Encrucijada, choque y nuevo equilibrio dinámico

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2016-04-04

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(3ª parte de la serie de relatos de ficción que el autor viene publicando en su blog La encrucijada sistémica, y cuya 1ª parte ya tuvimos también la ocasión de disfrutar en nuestras páginas. Esta 3ª parte también la ofrecemos en catalán. El relato original ha sido ligeramente modificado para su publicación en 15/15\15.)

El aire estaba muy húmedo esa mañana, tanto que se me mojaba la cara, podía sentir las gotas de rocío formándose en mis mejillas, lo cual era aliviador, teniendo en cuenta que estábamos a mediados de agosto, y mi piel todavía recordaba el agobiante mes de julio que habíamos dejado atrás. Como cada día, tras la meditación matutina en mi habitación, bajaba caminando al bosque comestible-vergel del que recolectábamos la fruta para el desayuno. Esa semana, aparte de la recogida, me tocaba preparar el desayuno, junto con otras personas de la comunidad, y servirlo en el comedor colectivo. Los turnos funcionaban bastante bien, nadie llegaba a aburrirse de las tareas cotidianas, y tampoco interfería en otras actividades y trabajos personales de cada persona. Además, era muy agradable la socialización resultante de los sorteos que daban lugar a los turnos. Siendo una comunidad de casi dos mil personas, se puede decir que casi conocíamos por su nombre a todas, lo cual reforzaba y daba la sensación de una gran familia, que —pese a los altibajos de la vida en común y de las estocadas de un clima poco predecible— conseguía que nuestra existencia fuese más que aceptable.

Aparte de las tareas asignadas en los turnos, tengo otros quehaceres que realizo con mayor continuidad, la docencia —tanto práctica como teórica— y el diván, donde básicamente escuchaba atentamente lo que la gente consideraba necesario contar, soltar o requería consejo de un veterano.

En lo que se refiere a las clases, también íbamos rotando cada solsticio, entre un grupo de docentes bastante dinámico. Nadie se cansaba o se quemaba en sus tareas más habituales, o al menos eso intentábamos. Por experiencia, se me solía asignar la biología, la ecología y la historia en las clases teóricas, y el trabajo con la tierra y los animales en las prácticas. La forma de enseñar era del todo diferente a lo que se me había ofrecido en mi infancia, mucho más interactivo, práctico y flexible, así como con un contacto mucho más directo con las personas que ofrecían sus conocimientos y experiencia.

Este día de agosto, después del servicio de cocina-comedor, teníamos el ensayo final del cuenta-cuentos, en el que explicábamos de forma amena —como cada aniversario— la llegada al Barranco, lugar donde nos establecimos en 2024. Esta vez era una ocasión especial, pues era el 25 aniversario de nuestra llegada, que había sido tan caótica como balsámica, tras largos años a pie, con estancias cortas en lugares recónditos y variopintos, que iban siendo descartados tras estudiar detalladamente las posibilidades de localizaciones que, en primera instancia, parecían favorables para un asentamiento.

En nuestra andadura cruzamos los Pirineos, los Alpes y los Cárpatos, en más de cuatro años de travesía. Tuvimos paradas de incluso varios meses, cuando creíamos que un lugar era idóneo para comenzar un proyecto común, pero el tiempo y los acontecimientos nos iba haciendo descartar una localización tras otra. Donde había agua, había guerrillas luchando por establecerse en lugar de cooperar; cuando encontrábamos un lugar tranquilo y aparentemente con un ecosistema sano, alguna sorpresa nos caía como un jarro de agua fría. Caso curioso fue una vez, cuando superados los durísimos Cárpatos, dimos con una localización tranquila, con agua abundante y fauna y flora de aspecto vivaz. Esta calma duró unas semanas, lo que tardó el grupo de rastreo, localización y cartografiado en darse cuenta de que estábamos a unos escasos 10 kilómetros de una central nuclear abandonada. Esa era la razón de que no hubiera un alma humana por allí: la zona había sido desalojada, y señales en cirílico —que no entendimos en primera instancia— rodeaban el enclave.

Pero toda esta historia narrada tenía un cometido claro: hacer entender a las nuevas generaciones cómo habíamos llegado a este paraje, cómo nos habíamos acabado juntando casi dos millares de personas de más de 17 países (sí, también teníamos que explicar qué eran los países, pues a la altura casi de 2050 ese concepto se había disuelto como un azucarillo); qué nos empujó a una migración de tal calibre, el porqué de nuestra forma de vida actual… en fin, tantos detalles y matices, que la construcción de este nuevo imaginario colectivo se iba puliendo y mejorando cada año, como un libro con páginas en blanco, o con párrafos abiertos a la modificación por parte de la comunidad.

