El mito del Antropoceno

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2017-06-22

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(Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Jacobin en marzo del 2015. Traducido y anotado por Daniel Ruilova, revisado por Manuel Casal Lodeiro y publicado con permiso.)

El año pasado fue el más caluroso jamás registrado. Y, a pesar de esto, las últimas cifras muestran que en el 2013 la fuente que proporcionó la mayoría de la nueva energía a la economía mundial no fue solar, eólica, ni siquiera el gas natural o el petróleo, sino el carbón.

El crecimiento de las emisiones mundiales —desde el 1% anual en los años 1990 hasta el 3% en lo que va de este milenio— es sorprendente. Es un aumento paralelo a nuestro creciente conocimiento sobre las terribles consecuencias del uso de combustibles fósiles.

¿Quién nos conduce hacia el desastre? Una respuesta radical sería la dependencia de los capitalistas con respecto a la extracción y al uso de la energía fósil. Algunos, sin embargo, preferirían identificar a otros culpables.

Se nos dice que la Tierra ha entrado ahora en “el Antropoceno”: la era de la humanidad. Enormemente popular —y aceptado incluso por muchos académicos marxistas—, el concepto de Antropoceno plantea que la humanidad es la nueva fuerza geológica que está transformando el planeta hasta hacerlo irreconocible, principalmente debido a la quema de prodigiosas cantidades de carbón, petróleo y gas natural.

Según estos investigadores, tal degradación es el resultado de la actuación de los seres humanos a partir de sus predisposiciones innatas, el destino ineludible para un planeta sujeto al business-as-usual[1] de la humanidad. De hecho, quienes propusieron esta idea no pueden argumentar de otra forma, porque si las dinámicas fueran de un carácter más contingente, la narrativa de una especie entera ascendiendo a la supremacía biosférica sería difícil de defender.

Su relato se centra en un elemento clásico: el fuego. La especie humana por sí sola puede manipular el fuego y, por lo tanto, es la que destruye el clima; cuando nuestros ancestros aprendieron a poner las cosas en llamas, encendieron el interruptor del business-as-usual. Aquí —escriben los destacados científicos climáticos Michael Raupach y Josep Canadell— estaba “el desencadenante evolutivo esencial para el Antropoceno” (Raupach y Canadell, 2010), que ha llevado a la humanidad derecha hacia “el descubrimiento de que la energía podría derivarse no solo del carbono orgánico detrítico, sino que también del carbono fósil detrítico, en primer lugar del carbón”.[2]

La “razón principal” del uso actual de combustibles fósiles es que “mucho antes de la era industrial, una especie particular de primate aprendió cómo aprovechar las reservas de energía almacenadas en el carbono detrítico”. Que yo aprendiera a caminar a la edad de un año es la razón que explica que hoy baile salsa; cuando la humanidad quemó su primer árbol muerto, eso únicamente podía llevar, un millón de años después, a quemar un barril de petróleo.

O, en las palabras de Will Steffen, Paul J. Crutzen y John R. McNeill: “El dominio del fuego por nuestros ancestros proporcionó a la humanidad una poderosa herramienta monopólica inasequible para otras especies, que nos puso firmemente en el largo camino hacia el Antropoceno” (Steffen et al., 2007: 1). En esta narrativa, la economía fósil es la creación precisamente de la especie humana, o del “mono del fuego, Homo pirófilo“, como en la popularización de Mark Lynas del pensamiento del Antropoceno, apropiadamente titulada La especie divina.

La capacidad para manipular el fuego era con seguridad una condición necesaria para el inicio de la quema de combustibles fósiles a gran escala en Gran Bretaña a inicios del siglo XIX. Ahora bien, ¿fue también la causa de ello?

Lo importante que cabe destacar aquí es la estructura lógica de la narrativa del Antropoceno: algún rasgo universal de la especie debe estar impulsando esta época geológica suya, o bien sería cuestión de algún subconjunto de la especie. Pero la historia de la naturaleza humana puede verse de muchas formas, tanto en el género del Antropoceno como en otras partes del discurso sobre el cambio climático.

En un ensayo publicado en la antología Engaging with Climate Change, el psicoanalista John Keene ofrece una explicación original de por qué los humanos contaminan el planeta y se niegan a parar. En la infancia, el ser humano descarga materia de desecho sin límites y aprende que la madre cuidadora se llevará el excremento y la orina, y le limpiará la entrepierna.

Como resultado, los seres humanos están acostumbrados a la práctica de arruinar su entorno: “Creo que estos encuentros repetidos contribuyen a la creencia complementaria de que el planeta es una ‘madre-inodoro’ infinita, capaz de absorber nuestros productos tóxicos hasta el infinito” (Keene, 2012).

Pero ¿dónde está la evidencia de cualquier tipo de relación causal entre la quema de combustibles fósiles y la defecación infantil? ¿Qué pasa con todas aquellas generaciones de personas que, hasta el siglo diecinueve, dominaron ambas artes pero nunca vaciaron los depósitos de carbono de la tierra y los arrojaron a la atmósfera? ¿Eran defecadores y quemadores que estaban esperando a realizar todo su potencial?

Es fácil burlarse de ciertas formas de psicoanálisis, pero los intentos de atribuir el business-as-usual a las propiedades de la especie humana están condenados al sinsentido. Lo que existe siempre y en todas partes no puede explicar por qué una sociedad se diferencia de todas las otras y desarrolla algo nuevo, como es la economía fósil, que apareció hace tan sólo dos siglos pero que ahora se ha vuelto tan arraigada que la reconocemos como lo único que pueden producir los humanos.

Pero sucede, sin embargo, que el discurso climático dominante está empapado positivamente de referencias a la humanidad como tal, a la naturaleza humana, a la iniciativa humana, a la humanidad como un gran villano conduciendo el tren. En The God Species [La especie divina], leemos: “El poder de dios es cada vez más ejercido por nosotros. Somos los creadores de la vida, pero también somos sus destructores” (Lynas, 2011). Este es uno de los lugares más comunes en el discurso: nosotros —todos nosotros, tú y yo — hemos creado este problema juntos y lo empeoramos cada día.

Por su parte, Naomi Klein, en Esto lo cambia todo pone al descubierto, de una manera magistral, las innumerables maneras en las que la acumulación de capital en general, y su variante neoliberal en particular, vierten combustible al fuego que está consumiendo el sistema terrestre. Dando escasa importancia a todo el discurso de un malhechor humano universal, ella escribe: “Estamos atrapados porque las acciones que nos darían la mejor oportunidad de evitar la catástrofe —y que beneficiarían a la gran mayoría— son extremadamente amenazadoras para una elite minoritaria que tiene estrangulados nuestra economía, nuestro proceso político y la mayoría de nuestros principales medios de comunicación” (Klein, 2014: 16).

