Consideraciones sobre el documental «Mañana» o del arte de dibujar ventanas en el interior de una mina

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2016-06-20

Con su obra Técnica y civilización (1934), Lewis Mumford nos legó un análisis muy completo de la relación existente entre el desarrollo tecnológico y la transformación cultural —y por tanto también económica— que las sociedades occidentales han sufrido en los últimos siglos. Su análisis está plagado de imágenes con una gran capacidad evocativa. Una de ellas es la de mina. Para Mumford en la mina se encierra de manera paradigmática el núcleo de la mirada hacia el mundo que la ciencia moderna inauguró en el s. XVII, una mirada que supuso una discontinuidad radical en la relación entre el ser humano y la que a falta de otro término menos problemático llamaré naturaleza.

Lewis Mumford (Fuente: Wikimedia Commons)

Lewis Mumford (Fuente: Wikimedia Commons)

El minero, que sólo cuenta con la tenue luz de su candil para iluminar su caminar a través de los angostos túneles del subsuelo, no es capaz de captar formas o colores. Se diría que incluso los olores, inundados por el del sebo caliente, desaparecen allí. Esta fuente artificial de iluminación es también la responsable de que el día, y con él la mayor parte de los ciclos naturales, quede abolido. Este aislamiento convierte a la mina en el espacio por excelencia del trabajo. Trabajo concentrado, sin posibilidad de distracciones, extenuante. En las galerías no se puede hacer otra cosa que no sea picar, amontonar y arrastrar. Es más, en la evolución del régimen de trabajo de los mineros Mumford encuentra también una síntesis de las transformaciones que fue sufriendo la economía en general. Durante la Antigüedad el trabajo de extraer minerales de las entrañas de la Tierra fue cosa de esclavos y prisioneros de guerra. Para el agricultor, el ganadero o el artesano, una actividad como la minería a duras penas merecía el estatuto de trabajo. De ahí que el desarrollo de las técnicas metalúrgicas más avanzadas fuera relativamente tardío. Este desarrollo vino precisamente de la mano del inicio de las asociaciones de trabajadores libres —es decir, que funcionaban al margen de las estructuras gremiales— que en el s. XIV comenzaron a hacer de la minería su oficio en los territorios de la actual Alemania. Inicialmente pobladas por desheredados y marginales, las minas comenzaron a situarse en el centro de la vida social gracias al aumento de la demanda de minerales que siguió al desarrollo armamentístico y el papel central de éstas en el juego de la primera financiarización. Aunque no me detendré demasiado en ello, Mumford identifica con el nacimiento y extensión del capitalismo la rápida proletarización del trabajo en la mina —que prefiguró la explotación generalizada del mundo industrializado del s. XIX— y el uso de las minas reales como aval y elemento especulativo. De hecho, llega a señalar que hasta la misma noción de valor del Capitalismo, basada en la escasez y la fuerza de trabajo humana, deriva de la primitiva ocupación de extraer minerales de la tierra haciendo únicamente uso del pico y el músculo humano.

La mina, además, fue siempre un lugar repleto de peligros. Por un lado para los seres humanos que la poblaban. Un minero nunca sabía cuándo podía quedar atrapado por un desprendimiento o sufrir en sus carnes el impacto de la explosión provocada por la interacción entre los gases de la mina y su precaria iluminación. Pero no era necesario el elemento catastrófico y azaroso para que su salud se viera mermada, la prolongada exposición a la intensa humedad y, en general, a las duras condiciones del trabajo en las grutas, era fuente de frecuentísimas enfermedades crónicas como el reumatismo. Sin embargo, los peligros trascendían a los propios cuerpos humanos para extenderse al resto de la naturaleza. Mina siempre fue sinónimo de devastación en la forma de tala de bosques, desaparición de animales, contaminación del agua, etc. hasta el punto de que la vida humana llegaba a ser imposible en muchas regiones mineras. En resumen, y siguiendo a Mumford, podríamos decir que la mina fue el primer entorno completamente inorgánico habitado por el ser humano, el primer paso de una cruzada que dura ya siglos contra la vida en su carácter limitado y frágil, carácter que como seres humanos compartimos.

