Matar para sobrevivir (Fracasos ambientales y estrategias erróneas de supervivencia)

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2015-01-13

Una se pregunta por qué, tras décadas de abrumadores datos científicos, seguimos sin resolver problemas ambientales tan graves como el Cambio Climático. Es realmente difícil no sucumbir al desánimo cuando se observa que apenas avanzamos en sucesivas cumbres internacionales; más todavía, si cabe, cuando se ve que problemas igualmente graves como el colapso de los mares, la desertización o la pérdida de biodiversidad no merecen siquiera reuniones internacionales, cuando todos ellos están poniendo en peligro la estabilidad del Planeta.

El estadounidense Jack Hadrich intentaba responder a esta pregunta en un artículo aparecido en la revista System Dynamics Reviews[1], y, utilizando herramientas de la Teoría de Sistemas, propone como explicación de este fracaso un mecanismo que se opone a las soluciones y los activistas ecologistas no son capaces de ver.

En concreto, Hadrick utiliza los lazos de realimentación, que son herramientas pensadas para describir las relaciones circulares que se producen cuando los efectos de algo se convierten, a su vez, en su causa, creando lo que se conoce vulgarmente como “una pescadilla que se muerde la cola”. La Teoría de Sistemas nos muestra que detectar los lazos de realimentación de un problema es esencial para poder analizarlo y resolverlo, ya que tienden a crear comportamientos muy acentuados que son básicamente de dos tipos: o bien conduce al crecimiento y la inestabilidad o bien hacen que los sistemas sean muy estables y reacios al cambio.

¿Solamente el egoísmo de las elites?

En lo que se refiere al problema ambiental, Hadrich encuentra un lazo de realimentación estabilizante especialmente fuerte que se opone a las soluciones planteadas. El movimiento ambiental se ha centrado en concienciar a la sociedad de los problemas y proponer modos de vida alternativos, pero no ha tenido en cuenta esta dinámica que hace que la sociedad, sin ser consciente de ello, persiga un objetivo oculto que la hace muy reacia al cambio y que, fundamentalmente, tiene su origen en el egoísmo de las elites.

La dinámica sería la siguiente: los científicos descubren que tenemos problemas, los ambientalistas proponen soluciones pero estas soluciones despiertan miedo en los grupos privilegiados que ven que éstas les hacen perder su estatus y las combaten recurriendo, incluso, al engaño en los medios de comunicación. De esta forma las noticias sobre los problemas ambientales no llegan a la sociedad, los intentos de los ambientalistas resultan estériles, cunde el desánimo y las soluciones no se aplican. El objetivo oculto que mantiene el lazo estabilizante es el deseo de las elites de mantener su privilegio. Por ello, según Hadrich, la solución real no estaría en seguir intentando persuadir a la sociedad, sino en desenmascarar este objetivo oculto.

La situación podría ser explicada con el diagrama de influencias de la Figura 1 (en la izquierda se puede ver el diagrama original y a la derecha otro que recoge sus ideas de forma un poco más sencilla). En el gráfico de la derecha las líneas sólidas forman el lazo de relaciones causales (lazo estabilizante). Se puede ver que, al aumentar las propuestas de solución a los problemas ambientales, hay más resistencia al cambio, más negacionismo y al final termina habiendo menos propuestas. Estas relaciones circulares forman un lazo estabilizante que se opone al cambio: el aumento de “soluciones propuestas” termina teniendo como consecuencia una disminución de “soluciones propuestas”, de forma que éstas no aumentan.

Figura 1: diagramas causales del problema del objetivo oculto descrito por Jack Hadrich. Izquierda: diagrama original del autor. Derecha: interpretación personal del lazo estabilizante del problema. Las flechas indican que existen relaciones causa-efecto, el signo positivo indica una relación causa-efecto directa (a más causa más efecto) mientras que el signo negativo una relación inversa (a más causa menos efecto). En el gráfico de la derecha las líneas sólidas forman el lazo de relaciones causales estabilizante que se opone al cambio. Las líneas a trazos también influyen y terminan creando otro lazo (reforzante) que aumenta los problemas ambientales (dos relaciones causales negativas en un lazo dan como resultado una relación positiva).

