Detrás del milagro urbano está la energía

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2015-02-13

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(Una versión anterior de este artículo fue publicada en “La ciudad viva”.)

Dicen los orientales que los flujos de energía constituyen el soporte de la vida. Que el buen funcionamiento de todo lo que está vivo depende de estos flujos y de sus equilibrios. No soy muy aficionado a las filosofías místicas, y mucho menos a las animistas, pero reconozco la capacidad sugestiva en esta idea para explicar el funcionamiento de las diversas civilizaciones que existen y han existido y la lógica profunda de las dinámicas económicas y territoriales. Hay en la formulación del fundamento vital energético notas que recuerdan a la melodía del metaformismo territorial y social.

Jared Diamond sitúa la disponibilidad de energía, o sus distintas formas de aprovechamiento, en el escalón más alto de los factores que explican las diversas formas de civilización observadas.

La ciudad es un gran atractor de energía. Un gran sumidero del campo energético, porque la ciudad necesita mucha energía para mantener a la gran cantidad de seres vivos que allí se concentran y energía para que desarrollen todas las funciones relacionales que han enriquecido la vida urbana contemporánea.

Una ciudad es, también, un gran nodo de relaciones, de intercambios, de flujos y para ello necesita consumir mucha energía. En el modelo tradicional la ciudad establecía un pacto con su territorio, se estudiaban mutuamente, se interpretaban y se adaptaban uno al otro. La ciudad, ligada al territorio, reconocía el ciclo hidráulico y se incorporaba a él, no sin trastornos y perturbaciones. Sabía dónde estaban los suelos valiosos y porqué. El territorio moldeaba la ciudad y la mantenía a raya: las expansiones urbanas no podían poner en peligro los equilibrios básicos. No se podía perder el suelo orgánico, el suelo vivo valiosísimo de las vegas, y el río, de vez en cuando, defendía este espacio mediante avenidas de las ocupaciones intrusas.

En el mundo contemporáneo, la combinación exitosa de energía y tecnología ha desacoplado al hecho urbano de su base territorial. Las sociedades contemporáneas son capaces de crear tejido urbano en cualquier lugar sin entender, ni interpretar previamente sus características y su funcionamiento. La ciudad ya no necesita entenderse con el territorio. La sociedad actual tiene poderío suficiente para desmontar el relieve y modelarlo a su gusto, para entubar ríos y barrancos, para traer agua de embalses y fuentes lejanas. Con su potente maquinaría logística logra alimentarse diariamente de viandas trasportadas de cualquier parte del mundo, de deshacerse (momentáneamente) de grandes cantidades de residuos. La ciudad se ha desacoplado del territorio.

Todos sabemos que esto se ha logrado con un desarrollo extraordinario de la tecnología, que lleva más de doscientos años amarrada a la energía, practicando las dos un juego expansivo, retroalimentándose en sus avances, lo que al final provoca un crecimiento exponencial del consumo de energía. Pero este tornado enajenado se está desinflando. A la tecnología todavía le queda marcha, pero las grandes fuentes de energía de origen fósil se están agotando y el “milagro nuclear” tiene los pies de barro. No hay energía suficiente en el mundo para mantener la expansión urbano-industrial y la incorporación plena de Asia, luego América y finalmente Africa al aquelarre de crecimiento y consumo.

La necesidad de generar energía no contaminante ha redescubierto los recursos renovables, los tradicionales: el sol, el viento, el agua, la biomasa, la inercia térmica,…

La tecnología, imparable, ha sido capaz de actualizar los viejos principios y extraer grandes cantidades de energía del propio territorio, de los recursos locales. Pero no es suficiente. Las necesidades son muy grandes. No es un problema solo de tecnología, hay que recuperar el principio de adaptación al territorio. Es preciso que la ciudad se reacople; que entienda el clima, que interprete el ciclo hidráulico y aproveche todo el agua que cae sobre la ciudad (aljibes). Hay que multiplicar los esfuerzos de reutilización de materiales y, muy importante, rescatar las vegas de los ríos de su entierro bajo el hormigón y el asfalto.

El asunto no se resuelve con poderosas máquinas que aprovechan el sol y el viento. Es preciso recuperar el principio tradicional de la autosuficiencia, pero actualizado, conectado a las redes y a las capacidades de la sociedad actual para intercambiar y facilitar los flujos. Por eso, en el artículo titulado “Territorio y energía: la autosuficiencia conectada” planteo que el nuevo principio de planificación y funcionamiento ha de ser “primero aprovechar todos los recursos locales en un contexto de equilibrios retroalimentados, renovables; y cuando se hayan exprimido estas opciones, solo entonces recurrir al aprovisionamiento de las redes territoriales”. Este principio ha surgido en el ámbito de las energías renovables pero es aplicable a otros ámbitos de la relación metabólica de la ciudad con su territorio: el agua, los materiales-residuos o el alimento, por ejemplo. A partir de este enfoque se puede redefinir todo el planteamiento de diseño de los edificios, de los barrios, de las ciudades.

Queda un montón de trabajo. Hay que regenerar una gran parte de los espacios urbanos construidos bajo principios de precios globales de los materiales, los flujos y las soluciones, para recuperar los principios básicos de adaptación a los factores locales.

Orbaizeta. COPYRIGHT: Ander Aguirre.

Orbaizeta. COPYRIGHT: Ander Aguirre.

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Juan Requejo Liberal

Consultor de planificación. Economista y geógrafo.

6 Respuestas

  1. avatar Carlos de Castro dice:

    Depende del tamaño entre otras cosas.
    Las ciudades son metabolismos abiertos y lo que tu planteas es un metabolilsmo sostenible y por tanto mucho más cerrado.