Hoy nuestro mundo es una gran mina. Lo es en primer lugar porque la artificialización del entorno ha alcanzado cotas que ni los más aventurados críticos de los siglos pasados podrían haber imaginado. Solamente hace falta pensar en la biotecnología y su capacidad de modificar las realidades más básicas de los seres vivos o en el tipo de ciudades en las que se apiñan hoy más de la mitad de los seres humanos. Esas ciudades esquizofrénicas que son capaces de conjugar la desigualdad brutal encarnada en los slums y la promesa de las smart cities con su planopia de implantes tecnológicos y su creciente capacidad de control enmascarada bajo la forma de un aumento de libertad. Pero si las sofocantes avenidas del mundo contemporáneo son las análogas de aquellas grutas y galerías de las minas del pasado es sobre todo por el tipo de ser humano que las habita, el hijo de la gran mutación antropológica del siglo pasado. Lo que ayer fuera patrimonio de pobres desgraciados condenados a la oscuridad perpetua y a la muerte prematura es hoy el marco de relación hegemónico entre seres humanos y entre éstos y la naturaleza. La atomización, la mercantilización de cada vez más aspectos de nuestra vida, la personalidad-empresa del neoliberalismo, la administración del mundo y su avance incuestionado… Todo ello son ecos de la ceguera del minero, de su atrofia para todo lo que no sean los aspectos puramente cuantitativos; pero sobre todo es la forma refinada de una negación de la vida que nos lleva hoy a ver las fronteras de nuestra condición humana desdibujadas hasta el punto de no ser capaces ya de reconocerlas. Tampoco los peligros son menores. A la catástrofe que supone hoy el funcionamiento cotidiano de la gran máquina en la que se ha convertido nuestro mundo se le une una crisis ecológico-social que, tras siglos de desarrollo larvado, comienza hoy a dejar su capullo y dibuja un horizonte de disrupción a gran escala del metabolismo de las sociedades humanas. Y ante todo esto parece que lo único que somos capaces de hacer como sociedad es dibujar ventanas en las paredes de la mina pretendiendo así que podremos salir de ella.

Los ejemplos abundan en la literatura, la filosofía, la economía o la política. El transhumanismo, la ideología del crecimiento perpetuo o la tecnofilia desatada de nuestras sociedades son algunos. En la mayor parte de ellos se juega a negar los peligros y la realidad material de nuestro metabolismo social para dar lugar a retóricas tan tranquilizadoras como contrafácticas. La estrategia básica de estos discursos es afirmar que todos los valores, mecanismos económicos y consensos culturales que nos han llevado hasta el callejón sin salida en el que nos encontramos hoy son los que, mutatis mutandi, nos sacarán de él si tenemos la paciencia y la fe suficientes. Al fin y al cabo no debemos subestimar el papel de primera línea que las mitologías contemporáneas —el progreso, la tecnología, etc.— juegan en la extensión y el éxito de este tipo de estrategias. Hay, sin embargo, una parte de la población que no traga con algunos de los supuestos básicos de estos discursos. Es para ésta para la que se reservan los discursos más nocivos, aquellos en los que se afirma tomar como punto de partida la precaria situación de nuestro mundo y, por extensión, en los que las soluciones que se proponen pretenden ser también panacea de la misma. Un ejemplo claro de este caso es el documental Mañana (Demain). Si tuviéramos que resumir en unas pocas palabras lo que sus directores —Cyril Dion y Mélanie Laurent— plantean a sus espectadores responsables y ecológicamente concienciados en las dos horas de metraje diríamos que su objetivo es demostrar que a día de hoy contamos con suficientes iniciativas pioneras en los ámbitos cruciales de nuestra vida social como para que la transición a un mundo futuro en el que todos los comportamientos disfuncionales del cuerpo social quedaran superados es planteable y factible. Para demostrarlo proponen un viaje por todo el mundo a la caza de distintos proyectos alternativos divididos en cinco ámbitos: la agricultura, la energía, la economía, la democracia y la educación. El formato entrevista, predominante durante toda la película, nos permite ir conociendo de manera cercana y personal las motivaciones de los protagonistas de las iniciativas, la historia de las mismas, los reflexiones en torno a su significación global y, en muchos casos, su profunda solidaridad con los valores y lógicas dominantes…

Captura del trailer de la película.

Captura del trailer de la película.

