Una lectura peakoiler de «Los desposeídos» de Ursula K. Le Guin

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2016-06-13

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A aquellos que ya han dormido,
oh, luz del este, despierta.
Se romperá la oscuridad.
Será cumplida la promesa.
(Himno de la Insurrección)

Recientemente tuve al fin la ocasión de leer una novela que me interesaba desde hacía años, y que diversas personas me habían recomendado (entre ellas quiero agradecer especialmente al ilustrador gallego Denís Fernández por haber sido el primero en hablarme de ella). Los desposeídos (The Dispossessed, 1974) es una de las novelas fantacientíficas más conocidas de quien sin duda es la gran dama de la ciencia ficción, Ursula Kroeber Le Guin[1] (California, 1929) y probablemente una de las descripciones noveladas de la utopía comunista no autoritaria más elaboradas y más honestas[2].

No pretendo hacer una crítica o reseña al uso de esta magnífica novela (por lo visto inencontrable en España en edición separada; sólo se puede conseguir en una edición conjunta de Minotauro con otras dos premiadas novelas de la autora: El nombre del mundo es bosque y La mano izquierda de la oscuridad bajo el título común de Los mundos de Ursula K. Le Guin; será a esta edición a la que hagan referencia los números de página que citaré), que ya otros han hecho antes de manera muy exhaustiva[3]. Lo que me interesa aquí es resaltar ciertos aspectos que he encontrado de especial interés para quienes nos preocupamos por el colapso de la actual civilización, en esta novela utópica de una autora que reúne características muy prometedoras per se: es feminista, taoísta y anarquista (o cuando menos filoanarquista). Además, el feminismo de Kroeber Le Guin nos resulta singularmente atractivo pues es uno de esos feminismos que podríamos calificar de postindustriales al estilo de Begoña de Bernardo o de Pedro Prieto; así, en una entrevista realizada en 2008 afirmaba[4]: “Lo cierto es que las mujeres aún tienen más posibilidades de terminar al cuidado de la casa que los hombres —quizá cosiendo, quizá suspirando, quizá estudiando matemáticas o tocando la viola, pero casi siempre al cuidado de los niños, poniendo la comida en la mesa o limpiando el suelo. ¿Hay que avergonzarse de ello? ¿En qué hace a la mujer inferior al hombre dedicarse a esas tareas? Las mujeres no tienen por qué imitar al hombre para ser consideradas seres humanos.” Ya hemos hablado en nuestra revista de que la sociedad del futuro tendrá que ser en buena medida femenina en su sentir y en su actuar, aparte de ser una sociedad probablemente sin Estado. En ese sentido, nos dice un personaje femenino de Los desposeídos algo muy revelador: “Creo que la mayoría de los hombres tienen que aprender a ser anarquistas. Las mujeres no necesitan aprender.” Por otra parte, el anarquismo y el taoísmo están imbrincados para Ursula K. Le Guin de una manera inseparable[5], lo cual podemos percibir también en esta obra, que bebe así mismo de la contracultura de su época, donde aún vibraban las ideas del 68, por ejemplo el pacifismo (es inevitable, en una de las escenas de la novela, acordarnos de la masacre ejecutada por la Guardia Nacional estadounidense el 4 de mayo de 1970 en la universidad estatal de Kent, Ohio[6]).

En primer lugar resaltaré que la obra, al igual que otras del género utópico (desde Utopia de Thomas More hasta Entropia de Samuel Alexander[7]), sitúa la sociedad idealizada en una isla (en este caso, metafóricamente, ya que se trata de un planeta, o más bien un satélite: Anarres). Así, nos trae inevitablemente a la mente el concepto de islas de ruralidad o de icarias del que solemos hablar en la literatura peakoiler-kollapsnik. Concretamente, me resulta valioso el planteamiento que K. Leguin hace de la relación de esa isla con su exterior (simbolizado aquí por el planeta gemelo Urras, especialmente con un país imperialista-capitalista, trasunto de los EE.UU.), el tenso equilibrio entre autarquía-aislamiento y unas limitadas importaciones-exportaciones, no sólo de materiales (de nuevo nos encontramos con un concepto geopolítico recurrente en contextos de escasez: el colonialismo de recursos), sino de ideas… tema que resulta central para la historia que nos cuenta la autora californiana. Una historia de utopía, sí, pero una utopía muy diferente a las que venían predominando abrumadoramente en la literatura utopista previa, pues no presenta una sociedad aislada de perfección inmutable, sino una utopía dinámica (ambigua, como se califica en el subtítulo de algunas ediciones), enfrentada dramáticamente a la influencia exterior y a la necesidad de la revolución permanente para no anquilosarse, traicionarse a sí misma y colapsar.