    Eso es imposible con ciudades de más de medio millón de habitantes, más si tenemos en cuenta el descenso inevitable de la energía consumida por los humanos en las próximas décadas y en su carácter renovable.
    Hoy, cada metro cuadrado de una ciudad disipa entre 10 y 100 vatios de potencia, con cierta tendencia a que las ciudades más grandes disipen más por metro cuadrado (es donde encontramos los rascacielos y las grandes avenidas congestionadas de vehículos, donde en verano su propio calor requiere de cada vez más aires acondicionados, donde el sol no llega en invierno por la sombra de otro gran edificio). Sin embargo, los sistemas de captación externos a la ciudad de energía eólica o fotovoltaica (esos que se vendrán abajo también) no llegan a proporcionar ni 10 vatios por metro cuadrado, y la biomasa aún mucho menos. Por tanto una urbe energéticamente depreda/depredará varios órdenes de magnitud su territorio (y salvo que bajemos el consumo en dos órdenes de magnitud -lo que implicaría dejar de ser cualquier ciudad imaginable- seguirá siendo un sistema fuertemente parasitario e insostenible)

    Por tanto hablamos de como “desurbanizar” las urbes, de como deshacernos de las más grandes (con la biomasa de entonces, la ciudad de Roma de un millón de habitantes, necesitó de todo un imperio para alimentarla).
    Las grandes urbes están condenadas a desaparecer (salvo una o dos por imperio, si esa fuera la vía totalitaria del futuro), que se lo digan a Detroit y si sigue la sequía a Sao Paulo.

    Lo que tu dices podría hacerse en “ciudades” de menos de 100000 habitantes. Lo que será también importante. Y luego pensemos en ese ¿50%? de población emigrante de las grandes urbes que tendrá que colonizar nuevos espacios ecológicos en la mayoría de los casos residuales o deteriorados porque los buenos ya estarán pillados (los pueblos y pequeñas urbes no podrán crecer).
    Creo que necesitaremos a muchos arquitectos en el futuro especializados en “des-urbanismo”. Imagino, por ejemplo, un flujo “minero” de las viejas urbes abandonadas a los futuros centros de consumo en pequeñas comunidades/pueblos/urbes.

    • Coincido básicamente contigo, Carlos, pero… ¿por qué piensas que los pueblos no pueden crecer? Simplemente echando un vistazo a la evolución demográfica de la mayoría de villas gallegas del interior vemos que tuvieron en el pasado mucha más población que la actual. Imagino que es el caso para la mayoría de lugares donde hubo éxodo masivo con la industrialización, un éxodo que tendrá que revertirse, con características diferentes, claro está.

  2. avatar Carlos de Castro dice:

    Es que Galicia ella solita tiene más del 50% de los pueblos/aldeas abandonados de España. Sí, aquí hay espacio, como lo hay en Soria y otras zonas muy despobladas. Pero no hay sitio para todos de forma suave. Los madrileños por ejemplo no “caben” sosteniblemente en sus provincias, su huella ecológica directa (la que no tiene en cuenta el CO2 y por tanto la energía fósil) es mayor que su ecoespacio. El regreso al XIX no es posible por el deterioro causado y el aumento de población, ni siquiera con toda la permacultura y otras tecnologías avanzadas de bajo insumo energético.
    La Galicia de hace tiempo no tenía tantos eucaliptos… y el carballo y los castiñeiros crecerán de nuevo, pero tardarán un siglo…
    No hay sufieciente espacio ya para el crecimiento que se necesitaría para alojar a tanto urbanita sosteniblemente. Y aún menos si partimos de una obviedad: no se hará ordenada y planificadamente (los urbanistas están a otra cosa y así seguirán por un tiempo). ¿Alguien conoce a algún arquitecto de algún sitio del mundo que esté haciendo planes para reducir Sao Paulo, Nueva York, Barcelona a un 10% o menos de su población actual? ¿No? Pues ya llegan tarde… “Planificar” el colapso, no el decrecimiento, es de lo que se trata. El lunes pasado se lo dije a todos los alumnos de primero de arquitectura de la Universidad de Valladolid (unos 150). Apostaría a que pocos estudiantes de arquitectura del mundo reciben esa información tan cruda. Quizás uno o dos dentro de 15 años recuerde nebulosamente algo de lo que les presenté: básicamente la inevitabilidad del colapso civilizatorio y las posibles adaptaciones que como arquitectos podrían llevar a cabo:
    1ª construir barato, duradero y local (aquí sí están algunos)
    2ª rediseñar las urbes (movilidad, orientación solar…) (alguno también aqui)
    3ª deshacer las ciudades grandes y convertirlas en minas (¿cabe en la imaginación?)
    4ª cambiar de visión hacia una imitación de la naturaleza (cierre de ciclos y metabolismo orgánico -pero esto será a nivel teórico porque solo se podrá hacer tras el colapso, para las nuevas civilizaciones bajas en energía y tranquilas y superavanzadas en el desarrollo tecnológico-).

  3. avatar Milloelandras dice:

    Canta razón tes…
    E os alumnos que disposición tiveron ai recibir a tuyas indicacións???
    Fas moi bo traballo ao explucarllo pero hai eco ou cae en saco roto???
    Graciñas

  4. avatar Bilal dice:

    Excelente artículo, en este post de mi blog indico algunas estrategias que podrían aplicarse ante este panorama y algunos casos prácticos.

    http://www.menospetroleo.blogspot.com.es/2012/12/huertos-urbanos-y-estrategias-para-la.html

  5. avatar Pedro Prieto dice:

    Ojalá tuviésemos en los medios de gran difusión artículos y debates como el que aquí han protagonizado Juan Requejo y Carlos de Castro.

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