Sería largo y tedioso desarrollar un listado sistemático de todos los proyectos, argumentos y comentarios que integran el documental y que fundamentan la afirmación precedente. Sin duda en algunos casos la defensa del orden establecido es tan transparente que el espectador queda entre estupefacto y molesto. Por ejemplo, la inclusión de un proyecto que tiene como objetivo utilizar a presos como mano de obra para al instalación de grandes conglomerados de energías renovables industriales. También la aparición de una fábrica de papel en la que aprendemos que ser ecológico, o si queremos plantear la cuestión en términos más amplios ser partidiario de una transformación social, no requiere renunciar ni a la producción fabril ni a los males que le vienen asociados. Si realizamos unos cuantos retoques ecológicos en nuestra fábrica no sólo no tendremos que renunciar al productivismo, ¡de hecho los beneficios aumentarán! ¿Qué más da que la división del trabajo y la servidumbre maquínica de los trabajadores de la fábrica sea deshumanizante y alienante? Siempre y cuando hagamos una modesta renuncia al credo del crecimiento perpetuo, mostremos una concienciación ecológica políticamente correcta y, lo más importante, demostremos que todo ello no nos impide poder tener una empresa que genera beneficios en el juego de la economía global, todo irá sobre ruedas. Es más, seremos un ejemplo a imitar y nuestra empresa podrá disfrutar de publicidad gratis en un documental progre. Nos podría servir de igual modo la selección en el apartado de democracia del proyecto de renovación de la constitución islandesa, movimiento que a lo más que aspira es a defender al Estado frente a los envites de una economía globalizada cada vez más agresiva. No entraré aquí en muchas consideraciones sobre el papel que ha jugado y juega el Estado a la hora de pensar en los problemas que nuestro mundo tiene y el modo de hacerles frente. Sin embargo, incluso aquellos defensores de un papel activo y positivo de algo parecido a un ente estatal en la labor de pensar el qué sea una sociedad libre y en los modos de alcanzarla estarán de acuerdo en que renovar la constitución de un Estado liberal opulento con el fin de salvaguardar la libertad de consumo de su población no es precisamente el tipo de estrategia en la que deberíamos estar pensando. Lo anterior, en cambio, no es lo peor que el documental nos reserva. Y es que en el grueso de los casos problemáticos la defensa del statu quo recorre veredas más sutiles, adopta estrategias de embozo que hacen dicha defensa más peligrosa precisamente por inadvertida.

cartel-poster-pelicula-mannana-demain-369x506Una de estas estrategias veladas es el cierre interesado del plano, o si queremos ser más claros, la omisión interesada de datos fundamentales para comprender y contextualizar proyectos y afirmaciones de los protagonistas de éstos. Quizá el ámbito en el que más se acusa este defecto es en el energético. Al hablar de las iniciativas que plantean hoy alternativas a nuestra extrema dependencia de los combustibles fósiles los directores nos llevan hasta Islandia de nuevo para descubrirnos que el grueso del consumo energético de la isla proviene de centrales geotérmicas, grandes instalaciones aprovechan el calor del interior de la tierra para generar electricidad. De lo que no oiremos una palabra es de que las localizaciones en la corteza terrestre en las que una práctica de este tipo es posible son tan limitadas como errática su distribución, lo que convierte el caso islandés en una tremenda excepción. La película también recala en el despacho del alcalde de Copenhague, gracias al cuál aprendemos que una gestión responsable y previsora de una ciudad es la solución a cualquier problema de abastecimiento energético. Basta con imitar la gran central de producción de energía eólica situada varios metros en el interior del mar desde la costa danesa para garantizar de por vida el suministro de las ciudades del mundo. Es más, si a esto le unimos políticas de eficiencia energética y la imparable tendencia a la desmaterialización de las sociedades occidentales desarrolladas —desmaterialización tan falaz como verídica es la industrialización descontrolada y nociva de la zonas que producen nuestras mercancías, p.e. China— lo que el documental parece indicar es que sólo faltaría algo de voluntad política para que la problemática energética fuera un capítulo cerrado para siempre.