Es notable, así, la presencia constante en la obra de las sombras de la utopía, de cómo la sociedad ideal, enfrentada a un entorno hostil (per se, por las duras condiciones ecológicas y de escasez de recursos; pero también por la amenaza siempre latente de una invasión del propietariado del planeta vecino), se enfrenta a diversos problemas tanto materiales como organizativos y sociales, estando también presente la dificultad del surgimiento del hombre (entiéndase también mujer) nuevo revolucionario (la revolución interior, que solemos decir). La descripción de cómo se organiza esta sociedad no tiene nada que envidiar, en mi opinión, a obras ensayísticas como La vía de la simplicidad, del también veterano Ted Trainer, a la cual no por casualidad me ha recordado, pues ambos han bebido del anarquismo pragmático y eco-consciente de Murray Bookchin.

También resulta interesante ver cómo la autora —seguramente influida por el despertar del ecologismo cuando escribió la obra (1974, apenas 2 años después de la publicación de The Limits to Growth, 12 después de la publicación de Silent Spring) e incluso, posiblemente, por la primera crisis del petróleo (1973)— incluye en su cronología tanto terrana como urrasti, la cuestión del agotamiento de recursos (incluso con el concepto implícito de la TRE decreciente y del coste creciente de obtención de minerales), algo que entonces no era aún moneda común ni en la política-ensayística covencional ni en la literatura de ficción-anticipación: en el caso urrasti, un agotamiento resuelto no sin dificultades permitiendo tras la “era de la auto-expoliación” la continuidad de los diversos modelos industriales (capitalista y socialista autoritario) y que incluso aún se disponga de petróleo y “aceites fósiles” en dicho planeta; y en el de la Tierra con una caída de la población desde 9 mil millones (ya no estamos tan lejos) hasta menos de 500 millones, con un medio ambiente devastado y una salida ecoautoritaria y centralista: “Mi mundo, mi Tierra, es una ruina. Un planeta arruinado por la especie humana. Nos multiplicamos y nos devoramos unos a otros y peleamos hasta que no quedó nada en pie y entonces perecimos. No dominábamos ni nuestros apetitos ni nuestra violencia; no nos adaptamos. Nos destruimos a nosotros mismos. Pero primero destruimos el mundo (…) Fracasamos como especie, como especie social” (pp. 383-384). Nos explica este personaje terrano la salida a ese colapso, premonitorio sin duda del que estamos alimentando en nuestra Tierra real: “hemos salvado cuanto podía salvarse, y hemos organizado una especie de vida entre las ruinas, en Terra, del único modo posible: por la centralización total. Una vigilancia absoluta de cada hectárea de terreno, cada resto de metal, cada litro de combustible. Racionamiento total, control de la natalidad, eutanasia, conscripción universal de las fuerzas de trabajo. La reglamentación absoluta de cada vida, y la supervivencia racial como meta” (p. 384).