Así que, ¿cómo responden los críticos? “Klein describe la crisis climática como una confrontación entre el capitalismo y el planeta”, responde el filósofo John Gray en el periódico Guardian. “Sería más adecuado describir la crisis como un enfrentamiento entre las demandas crecientes de la humanidad y un mundo finito” (Gray, 2014).

Gray no está solo. Este cisma está emergiendo como la gran división ideológica en el debate climático, y los defensores del consenso dominante están contraatacando.

En la London Review of Books, Paul Kingsnorth, un escritor británico que hace tiempo viene argumentando que el movimiento ambiental debería disolverse y aceptar el colapso total como nuestro destino, responde: “El cambio climático no es algo que un pequeño grupo de malvados nos ha impuesto (…) al final, todos estamos implicados”. Esto, argumenta Kingsnorth, “es un mensaje menos agradable que el que ve a un brutal 1% jodiendo el planeta y un noble 99% oponiéndose a ellos, pero es más cercano a la realidad” (Kingsnorth, 2014).

¿Es más cercano a la realidad? Seis simples hechos demuestran lo contrario:

Primero: la máquina de vapor es ampliamente vista, y con razón, como la locomotora original del business-as-usual, por la cual la combustión de carbón se asoció primero a la espiral siempre creciente de la producción capitalista de mercancías.

Si bien es cierto que resulta banal señalarlo, los motores de vapor no fueron adoptados por unos representantes naturales de la especie humana. La elección de un motor primario en la producción de mercancías no podría haber sido la prerrogativa de esa especie, ya que presuponía, para empezar, la institución del trabajo asalariado. Fueron los dueños de los medios de producción quienes instalaron la novedosa máquina motriz. Una pequeña minoría incluso en Gran Bretaña —todos hombres, todos blancos—, esta clase de personas comprendía una fracción infinitesimal de la humanidad a inicios del siglo XIX.

Segundo: cuando los imperialistas británicos penetraron en el norte de la India en la misma época, se tropezaron con que los filones de carbón ya eran, para su gran asombro, conocidos para los nativos; de hecho, los indios tenían el conocimiento básico de cómo excavar, quemar y generar calor a partir del carbón. Y, sin embargo, no les interesaba nada como combustible.

Los británicos, por otra parte, querían sacar desesperadamente el carbón del suelo: para impulsar los barcos de vapor con los que transportaban las riquezas y materias primas extraídas a los campesinos indios hacia la metrópolis, y su propio excedente de algodón hacia los mercados interiores. El problema era que ninguno de los trabajadores se ofreció a entrar en las minas. Los británicos tuvieron que organizar un sistema de trabajo forzado, obligando a los campesinos a entrar en los pozos para adquirir el combustible necesario para la explotación de la India.

Tercero: la mayor parte de la explosión de emisiones del siglo XXI tiene su origen en la República Popular China. El motor de esa explosión es evidente: no es el crecimiento de la población china, ni el consumo de sus hogares, ni su gasto público, sino que la tremenda expansión de la industria manufacturera, implantada en China por el capital extranjero para extraer plusvalía de la mano de obra local, percibida hacia el cambio del milenio como extraordinariamente barata y disciplinada (Bybee, 2015).

Ese cambio fue parte de un asalto mundial sobre los salarios y las condiciones laborales: los trabajadores del mundo estaban agobiados por la amenaza de la relocalización del capital a sus sustitutos chinos, que sólo podían ser explotados por medio de la energía fósil como sustrato material necesario. La consiguiente explosión de emisiones es el legado atmosférico de la guerra de clases.

Cuarto: probablemente no hay otra industria que encuentre tanta oposición popular dondequiera que busque establecerse, como la industria del petróleo y del gas. Como relata tan bien Naomi Klein, las comunidades locales están en pie de guerra contra la fractura hidráulica (fracking), los oleoductos y la exploración, desde Alaska al delta del Níger, desde Grecia hasta Ecuador. Pero en su contra se levanta un interés recientemente expresado con claridad ejemplar por Rex Tillerson, presidente y CEO de ExxonMobil: “Mi filosofía es hacer dinero. Si puedo perforar y hacer dinero, entonces eso es lo que quiero hacer” (Tillerson, 2013). Este es el espíritu del capital fósil encarnado.

Quinto: los estados capitalistas avanzados siguen agrandando y profundizando sin descanso sus infraestructuras fósiles —construyendo nuevas carreteras, nuevos aeropuertos, nuevas plantas en base a carbón— siempre a tono con los intereses del capital, y casi nunca consultando a sus poblaciones sobre estas materias (Kahle, 2014). Sólo los intelectuales verdaderamente ciegos, del tipo Paul Kingsnorth, pueden creer que “todos estamos implicados” en tales políticas.

¿Cuántos estadounidenses están involucrados en las decisiones para dar al carbón una mayor participación en el sector eléctrico, de modo que la intensidad del carbón en la economía norteamericana aumentara en 2013? ¿Cuántos suecos deben ser culpados por el impacto de una nueva autopista alrededor de Estocolmo —el mayor proyecto de infraestructura en la historia moderna de Suecia— o la asistencia de su gobierno a las centrales eléctricas de carbón en Sudáfrica?

Se necesitan las más extremas ilusiones sobre la democracia perfecta del mercado para sostener la noción de que “todos nosotros” conducimos el tren.

Sexto, y quizás más evidente: pocos recursos se consumen tan desigualmente como la energía. Los 19 millones de habitantes del estado de Nueva York solos consumen más energía que los 900 millones de habitantes del África subsahariana. La diferencia en el consumo de energía entre un pastor de subsistencia en el Sahel y un canadiense promedio puede ser fácilmente mayor de 1.000 veces (y eso es un canadiense promedio, no el dueño de cinco casas, tres jeeps y un avión privado).

Un ciudadano norteamericano promedio emite más que 500 ciudadanos de Etiopía, Chad, Afganistán, Mali o Burundi; cuánto más emite un millonario estadounidense promedio —y cuánto más que un trabajador promedio de EE.UU o Camboya— es algo que queda por resolver. Pero la huella de una persona en la atmósfera varía enormemente dependiendo de dónde nace. La humanidad, como resultado, es una abstracción demasiado débil para cargar con la culpa.