Figura 1: diagramas causales del problema del objetivo oculto descrito por Jack Hadrich. Izquierda: diagrama original del autor. Derecha: interpretación personal del lazo estabilizante del problema. Las flechas indican que existen relaciones causa-efecto, el signo positivo indica una relación causa-efecto directa (a más causa más efecto) mientras que el signo negativo una relación inversa (a más causa menos efecto). En el gráfico de la derecha las líneas sólidas forman el lazo de relaciones causales estabilizante que se opone al cambio. Las líneas a trazos también influyen y terminan creando otro lazo (reforzante) que aumenta los problemas ambientales (dos relaciones causales negativas en un lazo dan como resultado una relación positiva).

Probablemente Hadrich tiene razón y en todo lo que rodea a los problemas ambientales existe una fuerte dinámica de resistencia al cambio que debemos desenmascarar; también es evidente que los grupos privilegiados luchan contra muchas de las soluciones, pero creo que se equivoca cuando asocia el objetivo oculto únicamente al egoísmo de estos grupos. Más bien creo que toda esa resistencia a solucionar los problemas ambientales responde a una cuestión cultural que se encuentra en el inconsciente de prácticamente todos los seres humanos. De alguna manera, todos y todas sostenemos ese objetivo oculto, no sólo las elites. Creo, además, que el problema, en el fondo, se basa en una percepción profundamente equivocada de la naturaleza, no sólo en ese lazo de estabilidad que Hadrich describe.

Falta de percepción de los bienes naturales

Sin duda, el objetivo más importante del ser humano, como el de todo ser vivo, es la supervivencia. Por otra parte, hace ya décadas sabemos que los problemas ambientales están poniendo en peligro recursos como el agua potable, la fertilidad de los suelos o la estabilidad del clima, de los que depende directamente nuestra vida. En buena lógica ello debería hacer que nos esforzáramos en cuidar el Planeta para poder sobrevivir como especie, sin embargo, estamos muy lejos de hacerlo. ¿Por qué no nos dedicamos a defender en cuerpo y alma esta naturaleza que nos alimenta? ¿No funciona nuestro instinto de supervivencia colectivo? ¿Por qué?

Una de las causas que habitualmente se atribuyen a esta falta de solución de los problemas ambientales es la que se ha descrito con la paradoja de la Tragedia de los Bienes Comunes. Aunque sepamos que los recursos naturales (bienes comunes) son importantes y colectivamente lo que nos interese es conservarlos, el interés egoísta propicia un comportamiento acaparador e irresponsable que termina causando el mal de todos (si no hay leyes estrictas que protejan los comunes).

Sin duda, una buena parte del problema ambiental se debe a este comportamiento individualista, pero creo que hay más causas ocultas. Hay, en primer lugar, una enorme falta de percepción del valor que tienen los recursos naturales y los servicios ecosistémicos que reciclan nuestros desechos, en cierta forma el problema no sólo es que no los protejamos por ser comunes ¡ es que ni siquiera los reconocemos como bienes !

Muy pocas personas conocen, por ejemplo, que proteger la biodiversidad es vital para conservar la salud de los ecosistemas y que la salud de éstos es vital para que la humanidad siga disfrutando, entre otras cosas, de buenas cosechas. También pocas personas conocen hasta qué punto dependemos de la salud de los ríos y bosques, que muchas pesquerías han colapsado o están a punto de hacerlo y que gran parte de los suelos fértiles se están perdiendo. Además la mentalidad dominante cree que la degradación natural no tiene importancia porque la tecnología puede resolver estos problemas (aunque no sea capaz o el coste de hacerlo sea inmenso). Tenemos una mentalidad enormemente antropocéntrica que considera inferior todo lo natural e idolatra lo tecnológico, sobrestimando sus posibilidades. Esto se ve reflejado de forma muy acentuada en las teorías económicas convencionales, que apenas conceden valor a la energía y los recursos naturales en el proceso económico y confían en la tecnología para sustituir cualquier recurso en cualquier cantidad hasta llegar a extremos absurdos.

Pero, además de esta poca consciencia de la importancia de la naturaleza y esa fe irreflexiva en la tecnología, existe, a mi juicio, un tercer factor todavía más inconsciente que hace que reaccionemos ante los problemas ambientales con la estrategia equivocada: una disfunción en lo que consideramos “estrategias para la supervivencia”.