El contraste con la austerísima pero feliz (relativamente, como vamos descubriendo poco a poco en la narración) sociedad anarresti, es inevitable y, por supuesto, buscado por la autora. Alguien que lea Los desposeídos con consciencia del rumbo que llevamos no puede dejar de plantearse si en las décadas por venir nos iremos pareciendo más a la devastada Tierra que nos pinta esta ficción o a la planificada sencillez forzosa de la sociedad anarco-sindicalista de Anarres. Lógicamente, dado que la novela trata principalmente sobre los planetas gemelos Anarres y Urras, y apenas tenemos esbozos puntuales de qué ha sucedido en la Tierra, acabamos comparando nuestros posibles futuros más con las cuitas de los anarresti, una sociedad postindustrial donde aún quedan algunas industrias contadas (y críticas) pero que es absolutamente neoagraria-pesquera y artesana, con una organización social de corte libertario y una economía desmonetarizada pero con burocracias centralizadas apoyadas en sistemas informatizados (existen aún algunos elementos de alta tecnología, apoyados sobre todo en su comercio con el planeta industrializado Urras). Cabe pensar si estas fórmulas son aplicables para pensar un futuro enclave poscaptialista-decrecentista o incluso el posible encaje internacional de un país semi-autárquico que optase (como algunos llegamos a defender) por adelantarse al colapso decreciendo organizada y sacrificadamente y poniendo las necesidades reales como motor de la actividad económica en sustitución del doblete suicida lucro-consumismo: “Ustedes piensan que el incentivo del trabajo es la economía, la necesidad de dinero o el deseo de acumular riqueza, pero donde no existe el dinero los motivos reales son más claros, tal vez. A la gente le gusta hacer cosas. Le gusta hacerlas bien” (p. 174). “Ustedes los poseedores son poseídos. Viven todos en una cárcel. Cada uno a solas, solitario, con el montón de lo que posee. Viven en una cárcel y mueren en una cárcel.” (p. 257). Incluso no deja de reivindicar el texto otro de los ideales comunistas: “los derechos de cualquier ciudadano de cualquier sociedad: el derecho a trabajar, a que lo mantengan mientras él [o ella] trabaja, y a compartir el producto con todos aquellos que quieran compartirlo” (p. 308).

Nos da también mucho que pensar a nivel estratégico una frase que le dirige el odoniano[8] Shevek a la embajadora terrana: “No podemos ir hacia ustedes. Sólo podemos esperar que ustedes vengan a nosotros” (p. 386). ¿No es extrapolable ese posicionamiento a las opciones estratégicas entre los proyectos de disidencia económica y social, tentados a menudo por penetrar en el muro de la sociedad crecentista-consumista? ¿No es la filosofía que subyace en cierto modo en las Transition Towns o en el Simpler Way de Trainer? ¿No es esa una aplicación inteligente y eficiente de nuestras escasas fuerzas, rehuyendo el juego en terreno enemigo y optando por construir y consolidar los botes salvavidas a tiempo, mientras dejamos que se hunda el inviable y sordo mundo tras el muro, mientras cultivamos plantas sociales cuyas raíces profundicen, agranden y conecten las grietas (John Holloway)? Esta existencia de experiencias replicables o inspiradoras está presente implícitamente a lo largo de la novela, haciéndose evidente hacia el final del texto, por medio de un simbolismo temporal clave en la obra: basarnos en el pasado para ser el futuro del presente que queremos cambiar.

La obra nos trae, en cierto modo, otro de los debates recurrentes en estas páginas: las posibilidades o conveniencias de trasformar el lenguaje para trasformar el mundo, con ecos evidentes de la hipótesis Sapir-Whorf[9], llevada al extremo: la sociedad de Anarres ha optado por un idioma totalmente nuevo (el právico), artificialmente construido, en el que por ejemplo los posesivos y ciertos conceptos simplemente no existen o son de un uso excepcional. Es la batalla léxica de la que yo mismo hablo a menudo.

Así mismo, encontramos en Los desposeídos la cuestión de las ciudades: “Odo [la mujer inspiradora del movimiento que da lugar a la colonización anarquista del planeta Anarres] no pretendía desurbanizar la civilización. Aunque opinaba que las dimensiones naturales de una comunidad dependían de la cantidad de alimentos y de energía que pudieran proporcionar las regiones contiguas (…) No estaban dispuestos a recaer en el tribalismo pre-urbano, pre-tecnológico. Sabían que el anarquismo era para ellos el producto de una civilización muy desarrollada (…)” En esas apreciaciones nos llegan, tal vez, ecos del pensamiento de Murray Bookchin y su anarquismo de la postescasez[10]. Las sostenibles ciudades de Anarres nos recuerdan lo que fueron antaño las nuestras, lo que aún pueden ser a ciertas escalas y en determinados lugares, y lo que sin duda podrán volver a ser (de nuevo el pasado imbricado con el futuro): dimensiones pequeñas o medianas, integración total de la residencia y el resto de funciones (la fabricación artesana-semiindustrial, la producción de alimentos, los trasportes públicos…), las distancias caminables a cualquier punto, los espacios de convivencia, la vida frugal con sus espacios privados y comunitarios…