La nuestra es la época geológica no de la humanidad, sino del capital. Por supuesto, una economía fósil no necesariamente tiene que ser capitalista: la Unión Soviética y sus estados satélites tuvieron sus propios mecanismos de crecimiento conectados al carbón, al petróleo y al gas. No fueron menos sucios o intensivos en las emisiones —quizás lo fueron incluso más— que sus adversarios en la Guerra Fría. Así que, ¿por qué enfocarse en el capital? ¿Qué razón hay para ahondar en la destructividad del capital, cuando los estados comunistas lo hicieron al menos con igual abyección?

En medicina una pregunta similar quizás sería, ¿por qué concentrar los esfuerzos en el cáncer en lugar de la viruela? ¡Ambos pueden ser fatales! Pero sólo uno existe hoy. La historia cerró el paréntesis alrededor del sistema soviético, por lo que volvemos al principio, cuando la economía fósil era coextensiva al modo de producción capitalista, sólo que ahora a escala mundial.

La versión estalinista se merece sus propias investigaciones y en sus propios términos (los mecanismos de crecimiento son de su propio tipo). Pero no vivimos en el gulag minero de Vorkuta de los años treinta. Nuestra realidad ecológica, que nos abarca a todos, es el mundo fundado por el capital-a-vapor, y hay caminos alternativos que un socialismo ambientalmente responsable podría tomar. Por lo tanto es el capital, no la humanidad como tal.

A pesar del éxito de Naomi Klein y de las recientes movilizaciones en las calles, este sigue siendo un punto de vista marginal. La climatología, la política y el discurso se expresan constantemente en la narrativa del Antropoceno: el pensamiento-de-especie, la humanización, la autoflagelación colectiva indiferenciada, el llamamiento a la población general de consumidores a que modifiquen sus costumbres y otras piruetas ideológicas que sólo sirven para ocultar al conductor.

Retratar ciertas relaciones sociales como una propiedad natural de la especie no es nada nuevo. Deshistorizar, universalizar, eternalizar y naturalizar un modo de producción específico a un cierto tiempo y lugar: estas son las estrategias clásicas de legitimación ideológica.

Estas posturas bloquean cualquier perspectiva de cambio. Si el business-as-usual es el resultado de la naturaleza humana, ¿cómo podríamos siquiera imaginar algo distinto? Es perfectamente lógico que los defensores del Antropoceno y las formas de pensar asociadas defiendan soluciones falsas que eviten desafiar el capital fósil —como la geoingeniería en el caso de Mark Lynas y Paul Crutzen, el inventor del concepto de Antropoceno— o prediquen la derrota y la desesperación, como en el caso de Kingsnorth.[3]

De acuerdo a esto último, “ahora está claro que detener el cambio climático es imposible”;y, por cierto, construir una granja eólica es tan malo como abrir otra mina de carbón, ya que ambos profanan el paisaje.

Sin antagonismo nunca puede haber ningún cambio en las sociedades humanas. El pensamiento de especie sobre el cambio climático sólo induce la parálisis. Si todos son culpables, entonces nadie lo es.

Casdeiro (a partir de varias imágenes de OpenClipart).

Notas

[1] N. del T.: Literalmente “los negocios como siempre”, se refiere al curso actual del cambio climático marcado por la inercia. La ONU emplea esta expresión para proyectar un escenario de cambio climático en el que no se toma ninguna medida relevante.

[2] N. del T.: “La vida en la tierra ha creado grandes reservas de carbono detrítico. Los remanentes de los organismos en base a carbono después de que han muerto. Estas reservas de carbono van desde las hojas muertas y la madera hasta el carbono fósil en el carbón, el petróleo y el gas. Contienen grandes cantidades de energía utilizable” (Raupach y Candell, 2010).

[3] N. del T.: A esta lista podríamos agregar al famoso climatólogo James Hansen, que defiende la energía nuclear como “solución” al calentamiento global, igual que el ya mencionado Mark Lynas.

Bibliografía

Libros
  • Keene, John: Engaging with climate change. Gran Bretaña. Routledge, 2012.
  • Klein, Naomi: Esto lo cambia todo. Trad.: Albino Santos Mosquera. Barcelona. Paidós, 2015.
  • Lynas, Mark: The God Species. Washington. National Geographic, 2011.
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Andreas Malm

Andreas Malm (1977) es profesor de ecología humana en la Universidad de Lund, Suecia. Su obra aborda la economía política, los conflictos en medio oriente y el cambio climático. Es autor de Iran on the Brink: Rising Workers and Threats of War (con Shora Esmailian, Pluto Press, 2007), Fossil Capital: The Rise of Steam Power and the Roots of Global Warming (Verso, 2016) y Progress of the Storm (2017).

24 Respuestas

  1. avatar Moisés dice:

    El autor obvia que entre la naturaleza humana y el capitalismo media la Modernidad, este experimento cultural que vivimos. Y me imagino que lo hace porque reconocerlo supondría aceptar que capitalismo y socialismo comparten las mismas bases culturales (la organización en estados, la militarización, el productivismo, el progreso, el patriarcado, el antropocentrismo, el adultocentrismo, el etnocentrismo…) y, sobre todo, porque le impediría ese reduccionismo fácil y recurrente en la vieja guardia marxista a la lucha de clases.

    Es evidente que en nuestra cultura hay grupos privilegiados (que suelen seguir girando en torno a hombres blancos) que están enormemente interesados en globalizar hasta el extremo nuestro modelo cultural, pero también lo es que la transformación que necesitamos no puede tener como objetivo reconocer y derrotar al “conductor”, sino poner en práctica y profundizar en las propuestas ecofeministas, libertarias, antimilitaristas e intercultuales que permitan superar el paradigma de la Modernidad, base -entre otras cosas- de la diferencia de clases y el cambio climático.

    • “El autor obvia que entre la naturaleza humana y el capitalismo media la Modernidad, este experimento cultural que vivimos.” Sí, es la clave cultural. El elemento crucial sin el cual no se puede interpretar correctamente lo justo o injusto del término Antropoceno. Gracias por incorporar el término “Modernidad”, sin duda muy adecuado y extrañamenteo ausente de la reflexión de Malm.

  2. El artículo contiene (y supone) una reflexión muy interesante y necesaria. Pero tengo que discrepar en un aspecto general y en uno personal.

    En el general creo que Malm se ha ido al otro extremo con respecto a aquellos a quienes acusa de librar de culpa al Capitalismo. Tampoco la Humanidad esté totalmente libre de culpa. Por el hecho de que no hayamos decidido en votación las políticas que han dado origen a este desastre ambiental, a estos cambios de escala planetaria que han dado en llamar Antropoceno, no podemos lavarnos las manos: de hecho cada persona (en los países enriquecidos) decide todos los días, con sus decisiones de compra y de modo de vida, mucho más de que lo puede decidir con sus votos cada 5 años, que lógicamente, no determinan directamente políticas concretas. Pero sus hábitos de vida y de compra, sí lo hacen. “Un euro decide más que un voto”. Y eso lo elude, a mi entender el autor, poniendo toda la culpa en el sistema económico y político. Y esto se relaciona con su consideración meramente político-económica del problema, cuando las raíces son culturales.