La situación, por desgracia, está lejos de ser esa. En primer lugar porque en ningún momento se hace referencia explícita a que un ámbito tan fundamental como el transporte —especialmente relevante en tanto que en el documental no se cuestiona la globalización con un fenómeno nocivo ni se plantea una necesaria descomplejización metabólica— depende casi en un 90% de la energía fósil. Y por mucho que políticas de fomento del uso de la bicicleta acompañadas de modificaciones materiales concretas en los espacios urbanos puedan reducir el uso del coche en el interior de las ciudades, caso que se ilustra también para la capital danesa, el grueso del transporte internacional en la forma de grandes cargueros transatlánticos y de camiones no puede ser sustituido por bicicletas. Llega a ser irritante como los directores despachan la cuestión del desmesurado consumo energético de nuestro mundo con una entrevista a un profesor de Universidad que critica aceradamente la utilización de pantallas publicitarias en el metro parisino… Bien, es cierto que es una realidad dañina y energéticamente inviable pero, ¿en serio creemos que nuestro peor problema a nivel de consumo es ese? Por otro lado el tratamiento de las renovables que se vislumbra en todo el metraje deja de lado dos realidades esenciales. La primera, su naturaleza subsidaria de los combustibles fósiles. Ésta es especialmente sorprendente que no se aborde cuando el ejemplo de producción eólica que los directores eligen requiere para las labores de mantenimiento del uso de ¡helicópteros! Aunque este sea un caso extremo, en general la instalación, mantenimiento y sustitución de los generadores de renovables necesitan utilizar energías fósiles en funciones no electrificadas y que sólo podrían ser electrificables si se diera una transformación bastante profunda del grueso de la infraestructura energética. Pero en segundo lugar, al dejar de lado la realidad de igual modo limitada de los minerales que conforman e integran los generadores —por ejemplo las tierras raras—, además de los costes sociales elevadísimos que su extracción implica, se genera la ilusión de que la extensión de las centrales de producción renovable no tiene frente a sí límite alguno. A todo ello se une un silencio total sobre la cuestión de la organización de la producción y la titularidad de las centrales. Ni una sola palabra sobre el hecho de que las grandes centrales de producción renovable son a día de hoy propiedad de las mismas empresas titulares del grueso de la producción fósil, empresas que a lo largo de las últimas décadas han despuntado por su violento centralismo y por su prácticas terroristas con las personas que han defendido sus territorios frente a su avance e invasión.

En otros ámbitos estas ausencias son también notables. Pensemos en la asunción absolutamente acrítica del papel del Estado en nuestra organización social, actitud que es especialmente pronunciada en el abordaje de la cuestión de la educación. Al elegir como ejemplo de enfoque educativo alternativo el encarnado en el sistema educativo finés los directores vienen a decirnos que no hay nada que discutir sobre la existencia de la escuela o el monopolio estatal de su gestión. También en el ámbito de lo económico resulta tremendamente llamativo, como comentaba al hilo de la cuestión energética, que no aparezca ni una sola mención a la globalización económica y sus dinámicas asociadas más allá de el supuesto estado de crisis en el que se encuentra. Eso lleva a que, cuando se aborda la cuestión de las monedas alternativas, el discurso subyacente sea que éstas sólo tienen sentido en el marco de una economía global con una moneda dominante que tiene que de igual modo tender a serlo. Así estas monedas alternativas no se convierten en la posibilidad de desarrollar una mayor autonomía local al reforzar la producción y el intercambio a pequeña escala, y por supuesto ni por asomo se plantean como una estrategia de transición hacia una desmonetarización que tras una fase de normalización del intercambio local y de generación de redes de confianza pudiera instaurar la posibilidad de un trueque. Nada de eso. A través de los ojos de los directores estas monedas se convierten básicamente en la condición de posibilidad de un ya imposible funcionamiento saneado del capitalismo global. Es decir, frente a la huida hacia adelante descontrolada de una economía mundial financiarizada que sedienta de beneficios acumula en sus márgenes a población inempleable de la que no puede ya garantizar la mera reproducción material, las monedas alternativas se convirtirían en aceites que engrasaran el motor económico alzándose precisamente como mediadores de la reproducción material mediante la producción y el intercambio local. Todo ello con el fin de que, en el uso dual junto a la moneda oficial, el mecanismo pueda seguir su movimiento desenfrenado. Es hipócrita hablar de alternativas económicas sin poner sobre la mesa que la única alternativa posible es, como mínimo, una salida del Capitalismo. Lo económico juega también un papel central en otra estrategia omnipresente en el documental. Ésta consiste básicamente en ejercer un reduccionismo violento en casi todos los proyectos que limita el rango de posibles valores a encarnar a uno sólo: el productivismo. Quizá el caso más paradigmático de ello sea la visita que los directores realizan a una granja permacultural en la Normandía francesa. Allí, de mano de los permacultores, descubrimos las miserias de la agricultura convencional: su abuso de pesticidas y suelos, su enfoque meramente económico, etc. Sin embargo, lejos de presentar la permacultura como una alternativa emancipatoria, fácilmente replicable y, en mi opinión lo más relevante, con un enorme potencial para la extensión descentralizada; lo único que oímos machaconamente, una y otra vez, es que la permacultura es más productiva y, por supuesto la palabra mágica, rentable. Este tipo de enfoque centrado en la cuestión del beneficio se repite en muchas ocasiones a lo largo del documental.

