55 años después

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2015-04-06

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(Nota: el presente relato contiene algunas referencias a la novela del autor tituladaEl archivo de Göttingen, y pretende ser el prefacio a una secuela todavía algo lejana, pero se puede leer de manera autónoma.)

portada-Archivo-Gottingen-Jose-David-Sacristan-590x829Me llamaban Carmelo el Becario. Ese era yo en el viejo mundo, antes del colapso. Tenía entonces 25 años. Ahora, entre los precorps y los otros hermanos, en el refugio de la central eléctrica, soy El Maestro Decano. Tengo 80 años. Estrictamente, soy la misma persona, pero he tenido dos vidas, antes y después, en dos mundos diferentes. Escribo estas páginas (una crónica, unas memorias, un manifiesto) antes de que mi experiencia de los acontecimientos excepcionales ocurridos desde mi juventud se hunda para siempre bajo dos palmos de tierra. No he sido sólo un testigo privilegiado de los hechos. He intervenido activamente en ellos. No muchas personas vivas pueden decir lo mismo.

Hay situaciones o momentos históricos, o de la historia personal, en los que, sin previo aviso, todo lo que hasta entonces parecía firme, el inquebrantable statu quo, lo que dábamos por supuesto, aquello en lo que se sustenta la sociedad y las vidas individuales, se desmorona y se disuelve. Un mundo se licúa y se va por el sumidero. Puede suceder por accidente (un cataclismo natural, o una plaga), o porque poco a poco, en un proceso que puede pasar inadvertido, todo se va pudriendo y enredando hasta el punto de hacerse incontrolable (la deriva caótica de un sistema complejo). En tal caso, resulta difícil señalar nominalmente a los culpables, al menos en lo que se refiere a la clase de culpa por la que un tribunal condenaría personalmente a alguien, aunque pueda haber responsables, y por tanto, culpa moral: todos aquellos que antepusieron sus intereses sin importarles las consecuencias de sus actos (incluso sin dignarse siquiera considerarlo), los gobernantes que se dejaron llevar por la inercia de las cosas y carecieron de la lucidez o el atrevimiento para cambiarlas y también, en alguna medida, los ciudadanos que permanecieron pasivos y mudos. Una responsabilidad compartida en diversos grados, a veces difusa.

Algo así fue lo que condujo a la Gran Hecatombe, pero entonces, cuando el mundo se estaba haciendo ingobernable, a la degradación que estaba escrita en el ADN del sistema se sumó un plan criminal. Los observadores más atentos empezaron a percibir que el edificio que parecía sólidamente construido se resquebrajaba y estaba próximo al hundimiento. Tenía un vicio de origen. El cuadro sólido era en realidad un mosaico chapucero hecho de intereses, abusos, privilegios, agravios, identidades, ortodoxias y otras teselas desencajadas, y algunos, en vez de corregirlo, decidieron agitarlo sin importarles el coste humano, arrojando lastre y poniéndose ellos a resguardo. Creían que podrían seguir disfrutando de sus prebendas si purgaban el mundo de la población sobrante, de todos esos extraños, esas multitudes de arribistas y desarrapados que se empeñaban en colarse en un oasis ya sobreexplotado y demasiado atestado, que también era preciso depurar. Ellos sí son, y no sólo moralmente, culpables. No hubo ninguna autoridad capaz de dictar sentencia y condenarles, aunque se castigaron a sí mismos, porque, como no podía ser de otro modo, también ellos sufrieron las consecuencias de unas acciones que no podían dirigir como habían planeado. Es imposible domar a los caballos del apocalipsis.