El reparto del trabajo, la implicación periódica en labores comunitarias, la organización social, el cuidado del medio, la educación, la monogamia, la crianza en comunidad, incluso cuestiones tan concretas como la reforestación o la conciliación de la lactancia prolongada con el trabajo de las madres, son aspectos sociales muy interesantes en los que nos sumerge con detalle la novela con un grado de concrección que sólo he llegado a ver en ciertos tratados políticos del anarquismo o libros como el ya mencionado La Vía de la Simplicidad: la transición a un mundo más sostenible y justo del también filoanarquista Ted Trainer.

Aunque, sin duda, la cuestión revolucionaria sobre la que más gira la novela es la tensión entre la libertad individual (la disidencia dentro del modelo libertario) y las ataduras colectivas impuestas incluso por sociedades pretendidamente fundadas en la libertad (el muro, polisémica imagen recurrente en la novela): es decir, el clásico dilema entre anarquismo individualista y comunitarista. K. Le Guin parece optar por una convivencia dialéctica (reconciliación, podríamos decir) entre ambos polos en la que prime, en última instancia, la libertad individual: “las normas son siempre tiránicas. El deber del individuo es no aceptar ninguna norma, decidir su propia conducta, ser responsable.” (p. 395). Nos interroga en otro lugar, sagazmente: “¿De qué sirve una sociedad anarquista que teme a los anarquistas?” (p. 416).

A nivel puramente filosófico y ético la novela también nos aporta perspectivas muy aplicables a nuestra actitud ante el colapso de nuestro propio mundo: “No podemos evitar el sufrimiento” (…) “la fraternidad empieza con el dolor compartido” (…) “¿Qué define la fraternidad sino la no-fraternidad?”. Fraternidad y dolor son dos conceptos omnipresentes e inseparables en la obra: “Al sustraerse al sufrimiento, uno se sustrae también a la felicidad posible. El placer uno puede conseguirlo, o los placeres, pero no le servirá de nada. No sabrá lo que es el retorno al hogar” (p. 369). No en vano, la palabra hermano(s) en se repite, en lengua právica, a lo largo de la obra: aromar (sing.) / ammari (pl.). Además nos explica, echando mano de la ciencia y de la filosofía, que para ser verdaderamente humanos no podemos vivir tan sólo en el presente sino que debemos ser conscientes de la responsabilidad que supone nuestra capacidad de percibir el tiempo con un todo (pasado-presente-futuro), las causas y los efectos, las motivaciones y los fines, las consecuencias de nuestros actos; algo fundamental en esta época crítica en la que les estamos robando el futuro a millones de seres vivos o por vivir, seguramente incluso a nosotros mismos.

En otro terreno también me parece resaltable la crítica a la economía (capitalista) que nos presenta la novela, y que no ha perdido un ápice de pertinencia, pese a los 42 años trascurridos y los 11 años luz de distancia entre Urras-Anarres y nuestro mundo: “Intentó leer un texto elemental de economía; se aburrió a más no poder, era como escuchar a alguien que contaba y volvía a contar interminablemente un sueño largo y estúpido. No pudo obligarse a entender cómo funcionaban los bancos y todo lo demás, pues las operaciones del capitalismo eran para él tan absurdas como los ritos de una religión primitiva, tan bárbaras, tan elaboradas, tan innecesarias.” (p. 153). He ahí uno de los clásicos valores de la ciencia ficción, especialmente presente en las obras de esta autora estadounidense: mediante lo que podríamos llamar antropología o sociología ficción, nos permite tomar distancia para percibir mejor nuestro mundo, en comparación, cómo es y cómo podría ser, sus absurdos y potencialidades.