En resumen, y para no agotar al lector, se podría decir que en las dos horas de película vemos como una y otra vez algunos de los dogmas centrales de nuestra sociedad se repiten hasta la saciedad: el tecnoptimismo, el productivismo, la monetarización,… Aquellos valores de la mina que han conformado y dado aliento a nuestra civilización salen indemnes de esta supuesta mirada crítica. Sobre todo en lo relativo a la dialéctica entre naturaleza y técnica. Se podría decir que enfoques como el de este documental dan una vuelta de tuerca a la ruptura fundacional con la naturaleza que constituyó la partida de nacimiento de nuestra civilización. Si durante siglos hemos vivido de espaldas a la naturaleza creyendo que las galerías de nuestra cultura industrial eran suficiente aislamiento de la misma, vemos hoy como el nivel del agua de nuestra mina aumenta y el aire es ya casi irrespirable. Sin embargo lejos de salir de ella, lejos de romper con esa mirada que nos separa del mundo natural, pretendemos hacer de la naturaleza otra forma de técnica, nuestra intención es modificar el mundo a una escala tal que la distinción orgánico e inorgánico deje ya de tener sentido. Así las soluciones básicamente técnicas en un sentido elluliano que conforman la espina dorsal de la propuesta de cierto ecologismo institucional bien reflejado en esta pieza de video proponen finalmente que la salida a los desastres de nuestro mundo social administrado no es acabar con sus dinámicas, sino extender esa administración al grueso de la vida en la tierra. Sólo de ese modo podremos salvarnos, sólo así conseguiremos cambiarlo todo para finalmente dejarlo todo igual. Con lo anterior no pretendo decir que todas las iniciativas que aparecen en el documental, o que más en general se plantean desde ciertas trincheras ecologistas, sean nocivas o desechables. Algo así sería un sinsentido. Por ejemplo las iniciativas democráticas en los pueblos de la India, la permacultura o la extensión de los huertos urbanos, todas ellas reflejadas en el documental, forman para mí parte de cualquier estrategia que se plantee hoy seriamente y de manera radical la posibilidad de una autonomía política y material para el ser humano. Como cualquier otro minero más forzado a vivir en el subsuelo, ¿cómo criticar a quién trata de hacer algo más amplia la gruta o traza algún que otro dibujo en la pared para tratar de humanizar un ambiente hostil hasta ese grado? Tampoco se debería interpretar de los párrafos precedentes que yo tengo la solución definitiva, el camino infalible a seguir, la visión preclara desde la que juzgar todo y a todos. La crítica precedente se dirige más bien a productos como Mañana, producciones culturales cerradas que al dar una determinada forma instrumental a las iniciativas hoy en marcha, enmarcándolas a su vez en un discurso muy determinado, generan la tranquilizadora ilusión de que ya existe una solución a todos nuestros problemas, solución que además debe ser estrictamente técnica. Sin embargo lo único que hacen es cerrar los ojos ante la profundidad y la verdadera naturaleza de dichos problemas. Si seguimos creyendo que las ventanas que muchos se dedican a dibujar en las paredes de nuestra mina son verdaderas salidas, terminaremos por rompernos la cabeza contra la piedra en el intento de escapar.

Polo

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Adrián Almazán

Uno más de los que estamos metidos en este atolladero. Interesado en el antidesarrollismo y la crítica anti-industrial como herramientas para intentar salir de él.

10 Respuestas

  1. avatar Keny dice:

    Permitame, por un momento, que discrepe.