    Nada pone una pistola en el pecho (es significativo que centra sus ejemplos en el trabajo forzado en la India, y no en el trabajo asalariado voluntariamente aceptado por mucha gente; claro que históricamente el capitalismo surgió ejerciendo una tremenda violencia no siempre física, pero también tiene mucho de seducción, y esa parte cultural, antropológica, la evita Malm, a mi entender).

    Buena parte de los gallegos de la generación de mis padres emigró y pasó de ser labradores más o menos autosuficientes y casi plenamente ajenos a las responsabilidades del Antropoceno, a ser trabajadores en la civilización industrial capitalista, pero también a ser consumidores y por tanto mucho más responsables, cómplices del sistema. En parte fueron forzados, pero en parte eligieron ese camino por las ventajas que ofrecía, y seguramente inconscientes de las consecuencias. Quiero esto decir que los considero los principales responsables, pero tampoco son ajenos. La prueba está en que muchas personas que ahora son conscientes del Cambio Climático siguen cogiendo el coche para ir a dar un paseo, o gastando cantidades enormes de energía para lujos y pseudonecesidades. No podemos vernos como el niño que se caga y se mea sabiendo que su madre lo limpiará que cita Malm; pero tampoco el adolescente que se lava las manos por las consecuencias de su juerga.

  3. En el nivel personal creo que los comentarios sobre la “ceguera” de Paul Kingsnorth, y en general la valoración que hace de su pensamiento, están totalmente injustificados. Kingsnorth es plenamente consciente del aspecto cultural del colapso y de lo que nos ha traído aquí, y su visión de la necesidad de construir las nuevas culturas poscapitalistas, pospetróleo y poscrecimiento, algo muy inspirador y que muy poca gente más está haciendo en todo el mundo. Lo considero un pionero y un promotor de las mejores reflexiones culturales, que se pueden encontrar en su colectivo Dark Mountain Project.

    Además, creo que acusaciones como “hace tiempo viene argumentando que el movimiento ambiental debería disolverse y aceptar el colapso total como nuestro destino” son totalmente injustas. No he leído jamás que haya propuesto la disolución del movimiento ecologista, sino su profunda reorientación. Yo mismo he hablado con él de luchas ecologistas que realizamos en Galicia y ha admitido que, en ciertos casos, está justificado incluso una lucha clásica en este tipo de movimientos. Por otro lado decir que debemos aceptar el colapso como “destino” me parece deformar bastante sus palabras. Debemos aceptarlo, porque es a estas alturas “inevitable”, no porque sea nuestro “destino”. Creo que Malm debería leer más y mejor a Kingsnorth y el resto de autores y autoras del Dark Mountain Project.

  4. “si las dinámicas fueran de un carácter más contingente, la narrativa de una especie entera ascendiendo a la supremacía biosférica sería difícil de defender.” Creo que esa conclusión lógica, fundamental para el rechazo de Malm al concepto de “Antropoceno”, no tiene fundamento. Una especie puede ascender “a la supremacía biosférica” de una manera contigente. ¿Por qué no razón esa contigencia habría de impedir esa supremacía? El hecho de que sea el capitalismo el motor del Antropoceno no invalida que haya un ANTROPOceno. ¿Que deberíamos llamarlo Capitalismo-fosil-ceno? Quizás. O Industrioceno, o Petroleoceno, o… Pero las objeciones de Malm, aun basadas en una cierta culpa principal o directora del Capitalismo, creo que no invalidan ese término. De hecho en esta revista mucha gente poco sospechosa de pro-capitalista lo emplea en un sentido bastante diferente del que acusa Malm.

  5. Jorge Riechmann nos hace llegar una reflexión suya sobre esta cuestión: http://tratarde.org/notas-sobre-ecosocialismo-y-pecado-original/

  6. Es que la naturaleza humana sigue siendo bastante simiesca. Es fácil echar la culpa al gran capital o al pobre consumidor, y no se trata de lo uno ni de lo otro. Se trata de que estamos viviendo el mayor conflicto de intereses de la historia humana… y los conflictos de intereses se solucionan con leyes. Pero hete aquí que las leyes se hacen en despachos de abogados de las grandes empresas del IBEX (o el país que corresponda) y me temo que ya sabemos a favor de quien barren esas leyes. Por lo tanto, el tema aquí es en último término el de la democracia. Mientras tengamos oligocracias de partidos pintas bastos. Si algún día conquistamos una verdadera democracia representativa en España (o en la gran mayor parte de estados) ahí veríamos la verdadera naturaleza del hombre, para bien y para mal. Entre tanto, yo me conformo con pisar livianamente allá por donde voy y renegar de toda ideología que siempre es falsa en cuanto quiere explicar la totalidad del funcionamiento político y socioeconómico, incluyendo las nuevas del ecofeminismo, anitimilitalirismo, etc… cuya concepción del hombre es bastante ingenua y sesgada… Espero no haberme ganado muchos enemigos, así lo veo yo!

  7. avatar Narciso Matías Rojas dice:

    Sr Lodeiro usted dice “Tampoco la Humanidad esté totalmente libre de culpa. Por el hecho de que no hayamos decidido en votación las políticas que han dado origen a este desastre ambiental, a estos cambios de escala planetaria que han dado en llamar Antropoceno…”.
    Discrepo, y perdone, que esta es su Revista para yo venir a discrepar con usted:
    La humanidad está libre de culpa, ¡totalmente libre!; en la sociedad capitalista que es una sociedad fetichista, los sujetos han alienado su poder en sus propias criaturas (valor, mercancía, dinero, Estado, etc) ,el propio capitalista no detenta un poder más que como personificación del capital, el capitalista Sr Casal Lodeiro , es un fanático de la valorización del valor, no es más que una rueda de engranaje del mecanismo social que es el capitalismo.
    Y no es que quiera defender a los capitalistas, el capitalista no actúa porque sea malo, aunque muchas de las páginas escritas por Marx vibran de indignación contra la burguesía y sus fechorías, pero Marx no atribuye jamás el funcionamiento estructural del capitalismo a la sed de ganancias o a la rapacidad de un grupo social, tampoco reduce la difusión de la producción capitalista o los cambios en su evolución a una estrategia consciente o a una conspiración de los poderosos, y está claro, que los detentores del capital no son víctimas inocentes, pues se prestan de buena gana a su labor, ¡y muy de buena gana!, pero es que ellos tampoco son capaces de controlar un proceso impulsado por las contradicciones internas de una sociedad que tiene la mercancía como célula principal, como germen de todo; el verdadero sujeto no es la Humanidad como la gente piensa (y que se puede deducir en parte de sus palabras), sino que la mercancía y el hombre (la Humanidad) no son más que los ejecutores de su lógica; la propia subjetividad, se les aparece a los hombres como sometidas al automovimiento automático de una cosa que Marx dice que es el valor (la esencia y savia del capitalismo, de la Modernidad como alguien dijo más arriba) y que se expresa en la fórmula de que el valor es un sujeto automático.
    En otras palabras Sr Lodeiro en cuanto sujetos, los sujetos son sujetos del capital, y el hecho de que sean asalariados o capitalistas importa poco, ambos son los soportes de unos procesos que los superan.
    Termino, que he cometido la grave falta de extenderme: todos, usted y yo también, estamos sometidos a las leyes ciegas del capital, estamos amarrados pudiera decirse. ¿Cuándo, cómo y de qué forma nos desamarraremos? ¡Ay si yo lo supiera!. Los estudiosos del sistema (no en sus variante ecológica que es lo que hace su Revista, sino los económicos, los que lo estudian de modo sistémico) dicen que es cuando el mismo se agote; signos de ese agotamiento se ven por doquier, pero sí, estamos a la vuelta en términos históricos de darle la “vuelta” a la situación (disculpad la utilización de la palabra “vuelta” dos veces, ha sido intencional). Dicen los que saben (no es mi caso) que en la medida que se produzca el colapso, al unísono del mismo conformaremos la institucionalidad del sistema que se avecina, qué quien sabe cómo será al salir facturado de unos seres mayoritariamente enajenados, pero no voy a ser pesimista, el futuro está abierto, que es lo mejor que tiene, estamos llegando a una rotonda que tiene varias salidas, la cuestión es llegar con buenos criterios de orientación a la misma y su Revista, constato, hace votos y conciencia en post de ello.
    Un saludos y gracias

    • La verdad, no entiendo a que viene esa insistencia en “su revista”, pero en fin…

      Veo que se alinea Vd. con la tesis de la pureza innata de la especie humana, que no me parece más que el reverso de la propia postura que tanto Malm como Vd. parecen defender: la de la culpabilidad innata. Yo creo que la realidad se sitúa en algún punto intermedio.

      No obstante, quisiera matizar, y ahí concuerdo con el autor, en que la generalización de hablar de la especie humana en su conjunto es terriblemente injusta, y me alineo con William Catton al diferencia entre Homo colossus y Homo sapiens.

      En cuando al Homo pirofilo, en mi libro “Nosotros, los detritívoros” referenciaba a algunos autores que creo son importantes a la hora de analizar la evolución destructiva de la Humanidad (nota 73):

      David Price (1995) cree que en cualquier punto del universo donde surja la vida, el proceso evolutivo tiende justo hacia lo contrario, y la vida acabaría por autodestruirse: “La evolución de una especie como el Homo sapiens podría ser parte integral del proceso de la vida, en cualquier lugar del universo en que pueda este darse. A medida que la vida se desarrolla, los autótrofos se expanden y crean el lugar para los heterótrofos. Si se secuestra energía orgánica en reservas sustanciales, como las que los procesos geológicos favorecen, entonces está
      asegurada la aparición [en algún momento de la evolución de los heterótrofos] de una especie que pueda liberarla. Semejante especie, que evolucionaría al servicio de la entropía, pronto acabaría por devolver el planeta a un nivel más bajo de energía.” El paleontólogo Peter Ward en un trabajo más reciente bajo el título «The Medea Hypothesis: Is Life on Earth Ultimately Self-Destructive?» (2009) parece confirmar una hipótesis igualmente trágica.

      • avatar Daniel Corner dice:

        Manuel Casal, hay algo que me debo estar perdiendo en su referencia al homo pirofilo. Unos comentarios más arriba aseguras que la cuestión cultural es vital, un elemento crucial para explicar el Antropoceno (La Modernidad, más importante que el Capitalismo para explicar la inevitabilidad del Colapso); y, sin embargo, con la cita de David Price, se alude a un término biologicista que me recuerda a antiguos reduccionismos biológicos muy peligrosos (al estilo de ‘el hombre es malo/bueno por naturaleza’, ‘todo lo hacemos por sexo’, asegurar que mujeres y hombres tienen cerebro diferenciado desde el nacimiento, sin darse cuenta de que la socialización de género ha influido; o el biologicismo en el que se fundamentaba el racismo).

        La biología puede explicar muchas cosas, de hecho lo hace y es vital tenerla en cuenta desde un análisis multidisciplinar; pero obviar el papel que tiene los aspectos sociales, culturales, ideológicos, de ciertos sistemas o comunidades, es quitar la ecuación el elemento determinante. Si no hubiese habido Modernidad, o más aún, si nunca hubiesen aparecido las Sociedades de Dominación que describe nuestro amigo Fernández Durán, ¿se cumpliría la hipótesis de Price? Es tremendamente peligroso manifestar que el ser humano tiene en su ADN la autodestrucción y olvidar que en este también se encuentra la reflexión, la cooperación y el poder de crear relatos sociales capaces de saltarse ciertos imperativos biológicos.

        En fin, yo también creo que la realidad se encuentra en un punto intermedio entre la pureza innata o la maldad innata. Eso nos lleva a darle más relevancia a la cultura que a la biología a la hora de analizar el comportamiento de sociedades que colapsas y sociedades que no.

        • Manuel Casal, hay algo que me debo estar perdiendo en su referencia al homo pirofilo. Unos comentarios más arriba aseguras que la cuestión cultural es vital, un elemento crucial para explicar el Antropoceno (La Modernidad, más importante que el Capitalismo para explicar la inevitabilidad del Colapso); y, sin embargo, con la cita de David Price, se alude a un término biologicista que me recuerda a antiguos reduccionismos biológicos muy peligrosos (al estilo de ‘el hombre es malo/bueno por naturaleza’, ‘todo lo hacemos por sexo’, asegurar que mujeres y hombres tienen cerebro diferenciado desde el nacimiento, sin darse cuenta de que la socialización de género ha influido; o el biologicismo en el que se fundamentaba el racismo).