Cuando leemos qué objetos y valores se llevan del mundo industrializado los revolucionarios que colonizan Anarres, cuando observamos en qué aspectos siguen dependiendo de un intercambio material con ese viejo mundo, nos sirve para preguntarnos qué debemos salvar de nuestro propio Urras, de nuestro mundo industrializado actual a lo largo de su colapso, y cómo podría ser la relación con enclaves o Estados capitalistas que subsistieran durante el mismo y que coexistieran con nuestras ecoaldeas, con nuestros territorios liberados, gérmenes del mundo pospetróleo/poscrecimiento.

La centralidad de la labor de producción de alimentos y del reparto de la escasez es otro de los puntos donde los y las peakoilers encontraremos en esta novela cuestiones que nos preocupan: “El trabajo de cultivar y distribuir alimentos en cantidad suficiente era ahora convulsivo, desesperado” (p. 277). ¿Cómo podría nuestro tipo de sociedad movilizarse de tal manera que la prioridad socioeconómica cambiase en esa dirección? Los desposeídos hace que nos lo volvamos a preguntar y nos admiremos anhelando una capacidad de organización y de sacrificio como la de los anarresti y sus “levas agrícolas de emergencia” (que podemos comparar con la recolocación forzosa de masivos contingentes de trabajadores en la novela de José Ardillo El salario del gigante, en un contexto estatal muy diferente… o ¿tal vez no tanto?): “Los seres humanos gustan del desafío, buscan la libertad en la adversidad”, aunque también nos advierte (p. 286): “tuvo pensamientos sombríos acerca de la realidad del hambre, y de la posible inadecuación de la sociedad para sobrellevar una hambruna sin perder la solidaridad que constituía su fuerza. Era fácil compartir cuando había comida suficiente, o apenas la suficiente, para seguir viviendo. Pero ¿cuando no la había? Entonces entraba en juego la fuerza; la fuerza se convertía en derecho; en poder, y la herramienta del poder era la violencia, y su aliado más devoto, el ojo que no quiere ver”. Toda una cruda reflexión desde el realismo utópico, para quienes aguardamos con temor las estrecheces que el futuro nos traerá de la mano de la escasez energética y del caos climático. Si es así para sociedades autoorganizadas en torno a la solidaridad (inevitable también pensar, salvando las distancias, en el caso cubano durante el Periodo Especial[11]), ¿cuánto peor no será para nuestras sociedades, podridas por el egoísmo y el individualismo? He ahí otro valor de esta obra, que no cae en la utopía ingenua y sabe que el autoritarismo y la barbarie acechan tras el fantasma de la escasez y de nuestra propia sombra[12], una de cuyas expresiones y un “vínculo social básico”, como reconoce uno de los personajes, es el “miedo a los extranjeros” (p. 400).

No sólo por todo esto nos puede inspirar Los desposeídos a las y los activistas: “Como la hierba, la idea busca la luz, ama las multitudes, las cruza, la enriquecen, crece más vigorosa cuando se la pisa”, nos dice. Y advierte: “La vía más eficaz para destruir las ideas no es reprimirlas sino ignorarlas.” ¿Encontramos algún parecido con lo que sucede con ideas clave para nuestra supervivencia como el Decrecimiento, la Vida Simple o el Buen Vivir? “El cambio es libertad, el cambio es vida”, nos impele uno de los personajes, uno de los principales disidentes y críticos de la imperfecta y sufrida sociedad anarresti. Es la ética del cambio, inseparable del concepto de libertad en esta obra: “Al individuo se le puede exigir un sacrificio, nunca un compromiso: porque aunque la sociedad dé a todos seguridad y estabilidad, sólo el individuo, la persona, es capaz de una elección ética: la capacidad de cambio, la función esencial de la vida” (p. 368). Esa vida simple, esa felicidad en la sencillez, ese no poseer, no desperdiciar (“el lujo es excremento”), es una constante definitoria de la utopía anarresti: “Si tomo lo que no necesito, nunca tendré lo que en realidad necesito” (p. 205). E incluso podemos encontrar ecos gaianos, o al menos biófilos, en alguno de los personajes: “El interés que sentía por los paisajes y las criaturas vivas era apasionado. Ese interés, débilmente expresado por las palabras ‘amor a la naturaleza’, le parecía a Shevek algo mucho más vasto que el amor. Hay almas, pensaba, a las que nunca se les ha cortado el cordón umbilical. Que nunca se desprenden del seno del universo. Esas almas no ven la muerte como a un enemigo; desean pudrirse y transformarse en humus.”