Es el año 2072. A veces, por inercia, todavía contamos el tiempo así. Pero también es el año 55 del nuevo calendario. Es el lapso transcurrido desde que el último diluvio arrasó la última Babel. Yo soy un superviviente, o un renacido, como decimos quienes alcanzamos a vivir aquellos días. Soy ya viejo para este tiempo. Cuando todavía era joven, (El Becario), tuve la suerte (lo considero una suerte, a pesar de todo lo que entonces pasamos y de lo que vino después) de esquivar la afilada guadaña que diezmó a la humanidad, y ahora he superado con mucho la edad media de esta nueva era. Ya no hay estadísticas, pero, aunque la inestabilidad y la inseguridad se han reducido, son minoría quienes consiguen sortear durante muchos años los peligros letales contra los que no tenemos ya un cordón sanitario como el que yo conocí. Una ironía: ahora el mundo es joven; en ningún sitio hay ya un problema de envejecimiento. Pero los nativos de la nueva era, quienes no tienen la experiencia ni la memoria personal de lo que dejamos atrás, no pueden hacerse una idea cabal de lo que significa el cambio. Yo sí tengo esa memoria, y siento el deber de transmitirla con la vehemencia y la autoridad con que sólo podemos hacerlo los testigos directos, el deber de advertir sobre los errores que cometimos, antes de que todo eso se convierta, no diré siquiera en historia antigua, sino en literatura, en leyendas. Incluso a mí me resulta a veces difícil rememorarlo realmente. Las viejas imágenes son ya como un edificio continuamente remendado del que no queda nada original. Imágenes que sustituyen a otras imágenes, cada vez más etéreas, cada vez más parecidas a los sueños… y con su misma cualidad de sublimación. Es algo a lo que continuamente debo enfrentarme. A veces, al despertar de un sueño muy vívido, mientras el país de fantasía flota todavía unos instantes antes de desvanecerse, casi lamentamos aterrizar en el mundo real, demasiado evidente, demasiado prosaico frente a la magia onírica. Algo así me sucede al evocar el pasado; igualmente mantiene un extraño y atractivo fulgor que no acaba de disiparse, y debo hacer un esfuerzo racional por sofocarlo para que no me engañe.

Lucho con ello porque sé que el mundo que se derrumbó sigue deslumbrando aunque estaba agujereado por la carcoma, y, si yo no, algunos de los que no lo conocieron lo añoran. (Es posible: añorar algo sin haberlo vivido). Por todas partes afloran aún sus formidables esqueletos, mordidos por el tiempo y otros carroñeros, pero sugerentes y peligrosos como una esfinge, capciosas huellas de un tiempo desmesurado y ahora inalcanzable; ahora, cuando nuestro propósito, al que debemos dedicar casi todas nuestras energías, es vivir, aprender a vivir de nuevo, sobre otros fundamentos. Cuando paseo con mis jóvenes alumnos precorps, nos topamos aquí y allá con los despojos inservibles de algún viejo artefacto que se ha librado de la rapiña, fragmentos esqueléticos de la última fauna extinta, de una vieja excavadora o de una cosechadora llegada no se sabe cómo a esta región donde nunca hubo campos de cereales (los artefactos metálicos –las máquinas, las instalaciones industriales, las torres y los tendidos eléctricos y telefónicos– han sido reciclados. No existe ya una red comercial para suministrar en abundancia los minerales, ni la capacidad técnica para procesarlos y convertirlos en esas raras aleaciones ahora tan apreciadas, así que la basura industrial ha sido explotada como las minas de antracita o de fósforo formadas por la acumulación de millones de organismos muertos). Conviven con esos desechos, (aunque también con algunos aparatos funcionales: las turbinas y la maquinaria de la Central, que mantenemos en uso, viejas radios de válvulas o armas de fuego, rifles y pistolas, cuya tecnología sencilla ha permitido la conservación y la réplica, en unas décadas tan inseguras). Y yo me pregunto por sus sentimientos ante tales detritus. Están acostumbrados a su omnipresencia, pero no creo que estén libres de la extrañeza. Han crecido entre la chatarra, han jugado con ella desde que eran niños, imaginándose héroes de una era opulenta. Para ellos debe de ser como los restos abandonados por invasores alienígenas que hubieran huido del planeta tras una derrota. Pero la simple extrañeza se convierte en asombro y en pasmo ante otros productos incomprensibles. Ven funcionar las máquinas de la Central y tienen piezas con forma y peso reconocibles: brazos, palancas, engranajes, bielas; están encargados de mantenerlas en uso y comprenden su funcionamiento, aunque saben que hoy costaría mucho fabricar de nuevo todo el conjunto (construimos artesanalmente aparatos y máquinas sencillos para el trabajo del campo y otros menesteres que, aunque no tienen el diseño sofisticado de los de la época industrial, responden a los mismos principios mecánicos). Pero ese nexo de familiaridad desaparece ante otros productos radicalmente herméticos, antiintuitivos, muchos de los cuales han subsistido al desguace porque están hechos de materiales para los que no se encuentra ninguna utilidad. Casi todos guardan como una reliquia alguno de los innumerables teléfonos celulares supervivientes, inmunes a las plagas biológicas y a la descomposición de los seres orgánicos, en perfecto estado de conservación, pero definitivamente muertos, y en los almacenes comunales se amontonan miles de ordenadores y otros muchos trastos informáticos, tal vez a la espera del milagro, del día de la resurrección. En su interior no hay ruedas dentadas ni otras piezas móviles. Saben que en sus pequeñas placas se almacenan millones de circuitos por los que circulaba la información. Ciertamente lo saben: la Fraternidad se lo enseña como parte de su formación y del programa para que los antiguos conocimientos no caigan en el olvido, pero dudo de que lleguen a comprenderlo realmente, que los artilugios no eran nada sin información, y que no sólo almacenaban y gestionaban información, sino que eran las puertas de una inmensa red, material e inmaterial que estaba empezando a formar un sistema nervioso de la humanidad: de la humanidad como un organismo nuevo supraindividual, en el que los individuos, sin perder su identidad, podrían haber multiplicado infinitamente su potencial accediendo a todo el conocimiento acumulado. (Podrían, pero quedó abortado cuando el conocimiento seguía siendo externo y no nos hacía más sabios.)

