El camino a la Edad Media

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2016-09-18

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En el libro del autor La próxima Edad Media (Ediciones Bellaterra, Barcelona, 2008) se describen las consecuencias de los dramáticos colapsos sufridos por las sociedades humanas en el pasado y se advierte sobre la marcha imparable hacia un nuevo desastre, en este caso global. El presente artículo recoge extractos del apartado titulado “El colapso”, donde se dibuja un escenario plausible del proceso de deterioro y derrumbe al que conducen las contradicciones internas del actual sistema económico y las políticas que lo sustentan.

Si extrapolamos la situación actual y los intereses particulares siguen campando a sus anchas, podemos imaginar el siguiente derrotero (…). La contienda por los hidrocarburos se enconará cada vez más y los precios crecerán de manera desorbitada a medida que las reservas vayan disminuyendo y las fuentes alternativas no sean capaces de sustituirlos. Lo mismo ocurrirá con los otros materiales escasos y necesarios para la actual tecnología, o con los bienes de pura subsistencia como los recursos pesqueros (en medio siglo, desde 1950, las capturas se han multiplicado por siete, y tres de cada cuatro caladeros están agotados o sobreexplotados), o con productos que se pueden considerar de primera necesidad, como la madera para la construcción o para la industria papelera, que ya hoy es la causa de algunos de los peores desastres ecológicos. Las crisis financieras son como el misterio de la Trinidad, pero si cualquier catarro de Wall Street provoca pánico en las bolsas —es decir, en los bolsos de los inversores— y en la economía productiva de todo el mundo, una gripe como dios manda tendría efectos catastróficos. Sumando todo, el grito de sálvese quien pueda será general.

la-proxima-edad-media-jose-david-sacristan-300x467(…) Será un mundo más inseguro en el que aumentarán las tensiones y la desconfianza mutua. Eso conducirá a reforzar la seguridad propia, es decir, los ejércitos. En un ambiente así, el tráfico y el comercio internacionales se resentirán inevitablemente. Las empresas que producen los bienes más comunes o más sofisticados se tambalearán y muchas fracasarán. El nivel tecnológico caerá. La vida tenderá a recluirse en el interior de cada país, acorazándose, y en esas cápsulas la obsesión por el orden y la seguridad favorecerán el autoritarismo. (…).

(…). La diplomacia quedará muy mermada a medida que aumente la competición por los bienes escasos. La falta de frenos reavivará y dejará libres las tensiones que hoy a duras penas están contenidas: las de carácter étnico o nacionalista, los fanatismos religiosos y los agravios y los resentimientos reprimidos. El agravamiento de la inestabilidad económica y política alimentará migraciones masivas de una magnitud desconocida, reforzadas por las que se produzcan desde las regiones pobres que sufran los efectos negativos del calentamiento global en forma de inundaciones o desertización. (…).

Incluso en las regiones del Primer Mundo que consigan mantener una estructura económica básica, el deterioro económico hará imposible sostener la actual cobertura social, de forma que servicios esenciales como la educación, la sanidad y la seguridad se verán muy mermados y quedarán fuera del alcance de amplias capas de población.

(…). Si la economía cae lo suficiente debido a la inestabilidad mundial, a la autarquía, a la falta de petróleo, gas, electricidad y otros recursos, se pondrá en marcha un círculo vicioso imparable, un derrumbe en cascada, que puede ser muy rápido, y se hundirán la industria y el transporte y por tanto la producción y el flujo de mercancías. Con una economía en estado de colapso, la Administración no podrá financiarse en absoluto, y dejará de administrar. Eso significa que dejará de proporcionar servicios vitales, como el agua potable que ahora sale tan naturalmente por nuestros grifos, la sanidad, la enseñanza, las obras civiles y el orden público, por no hablar de asuntos aparentemente menores que rápidamente se convierten en mayores, como la recogida de basuras. Pronto dejará de importar la falta de productos y servicios propios de los momentos de prosperidad, porque la carencia de bienes de primera necesidad hará acuciante la mera supervivencia. La prioridad será abastecerse de alimentos, que la mayor parte de la gente hace ya mucho tiempo que no produce directamente y que habrán dejado de llegar a las tiendas a través de circuitos inescrutables, o de madera para cocinar y calentarse, o de agua potable. Será una misión casi imposible, porque una población tan numerosa sólo puede sustentarse con los medios de una agricultura, una ganadería, una industria alimentaria y una red de distribución como los de nuestra sociedad tecnocientífica. Cuando todo eso falte, la producción de alimentos sólo alcanzará para una parte de la población. Así que no bastará con volver a las viejas técnicas, sin contar con que la sociedad urbana no podría reconvertirse con suficiente rapidez. En algún momento, la gente de las ciudades saqueará las tiendas y los almacenes, y luego intentará desplazarse al campo. No es difícil imaginar lo que todo ello supondrá de violencia y desorden social, sin el aparato coercitivo del Estado. En un mundo sin ley, saldrán adelante los más fuertes, los más hábiles y los más ingeniosos. Pero tendrán que asociarse, en bandas depredadoras o en grupos de autodefensa. Los ciudadanos autoorganizados o —en una de esas bromas de la historia— los señores de la guerra serán los reductos del orden social, a partir de los cuales, después de la gran purga, podría empezar a resurgir algún día la vida civilizada, como en las humildes cortes medievales. (…)

Alcanzado ese punto crítico, es superfluo decir que se producirá un cataclismo sanitario, porque los servicios públicos no podrán sostener económicamente muchas de las caras infraestructuras hospitalarias ni las tecnologías y recursos de la medicina moderna que ahora actúan como un escudo. Así que ¿hasta dónde conseguiremos frenar a todos esos ejércitos de minúsculos guerreros que nos acechan y vigilan nuestras debilidades? (…)
Esto nos conduce al problema de la superpoblación. Si incluso haciendo bien los deberes haría falta un milagro para mantener a una población como la actual, en un mundo más poblado y lleno de dificultades, con una caída dramática de la producción, incluida la producción de alimentos, e incapaz de sostener un costoso sistema sanitario, eso será todavía más imposible. Aunque no lo hubiera dicho Malthus, sabemos lo que sucede en tales casos. Y no es nada agradable. La bacteria Yersinia pestis, la guadaña de la peste bubónica, segó entre los siglos VI y VIII un porcentaje importante, tal vez la tercera parte, de la población que ocupaba los territorios del antiguo Imperio romano, como había hecho antes otras veces en Eurasia y como lo hizo más tarde, en 1346, cuando desde Asia asoló Europa con el nombre de Peste Negra. ¿Creen que no puede volver a pasar algo así? Lo cierto es que pasará, ayudando a las guerras.

(…). Como decían en 1990 Paul y Anne Ehrlich en La explosión demográfica (The Population Explosion, una secuela alarmada del anterior libro de Paul, de 1968, The Population Bomb), “A menos que la humanidad reaccione y ponga remedio inmediato, será la naturaleza quien se encargue de acabar con la explosión demográfica —por medio de métodos poco agradables— mucho antes de que se alcancen los diez mil millones de habitantes”. La Humanidad no ha reaccionado, y caminamos hacia el desastre anunciado.

Casdeiro

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José David Sacristán de Lama

Arqueólogo, ex-profesor universitario, ex-arqueólogo de la Junta de Castilla y León, jubilosamente jubilado y presunto escritor en su tiempo libre, que ahora es mucho. Ha publicado varios ensayos —entre ellos, "La próxima Edad Media"— y la novela "El archivo de Göttingen", una fábula sobre el colapso.

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