          No sé qué piensas haberte perdido. La biología no quita nada a la cultura ni la cultura a la biología. Hay que tener en cuenta los 2 grupos de factores. Ese creo que es el fallo precisamente: pensar en términos de uno solo de ellos. Y la cita de David Price la doy como referencia que cada quien debe evaluar y sopesar, no porque la comparta, o porque la comparta al 100%.

        • Si no hubiese habido Modernidad, o más aún, si nunca hubiesen aparecido las Sociedades de Dominación que describe nuestro amigo Fernández Durán, ¿se cumpliría la hipótesis de Price?

          Es que quizás su hipótesis sea que precisamente es inevitable que esa evolución se produzca, aunque yo creo que él no entra tanto al tema cultural como al metabólica: la energía acumulada, los heterótrofos que aprendern a usarla…

          Y me temo que no es que esa hipótesis se refiera al ADN del ser humano. Como ves, pretende ser aplicable al conjunto de toda la vida en el Universo (nada menos!). Sí, una hipótesis atrevida, como la de Ward, pero están ahí y hay que tenerlas en cuenta al menos para sopesarlas con los demás factores. Yo no me veo capacitado para darles o quitarles la razón. Seguramente lo único que cabe hacer es seguir luchando como si no tuvieran razón… por si acaso 😉

          • avatar Daniel Corner dice:

            Lamentablemente, estoy de acuerdo con todo lo que has comentado. Como me dijo Jorge Riechmann un día ‘que por nosotros, no sea’. Un abrazo 😉

          • avatar CASTRO CARRANZA, CARLOS DE dice:

            La ocurrencia (llamarla hipótesis es darle demasiado rango) de que la vida es autodestructiva, es una de las gilipolleces más grandes que hacía tiempo no escuchaba. Generalizarlo al conjunto de la vida del Universo cuando sólo tenemos un ejemplo conocido debería ser considerado un delito científico. La generalización solo se podría hacer desde la termodinámica o similar, que en nada sirve para llegar a eso, más bien justo lo contrario.
            Siento la dureza, pero es que tengo la impresión de que es un paso más allá del mito del “gen egoísta” que ahora resulta además que es “idiota suicida”. En el fondo sí forma parte de lo que quiere denunciar el autor con lo del antropoceno. Total, sigamos con el capitalismo y el antropoceno porque todo esto es una mierda autodestructiva: que no le gusta esta civilización porque es autodestructiva, pues no se preocupe, después de todo toda la vida y el universo mismo es una mierda autodestructiva. ¿Qué más da, qué mas da todo? Antes muertos que sencillos.

            ¿Cómo es posible que los heterótrofos estén en nuestra biosfera desde hace más de 3000 millones de años y no se hayan iniciado aún la autodestrucción, es más que salvo acontecimientos externos a la biosfera, la biodiversidad y complejidad aumenten? Es que no me puedo creer, si no fuera por la fuerza con la que han inscrito en nuestros “genes culturales” el antorpocentrismo y neodarwinismo social, que no nos parezca un chiste tamaña tontería.
            Querido Manu, no pierdas el tiempo con esa gente, forman parte -inconsciente o no- de esos que decidieron quedarse a bailar en el Titanic y querían que la orquesta y los camareros también lo hicieran, para servirles hasta el último momento.

    • “todos, usted y yo también, estamos sometidos a las leyes ciegas del capital, estamos amarrados pudiera decirse.”

      Ni eso es cierto para todas las personas del planeta ni lo es en igual grado. Tal y como bien señala Malm no es el mismo nivel de “amarre” (o no lo son sus consecuencias ecológicas) de un estadounidense medio que los de un cubano o los de una nigeriana. Ni siquiera lo son los de una persona en cualquier lugar del mundo con un tipo de vida X y los de su vecina con un tipo de vida diferente. Por tanto ese “amarre” existe, sí. Pero ¿eso quita para que tengamos niveles de responsabilidad diferentes, en función de nuestro nivel material de vida? Y diría más: ¿eso quita para que podamos hablar de un Antropoceno? Sinceramente, creo que no hay fundamento suficiente para ninguno de los dos rechazos.

  8. avatar CASTRO CARRANZA, CARLOS DE dice:

    Aunque no lo llamé así, llevo hablando del antropoceno desde mis clases de los 90.

    En ellas comentaba a los alumnos: imaginad que un geólogo de dentro de 300 millones de años (no tiene porqué ser humano, quizás extraterrestre), analiza el registro fósil. Pues bien, vería en seguida una señal muy clara de cambio geológico en un brevísimo plazo de tiempo. Así como el iridio identifica bien el cambio geológico de hace 65 millones de años, el presente tendrá una fuerte señal de decenas de metales y otros elementos que volverán loco a nuestro geólogo. Y esa señal la verá junto con una gran extinción de especies (según mis cálculos ya hemos extinguido más de un 10% de especies y por inercia va a ser inevitable al menos otro tanto, por lo que efectivamente la 6ª gran extinción estará en el registro). Con mucha y ardua investigación llegará a la conclusión a que en los momentos previos a esa extinción una serie de grandes mamíferos, uno homnívoro y varios hervíboros (vacas, cerdos, caballos…) se expandieron enormemente antes de colapsar, especulará con que esa distorsión llevó a las grandes extinciones, se volerá loco por las enormes migraciones transcontinentales (las especies foráneas). Pero las señales de metales (también radiactivas con elementos como el plutonio que no deberían estar) le llevará inevitablemente a que una de esas especies, probablemente la homnívora con manos, fuera una especie tecnológica. Así que si nos llamara “hombres” sin duda hablaría, no ya del antropoceno, sino del “antrópico”, que es el término que “inventé” yo para mis clases de biodiverdidad. Pedir al geólogo de dentro de 300 millones de años que lo llame capitálico, me parece mucho pedir.

    Soy de los que empleo estos términos pero desde luego siempre dejando claro una y otra vez, hasta la saciedad, que no es la naturaleza humana, que es la naturaleza de nuestra particular cultura (el término modernismo me gusta, yo empleo el de productivismo, vale también “progesismo”), por supuesto el capitalismo es el paroxismo de un problema que al menos comienza con los griegos.

    El texto, con los muchos y buenos matices que aporta Manu, muestra un debate esencial, mucho más importante de lo que solemos apreciar en los ámbitos en los que nos movemos. Mis alumnos, ante la realidad de los datos sobre cambio climático, biodiversidad, equidad humana, crisis energética etc. y acorralados cuando ven que las soluciones tecnológicas no son suficientes, tienden a caer en esa desesperación de “pues si no hay solución (fácil), pues es un problema de la naturaleza humana (y carpe diem)”. Tal es la fuerza del mito instalado que confunde una cultura particular con la naturaleza humana, que aún a base de mil contraejemplos de cómo funcionan o funcionaron otras culturas, en los trabajos y en los exámenes se les sigue escapando esta confusión.