Ursula K. Le Guin también aborda aquí el papel del intelectual crítico para cambiar la sociedad, de la mano de la importancia del pensamiento holístico, sistémico (“La tarea de un pensador no consistía para Shevek en negar una realidad a expensas de otra, sino en integrar y relacionar”), la importancia de la difusión de las ideas incluso a costa de importantes costes personales, el papel —incluso revolucionario— de cada persona dentro del organismo social: “A esa edad [30 años] un hombre tendría que conocer no sólo su función celular sino también su función orgánica, el papel óptimo que podría corresponderle en el organismo social” (p. 295).

Otro mensaje que podemos escuchar como si estuviera dirigido a nuestra sociedad y a nuestra agotadora lucha, es el que hace referencia al dilema de trabajar con el tiempo o contra él: “Lo bueno de trabajar con el tiempo, y no contra él, pensó, es que nunca es tiempo perdido. Hasta el dolor cuenta” (p. 370). Algo que parece mucho más fácil de decir, que de hacer, pero de lo que nos da ciertas pistas prácticas la autora por medio del comportamiento de algunos de sus personajes, cuya evolución seguimos de manera progresiva, alternando por capítulos entre el pasado y el presente de los mismos.

Leyendo la novela no he podido evitar imaginar lo atractiva que podría resultar su adaptación al cine, aunque viendo la poca fortuna que ha tenido esta autora con las escasas adaptaciones realizadas de sus obras, casi siento al mismo tiempo alivio al ver que nadie se ha atrevido aún. En un mundo no dominado por el capitalismo quizás una utopía tan elaborada e inspiradora como esta habría sido llevada al cine hace ya tiempo. Pero quizás sea un mensaje demasiado revolucionario para la industria cinematográfica mainstream, una industria capitalista más, al fin y al cabo. Para que lo vacíen de su contenido ácrata como hicieron los Wachowsky con otra obra maestra como era el comic V de Vendetta de Alan Moore[13], casi mejor que no se intente. Lo que quizás nos pide esta novela a muchos no sea volcarla en imágenes sino hacerla realidad: crear cientos de pequeños Anarres dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Hay quien asegura que leer ficción resulta un esfuerzo inútil, una pérdida de tiempo; yo mismo llegué a pensar así, en cierto modo, cuando comprendí la urgencia de prepararme para el colapso y todo lo que necesitaba leer, comprender y aprender y del poco tiempo disponible. Pero mientras una obra nos pueda inspirar y hablarnos de las cuestiones críticas de nuestro tiempo como lo hace Los desposeídos, resulta imposible negarle incluso su valor práctico como referente político que nos aporta ideas y que nos avisa de obstáculos, más allá del inherente disfrute estético como obra artística.

Aparte de ese goce intelectual y emocional inherente a la lectura de toda buena novela, con unos personajes creíbles y atractivos y una trama que —aunque no sea trepidante en un sentido hollywoodense— enganchará a los espíritus más sensibles, Los desposeídos nos ofrece sin lugar a dudas una muy valiosa mirada anticipada a las luces y sombras de un futuro ecocomunitarista, y aporta una crítica sincera, desde dentro, a los obstáculos intrínsecos a una revolución en pos del comunismo libertario. Entre esos problemas nos señala el cripto-autoritatismo, la tendencia conservadora de la sanción social y el afán de poder, que nos dice uno de los personajes “es tan fundamental en el ser humano como el impulso a ayudarnos mutuamente” y que se realimenta de la pasividad de las masas: “No cambiar nada, no arriesgarte a las censuras, no intranquilizar a tus síndicos. Dejarte gobernar siempre es más cómodo” (pp. 192-193); pero también nos apunta a las amenazas externas (p.ej. de fenómenos climáticos que pongan en peligro los ecosistemas y con ellos el soporte energético-alimenticio de dichas sociedades, o el suministro de suficiente agua potable). Todos estos riesgos bien pueden ser también los que afronte —a otra escala— cualquier experiencia de aldea ecosocialista o de vida comuntaria trans-sistema inspirada en análogos principios. Ursula K. Le Guin advierte en la novela de la importancia de estar permanentemente vigilantes y de educar preventivamente a cada nueva generación acerca de estos potenciales problemas que pueden destruir cualquier sociedad ecocomunitarista e igualitaria.

