la que tiene los pies en la tierra. La tecnociencia de la liberación es aquella que busca soluciones a los problemas, sin dejar de mirar cómo paliar las consecuencias de los mismos. Ésta merece otra reflexión.

ElTabureteCG.com

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Jaime Martí Herrero

Científico del CIMNE-UPC. Trabaja en la realidad Latinoamericana (antes con base en Bolivia y ahora Ecuador) en investigación, desarrollo e implementación de tecnologías apropiadas, principalmente biodigestores de bajo costo.

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