    En mi caso particular, llevo luchando contra esa visión neodarwinista del mundo (que por ósmosis se pasa a la cultura humana como si eso tuviera sentido alguno) ya desde hace casi 30 años. A pesar de que las realimentaciones positivas entre el capitalismo y el neodarwinismo son enormes, hemos aceptado la propaganda hasta tal punto que le hemos dado la vuelta a los hechos históricos (fue el capitalismo el que dio la teoría a Darwin) y como es una teoría científica ya no se puede discutir, todo lo más la batalla está en hasta qué punto esa tendencia biológica capitalista/neodarwinsta es más o menos grande y una “cultura” adecuada se puede imponer.

    • avatar CASTRO CARRANZA, CARLOS DE dice:

      Vale, quizás nuestro geólogo especule con el cerdo, también homnívoro, así que habrá algún otro geóloo que defenderá por un tiempo la teoría del “susescrofágico”. Pero con un nombre así, triunfará la primera 😉

  9. avatar Nuba dice:

    Hola,
    Llevo reflexionando largo sobre este tema, no por el artículo, sí porque muchos de nosotros intentamos vivir de otra manera…
    No voy a enrollarme pues la congoja de este fin de semana de fuegos, inevitablemente lo envuelve todo.
    Sólo quiero decir que si y que no, que venimos desnudos a este planeta y que aunque tengamos el ADN sin estrenar cómo se expresan los genes es una cuestión de hábitat y de cultura. Dentro de la cultura, comparto con los lectores de la revista semejantes visiones y sin embargo,creedme, me cuesta mil amores conseguir comida para mi y mis dos hijos, en la ciudad en la que vivo. Me cuesta horrores no coger el coche, me cuesta enfrentarme con el de 14 ( que se va sin agua al instituto) porque no quiere llevarse una botella de cristal o de metal…me cuesta comprobar que muchas veces no se come lo que le pongo porque es fruta y sus compañeros se comen de la máquina lo que le salga. Me cuesta encontrar a gente que si es, por ejemplo animalista, cosa que comparto, suele ser vegana pero por ejemplo, va en moto, o come alimentos plastificados. Me cuesta cruzarme por los pasillos con mis compañeros bioquímicos protransgénicos o cómo están programados los libros y los profesores para enseñarles las virtudes de la agroindustria, los alimentos-funcionales, que antes me hacían gracia ahora ninguna. Y si, desde hace un tiempito me cuesta vivir como quiero estando dentro de este sistema que abduce a los que queremos con maquinitas en este mundo en el que vas a comprar ropa y no la encuentras o casi que no sin trabajo exclavo y si la quieres de otra manera lleva petróleo en el transporte. En este mundo en el que muchos, estoy segura, querrían vivir de otra manera pero los que yo conozco que viven así están fuera. Aislados, en un cacho de tierrita, fuera de los trabajos porque tuvieron la suerte de tener pagada al menos una renta mínima y si no sólos o sin nadie a su cargo. Y los demás peleándonos cada día con ellos- y no me gusta nada la dualidad, y podemos hacer mucho, algunos, pero no la mayoría, la mayoría siente que se nos va la especie…y se dedican a vivir el aqui-y-el-ahora- o sobrevivir. Y el cambio climático y que se agotan los materiales es nuestra responsabilidad pero contra ellos los que devastan el territorio y tienen las leyes que se inventan en la mano, sólo nos queda o unirnos, que no lo veo, o la revolución. Está España ahora en mucho más riesgo que algunos de los países latinoamericanos de los que parece que no acabamos de aprender. Todo el territorio vendido a empresas extractivistas que lo próximo que querrán será nuestra agua y que talan e incendian y recalifican a una velocidad que ninguna manifestación podría parar, y aún así nos seguimos manifestando. Y aceptar el colapso, de palabras lo aceptaremos pero la “empatía” como hoy dice “el bosque habitado” la empatía nos mata. Hay que buscar la alegría de compartir lo que aún tenemos aunque sólo sea por salud mental. Pues aunque no lo haya dicho nigún psiquiatra, sin la Naturaleza no somos. Las enfermedades del futuro serán las que se deriven de separarnos de la materia orgánica de la que estamos hechos.

  10. avatar Nuba dice:

    Lo de los ellos , no era por los que -valientes- se han salido del sistema que no- los “ellos son los que inventan este sistema autdestructivo, porque lo es para ellos y para nostros, pero como “ellos ” sólo viven en el aquí y en el ahora y despues en los offshore para su descendencia– y creen en los robots y toda esa zafia- pues lo los demás nos metemos dentro dentro dentro de ese sentido com´n de cada una , que nunca se equivova y que depende de la bellez de lo pluriveso de la capacidad de ver salir el sol y que sigan las nubes y que las nubes que quieren venir lleguen y cuajen y que no nos miren por arriba y pro abajo ni que nos espíen, pues ellos ya lo tienen casi todo, ay pero les falta el conocimiento para que hasta eso que han comprado les sea “rentable” y nosotros tenemos la ventaja enorme de que no nos tratamos ni nos reconocemos en términos de rentabilidad sino de un bien vivir en el que no queremos tantos dramas humanos e inhumanos en tampoco tiempo, DEBIDO mayoritariamente y ahí estoy con Naomy y con Yayo a una economía capialista -ignorante- unida a un patriarcado- ( que en mi opnioón no tiene que ver con el sexo pues hay mujeres mas machistas que ni se y hombres feministas en su sentido profundo de la Gaia). ( Domingo por la tarde mientras no puedo dejar de sentirme afortunada cuando cuezo, a fuego lento mientras os escribo sin pensar mucho en lo que sale, unos frijojes pintados, preciosos, con manchas moradas pintadas en la semilla desde el p´rpura al balanco y que espero poder cocinar como se merecen para la comida de mañana.