    Esta “supuesta mirada crítica” que usted atribuye a este documental, bajo mi punto de vista, no es tal.
    En mi opinión, con todos sus errores de base y sus falacias encubiertas, esta obra consigue algo que usted ni siquiera considera en su abigarrado análisis, y es que apela a la conciencia del “espectador medio” e incita al movimiento infinitamente más que otros documentales similares con un análisis de la realidad mucho más correcto, y esto por dos motivos que yo creo vitales:

    1. Es un mensaje de tono optimista. Es triste pero la gente esta harta de noticias negativas que le llegan día sí y día también desde todas partes. Un nuevo análisis en tono negativo de la realidad es automáticamente asignado por el cerebro al cajón de sastre de “lo mal que va todo” y la atención de la mayoría pasa por él de puntillas. De nuevo, es triste, pero tal como yo lo veo, es así.
    2. Es un ejercicio muy exitoso creo yo en el trazado de puentes. Muestra que ya existen iniciativas más o menos avanzadas que tienden puentes transitables hacia otra manera de ver y relacionarse con el mundo. Muy de acuerdo con usted en que la dirección puede no ser la más acertadísima y la que en último término habrá que tomar sí o sí, queramos o no, pero al menos es una dirección DIFERENTE a la actual. Algo veo seguro en el mundo: vamos todos de cabeza al abismo tanto más irremediablemente cuanto más tiempo tardemos en hacer *algo*, y cuando digo todos quiero decir exactamente eso.. mientras la inmensa mayoría de la población con más poder en este planeta (el llamado primer mundo) siga absolutamente absorvida por la televisión y las, en general, estúpidas preocupaciones de la semana laboral, nada de significancia va a cambiar en el mundo..

    Tenga muy en cuenta que estoy en todo momento hablando de “el espectador medio” porque, bajo mi punto de visto, es el que más importa.. Sólo cambiando aunque sea mínimamente a la masa se puede conseguir un cambio en la práctica, y un cambio de tipo práctico a nivel global es necesario desesperadamente. De nada sirve sentarse a analizar sesudamente visiones de la realidad para ver si se adecúan perfectamente a un ideal de futuro dibujado por tal o cual teoría filosófica. La teoría sin práctica no es más que un pasatiempo de sobremesa.

    No estoy intentando desmerecer su artículo. Usted plantea puntos perfectamente válidos.. Especialmente el capítulo de energía de esta obra es un verdadero brindis al sol, pero en mi humilde opinión es un brindis perfectamente válido si sirve para mover a la masa.
    Considere que el público de esta película ya es reducido de por sí, porque el tema que trata ya es bastante nicho. A mi me parece un verdadero triunfo simplemente que un documental donde se habla seriamente del movimiento de Transición haya sido proyectado en salas comerciales!

    Necesitamos movimiento a una escala verdaderamente planetaria, el tiempo se nos echa encima. Algo de ese calibre sólo es posible si apelamos a la conciencia de la masa. Ya habrá tiempo de corregir el rumbo una vez estemos en marcha, pero hay que ponerse en marcha ya!

    • Keny, creo que tu defensa del documental no rebate en absoluto la crítica que le hace Adrián, por una razón muy sencilla: se puede ser motivador y mover a la gente (concepto en el que insistes), incluso generando una esperanza revolucionaria, ofreciendo una visión mucho más realista del panorama energético (choca que te parezca bien difundir las Transition Towns pero no encuentres grave que no se explique el fenómeno del agotamiento energético que le da razón de ser), y promoviendo un sistema no capitalista, no productivista, no mundializado, etc. Mucha gente lo hace, comenzando por Ted Trainer y su Vía de la Simplicidad, o lo que hemos intentado hacer desde Véspera de Nada con nuestra Guía para o descenso enerxético. También es lo que intentamos hacer en esta revista, no sé si con mucha fortuna. Vamos, que no es necesario engañar a la gente con falsas ilusiones de salvarnos con pasos inconexos dentro del sistema, para poder moverse hacia la trasformación necesaria. Los defectos del filme no se justifican desde el momento en que otro mensaje más radical, honesto y riguroso puede lograr también llegar al gran público y ser ilusionante sin ser iluso.

      De todos modos creo que has hecho una lectura bastante superficial del texto de Adrián y no has captado el fondo de su crítica, visualizado en la parábola de las ventanas en la mina.