Quizás se eche en falta en la novela una mirada más detenida a los procesos de toma de decisión, que lejos de organizarse en la teórica combinación de democracia directa en asambleas permanentes o periódicas y la confederación a base de persoas delegadas a diferentes niveles, parece decantarse en Anarres por un problemático modelo de corte soviético-sindical. No obstante, tras estas (auto)críticas de tono realista que nos muestran lo difícil que sería el camino al ideal libertario, la obra trasluce una apasionada y sólida defensa de dicho modelo social, de la practicabilidad de una sociedad sin leyes y sin Estado, sin “gobierno”, concepto que nos define de manera recursiva la autora por medio de sus apócrifos teóricos anarquistas como “el uso legal del poder para mantener y extender el poder”; “No hay nada menos eficaz que la coerción para obtener orden” (p. 173). Uno no puede leer la obra y evitar el deseo de que fuese posible leer las obras completas de Laia Odo y el resto de teóricos libertarios inventados para la novela y cuyo pensamiento y biografías vamos conociendo poco a poco en las conversaciones de carácter político de los diversos personajes. Aunque en el fondo sabemos que ese pensamiento lo tenemos en las propias fuentes de la autora: en Kropotkin (especialmente), en Bakunin; o más cercanos a nosotros (y menos puristas, desde luego) en Goodman, Bookchin o Trainer. La apuesta de la autora también parece estar del lado de la cooperación revolucionaria entre las diversas familias del socialismo (como defiendo por mi parte, con la urgencia añadida que nos impone el colapso, en mi reciente libro A esquerda ante o colapso da civilización industrial[14]). No obstante, en ocasiones se percibe en la autora un radicalismo libertario que también nos hace recapacitar sobre nuestra propia apuesta por las llamadas estrategias mixtas o duales frente al proceso de colapso civilizatorio: “Él se había propuesto negociar con ellos, la idea de un anarquista iluso. El individuo no puede negociar con el Estado. El Estado no reconoce otro sistema monetario que el del poder, y él mismo acuña las monedas” (p. 303). ¿Acaso no nos está dando a entender esta posición que para negociar debemos crear contrapoder comunitario y que la alternativa del francotirador o rebelde solitario no tiene sentido?

Haré caso a la autora[15] y en el futuro, además de penetrar en su visión sobre el colonialismo de recursos y el choque de civilizaciones dominadoras de Gaia vs. integradas en Gaia con El nombre del mundo es bosque, intentaré proseguir sus lecturas utópico-postapocalípticas con El eterno regreso a casa. Dado que la revolución que necesitamos es de nivel antropológico (la III Revolución, la suelo denominar, tras la del Neolítico y la Industrial), creo de especial interés fijarnos en los mensajes de los antropólogos más conscientes (Emilio Santiago Muíño, p.ej.), de los ecólogos sociales (William Catton) o de creadoras de ficción muy próximas a la antropología, como es el caso de Kroeber Le Guin, hija de los antropólogos Theodora Kracaw Kroeber Quinn y Alfred Louis Kroeber, además de esposa del historiador Charles Le Guin. La combinación de análisis sobre nuestra realidad y la fertilización con ideas procedentes de obras de ficción con sólidos fundamentos políticos, antropológicos y sociales, como es el caso de Los desposeídos, resulta así sumamente útil para la inmensa tarea que tenemos por delante.