  11. avatar cgs dice:

    Parecería que el Capitalismo es el único sistema social posible y que por lo tanto estamos condenados a crecer hasta colapsar. Por mucho que todo apunte en esta dirección, el Capitalismo no es más que una construcción cultural humana. En definitiva una forma concreta de procesar la información.
    Se trata simplemente de detectar los fallos del sistema y corregirlos. Es muy probable que no lo consigamos pero no por ello deberíamos dejar de intentarlo. Como seres con aspiraciones éticas que somos, el intentar hacer un mundo más justo da sentido a nustra propia existencia.
    El Capitalismo se basa en la explotación del egoísmo humano (que no es más que una manifestación del instinto de supervivencia animal). Siendo el altruismo lo que nos hace realmente humanos, habrá que hacer todos los esfuerzos posibles para que los mecanismos de interacción social altruista vayan relevando a los mecanismos egoístas. Esto supone romper muchos dogmas, siendo el principal el dogma capitalista de que cuanto más prospere uno más lo hacen los demás (Adam Smith se equivocaba: https://youtu.be/wS84q1SQwSU). También supone superar la sacralización de la democracia. Es un buen sistema de toma de decisiones para no matarnos unos a otros pero es intrínsecamente injusto (y fácilmente falsificable). Si justicia es dar a cada uno lo suyo y en democracia todos valen igual algo falla (Aquí un voceto para una democracia mejorada: https://www.dropbox.com/s/pzj81kyz80tjtpq/HIPERDEMOCRACIA.pdf?dl=0).
    Ciertamente en los últimos siglos se han dado ciertas coincidencias que nos han llevado hasta aquí. La principal ha sido la capacidad de utilizar energía fósil de tal forma que nos hemos comportado como lo haria cualquier plaga en condiciones favorables. Sin embargo estamos capacitados para procesar la información de forma más inteligente y, sobre todo, más ética que cualquier otra plaga sobre el planeta. Quizás sea demasiado tarde… o quizás no, pero intentarlo es a la vez nuestro destino y nuestra razón de ser.
    Suerte.

  12. avatar DFC dice:

    Interesante artículo, pero quizás debería profundizar en las instituciones y formas de ver el Mundo, de los que no se “duda”, aquellos que pertenecen a la “visión pre-analítica” de la sociedad, esos que son dados como “evidentes” en la cosmovisión actual, y decir algo que se aparte de esto es síntoma de “herejía” o mejor de “locura”

    En todas las sociedades antiguas existía la noción de “Hybris” como la llamaban los griegos, que era la base de una serie de relatos o mitos, que enseñaban el destino de aquellos que quería “jugar a ser dioses”. Por citar algunos de los mitos de la Antigüedad:

    + El mito de la Torre de Babel donde la gente decidió alcanzar “El Cielo” utilizando sus herramientas y máquinas (como Elon Musk ahora), pero al final cundió la confusión generalizada y todos se tomaron unos a otros como “extranjeros”; porque “El Cielo” siempre ha estado a nuestro alrededor, como es nuestro caso como la civilización actual y su sueño de “llegar a las Estrellas”

    + La expulsión del Paraíso cuando Adan y Eva comieron del fruto “del árbol del Conocimiento del Bien y del Mal”. Ese mito explicaría el paso de la naturaleza a la civilización, con un doloroso despertar a un mundo de trabajos forzados y sudor infinito

    + El mito de Prometeo, cuando el Héroe da a la Humanidad el “regalo” del Fuego, la tecnología que permite al Hombre dominar la Naturaleza a través de su destrucción sistemática, y entonces los Dioses le dan a Prometeo el “regalo” del sufrimiento eterno. Pero ¿qué es o qué significa “Prometeo”?

    + El mito del Rey Midas, que convierte en oro todo lo que toca. Porque en la primera sociedad basada en el dinero (en Grecia) sólo es importante el “oro”, el medio abstracto de auto-engrandecimiento; pero el Rey Midas no puede oler nada, no puede comer nada, no puede abrazar nada y sus seres amados se convierten en oro si trata de tocarlos. Nuestra civilización se construye como una “Máquina Midas” que destruye todo para convertir todas las “cualidades” en “cantidades”, que es la forma en que vemos el mundo en esta segunda sociedad basada en el dinero en la que vivimos, que construyó algo que llamamos “Ciencia” que sigue el sueño de Pitágoras (que vivió en la primera sociedad de base monetaria) de reducir “toda la esencia de las cosas a los Números” (Galileo dijo que “todo lo que no se puede medir no existe”, que es la esencia de La Ciencia Moderna), pero mientras tanto vivimos cada vez más aislados de nosotros mismos, de los demás y de la propia naturaleza

    + El mito de Ícaro que es similar al mito de la torre de Babel cuando el pueblo olvida su situación en el mundo y trata de cambiar drásticamente la naturaleza de las cosas para lograr más y más poder alzando el vuelo sobre los demás (¿para qué?)

    + La Caja de Pandora, que es el mito de la infinita curiosidad mórbida de la Humanidad, como por ejemplo la apertura de la Caja de Pandora Nuclear en la primera mitad del siglo XX que fácilmente podría significar, un día, el fin de la especie humana. Pero una curiosidad peculiar, guiada por el deseo de “conquista”

    Chicos, la verdad es que nosotros ya no tenemos Mitos, los tiramos a la basura, ya que contamos con la Ciencia. Los Mitos son propios de una era pasada donde el Hombre vivía aplastado por la superstición, el obscurantismo, el miedo, la brutalidad y la violencia (Hobbes decía que la vida del Hombre Natural era “nasty, brutish and short”)

    Gracias a la Ciencia nosotros conocemos, por fín, el Tejido del Mundo, sabemos que en ese conjunto de partículas y energía, sin “propósito” ni “sentido”, sometidos a las férreas “Leyes Naturales” asépticas que describen todos los fenómenos desde el Principio del Tiempo, no hay sitio para lo Sagrado, concepto muerto heredado de una época oscura y salvaje de gente ignorante que no tenía herramientas conceptuales y métodos para conocer “nada”, en cambio nosotros….

    Por fin tenemos la herramienta perfecta, la Ciencia, para alcanzar nuestro Destino de ser los Dueños y Señores de la Naturaleza (“Masters and Possesors of Nature”, Francis Bacon)

    A la postre “Prometeo” es la Ciencia, el Gran Demiurgo, El Mito de los Mitos, el Centro de Gravedad de nuestra civilización, nuestra Cosmovisión. Y su destino, el nuestro, será, siento decirlo, el mismo que el de Prometeo

    En realidad esa forma de ver el Mundo a través de las abstracciones, esa perspectiva que reduce lo cualitativo a lo cuantitativo a lo genérico,, propia del mundo financiero, del mercado (todo tiene un precio), es, en realidad, la cosmovisión que ha construído lo que nosotros llamamos “Ciencia”. ¿O creéis que es casualidad que la Ciencia Moderna naciera con el Capitalismo?

    La Ciencia es un proyecto nacido en un entorno socio-económico determinado, es, en realidad, si se contempla lo que ha hecho con el mundo, una herramienta más de ese sistema; y morirá con él, o se transformará en algo irreconocible, pues todo lo que lo sostiene ha entrado en una era de “profundos rendimientos decrecientes”

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