Estrategia errónea de supervivencia

Si uno piensa en aquellas cosas que instintivamente relacionamos con la supervivencia, lo primero que nos viene a la mente es todo lo relacionado con el poder, la tecnología, la fuerza y la capacidad de someter tanto a una naturaleza hostil como a los humanos enemigos. En gran medida asociamos la supervivencia a la lucha contra la naturaleza “causante” de enfermedades, depredadores, hambre y catástrofes, y nos defendemos de ella con nuestro universo artificial, tecnológico y urbano, limpio de plagas, bacterias y malas hierbas (y también vecinos indeseables).

Debido a esa mentalidad, el cuidado de la vida, el respeto a la naturaleza y el discurso ecologista o solidario son vistos como algo “hippie”, amoroso, femenino, moralmente superior incluso, pero blando y poco apto para la supervivencia. Un lujo espiritual, por tanto, que sólo se pueden permitir las personas acomodadas en tiempos de bonanza, pero que inspira desconfianza; como si el excesivo amor a plantas, animales y seres humanos fuera a disminuir nuestra capacidad de defendernos.

Aunque, como animales que somos, tengamos que defendernos en ocasiones de otros animales, bacterias y plantas, en un sentido global la naturaleza es benigna para nosotros, ya que es nuestra única fuente de alimento, el único sustrato sobre el que puede asentarse nuestra civilización, nuestra cultura y nuestra tecnología. Pero no la percibimos como tal, la vemos desde una óptica muy primitiva y estrecha, como podía ver un australopiteco a los depredadores de su entorno: prácticamente como un enemigo a combatir. Tenemos muy profundamente interiorizado ese matar para sobrevivir de nuestro pasado de animales depredadores (o de nuestro pasado de sociedades dominadoras) y es ésa la estrategia que, inconscientemente, utilizamos, sea adecuada racionalmente en estos momentos o no lo sea.

No son sólo ciertas personas pertenecientes a elites privilegiadas las que protegen ese objetivo oculto de mantenimiento del estatus del que habla Hadrick. Inconscientemente nosotros mismos mantenemos la admiración hacia esas elites que representan el poder dentro de nuestra sociedad. Un poder guerrero, controlador y masculino, capaz protegernos a base de matar a nuestros “enemigos”: la naturaleza hostil (a la que “tenemos” que explotar para sobrevivir) y nuestros vecinos. Las alternativas políticas ecologistas que podrían imponer regulaciones para proteger los bienes comunes no son votadas. En tiempos de crisis económica, además, el miedo hace que aumenten los sentimientos de inseguridad de las personas, la tendencia depredadora y competitiva se acentúa y no son los partidos ecologistas los que florecen sino los fascismos.

Del matar para sobrevivir al cuidar la vida para sobrevivir

Probablemente, durante la mayor parte de nuestra historia esa tendencia depredadora ha sido una buena estrategia de supervivencia, sin embargo, a partir del siglo XX la relación del ser humano con la biosfera ha cambiado radicalmente. La naturaleza, que para nuestros antepasados era inmensa, se ha vuelto pequeña y frágil. El ser humano se ha vuelto capaz de modificar los ciclos del Planeta hasta tal punto que, como decía Ramón Fernández Durán, no es exagerado afirmar que hemos entrado en una nueva etapa geológica: el Antropoceno.

Ahora ya no sirve de nada que nos esforcemos en buscar mejores tecnologías que nos permitan capturar más toneladas de pescado: el problema es que no hay peces en el mar. Tampoco nos sirve buscar sustitutos tecnológicos como las piscifactorías, el alimento sale igualmente del mar. Lo único que podemos hacer es cuidar las poblaciones marinas para que vuelvan a crecer y no nos quedemos sin un alimento que, bien gestionado, podríamos tener siempre. Ya no sirve de nada ser mejor depredador, somos demasiado buenos depredadores.

A partir del siglo XX, debido a nuestro éxito como especie, el impacto de las actividades humanas es global y cualquier daño que causamos al Planeta tiene como consecuencia una degradación ambiental que se vuelve inmediatamente contra nosotros. Por ello, la estrategia de supervivencia que debemos adoptar en este siglo es exactamente la contraria a la que llevamos grabada en los genes: ahora debemos cuidar la vida para poder sobrevivir.