Estos relatos se venían adaptando según el rango de edad o la sensibilidad de las personas que escuchaban, dando más o menos detalle, con mayor o menor dureza y carga en el diagnóstico, a fin de que fuese progresiva la toma de contacto con la crudeza de los acontecimientos que habíamos vivido durante el anterior cuarto de siglo.

Por suerte, manteníamos contactos fluidos y enriquecedores con al menos otros cuatro grupos estables, y con otros semi-nomádicos, los cuales eran de vital importancia para esta comunicación, para el intercambio de conocimientos y personas, lo cual incrementaba nuestra resiliencia, nuestra diversidad, y nos permitía viajar, de forma lenta, pero muy enriquecedora, con estancias en otros asentamientos, después de las cuales muchas personas acababan quedándose en el lugar por largo tiempo.

En este camino de re-descubrimiento de la humanidad, de vuelta al equilibrio con los ciclos naturales… ¿qué había funcionado y qué no? ¿Qué habíamos dejado atrás y superado?

Estábamos viviendo una auténtica recomposición de la corteza de Gaia, la madre tierra. La batalla —o baile, según se enfoque— entre la biosfera, la geosfera y la antroposfera, que rigen el metabolismo del planeta Tierra, había convulsionado agresivamente entre 2015 y 2040, nada más y nada menos que 25 años de caos a todos los niveles para redefinir los nuevos equilibrios dinámicos, quién sabe si estables o no, que regirían un nuevo tiempo. Enmarco esas fechas porque a partir de 2040, una de dos: o bien se estabilizó el metabolismo, o bien nos hicimos a los ritmos cambiantes de los ciclos naturales.

En lo climático, los años de grandes seguías, de fenómenos extremos y de subida desbocada de la temperatura parecieron estabilizarse; según especulamos, parece que ciertas retroalimentaciones dirigidas por los reinos vegetales y bacterianos detuvieron y actuaron como solución amortiguadora o tampón frente a las retroalimentaciones desatadas por las emisiones resultantes del capitalismo industrial. Las cascadas de extinción y el declive de la biodiversidad aparentemente se detuvieron, al menos en la región donde nos establecimos. Por motivos obvios, somos incapaces de medir la temperatura en la que estamos en comparación con niveles pre-industriales, o el porcentaje de especies extintas, lo cual nos hace ir a ciegas, y no saber si estamos en una plateau o bien en una ralentización hacia otro estado. Pero el estado presente lleva años siendo algo más confortable, lo cual nos llena de vida para continuar.

Respecto a lo social, la década entre 2015 y 2025 fue la más agitada, y —por suerte o por desgracia— de estos años —o al menos de los primeros— sí conservamos información contrastada sobre lo acontecido. Grandes migraciones por conflictos bélicos, escasez de agua y otros recursos. Desmoronamiento de la megamáquina capitalista, que tuvo 3 infartos: el primer amago en 2008; el segundo, en 2016-2017, que dejó al paciente en coma e intubado, pero cuyo corazón seguía latiendo y, por desgracia, su metabolismo seguía degradando la biosfera y forzando el clima; y el último y definitivo, que llegó en 2021, cuando ni siquiera las élites económicas que se habían ido beneficiando del saqueo generalizado pudieron mantener su confort, y todo saltó por los aires. En el periodo entre el segundo y tercer shock fue cuando se vivieron los conflictos bélicos más duros: primero una serie de guerras por los recursos energéticos, recrudecidas hasta el saqueo puro y duro, en las que se llegaron a detonar bombas nucleares y de hidrógeno de forma localizada; y más adelante, guerras migratorias, civiles y de subsistencia, las bautizadas como guerras de la miseria, que se cobraron centenares de millones de vidas por inanición y falta de agua, y que además acabaron por causar la caída definitiva del sistema capitalista.

En lo que concierne a la energía, según los datos de los que disponemos, se alcanzó el pico de todos los líquidos derivados del petróleo en 2015-2016. Esto empujó no solo al resto de energías fósiles que dependían del oro negro para su extracción, transporte y distribución, sino también a las renovables de gran escala (aerogeneradores, fotovoltaica…). A fin de cuentas, estas también dependían directa o indirectamente del petróleo, al igual que las fuentes fósiles antes mencionadas. También los recursos minerales fueron escaseando más y más por la misma causa, acentuada por los rendimientos decrecientes, hasta convertirse en minas improvisadas primero los vertederos, y después las grandes ciudades.

Esta fue la dinámica en los primeros años tras el Pico, abrupta e inesperada. Las siguientes décadas fueron muy duras, tratando de reintegrar en los ciclos ecológicos el metabolismo de sociedades humanas cada vez más disgregadas. Por desgracia, la gran mayoría de intentos se saldó con un fracaso estrepitoso. Sorprendentemente, el ingenio de la necesidad hizo que otras —tras el aterrizaje forzoso y con esfuerzos inimaginables, fruto del trabajo colectivo y la cooperación— consiguieran cerrar los ciclos. La biomasa y el trabajo animal y humano, fueron la base del éxito de estas estrategias. El compostaje fue clave, tanto para la producción de materia orgánica para la regeneración de los maltrechos suelos como por el biogás, que se convirtió en habitual en las cocinas de casi todos los hogares.