Yo entiendo su asombro ante lo que debe de parecerles mágico, materialmente imposible, y no pretendo desengañarles sobre la capacidad creativa del intelecto humano que lo forjó (la necesitamos para acomodar nuestro entorno, y más ahora, cuando debemos edificar un nuevo hogar), pero relativizo el valor de los fósiles: ya no nos sirven. Les digo que esas soberbias baratijas no garantizaron la perdurabilidad ni tampoco ahora nos aportan nada; que ya no deben esperar nada de ellas porque están definitivamente muertas. Y quiero que aprecien la originalidad del nuevo tiempo y miren hacia adelante; que su futuro no es el pasado que yo viví y que ellos deben encontrar otro modo de hacer las cosas. Seguro que hay otro modo. No renunciar a la ciencia ni a la tecnología, al sueño, tan humano, de mejorar nuestro acomodo en el mundo protegiéndonos del azar, poniendo a nuestro favor las fuerzas recónditas que perturban la existencia cuando se ignoran o se manejan de manera imprudente, aliándonos y sirviéndonos de ellas con una actitud más prudente, más humilde y respetuosa. Y mientras tanto, mientras hacemos la mudanza, aceptar las actuales carencias y apreciar otros valores que siempre están a nuestro alcance y se habían perdido: humanizar nuestras relaciones, cultivar la amistad, disfrutar del contacto con la naturaleza. Y en las noches estrelladas, con todas las luminarias encendidas de nuevo, les explico cómo ocultábamos la maravilla que ahora ellos pueden contemplar; que sabíamos mucho sobre la física estelar (un privilegio que no queremos que se pierda y nos esforzamos por transmitir) pero nos habíamos privado del éxtasis.

Esta es mi responsabilidad: enseñar que aquello estaba equivocado; que los planos de Babel eran incorrectos; sacudir a los nativos de esta era para que no se dejen hipnotizar por las opulentas ruinas de las ciudades, las altivas osamentas de los rascacielos, el brillo imaginado de los metales; mostrarles que todos esos dinosaurios tecnológicos que tanto poder de seducción mantienen, no son restos de una era feliz, sino la prueba de una desproporción, de un fracaso. Y quiero que los vean como son y constaten su destino: muñones retorcidos y herrumbrosos; ruinas y óxido.

También lucho con el sentimiento contrario, la depresión, que afecta, sobre todo, a los viejos supervivientes, la sensación de que hagamos lo que hagamos no podemos tener éxito, porque los humanos somos por naturaleza tecnológicos, y al mismo tiempo ambiciosos y moral e intelectualmente imperfectos, o limitados, y que esa mezcla es destructiva y volveremos a repetir los antiguos errores. Una ecuación irresoluble. Como si el virus Sísifo hubiera infectado el programa de la realidad y no hubiera forma de salir de una pantalla perversa, condenándonos a reiniciar el sistema para volver a atascarnos otra vez en el mismo punto, dando vueltas y vueltas, eternamente errantes en el desierto, sin Moisés y sin mapa para alcanzar la Tierra Prometida, que imaginamos tan cercana…