Sin embargo, aunque nuestra mente racional conozca este hecho, nuestras emociones e instintos no se han adaptado a la nueva realidad y seguimos utilizando, inconscientemente, la vieja estrategia del matar para sobrevivir, una estrategia errónea para la supervivencia en el siglo XXI que nos está llevando a matar para colapsar. Nuestras posibilidades de supervivencia como especie dependen de que seamos capaces de hacer conscientes todos esos mecanismos inconscientes y darnos cuenta de lo absurdo que resulta empeñarnos en buscar nuestro bienestar a costa de destruir la naturaleza en la que se basa, precisamente, ese bienestar.

También en el plano social podemos extrapolar la paradoja y darnos cuenta de que en estos momentos la competencia no es una estrategia inteligente de supervivencia. El hecho de que los recursos naturales estén empezando a tocar sus techos está colocando a la humanidad sobre un auténtico polvorín. La crisis económica que resultará de la escasez de recursos hará que muchas sociedades se desestabilicen. Si a ello le añadimos guerras por los recursos aumentaremos enormemente las posibilidades de que colapsemos estrepitosamente, tanto los países perdedores de la posible guerra como los ganadores (no olvidemos que la guerra por los recursos consume muchos recursos). La estrategia de la guerra para acaparar recursos en este siglo puede ser mucho peor que la escasez en sí.

Lo que garantiza ahora nuestra supervivencia es utilizar esas estrategias que los ecosistemas conocen bien y consisten en cuidar la vida de otros seres para cuidar la propia: la cooperación y la simbiosis.

Usando la ciencia de sistemas, podemos proponer un diagrama como el de la Figura 2 para analizar estos razonamientos. Por un lado, cuando los seres humanos tenemos problemas sociales nos sentimos inseguros y nuestro instinto de supervivencia hace que reaccionemos con esa tendencia a la depredación que entra en conflicto con el cuidado de la naturaleza (estrategia errónea de supervivencia–flecha azul). Por otra parte, cuando tenemos problemas ambientales surgen personas que proponen soluciones basadas en la protección de la naturaleza. Si estas soluciones se aplicasen, la degradación ambiental disminuiría, pero no se aplican porque entran en conflicto con las soluciones a los problemas sociales. Los problemas ambientales, en consecuencia, siguen aumentando. Además, aunque gran parte de las personas no sean conscientes de ello, los problemas ambientales empeoran los sociales (falta de percepción de los bienes naturales–flecha roja). De esta forma los intentos de los seres humanos de resolver sus problemas lo único que consiguen es profundizarlos. Se crean dos lazos de realimentación reforzantes que aumentan más y más ambos problemas.

La clave de este comportamiento tan disfuncional se encuentra en las dos relaciones descritas anteriormente: la falta de percepción de los bienes naturales (al no percibir la relación naturaleza-economía priorizamos la solución a los problemas sociales a costa de los ambientales); y la estrategia errónea de supervivencia (que no sólo no soluciona, sino que agrava los problemas).

Figura 2: Diagrama causal del problema de la estrategia errónea de supervivencia. El primer lazo reforzante estaría formado por las siguientes relaciones: problemas ambientales-soluciones ambientales-conflicto entre t.d. y c.n-aplicación de soluciones-problemas ambientales.  El segundo lazo reforzante sigue la siguiente trayectoria: problemas sociales-inseguridad-instinto de supervivencia-tendencia a la depredación-conclicto entre t.d. y c.n-aplicación de soluciones-problemas ambientales-problemas sociales.

Figura 2: Diagrama causal del problema de la estrategia errónea de supervivencia. El primer lazo reforzante estaría formado por las siguientes relaciones: problemas ambientales-soluciones ambientales-conflicto entre t.d. y c.n-aplicación de soluciones-problemas ambientales. El segundo lazo reforzante sigue la siguiente trayectoria: problemas sociales-inseguridad-instinto de supervivencia-tendencia a la depredación-conclicto entre t.d. y c.n-aplicación de soluciones-problemas ambientales-problemas sociales.

Estos dos lazos que refuerzan los problemas podrían convertirse en dos lazos estabilizantes que los resolverían si cambiasemos el sentido de la relación indicada con la flecha azul. Si se cambiasen las estrategias de depredación por estrategias de cooperación y el instinto de supervivencia se tradujera en autocontención, solidaridad y cuidado de la naturaleza, la reacción ante los problemas sociales y ambientales sería la correcta y ambos tenderían a solucionarse.