    • Voy a intentar explicarlo de otra manera. ¿Que el documental muestra algunas iniciativas que muestran algunos cambios necesarios en la práctica? Seguramente. Pero el problema del documental es que no aborda los problemas, los principales: el crecimiento, el capitalismo-industrialismo, el mito del progreso, la tecnolatría, la ilusión de control… Y en ese sentido, vacían de sentido las referencias concretas que aporta, las desenfoca totalmente.

      Sabemos que la gente es consciente de que los combustibles fósiles se nos acaban; el problema está en que piensan que habrá alguna “solución” a eso. ¿Este documental contribuye a desengañar a la gente? Creo que no. Por eso contribuye más que en la dirección necesaria, a despistar a la gente, a prolongar las ilusiones sin fundamento.

      • avatar Pablo dice:

        Aun no veo el documental, pero creo hacerme una idea a partir de lo que se comenta en el artículo y de los comentarios que se focalizan en su aspecto aspecto positivos.
        Comprendo que si uno quiere profundizar y “desengañarse” no sirven los documentales sino la bibliografía más especializada y crítica.
        Pero por cierto, en realidad escribo para que me guíen y orienten en la búsqueda de documentales que movilicen a la gente y sean más realista con el escenario que, cual tsunami, se nos viene.
        Acabo de descubrir esta página e intuyo que me será de mucho ayuda.
        Saludos cordiales y muy lindo poder leer sus opiniones.

  2. avatar Dolores Póliz dice:

    Yo también discrepo de la crítica que hace Adrián Almazán sobre el documental y comparto la opinión de Keny.

  3. avatar Keny dice:

    Con todos los respetos Manuel, dónde está ese mensaje radical, honesto, riguroso y que a la vez llega a la gente, porque yo no lo veo por ningún lado…
    Lo principal que quiero transmitir es que si desde una tribuna (como es esta) que se supone pretende promover un cambio global (corrigeme si me equivoco) nos entretenemos en criticar esfuerzos que van también en dirección similar, aunque con importantes diferencias, pues apaga y vámonos.
    Como decía en mi comentario, más acción y menos disquisición.

    • Con todos los respetos Manuel, dónde está ese mensaje radical, honesto, riguroso y que a la vez llega a la gente, porque yo no lo veo por ningún lado…

      Entonces me das la razón: este documental podrá llegar a la gente (¿a cuánta, por cierto? ¿A la mayoría de la sociedad? mmm… va a ser que tampoco), pero no es riguroso (eso por lo menos).

      ¿Es útil llega a mucha gente descafeinando el mensaje y dando falsas esperanzas? ¿Es eso lo que queremos, lo que necesitamos, lo que requiere el momento histórico? Yo creo que no. E incluso reconozco como indica Adrián que puede ser incluso contraproducente, peligroso.

      Otros mensajes más radicales, sinceros y rigurosos se están difundiendo desde hace tiempo. ¿Que no llegamos a toda la gente que deberíamos llegar? Bien, habrá que hacer mejor las cosas… o quizás es que hay barreras insuperables (las cuales hemos analizado en diversas ocasiones, incluso en estas páginas)… ¿Se habla de ellas en este documental, acaso? ¿Cómo librarnos de unas cadenas que no somos capaces de ver? Si hubiese abordado esa cuestión, como hacen otros documentales, sí que habría supuesto algo realmente útil en la dirección apropiada, en el camino del “despertar” colectivo. Pero creo que en ese sentido el documental aporta bien poco, la verdad.

      Lo de “entretenernos en criticar”, parece un poco despectivo, ¿no? ¿Te parece un entretenimiento? ¿Acaso el “entretenimiento” peligroso no es el que anestesia a la sociedad y desactiva el cambio radical dando a entender que con pequeños cambios progresivos y desarticulados dentro del mismo sistema nos podremos salvar del desastre?