Las formas de vivir del ser humano sufrieron cambios muy drásticos. En los primeros años, las resistencias a aceptar la realidad trajeron de la mano mucho sufrimiento. El apego de las sociedades otrora opulentas a las grandes ciudades y la alienación de los ciclos ecológicos fueron casi mayor desgracia que la escasez generalizada. La mayoría de la gente no sabía como producir sus alimentos y, por supuesto, no esperaba que sucediese un cambio tan brusco. La idea de un futuro hiper-tecnológico se había expandido, a raíz de la propaganda incansable de los medios de comunicación y de la industria cinematográfica. Otra estrategia que triunfó debido al mensaje permeado por el sistema económico fue la búsqueda de salidas individualistas a la crisis, con el movimiento preparacionista o prepper, que en los EE.UU. arraigó con mucha fuerza. Como era de esperar, esta mentalidad acabó en un polvorín allí donde imperaba, convirtiendo a estas regiones en infiernos mundanos.

Por suerte, en muchos otros lugares corrieron mejor suerte, pese a que no se libraron de largos años de dificultades. Todas los lugares de ejemplo y manifestaciones prácticas minoritarias, como las ecoaldeas, los pueblos en transición, la permacultura (junto a muchas otras formas de agricultura regenerativa) y las iniciativas orientadas en la dirección de resiliencia comunitaria, fueron como pequeños espejos donde mirar e imitar, sobre todo tras la bifurcación de quiebra del sistema capitalista globalizado. Movimientos muy minoritarios que tenía poco impacto y visibilidad, subieron como la espuma, ya desde los últimos años de la década que terminaría en 2020.

El papel de las mujeres fue inconmensurable, y las labores de cuidados fueron puestas en valor llegados los años más duros. Este emergente eco-feminismo supuso el fin del patriarcado, no sin brega y choque; a golpe de resultados, se observó la necesidad de reequilibrar los arquetipos femenino y masculino, y con ello terminar con los patrones de dominación que habían llevado a la biosfera —y con ello a la humanidad— al desastre.

No solo fueron las cuestiones prácticas de las estrategias comunitarias generadoras de resiliencia las que permitieron aguantar el chaparrón. También fue de importancia supina el trabajo a nivel interior de las personas involucradas en la creación y generación de formas de vida alternativas que lucharan por la dignidad, tanto humana como del resto de seres vivos que conforman los ecosistemas. La re-integración del ser humano dentro del metabolismo ecológico fue como un parto complicado, pero que a día de hoy podemos considerar exitoso. Realmente no sabemos lo que va durar esta estabilidad, y tampoco nos preocupa en exceso, dado que fruto de ese trabajo interno hemos interiorizado la impermanecia o transitoriedad como una de las máximas de la vida y, por ende, de nuestra existencia. Hacemos hincapié en la escuela, desde bien pequeños, en el desarrollo de una espiritualidad y presencia que alimenten la conciencia y la sobriedad para los tiempos que vivimos, y viviremos.

¿Cómo podemos describir esta nueva filosofía de vida? Pues un autor llamado Carlos de Castro, ya hace más de 30 años la llamó Gaiarquismo; hay quien habla de eco-budismo y eco-taoísmo, debido a la importante influencia de las filosofías orientales. Pero la realidad es que es mucho más complejo, y las etiquetas seguramente no ayuden a describir la nueva conciencia incipiente y en constante evolución. También tenía grandes dosis de estoicismo y del pensamiento de Epicuro. La psicología también tiene un peso importante: la integración de la sombra tratada en los trabajos de Jung y muchas otras personas en la psicología analítica, fueron claves y siguen siéndolo, de cara a la evolución personal y adaptativa que experimentamos de forma continua.

Todo esto alimentó el nuevo y vivo imaginario que nos trajo hasta El Barranco, y que seguirá en fase de prueba y error, al más puro estilo del método científico, que integra puntos de vista y sensibilidades tan dispares como complementarios. Esta complementariedad, confluencia y retroalimentación es clave. Es una lección que tenemos bien aprendida.

Copyright: Ander Aguirre

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Max Rokata

Biotecnólogo de formación, en proceso de reciclaje y adaptación a una realidad cambiante. Activista en las redes sociales por un cambio de paradigma. Colaborador externo de varias iniciativas como la Red de Transición. Miembro de Cardedeu en Transició. Aprendiz de Permacultura, creativo de nuevas culturas y descreído de las fantasías de un sistema socioeconómico suicida que se desmorona llevándose por delante el capital natural que sustenta la vida del planeta.

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