Figura 3: Diagrama causal de la solución problema de la estrategia errónea de supervivencia.

Figura 3: Diagrama causal de la solución problema de la estrategia errónea de supervivencia.

Simbiosis con el Planeta

Si estos lazos de realimentación que hemos descrito son un buen análisis del problema, las soluciones a la crisis ambiental (y también, hasta cierto punto, a la crisis global y sistémica) estarían en cambiar las relaciones de depredación y competencia por relaciones de cooperación, solidaridad y cuidado, es decir, relaciones que, en lugar de deteriorar la vida de otras especies y otros seres humanos, la mejoren.

Son muchas las escuelas de pensamiento y movimientos alternativos que en estos momentos están reivindicando el valor de la cooperación frente al valor básico del capitalismo: la competencia. Han surgido propuestas como la Economía del Bien Común, que busca la cooperación entre empresas y consumidores; el Ecofeminismo, que reivindica la importancia de las actividades de cuidado; la Permacultura, que crea agroecosistemas que imitan la simbiosis de la naturaleza, etc. Estas tendencias no deberían ser vistas sólo como una cuestión de justicia social: la cooperación en este siglo es, probablemente, la única forma de escapar a un futuro de guerras por los recursos, pobreza generalizada y degradación ambiental.

Sin embargo, no debemos olvidar que no vivimos en sociedades cooperativas ni armoniosas con el Planeta en estos momentos, ¿puede sobrevivir una empresa o una organización cooperativa en un entorno competitivo como el actual? Hace ya años que se vienen realizando iniciativas productivas y sociales basadas en estos principios y algunos de sus éxitos pueden servirnos de guía. En el sector primario la agroecología está demostrando que el cultivo industrial (basado en eliminar las especies competidoras) no sólo es mucho más contaminante y requiere más energía, sino que puede ser incluso menos productivo que el ecológico (que respeta el entorno y aprovecha las relaciones de simbiosis). Todavía no existen experimentos similares a gran escala en el ámbito industrial o empresarial, pero es posible que, si llegamos a ponerlos en marcha, veamos que también pueden ser tanto o más eficaces que la industria y las empresas competitivas, contaminantes y depredadoras que conocemos. Esto no sería en absoluto extraño, la ciencia está encontrando cada vez más evidencias de que, en la naturaleza, las estrategias de cooperación son muy superiores a las de competencia y mucho más abundantes de lo que se pensaba hace unas décadas.

Quizá la última idea esperanzadora que podemos extraer de este análisis tiene que ver con la otra cara de la moneda. Cada vez es más evidente que mantener una relación de competencia con el Planeta que no es ya útil porque pone en peligro nuestra supervivencia y, probablemente, sólo es un error de nuestra mentalidad depredadora. Pero quizá esa estrategia competitiva tampoco sea necesaria: no tenemos que destrozar la naturaleza para sobrevivir, es más, tampoco tenemos que renunciar a nuestra vida para que el Planeta sobreviva. Es solamente nuestra mentalidad ancestral, que ve la naturaleza como una competidora, la que nos hace distorsionar la realidad.

Las personas concienciadas con el problema ambiental frecuentemente tendemos a cargarnos de sentimientos de culpa por pensar que el ser humano se ha convertido en una plaga del Planeta. Aunque en gran medida nuestra especie está creciendo y comportándose como tal, no es menos cierto que nuestros deseos de supervivencia individual y colectiva, como los de cualquier ser vivo, son legítimos. El problema es que intentar conseguirlos nos está llevando a la catástrofe porque, de alguna manera, hemos equivocado los medios y no sabemos vivir de otra manera. Esperemos que la simbiosis humanidad-Planeta sea posible y podamos, no sólo sobrevivir, sino también llevar una vida que merezca ser vivida en un Planeta sano y en equilibrio si evolucionamos como especie y aprendemos a cooperar.

Notas

[1] Change Resistance as the Crux of the Environmental Problem. System Dynamics Review, vol. 26, no. 1 January-March 2010.

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Marga Mediavilla

Profesora de la Escuela de Ingenierías y miembro del Grupo de Investigación en Energía y Dinámica de Sistemas de la Univ. de Valladolid. Ecologista, activista y una de las pocas rabelistas de la meseta.

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