      Y lo de que “van en dirección similar” es tu interpretación subjectiva. Adrián precisamente creo que argumenta que no es así y que de hecho la dirección puede ser divergente hasta el punto de alejarnos del objetivo último. Porque según tú ¿cuál es esa dirección similar? ¿Cómo puede ser similar si no critica el productivismo, el capitalismo, el fosilismo? No alcanzo a ver la “similitud”…

      Y sí, más acción, pero sabiendo a dónde vamos. La acción por la acción puede llevarnos a gastar energías más tarde irrecuperables. Y por cierto, hay otras experiencias, otras iniciativas más radicales que en este documental no aparecen… Hay acción y acción. Y en esta documental se ha seleccionado, dejando otras fuera. Habrá que preguntarse por qué…

      • avatar Keny dice:

        Sí, os doy la razón a los dos, yo también pensé que este documental estaba lleno de pequeños (incluso grandes) errores, pero mi sensación principal fue la de que tenía capacidad para movilizar siquiera mínimamente las cabezas, y por tanto valoro el esfuerzo, y mucho.

        Dices más atrás que “Sabemos que la gente es consciente de que los combustibles fósiles se nos acaban”.

        Muchísima gente no está siquiera en este punto!
        Hablo por experiencia directa después de muchas conversaciones sobre el tema, y ese es mi argumento principal, que lo primero es que de verdad la gente se empiece a enterar de lo que está pasando (iba a usar el verbo “concienciar”, pero es uno de esos que el sistema se ha apropiado y no lo soporto :P)

        No pretendía sonar despectivo con lo de “entretenernos”, pero la verdad que es una actitud que veo mucho en la izquierda (no estoy diciendo que lo seáis, a mi esos términos arcaicos me parecen cada día más irrelevantes), la de dedicarse a criticar errores de forma o concepto en un intento supongo de ver “quién es más radical”, sin querer ver que hay todo un universo de cuestiones prácticas que son, como mínimo, igual de importantes..
        De nuevo, no digo que vosotros hagáis esto, yo valoro muchísimo vuestra iniciativa (soy orgulloso poseedor de vuestra edición inaugural), pero este artículo me ha sonado mucho a eso, y de ahí viene en el fondo mi contracrítica.

        Me despido reiterando mi única tesis: el documental va “en dirección similar” (por supuesto en mi interpretación), entendiendo que en el punto al que estamos llegando incluso intentos que nos puedan parecer descafeinados / interesados / reformistas / errados en el discurso son positivos si consiguen una mínima movilización real en esta sociedad, en palabras de John Michael Greer, “culturalmente senil”.

        Un saludo.

        • La referencia a que la mayoría de la gente (en España) es consciente de que se acaban los combustibles fósiles la tienes en una encuesta que Jorge Riechmann viene utilizando estos últimos años:

          La encuesta “Perspectivas de futuro de la sociedad”, realizada en diciembre de 2013 (a una muestra de 1.200 españoles y españolas mayores de 18 años), mostró que el 92% creía probable que, en los próximos veinte o treinta años, haya de reducirse drásticamente el uso de combustibles fósiles, ya sea por agotamiento de los recursos o para evitar un cambio climático catastrófico.

          Pero de esa gente, sólo el 23’8% cree que habrá escasez de energía y crisis económica (es decir, apenas una de cada cinco personas del total).

          El resto confía en que las energías renovables, la energía nuclear y quizá nuevos inventos permitirán continuar con el business as usual: a esto podemos llamarlo fe ciega en la técnica, o tecnolatría

          • avatar Adrián Almazán dice:

            Hasta ahora no había respondido básicamente porque estaba de acuerdo con lo que Manuel iba bosquejando en sus respuestas. Tan sólo añadiría que mi intención a la hora de escribir un artículo como éste no fue en absoluto el demostrar que soy el maś radical de todos, o en repetir la ya repetida ad naseam estrategia de revolucionario/reformista.

            Tal y cómo traté de indicar en el párrafo final, lo que me preocupa de un producto cultural como éste es el hecho de que, cerrando los ojos antes los problemas que creo yo son los más fundamentales -en concreto el de la ya discutida en otros artículos necesaria mutación antropológica del tipo de seres humanos en el que más de dos siglos de industrialización nos ha converido- genera un terrero fértil para el tecnoutopismo y la pasividad.

            Así que como dice Manuel, acertadamente en mi opinión, acción sí pero la acción necesaria. Difusión sí, pero de los datos más precisos que tengamos. De no hacerlo así seguramente nos encontraremos con que la verdad nos explotará en la cara y los supuestos esfuerzos encaminados en la misma dirección acabarán siendo inútiles o perniciosos.

            Insistó también por último en que la crítica es al documental, no necesariamente a todas las iniciativas que en él se retratan.

            Un saludo

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