Sobre todo, quiero expresar algo positivo: que lo que ahora somos, lo que ahora tenemos, el resto vivo de la humanidad, no es un residuo, el rescoldo de un fuego desaparecido, algo degenerado, y que lo degradado es lo que dejamos atrás. Transmitir que este es un mundo joven, la idea de un tiempo inaugural, de un comienzo, de algo nuevo que germina, y ayudar a que se desarrolle, la idea de una humanidad migrada al mismo planeta, que ahora nos brinda una nueva oportunidad. Y combinando ambas cosas –el recuerdo y la renovación–, avisar sobre los caminos que han resultado ser impracticables, pero señalar también algunos proyectos e ideales perdidos, pero valiosos, que convendría recuperar del basurero de la historia.

Crear –construir– una nueva civilización: es el gran desafío para las próximas generaciones; una tarea ardua para un tiempo duro, pero estimulante, a la altura de una humanidad renovada; consciente de lo acaecido pero sin ataduras; mermada en su capacidad de conocimiento científico y en su tecnología pero liberada de un enorme lastre, rescatada del laberinto en el que se había extraviado.

No soy particularmente sabio, pero he sido testigo privilegiado de los hechos que han transformado nuestro mundo. Desde joven he sido miembro de la Corporación y como tal pertenezco también a la Fraternidad, en la que nos infiltramos y a la que conseguimos reconducir, y he intervenido activamente en la ejecución de los planes que diseñamos para el día en que sucediera lo que inútilmente quisimos impedir. Por eso no es irrelevante mi testimonio. Debo hacerlo ahora, antes de que me olvide. Las palabras acotan la experiencia y sustentan la memoria. Nos hacen humanos. A lo largo de los años construimos un edificio de nombres y conceptos que luego se erosiona. Los viejos olvidamos cada vez más deprisa los nombres, y con ellos se desprenden partes de nuestra mente, de nosotros mismos, así que debo completar estas páginas antes de que mis palabras no sean ya suficientes y mi narración se quede sin sentido. Yo no soy importante, pero este relato, mi edificio de palabras, me proporcionará también una especie de inmortalidad, aunque mi mente se evapore en el olvido.

Aunque haré referencia a ellos, no me detendré a describir los sucesos, bien conocidos, que forman ya parte de la historia general. Hay otro motivo más inmediato para remover los recuerdos: se ha convocado un próximo Concilio extraordinario de la Corporación (el Consejo supremo ampliado con representantes de los nuevos Consejos de Zona). Se reunirá aquí, en la Central, la próxima primavera (un hecho excepcional porque, hasta hora había celebrado siempre sus sesiones en los sótanos de la antigua biblioteca de Göttingen). Por esta circunstancia, y como miembro veterano de la Corporación (es decir, en mi calidad de viejo) he sido invitado a participar en él. Pero no quiero limitarme a ser una figura ornamental. Así que escribo estas páginas para poner en orden las ideas y los recuerdos y poder transmitírselos con más claridad a los jóvenes que forman hoy el Consejo: los pormenores de cómo se gestó nuestro programa de renacimiento, los criterios y los propósitos que lo inspiraron. He vivido todo el proceso. Desde el principio éramos conscientes de la imposibilidad de prever la deriva de los acontecimientos y tratamos de abarcar diversos escenarios. Ahora, varias décadas después, con la experiencia acumulada, y a la vista del curso real de la historia, es el momento de recordar el origen y revisar las estrategias. Tal es la intención declarada del próximo Concilio, y hasta un viejo como yo puede aportar algunas ideas. También pretendo hacer su crónica. Se anuncian posturas encontradas, se atisban algunos movimientos subterráneos y presumo que se producirán acontecimientos dignos de reseñar. A mí me servirá para repasar las hojas del viejo álbum de mi vida y completarlo antes de que se cierre.

Ariatan

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José David Sacristán de Lama

Arqueólogo, ex-profesor universitario, ex-arqueólogo de la Junta de Castilla y León, jubilosamente jubilado y presunto escritor en su tiempo libre, que ahora es mucho. Ha publicado varios ensayos —entre ellos, "La próxima Edad Media"— y la novela "El archivo de Göttingen", una fábula sobre el colapso.

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