A modo de coda a estas reflexiones, incluiré un fragmento del discurso del protagonista, el científico Shevek, en las gradas del Directorio en la Plaza del Capitolio de la ciudad de Nio Esseia, en el planeta Urras:

—Es nuestro sufrimiento lo que nos une. No el amor. El amor no obedece a la mente, y cuando se lo violenta se transforma en odio. El vínculo que nos une está más allá de toda posible elección. Somos hermanos. Somos hermanos en aquello que compartimos. En el dolor, en ese dolor que todos nosotros hemos de sufrir a solas, en la pobreza y en la esperanza reconocemos nuestra hermandad. La reconocemos porque hemos tenido que vivir sin ella. Sabemos que para nosotros no hay otra salida que ayudarnos los unos a los otros, que ninguna mano nos salvará si nosotros mismos no tendemos la mano. Y la mano que vosotros tendéis está vacía, como lo está la mía. No tenéis nada. No poseéis nada. No sois dueños de nada. Sois libres. Todo cuanto tenéis es lo que sois, y lo que dais.
(…)
No podéis tomar lo que no habéis dado, y vosotros mismos tenéis que daros. No podéis comprar la Revolución. No podéis hacer la Revolución. Sólo podéis ser la Revolución. Ella está en vuestro espíritu, o no está en ninguna parte.

Denís Fernández Cabrera (Gatonegro deseño)

Denís Fernández Cabrera (Gatonegro deseño)

Notas

[1] https://en.wikipedia.org/wiki/Ursula_K._Le_Guin

[2] Su versión original en inglés está disponible libremente en http://theanarchistlibrary.org/library/ursula-k-le-guin-the-dispossessed . La obra recibió los prestigiosos premios Nébula (1974), Hugo (1975), Locus (1975) y Prometheus (1993). André Gorz fue uno de los autores políticos que reconoció (en Capitalismo, Socialismo, Ecología) su extraordinario valor como descripción de una sociedad anarquista .

[3] Hay, por ejemplo, todo un libro académico dedicado a analizar diversos aspectos de esta novela: Laurence Davis & Peter Stillman (eds.): The New Utopian Politics of Ursula K. Le Guin’s The Dispossessed (Lexington Books, 2005). Disponible en: http://faculty.vassar.edu/stillman/docs/Le%20Guin%20bk%20%28as%20pub%29.1.pdf

[4] http://www.fantasymundo.com/articulos/1157/fantasymundo_entrevista_ursula_k_

[5] Ha llegado a afirmar que el ideal anarquista estaba prefigurado en el pensamiento taoísta primigenio (The New Utopian…, p. 245).

[6] https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_la_Universidad_Estatal_de_Kent

[7] También reseñé esta última en las páginas de 15-15-15: https://www.15-15-15.org/webzine/2016/03/19/resena-de-entropia-life-beyond-industrial-civilisation/

[8] El odonianismo es un tipo ficticio de anarquismo descrito en la novela, basado en el pensamiento de la revolucionaria Laia Asieo Odo. La autora continuó explorando el personaje en el relato breve El día antes de la revolución (1974): https://es.wikipedia.org/wiki/El_d%C3%ADa_antes_de_la_revoluci%C3%B3n

[9] https://en.wikipedia.org/wiki/Linguistic_relativity

[10] https://en.wikipedia.org/wiki/Post-Scarcity_Anarchism

[11] Vid. Emilio Santiago Muíño: Opción Cero – Sostenibilidad y socialismo en la Cuba postsoviética. https://enfantsperdidos.wordpress.com/2016/03/16/opcion-cero-sostenibilidad-y-socialismo-en-la-cuba-postsovietica/

[12] El concepto cuasi-jungiano de sombra lo podemos encontrar en las historias de Ursula K. Le Guin, sobre todo en su ciclo de Terramar. https://es.wikipedia.org/wiki/Terramar

[13] http://legadoweb.com/vdevendetta/

[14] Obra que en breve verá la luz también en castellano, de la mano de la editorial La Oveja Roja.

[15] Vid. su texto incluido en la obra colectiva mencionada The New Utopian Politics…

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Manuel Casal Lodeiro

Divulgador del Peak Oil y otras amenazas para la civilización industrial. Autor de "La izquierda ante el colapso de la civilización industrial", "Nosotros, los detritívoros" y coordinador de la "Guía para o descenso enerxético". Fundador y coordinador de la revista 15/15\15.

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